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18/9/14

DESIGN: Ingeniería y diseño: ¿dos caras de la misma moneda?



De Oscar Wilde aprendí el resto de cosas que deben saberse sobre la vida y que no me enseñaron ni mis padres ni Albus Dumbledore. Una de ellas es que todas las influencias son inmorales desde un punto de vista científico. Soy la única editora de este humilde e idiosincrásico pensadero punto com, y alguien con mala baba podría fácilmente colgarme el San Benito de ego blogger o (de forma eufemísticamente análoga) influencer. Consecuentemente, debería resultar un tanto contradictorio que aplauda una afirmación como la anteriormente citada. Pero es que es tan difícil escapar de la influencia... Mucho más dentro de esta víbora súper social y súper absorbente en la que se está convirtiendo el mundo. No hay que ir más allá de nuestra biblioteca iTunes para darse cuenta; al señor de Apple, por ejemplo, no le importa que no me guste U2 (muy a pesar de que sé que lo sabe porque le dejo actualizar el Genius todas las veces que quiere). Nos ha colado a mí y a todo bicho viviente que tenga cacharrería electrónica con el símbolo de la manzanita lo nuevo del grupo de Bono. Ésta es una forma de influencia exageradamente avasallante, de acuerdo, pero sirve para demostrar hasta qué punto hoy en día somos vulnerables al influjo de cualquier voz que no sea la nuestra propia.

Sé lo que estáis pensando y no, esto no va a ser una crítica camuflada de lo último de los irlandeses (Songs of Innocence, ya en vuestros iPods, iPads, iPhones y Macs des del 9 de septiembre). Hablar de U2 es algo que, sencillamente, nunca tendrá cabida en este blog a no ser que me paguen por hacerlo. Cuestión de principios. Hoy quería intentar influenciar pero a propósito, acerca de algo que nos afecta a unos pocos directamente pero que repercute sobre cualquiera de forma indirecta y que, al final, sólo es una insignificante muestra de un fenómeno que se repite constantemente y en diferentes ámbitos.

A todos los seres humanos nos gusta el orden. A todos. A unos más que a otros, está claro, pero nuestra razón de ser puede, en el 99,9999% de los casos, extrapolarse al desenmarañamiento de algún tipo de caos; el caos de nuestras vidas. Nos mola hacer inventarios, clasificar, archivar, separar, meter las cosas en carpetas y cajones. Esto es así y esto asá, tú eres negro, tú lesbiana y tú musulmán, esa es de los Rolling y ese de los Beatles, las ovejas balan, los mosquitos pican y el agua del mar está salada. ¿Aquello que no puede definirse con una palabra? ¿Lo que es dos cosas a la vez? ¡Alarma, terror! De forma más o menos consciente, huimos de la ambigüedad y la ambivalencia como de la peste. Jerarquizar tampoco nos chifla menos; pirámide de necesidades, pirámide nutricional, el sistema de castas hindú, aquel está por encima de aquel otro, esto es mejor que aquello, esto importa más y aquello es prioritario sobre eso. Pero por favor, que no se me malinterprete, ningún tipo de categorización o intento de simplificar grandes cantidades de datos es maligno en sí mismo, sino todo lo contrario; en muchos casos es necesario y beneficioso. En otros, en cambio, puede ser totalmente inútil y devastador.

Para intentar ilustrar un poco mejor la paranoia pseudoantropológica que acabo de vomitar, expondré el caso de mi estado académico-profesional.

El tema es el siguiente: me entran sudores fríos cuando alguien me pregunta lo que estudio. Rara es la vez que se conforman con el nombre de la titulación como respuesta. "Ingeniería de diseño industrial. Ah, chachi", dijo NADIE NUNCA. Casi siempre va seguido de un "¿Pero eso exactamente...?" o "¿Haces ingeniería y diseño al mismo tiempo?". No creo que haya dado nunca a nadie una contestación del todo satisfactoria, la verdad; definitivamente no se trata de hacer dos cosas al mismo tiempo, pero creo que tampoco es una sola. Sin embargo, mi humana inclinación por el orden y el etiquetaje me obliga a definirme, a decantarme de un lado o del otro. Entonces llega el día en el que, inevitablemente, he de preguntarme a mí misma, "Mí Misma, ¿deberías preferir ser considerada ingeniera o diseñadora?" Y me respondo que no lo sé, que no estoy segura. La mayor parte del tiempo, eso sí, depende del contexto social en el que surja el interrogante; si quiero que un interlocutor piense que mi trabajo sirve para algo, y no que me paso el día haciendo dibujitos con el iPad, le digo que estudio ingeniería; si, por el contrario, prefiero evitar que crea que tengo un ego del tamaño del Taj Mahal y que todos los problemas de la vida los resuelvo por aproximación lineal, el diseño es mi campo.

