24/7/14

ART: Gino Rubert es genio, EX-votos, mestizaje y paranoia depravada con azúcar

La cruz dorada, serie EX-votosGino Rubert. Via ginorubert.com 
A veces me gustaría pertenecer a esa casta superior de visionarios y forecasters internáuticos. Ya sabéis, superhéroes de la red que preservan su anonimato con estoicismo y un nickname por antifaz. Hablo de esos termómetros humanos de la vanguardia musical de estar por casa que se atrincheran en la sección de comentarios del YouTube para asegurarse de que todo transeúnte virtual se entere de que ELLOS predijeron el ascenso y caída de algún grupo de rock afeminado con logo mitológicamente feo como por ejemplo Queen antes de que el mismísimo Freddie Mercury tuviera pelos en los huevos. De ese modo, yo también podría decir que a mí ya me gustaban los cuadros de Gino Rubert cuando éste iba al parvulario y justo comenzaba a flirtear con una técnica mixta a base de plastidecor, macarrones y cabello de coletero de niñas rubias, pero nadie se lo creería entre otros motivos porque es mentira.

Por desgracia soy bastante más corrientucha de lo que parezco, y mis preferencias artísticas no dejan de influenciarse por cosas tan working class como la publicidad subliminal en los anuncios de refrescos azucarados, los tweets de Jaden Smith o, como en el caso que concierne al post de hoy, el boca a boca. Y con esto quiero decir que sí, efectivamente; yo también descubrí el trabajo repelentemente cautivador del artista catalán nacido en México D.F. cuando conseguí sacar mi cabeza del que era el primer volumen de la trilogía póstuma de Stieg Larsson (Los hombres que no amaban a las mujeres) y, tras concluir que ya iba siendo hora de ducharse y salir a la calle a tomar un poco de vitamina D, me dio por prestar atención a la imagen que decoraba su portadaA simple vista y tras darme un voltio por la  pinacoteca web del pintor, una se daba cuenta de que aquel recortado con forma de ojo de pez y fondo oscurecido evoca una acepción de lobreguez bastante desviada con respecto a la intriga a colores que impregna la obra de Rubert. El cuadro en cuestión (debajo de este párrafo) ni siquiera era particularmente representativo de su universo exhaustivo e intuitivamente detallista. Dicha fijación por la prosopografía y la narratividad (muy a pesar de que el pintor insista en no identificarse en absoluto con el papel de cuentacuentos plástico, rechazo que achaca a un sentimiento de ilustrador frustrado que desarrolló durante sus años universitarios) estuvo a punto de producir en mí una quemazón de retina severa por culpa de la resolución de las fotografías disponibles en su página, que es sencillamente insuficiente dadas las características de una obra que no es que incite, sino que exige un nivel de proximidad prácticamente sexual.

Open hands, serie Lección de anatomía, Gino Rubert. Via ginorubert.com 
Suerte que se montó la expo de Irma lentamente en la galería SENDA de Barcelona allá por un lejano septiembre de 2009, justo a tiempo para rescatar a mis retinas del desprendimiento inminente. Fue entonces cuando, por fin, pude meter estas narices arty-farty que me gasto en las mismísimas entrañas de cada pieza. Luego en 2010 volvió a exponer en Santa Coloma de Gramanet, y reconozco que, a partir de entonces, le perdí un poco la pista. Sin embargo, aún recuerdo al menos la impresión general que me llevé de los ratitos observando a estas mujeres grises, articuladas y, de alguna extraña manera, maternales que conforman el universo rubertiano; había quedado indudablemente prendada de todas ellas. No sabía qué era lo que más me había impactado; si sus miradas, perdidas en la dirección de los ojos del espectador, sus vestidos y zapatos imposibles o los rodapiés de sus cuartos (sí, creo que los rodapiés eran lo mejor). Tampoco tenía muy claro si quería salir pitando de allí o quedarme a vivir eternamente rodeada por aquella singular competición de rostros inquietantes. Lo que sí era evidente es que, pese a todo, se respiraba en esas salas un aire ligeramente balthusiano, abúlico, capaz de desdibujar los límites de la zona de corrección (tan deliciosamente cómoda y aburrida) en la que solemos vivir.

