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22/8/15

MUSIC: Benjamin Booker, tired of feeling guilty just for wanting a little bit more

Benjamin Booker (2014), disco debut de ídem. Via DIY Mag
















¿Cansado de sentirte culpable por pensar que todo lo que cae bajo el calificativo indie rock no es más que screamo para post-adolescentes sin gomina ni masa muscular que leen contraportadas de novelas de Bukowski, se hacen fotos con ellas y las cuelgan en Instagram acompañadas de frases sobreexplotadas por la comunidad Tumblr (intentando parecer inteligentes a la par que misteriosos y con peculiar sentido del humor) tipo “y en ese momento, juro que fuimos patatas fritas con wasabi #bukowski  #patatas #curvy #vsco #vscocam #hashtag”? Yo también. ¿Eres un poco hijo de puta y odias a la raza humana en su esplendorosa totalidad? Yo también, pero ese no es el tema de hoy. El tema de hoy es que Benjamin Booker puede considerarse teóricamente indie rock y a pesar de ello, si comulgas con el aserto anterior, además de estimarte amante del blues, el soul, Patsy Cline o de cualquier otra cosa rabiosa y sanguinolenta en general, te va a encantar. Palabra de atea del indie rock.

Aunque es posible que el presente artículo acabe resultando contraproducente con respecto a su propósito inicial, que, tal y como intentaba sugerir durante el párrafo de presentación, no era otro que  el de demostrar a mis homólogos hispanohablantes y dolientes de alternitivitis crónica que, en efecto, hay vida después de lo independiente. Porque, seamos completamente honestos; no habría de tomarse siquiera como notable el acto de recelar de un género cuya principal característica definitoria y apelativa es rotundamente circunstancial, instrumental y logística; ser producida con independencia de los sellos discográficos comerciales. Para que nos hagamos una idea de lo ditirámbicamente absurdo del asunto, esto sería equivalente a describir el jazz como música que se vende en cajas de cinco unidades de doce minutos cada una y que, ¡agárrate!, a la gente le gustase explícitamente por ello. Afirmar que "no te va la música comercial" sonaría a premisa tan válida y ordinaria como que no te mole la que viene envasada al vacío. O todavía más lejos; la belleza intrínseca de un estilo de música residiría en atributos enteramente ajenos a lo musical, artístico, sonoro o incluso emocional, como si se fuera a conciertos de Jake Bugg para ponerlo en el currículum vitae o se adquirieran álbumes de Thelonious Monk para meterlos en la despensa ocupando el menor espacio posible

Sí, lo admito; éste plano de visión crea un vacío legal por culpa del cual no se tiene en cuenta la histórica audacia sociológica de la música alternativa, ni tampoco su innegable mérito como democratizadora cultural. Aun así, continúa no quedando invalidada la proposición arriba expuesta; de nuevo ¿escuchamos un tipo de música por su aportación al progreso de la humanidad, por muy loable que ésta sea, o más bien porque hace que vibren partes de nuestro cuerpo que no habrían de vibrar en estado de reposo?

Y eso es precisamente lo que me ocurrió mientras contemplaba, por primera vez en mi vida, a Benjamin Booker desde los aledaños del escenario Heineken, en el Primavera Sound 2015. "¡Vaya, si la música indie también se disfruta, no sirve sólo para ser expuesta en una vitrina/estado de Facebook y fardar de  cantidad de horas invertida en fornicar con Rockdelux, Pitchfork y Je Ne Sais Pop! ¡Ay qué alegría! ¡Por fin lo pillo, soy una de ellos! ¡Mamá, mañana empiezo a dejarme barba!". No podía arder más en deseos de compartir éste episodio de iluminación con el resto del mundo, de cómo pasé de estar sorda a oír, y evangelizar a cualquier semejante descarriado en la fe mía recién encontrada.

¡Eh! No me juzgues muy severamente, todavía, no soy tan facilona ni quiero adherir a nadie a ninguna secta religiosa; advertí de que venía para abrir mentes, nunca convertir moros en cristianos. ¿Sigues creyendo que las tías sólo escuchan Radiohead por el indudable atractivo físico de Thom Yorke?  ¿Panda Bear, Animal Collective o (atención) Super Furry AnimalsJAJAJAJAJA (si es que me lo ponen a huevo) te parecen la banda sonora perfecta para una orgía de gente especial de esa que se disfraza de osito de peluche para follar? ¿Sospechas que si fueras de Granada y tuvieras cuerdas de guitarra en los sobacos compondrías canciones con más grasia y más harte que las de Los Planetas? Bien, yo igual, no dejes de leer.

