It
was the next-to-last night in Hamburg for at least a long while. I was being punctual
for the love of God and just when I reached bingöl Döner Kebab Backshop, Sahar
texts to say she needs 40 to 45 extra minutes. It was the place I had a muffin
for dinner at on the first night I saw the red blue green yellow lights of the
Reeperbahn. No good deed goes unpunished.
These
days I am wise enough to know that I'd rather let myself be found at Café Lehmitz every single night than all Wednesdays at Thomas Read or anywhere
else, but up to that particular day, I was way too afraid of all things that
looked like I belonged to. The blues and the bass and the abyss had been luring
me since that early March evening but, see: life is easier when you pretend
you're into tekkno in Northern Germany 2016. That time around was different,
though, because I had 40 to 45 extra minutes and this leaving-town-tomorrow sadness
somewhere around the upper body that allows folks to finally be fucking free.
I
am not racist, but I would have struggled to see the black gentleman playing
guitar hadn't been for his star-spangled banner, boss of the Plains cowboy hat.
He was rocking some red facial hair and Jimi Hendrix jacket as well, and
flirted with the darkest, most under-aged ladies in the room. He goes by the
name of Lord Bishop and leads a band called Lord Bishop Rocks and that's all I
want to know for today. I sat right in front of him on the bar and he avoided
my camera as much as he could. Guess the admiration is always stronger when
never reciprocated.
On
the right side I had a shirtless hero playing air crucifixion and painting
portraits of career-dead idols, oil on wood. He was truthful and savage and I
was between his wide-open legs. I was grateful and he didn't seem to mind. I
could have stayed down there forever but 40 to 45 extra minutes went by and
Sahar is never unpunctual twice a day, so I left for the billiard at
Silbersackstraße with her and her brother Nader. It's okay to be in love for a
short while.
All pictures taken on 22nd July 2016 at Reeperbahn's Café Lehmitz, Hamburg, Germany.
En realidad, no se ha
dicho mucho de él para lo que debería dar de sí la figura de Jimi
Hendrix. Quizás porque, pese a lo vistoso y apabullante de
aquello a lo que él llamó, según palabras del legendario manager y productor Kim Fowley, su "rock & roll de ciencia
ficción", Jimi era un introvertido que repudiaba su voz y adolecía de
complejos de origen adolescente por no haber podido vestir ropa suficientemente
molona en el instituto. Si podía desviar el foco de atención de su afro alado,
sus disfraces de gitano espacial y sus truenos y relámpagos rifferos, con toda
la paradoja que se pudiera poner de colgante y anillo, Jimi así procuraría.
Sólo espero que no se
moleste mucho; hoy no va a poder impedir que se hable de él, en parte por estar
muerto y en parte porque éste mediodía a las 12:45 pm se cumplieron exactamente
46 años desde que fue pronunciado el vuelo con sus little wings
hacia el firmamento y más allá de la estratosfera, alejado de la vulgaridad y
el odio desprendidos por aquellos a los que, alguna vez, pudo considerar
sus congéneres en la Tierra, entre los astros de la paz y del exceso, donde
siempre debió estar. La historia de su vida, como anotó en su poema final y
último testamento lírico, fue un abrir y cerrar de ojos, un parpadeo del que
aún se recomponen generaciones venideras. Porque cuando una criatura de la
exquisitez de Hendrix muere en una moda de semejante patetismo y precipitación
(asfixiado por su propio vómito e intoxicado con barbitúricos a los 27 años),
un ejemplar menos distinguido en la cadena alimenticia puede sentirse entre
culpable y subnormal, en plan llegar a pensar que quizás Jimi Hendrix murió por
el puto caso que le hace la radiofórmula a su mal gusto; "¿y si matas un
poco a un gatito y otro poco a Chuck Berry cada vez que escuchas un
vallenato desesperado? Yo hay noches que no duermo pensando en
esto.
¿Y qué hacen los
mortales como ejercicio de redención? Más arte que les haga tan altos como
Hendrix durante un rato, cine con el que recomponer la escena del crimen
que inconscientemente diseñó su propia y vulgar infrasensibilidad. Eso intentó John
Ridley, guionista ganador del Oscar por 12 Years a Slave (2013),
dirigiendo y escribiendo Jimi: All Is by My Side (2013),
coproducción britanicoirlandesa que narra los años inmediatamente anteriores a
la popularidad de Jimi Hendrix sin una sola canción compuesta por Jimi Hendrix.