Para cuando alguien que claramente me aprecia me avisó de que el tal Gino regresaba a casa, yo ya estaba dichosamente predispuesta a encontrar la misma amalgama de caras turbadoras de siempre y a lidiar durante un par de horas con esa extraña ambivalencia entre la atracción y la grima. Parafraseando a Rubert cuando, a su vez, parafraseaba a Sigmund Freud diciendo que es inquietante aquello que nos resulta familiar y extraño al mismo tiempo, deduzco que, a través de esta colección de EX-votos que cabalgan entre lo pop, lo surrealista y lo folklórico, ha logrado posar el perfecto contrapeso de calidez (una suerte de calidez muy excéntrica, pero calidez, al fin y al cabo) a la extrañeza predominante de su estilo hasta la fecha. La frialdad se había esfumado por completo y, ahora sí, imperaba la inquietud más químicamente pura. No sé si se debió a los mensajes de devoción con acento chicano (que suena irremediablemente encantador se diga lo que se diga) de los cuadros, a la manera con la que se ha prodigado en la elaboración escenográfica o (con mayor probabilidad) al que seguro es el giro estilístico más flagrante de su trayectoria: una selección de obras en formato reducido con trazo egonschielano e inusualmente expresivo para sus estándares (diametralmente alejado, por lo tanto, de la precisión casi quirúrgica por la que es célebre su pincelada) que surfea sobre la cresta de una ola de perversión cruda e hilarante a partes iguales. Tampoco pasaron ni mucho menos desapercibidos unos cuantos exvotos fotográficos coloreados al estilo de principios del siglo XX (excepto por la sangre, que normalmente no se pintaba por aquellos entonces), que igual como tienen algo de maquillaje de muertos, se me hicieron especialmente tétricos. Y por si no eran suficientes novedades, también se pudo ver en la exposición una especie de mural compuesto por pequeños exvotitos realizados por el propio Rubert, alumnos de su taller de pintura y por un chorro de artistas amigos suyos (algunos de ellos bastante conocidos: Evru), además de una serie de actividades complementarias.

Serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com.
Serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com.
Deliria, serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com
Santa Lucía, serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com
Pero lo que es innegable es el grado superlativo de coherencia interna que ha alcanzado Gino Rubert gracias a sus exvotos paganos. Ya, ya, muchos exvotos por aquí y por allá pero, ¿sabemos lo que son? Bueno... Según el Google, existen incluso diferentes tipos: una mayoría consiste en reproducciones artesanales de alguna parte del cuerpo; otros son objetos que representaron una enfermedad o aflicción superadas (muletas, sillas de ruedas...) y que se ofrecen a los dioses en señal de gratitud. En América Latina, sin embargo, el tipo de exvoto más extendido, y el que se ajusta mejor al leitmotiv artístico de esta serie de obras, se define más o menos como una forma popular de retablo religioso, un cuadro que ilustra un suceso que se sobrepasó y que, consecuentemente, se convirtió en motivo de ofrenda. Al igual que yo hasta que oí hablar de esta exposición, si no se tenía ni papa de lo que significaba la palabra "exvoto" puede que se identificara un paralelismo totalmente acertado con las anotaciones que rematan algunos autorretratos de Frida Kahlo, cuya influencia en Rubert, si bien siempre se ha dejado sentir, es descaradamente observable en ésta su última colección. Y es curioso que, precisamente, utilice este símbolo religioso como medio para desacralizar y satirizar la "Obra de Arte" con mayúsculas. O puede que no sea nada curioso; quizás sea ironía premeditada. Puede incluso que el exvoto, dentro de su propia naturaleza litúrgica, ya tenga algo de socarronería y mala baba ("Gracias, Dios mío, por romperme el tabique y arreglármelo dos meses después, ahora ya puedo respirar como una persona normal, aquí te dejo la escayola de mi napia para que veas que te estoy muy agradecido". ¡Venga ya! Sólo le ha faltado acabar la frase con un "Ah, por cierto, ¡que te den mucho por culo, sádico despiadado celestial de las narices!").