El mayor, prácticamente único encanto y seña de identidad de la música llamada independiente consiste en su desarraigo. No suena mucho a nada que haya existido antes, no se parece manifiestamente a su padre ni a su madre, ni está en deuda con ninguna tradición; la ingravidez forma parte de su naturaleza. Sin embargo, a medida que avanzaba el concierto, noté que algo no rulaba, que éste chaval, Benjamin Booker, no gravitaba al cien por cien, que era como un bonsái: chiquitín y con más raíces que tronco. Lo primero lo sé porque me lo crucé nadando a crol en la piscina de peña que veía a The Replacements el primer día del PS. Lo segundo, porque para cuando empecé a presentir estas paranoias el tipo ya llevaba dos covers, y todo el que se precie sabe que la gente alternativa es alérgica a las covers, en lógica concordancia con su desdén hacia la ascendencia intelectual. Y no únicamente por eso, también había motivos menos evidentes y más agresivamente perceptibles a través de los sentidos. Lo de Booker era un tira y afloja crispado, irritado pero a la vez exquisito entre dos universos sónicos; uno que flota sin conocer anclas, que no sabe ni adónde va ni de dónde viene, y otro que se amarra al centro de la Tierra con cepas centenarias. Pretende ir hacia delante arrastrando lo de detrás, una hazaña tan temeraria, tan utópica como entrañable, como admirable.

Lo entendí mucho mejor tras escuchar de principio a fin y en el orden en que fue concebido su homónimo debut Benjamin Booker (2014), uno de esos trabajos que, literalmente, encandilan al primer intento, no piden apenas poner de la parte del oyente, lo cual de vez en cuando (aunque sólo si se hace bien) es de agradecer. No obstante, lo acabé de captar al cien por cien cuando encontré por YouTube ésta joya de una belleza sin parangón, de las mejores versiones de cualquier cosa que haya visto yo en mi puta vida, y que no hace más que reforzar la teoría según la cual la auténtica calidad y honestidad de un artista se vislumbran mejor a través del trato que da a las canciones de otros. De acuerdo con lo anterior, Benjamin Booker es la próxima reencarnación de Louis Armstrong y Gram Parsons combinados. Aviso: éste Walkin' After Midnight de Patsy Cline rompe corazones:


Aviso 2: la original también:


Por decirlo de alguna manera, Ben nació en Virginia Beach, Virginia, creció en la punky Tampa, Florida y se hizo hombre en New Orleans, Louisiana, adonde fue a parar, como mucha otra gente, después de que el Huracán Katrina la convirtiera en una de las ciudades más baratas de Estados Unidos. De ahí, de ese ser de muchas partes y de ninguna, le viene con toda probabilidad una fobia abierta a los purismos, muy especialmente a los del blues (comunidad entre la que jura no sentirse nada bien recibido), y el revuelto del mismo con soul, boogie, americana, country, folk, punk y a saber qué más, patentado como algo muy nuevo, muy suyo, muy viejo y muy de quien lo quiera, todo al unísono. El destino lo empujó literalmente a acabar como un perdido de la vida del rock & roll, tras un rechazo de la NPR (la radio pública estadounidense) para trabajar en su programa de música una vez terminó los estudios de periodismo en la Universidad de Florida, y otro del mismísimo Nardwuar the Human Serviette, quien ahora se atribuye el detonante del nacimiento de Benjamin Booker, el muy cabroncete. Lo de ser músico le daba respeto, y a sus padres, devotos cristianos temerosos de Dios, de los de ir a iglesia todos los domingos con un crío punky arrastrado de las orejas, algo más feo incluso que el respeto, así que decidió que escribir sobre su pasión sería la opción menos intimidante.

Benjamin Booker se grabó íntegro en analógico, como dictaba el melómano orgánico que lleva dentro, en los mismos estudios The Bomb Shelter de Nashville donde debutaron mis buenos amigos Vintage Trouble; es que a Booker lo que sea o suene a electrónico le da asquete y se le nota. Le ayudaron Max Norton a la batería y el multifacético bajista (al fiddle cuando tocan versiones de Furry LewisAlex Spoto, un par de músicos igual de estudiosos e irreverentes en lo que a cruzar fronteras genéricas se refiere. Juntos están aprovechando el impulso de la ola renacentista del roots rock, que lleva ahora un par de años creciendo, para hacerse un hueco en ésto del show business, más algún que otro cable que se echa haciéndose protége de Jack White.