¿Decepcionante? Sí. ¿Quita las ganas de verla ya de primeras? Bastante.
¿Protagonizada por André Benjamin? Démosle una oportunidad.
All is By My Side no es ningún hito cinematográfico ni científico; utiliza el mute como herramienta retórica de tensión-relajación original, pero dejando esto de lado, no lo cuenta mejor (a diferencia de otros biopics más abarcadores como el Get On Up (I Feel Good) (2014) sobre James Brown) ni lo que cuenta es mejor o traspasa la capa del chismorreo hippie. Qué digo, peor incluso, la de la calumnia rockera: al lado de una acusación verbo-visual y presuntamente ficticia de violencia de género, nadie debió prestar importancia alguna a gazapillos menores del estilo Keith Richards chivándose al padre de Linda Keith (pareja del Rolling Stone entre 1963 y 1966 y descubridora de Hendrix) de que un drogadicto de color la estaba trayendo por la calle de la amargura. De acuerdo con lo relatado en su autobiografía de 2010 Life, Linda por aquellos entonces se estaba llevando ella solita por la calles multicolores de los polvos mágicos y las pastillas purpurina, y su novio que décadas más tarde se esnifaría sonadamente las cenizas de su respectivo padre no aprovaba aquellas abusivas maneras. Ironía que, en éste caso, la mentira suene más plausible que la historia; un Keith despechado porque Hendrix le iba a levantar a la novia tiene mayor credibilidad que un Richards sanote y paternalista (tratemos de concebir, por un instante, la posibilidad de un mundo en el que Keith Richards hace pilates, come quinoa y presta su imagen a campañas de concienciación contra el consumo de estupefacientes al volante).
Así que de no ser por Benjamin, las biografías de hoy no serían más que los PowerPoint con música de mañana, y es que quitando la bonita imaginería sesentera de hemeroteca en formato diapositiva, a All Is by My Side sólo le queda la rigurosísima y encandiladora interpretación de 3 Stacks. El otro tercio del duo OutKast (no offense, Big Boi, pero supongo que no te llamaste big por lo enclenque) se quemó la melena de tanto hacerse la permanente, aprendió a tocar la guitarra con la mano izquierda y a hablar como un maricón desnutrido (no offense, herederos de Jimi Hendrix, pero es lo que hay), todo en el noble nombre de honrar la memoria del que es considerado uno de los guitarristas más transgresores e influyentes del siglo XX. Un colosal despilfarro de talento y compromiso para con un proyecto que estaba predestinado al fracaso, tanto crítico como público, des del momento en que se decidió ponerle lorzas a Chas Chandler (bajista de the Animals, manager de Hendrix y feliz veinteañero sin lorzas en la vida real).
Mejor ya ni meterse y dejar para pasto de leyenda qué parte de certeza y qué de licencia poética hubo en la escena en la que se elegía a cara o cruz si el puesto a la batería de la Jimi Hendrix Experience lo ocuparía Aynsley Dunbar o el finalmente experiencedMitch Mitchell, más o menos como Lou Reed votando por Doug Yule para substituir a John Cale porque era Acuario como él, y ya tenían dos Leo en la Velvet Underground. Ni las posibilidades de veracidad de simples y mágicas eventualidades, ni la reiteración de Hendrix en que no había más que colores... Nada lava la culpa ni disuade al hombre terrestre en su empeño por hablar hablar hablar sobre él, darle vueltas al misterio sin resolver de su asesinato sin homicida, diseccionar el azar que fue su don y que es lo mismo que querer guardar el viento en un tupperware a toda costa.
Quizás por eso hace sentir especialmente improductivo disertar sobre un hombre que se lo dejó todo reposando a hombros del talento, sin siquiera hacer ademanes de una pretensión más-allá-ista de lo que se ve y se siente, y al computar tal miseria dialéctica acaba saliendo poco que articular sobre él. "La gente planea ésto y lo otro, y cuando no le sale bien se vuelve loca. Por eso yo no planeo nada, voy con la corriente", le explicaba Jimi a Linda, y te cuenta esto a la cara y luego tú con qué ídem le preguntas lo que quería expresar cuando quemó la guitarra de Keith en Monterey. "¡Hay que ponerle colores a ésta Stratocaster, tío!"
Entonces, ¿qué paja te quieres sacar del bolsillo para hablar de una puta corriente que lo lleva a uno cuando nace genio? Todo lo que logres decir sobre él serán sólo pinceladas de ciencia ficción aquí y allá.