Hablando de influencias, ya sean en forma de reivindicación por su México natal o reconociéndose (no explícitamente, sólo a través de sus obras) como mitómano, no puede ser más entrañable la humildad con la que las deja translucir. Me impacta y me despierta una tremenda admiración la vulnerabilidad consciente con la que señala la teta (aquí metafórica, sin referirse a ninguna en concreto de las tantas que brotan por su catálogo) de la que ha mamado; tan pronto nos hace creer que estamos ante un Van Eyck o un Grant Wood latinizados como se transforma en un David Hockney enajenado, un Henri Rousseau mayor de edad o en un Balthus con sangre en las venas que se ha pasado de las niñas a las veinteañeras. No obstante, y con todo eso sucediendo simultáneamente, su particularidad sigue siendo inapelable. Por una parte se debe a la constante recurrencia a un conjunto de tics rubertianos que, graciosamente, se vuelven más encantadores cuantas más veces se perciben y que sólo pueden catalogarse como formas de expresión de amor verdadero (corazones, gotas de sangre, humedades, vestidos segunda piel, estampados que son obras de artesanía, medias, lencería, papeles de pared, rodapiés, embaldosados, cosas en 3D, cosas cosidas de verdad, nacimientos de cabello que parecen de verdad...). Pero de forma menos evidente, hay una franqueza y una claridad de visión latentes en las obras de Gino que, aunque parecen contradecir la premeditación clínica con la que las concibe, no les restan honestidad y, a la vez, exclusivizan su personalidad.


Clase de inglés, serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com
La culebra, serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com
La sirenita, serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com
La azafata, serie EX-votos, Gino Rubert. Via ginorubert.com
La de Gino Rubert es, en definitiva, una imaginería genérica para lo bueno y para lo malo. Sus esqueletos formal y temático suelen (o solían) ser siempre los mismos, y no muestra ningún tipo de pudor a la hora de reciclarlos y volver a airearlos públicamente etapa tras etapa; puede incluso que una idiosincrasia tan ensimismada y autocomplaciente (y que conste que no entiendo ninguno de estos dos rasgos como otra cosa que virtudes) le otorgue cierta aura de autenticidad, cualidad perezosamente entendida en tiempos de caducidad planificada como forma de supervivencia artística. Cual oasis de blues en medio de un desierto de jazz fusión, o como una reliquia sagrada en el MoMA, todo lo que toca Gino Rubert se convierte y se alza por encima del eclecticismo recalentado, desorientado y neurótico del panorama creativo actual como un soplo de aire intensamente fresco, sólido y bien dirigido.

Seguramente podría pasarme los próximos mil años divagando acerca del gran detallista del amor que es Rubert. Pero sería demasiado difícil, he de admitir. Dijo Frank Zappa o Elvis Costello (el Google no se pone de acuerdo en cuál de los dos) que hablar de música es como bailar arquitectura, así que, para el caso, escribir sobre pintura bien podría acoplarse a este grupo selecto de antítesis etimológicas del arte. Pero ¿qué pasa si se escribe sobre pinturas en las que se ha escrito? Creo que voy a tirar el teclado por la ventana y a limitarme a admirar antes de que me explote la cabeza (o antes de que se me vaya la olla y me dé por meterme en la sección de comentarios de sus vídeos del YouTube a contarle a todo el mundo que fui la primera en escribir sobre cuadros con cosas escritas).

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