En mitad de una mítica pelea automobilística acerca de cómo se ganaba el sustento con sus conservadores progenitores, decidió que tenía asuntos sin resolver con personas concretas, y sin encontrar medio más adecuado ni haberlo hecho antes, escribió una canción para cada una de ellas. Juntas suman doce, y conforman el disco que ha puesto cara al último estandarte del blues rock mestizo de la segunda mitad de la presente década.

Ben dice que el álbum entero está lleno de errores, pero que así debe de ser. Como si nos fuéramos a dar cuenta, Violent Shiver arranca con un riff Chuck-Berry-esco que desemboca, para profunda confusión del oyente, en un pantano de lodo seco y fluidos adolescentes. Una cochinada feromónica de ejemplo enciclopédico (por si algún dia incluyen una entrada para eso en los diccionarios). La segunda, Always Waiting, lo mismo; despega blusera, sonámbula como esos discos de blues de los 1920 y los 1930 que tanto escucha (Blind Willie Johnson (su favorito), los putísimos Sonny Terry con Brownie McGhee, Tampa Red) para acabar en el enésimo episodio de guarrería frenética.

Slow Coming, como su nombre deja entrever, es un respiro para los nervios y un despertar de las conciencias (Aunque los ordenadores acaparan mi tiempo/ Aunque hay satélites flotando en el espacio/ Aunque mi teléfono predice el tiempo/ Todavía no podemos ayudarte), y Wicked Waters es el himno del adolescente esnob, lo que me hubiera gustado que me cantaran el día que me hice adulta (si es que ese día pasó ya). Ambas se unen en un conmovedor mini-film dirigido por James Lees y dedicado a todos aquellos que se desesperan ante lo lento del avance humano cuando se trata de lo verdaderamente esencial:


Have You Seen My Son? es punk garajero con título más propio del repertorio de Blind Lemon Jefferson, un intento de empatía... ¿fallido? pero enternecedor hacia su pobre madre beata. Y hay un aura de pesimismo derrotado en las letras de Booker que se contradice con la rabia física estimulada por su guitarreo y su garganta agrietada de fumar desde el día que nació, como dice en Spoon Out My Eyeballs. Otra vez al acecho la sombra de la gran lucha americana por la consecución de una madurez vital personalizada, esa misma que Hunter S. Thompson fotografiaba con palabras en forma de abismo entre permanecer quieto e ir hacia adelante. Hasta aquí todo relativamente común dentro de los estándares del blues/rock/punk/soul/noise/sangre sucia, si no fuera por un tercer choque frontal con el carácter y apariencia cándidas del músico, actitud bastante menos extendida en el género. Ni en millón de años volverán a confluir tan dulce, sonriente y tímida fachada al hablar con la mala baba que le entra subido sobre un escenario, sin contar la picaresca inesperada y constante que transluce en sus entrevistas.

La fragilidad autobiográfica de cada tema llama especialmente la atención en ratos como I Thought I Heard You Screaming, tema inspirado en una chica con serios problemas de adicción a la que frecuentaba durante las más bajas horas de su lozana existencia, plagada de blancazos en la memoria y miedos a un posible gen esquizofrénico que corre por la familia y que, Ben sospechaba, podría estar alimentando con su maltrecho modus vivendi. Happy Homes es americana al estilo afro, fabricada por un negro que, incomprensiblemente para alguien tan blanco como yo, aparenta identificarse más con lo anodino de la claridad que no es que con la jugosa oscuridad que sí. Y para cerrar, By The Evening, casi como decía Leroy Carr, lo más cerca que se puede estar éste año de Spik James, Son House o Blind Boy Fuller.

Benjamin Booker, al final del día, resulta que no es indie rock, pero tampoco está tan arraigado ni procede del futuro. Ni punk, ni folk, ni boogie, a la mierda Eric Clapton y sus lameculos fascistas de los sonidos, el purismo se ahoga en 2015. ¿Por qué sentirse culpable por querer un poco más de todo, un poco más de lo que dé la gana? A partir de ahora, amaremos cualquier cosa mientras tenga rabia, derrame sangre y, sobretodo, sea real, por muy difícil que parezca. Palabra de atea de todos los géneros.

Fotografía original de Charlotte Robin. Via Wordfrom
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24/4/15

MUSIC: 1886, invocando espíritus indígenas desde Sant Just Desvern


1886, de izquierda a derecha, Pau Bassedas (voz y guitarra), Pol Gómez (guitarra), Marc Fàbregas (batería) y Pol Ventura (bajo), el 9 de 
abril en la sala BARTS barcelonesa, como parte del cartel del festival Guitar Bcn 2015. Fotografía de Francesc Fàbregas. Via 1886
"No, ¡que va en serio!", les insistía a los de mi grupo de melómanos cuando se los presenté. "No son ninguna vieja gloria del rock psicodélico que, accidentalmente, cayó por un agujero del colador de leyendas pop fabricado por el periodismo piji-porreta de Creem y Rolling Stone a finales de los sesenta. Aunque parezca mentira, no, no lo son".

"No fueron la niña bonita en la clandestinidad del San Francisco beatnik, injustamente postergada al olvido y forzada a alimentar su vanidad a base de puntuales demostraciones de amor públicas de los pseudo-fans del artista de culto, escobando las migajas de reconocimiento que caen por las comisuras labiales de los enemigos de Times Square y del corte de pelo a cepillo, sobreviviendo miserablemente en un puñado de subconscientes inadaptados hasta este año 2015 de Nuestro Señor. Desterrados en un desván de mitos underground con sabor añejo, bajo una capa de polvos grises que dan tos y de otros blancos que dan risa, en el cruce de Haight con Ashbury Street de la memoria musical colectiva. Ahí es donde creeréis que podríais encontrar a 1886, pero no, mucho me temo que no lo lograríais. ¡Tíos, no bromeo, de verdad!".

Tal cual se lo conté, vía grupo de WhatsApp y con unos cuantos emojis intercalados. Entonces les dije que, además, eran de aquí al lado, de Sant Just Desvern, y que los cuatro debían de rondar la veintena más temprana. Me tomaron automáticamente por loca, flipada, que si había aspirado un rastro del humillo espiritoso al que huelen las canciones de su primer largo, Before the Fog Covers the Mount (2015) (lanzado por Bandcamp a principios de enero, en compact disc desde hace unos días y próximamente editado en formato vinilo por Helmet Lady Records). Tampoco los culpo; estos chicos de 1886 tienen un talento atípico como máquinas del tiempo sónicas, acentuado por la lejanía espacio-temporal de sus circunstancias cronológicas y geográficas. Capturan lo bueno, lo mejor y lo superior de la crisis transicional entre la América pre y post Altamont, y escriben desde Barcelona con desamor a los "viajes" más lúgubres de Jerry García (Grateful Dead), Grace Slick (Jefferson Airplane), Big Brother & the Holding CompanySteppenwolf y Quicksilver Messenger Service. La herencia de la escuela anglicana también hace mella en ellos; hay pasajes de The Seed of Feed que, pese a su elementalidad instrumental, dan mucho las gracias a Cream y a Blind Faith. Sin embargo, y aun siendo cierto que los oídos pitan a ratos de lo progresivos que se ponen, les falta un trecho de pedantería como para sonar 100% europeos. Esto sin considerar los ecos difuminados al Krautrock de una versión conservadora de Can (compárense bichos raros como Flying Whales & Swimming Birds con Bring Me Coffee or Tea de los alemanes), componente que señalaría como responsable involuntario de apartar a 1886 de lo burdamente revival y aproximarlos a una extrañeza sonora bastante impropia de su género. 

Porque para revivir épocas doradas ya existen Radio Moscow, que son unos hachas en lo suyo pero que no hacen casi nada que no hiciera Jimi Hendrix con los dientes y por la espalda cincuenta años atrás. 1886 proponen algo superior a la simple aliteración musical, algo así como un triple puente entre la densidad y la mitología late 1960s, la ambigüedad genérica contemporánea y el rifirrafe entre lo tosco y lo melódico del grunge (esto último se evidencia con mayor desvergüenza en temas como The Birth of the Truth, de su homónimo EP debut, 1886 (2014)). Atrapan con acierto el componente acid de ese stoner rock de enciclopedia ejecutado por grupos como Clutch en los noventa, aunque de forma mucho menos primaria y más introspectiva. Si Pearl Jam hubiesen surgido del mismo Seattle que Hendirx, probablemente sonarían exactamente como este cuarteto de catalanes; ejecuciones lánguidas, casi perezosas, aunque sentenciosas en su mensaje final; atmosferas que se arrastran demasiado como para poder considerarse heavy; espesor y autocomplacencia sin llegar al blues; cadencias con portentoso carácter, hecho que los deja fuera del círculo polar alternativo. Y ya no se sabe si a posta o de pura casualidad, pero la voz de Pau Bassedas evoca a un Eddie Vedder en sus horas más maduras, graves y vulnerables (Severed Hand).

Luego, como puntilla, añadir que su modesta parafernalia visual (esto es, la portada del álbum hippie-trippy-selvática, según hacen constar diseñada por Ignasi Clemares) está bastante cuidada y les suma credibilidad, cosa que, a pesar de parecerlo, no es asunto baladí; si se han tenido los cojones y el esnobismo suficientes para infiltrarse en una escena musical que no corresponde ni por lugar ni por fecha de nacimiento, ténganse también para llevarlo hasta las últimas consecuencias y tratar de mimetizarse con el entorno, joder, basta ya de Russian Reds y acentos ingleses de mierda en este puto país.

El 9 de abril, alrededor de las veintiuna horas y en el marco del festival Guitar Bcn, nos presentamos en  BARTS, que es la típica sala medio moderni medio solariega que, simplemente, mola. Cuando nos cansamos de mirar los paraguas que cuelgan del techo y los radiocasetes incrustados en la pared, nos da por preguntarnos por qué 1886 se llaman 1886. Metemos la cifra en el buscador de la Wikipedia, a ver qué sale, y la entradilla no cuenta nada excesivamente estimulante: "1886 fue un año normal comenzado en viernes según el calendario gregoriano", rezaba. Comenzar un año en viernes da buen rollo y tal, pero contestar semejante parida en una entrevista cuando te preguntasen por el nombre de tu banda sería una ramplonería de campeonato; era imposible que no existiera un motivo con más sustancia. Finalmente, contrastando fuentes por Google, descubro que el origen de 1886 cabe rastrearlo hasta una película del gusto de sus integrantes que narra las Guerras Apaches, último conflicto bélico supeditado a las denominadas Guerras Indias, iniciado en 1861 y acabado, sí, efectivamente, en el año 1886 d.C.

Con el "modesto" propósito de invocar a las almas indígenas que perecieron durante dichas masacres, 1886 aparecen en escena e intentan por fin abrirse paso a través del runrún que inunda BARTS, no sin cierta timidez. Durante los primeros temas, se dieron problemas de comunicación técnica entre la centralita y el espacio vital del bajista. A partir de la tercera y cuarta canción, las ruedas parecían estar ya suficientemente engrasadas y empezaron a rodar; se regalaron, como cabía esperar, con toda la crema guitarrera del Before the Fog Covers the Mount, intercalada con alguna del EP predecesor (grandilocuente y melancólica Song for Lucy & Concerns) y la grata sorpresa de una versión de The Witch Queen of New Orleans de Redbone, con la que dejan translucir su debilidad por todo lo nativo americano. En vivo todavía más que en el álbum, se añoran profundizaciones serias en pasajes ácidos al estilo Ram Jam, como sucede con el último tercio de Breakdown, aunque su deliberación, por lo general, fue precisa y contundente a lo largo de todo el concierto. Destacó por encima de cualquier cosa (en este caso sí, con la misma impepinabilidad tanto en vivo como en LP) The Path Through the Green Forest, siete minutos de auténtica alucinación paisajística, flotabilidad grungera hecha hard psych, la clavada más asesina de la colección sin un ápice de duda. Que sigan caminando por este preciso sendero del bosque verde, porque es aquí donde se les nota sobrados, como los verdaderos alumnos aventajados que tiene pinta de ser.

Se despidieron categóricamente con lo mismo con lo que saludaban en el álbum, Woodsman. Al final de la noche, acabó resultando incluso tranquilizador que se les transparentara una suerte de nerviosismo adolescente mientras tocaban; si a estas alturas de sus carreras ya ostentaran tanta seguridad sobre los escenarios como dentro del estudio de grabación, vaticino que 1886 estarían rodando por el mundo, quemando bares y violando a adolescentes en menos de lo que tardaba un joven Robert Plant en despechugarse. Por ahora, continúan invocando espíritus de apaches caídos en batalla, en busca de un alma más propia, más definitiva y más precisa. No recomendaría a nadie que los perdiera de vista; podrían encontrarla en cualquier momento. Va en serio.

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