Bromas, tópicos y puyas a parte, la siguiente pregunta natural es, ¿por qué he de escoger ser una cosa  u otra? ¿Por qué no puedo permanecer en este estado indefinido en el que me encuentro? Más incluso; ¿qué pasa si me es imposible disolverlas? ¿Qué hago si la ingeniería y el diseño me parecen dos caras de una misma moneda? Por supuesto que se puede sentir predilección por una faceta sobre la otra, tener debilidades. Yo misma las tengo, y no hago nada por ocultarlas pero, ¿de qué sirve elegir cuando la interdependencia entre ambas es tan acusada? La una deja de existir sin la otra y viceversa.

Casi nadie se atreve a discutir lo imprescindible que es un ingeniero. Da sentido a la ciencia, que se dice pronto. Ejerce de intermediario entre el conocimiento abstracto y la vida práctica. Dedica todo lo que sabe a inventar y optimizar sistemas que mejoren las vidas de los demás, en un ciclo constante e infinito. Los problemas nunca acaban de resolverse, siempre hay un más difícil todavía, un grado de deficiencia superior y menos perceptible por solventar. Decía Arthur C. Clarke que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Eso convierte a los ingenieros en poco más que prestidigitadores de la técnica, brujos con perspicacia por varita.

La reputación del diseñador está, desgraciadamente, un poco más en entredicho, y siempre por causas totalmente ajenas a él; la juventud del diseño como disciplina académica y profesional, junto con la aparente vaguedad de su cometido, desestabilizan la credibilidad que entendidos y defensores tanto se esfuerzan por apuntalar. El diseño, además, tiene otra crisis de identidad en el lado opuesto del espectro; la delimitación de la línea invisible que lo separa y lo une al arte. Con semejante carga a sus espaldas, el diseñador no cesa en el desarrollo de su función particular; si el ingeniero mediaba entre el conocimiento y la vida, el diseñador adopta el papel de traductor entre ciencia aplicada y sociedad. Sin él, la tecnología que tanto adoramos y de la que tan fuertemente dependemos sería poco más que un montón incomprensible de metal, cables y HTML5. Dicho de otra manera: si no existieran los diseñadores, necesitaríamos hacer un cursillo para utilizar Whatsapp, Internet, un microondas o un cajero automático, no tendríamos la más remota idea de qué hacer en un supermercado ni sabríamos cómo movernos en el metro, un hospital o una ciudad. Y por muy accesorio que pueda parecer, el diseñador también es un embellecedor a sueldo de la vida, alguien que cobra por poner la sangre de la gente a hervir, los corazones a palpitar. Un diseñador se encarga de que entremos en un sitio y nos queramos quedar, de que miremos algo y nos emocione, nos inspire, nos estimule. Es decir, tonterías absolutamente prescindibles, ¿verdad?

Resumiendo y por si alguien todavía no lo ha pillado; sin ingenieros, el dibujo tan pedante y divertido que llevo impreso en la camiseta de la fotografía que encabeza este post duraría un máximo de dos telelavados. En el lado opuesto, si no fuera por los diseñadores, ese mismo dibujo (que resistiría todos los centrifugados que puedan caber en una vida como poco) tendría tan poca gracia que nadie la usaría ni para limpiar cristales. Así pues, a quién quieres más, ¿a papá diseño o a mamá ingeniería? Si tantas ganas tienes de divorciarlos, ¿sin cuál de los dos crees que podrías vivir mejor? Elige sólo a uno, si te atreves.

La camiseta me la regaló un señor muy majo e inspirador llamado Ben De Vleeschauwer, diseñador y profesor de la Karel de Grote
Hogeschool en Amberes, Bélgica, un día que vino a dar una clase en la uni, así que no sé de dónde la sacó… Y el blazer de Zara.

Y cambiando de tema, os habréis fijado (o no) en que he actualizado el avatar del blog. Lo sé, lo sé, ¡ya era hora! Si os apetece hacer algo muy poco productivo en lugar de hacer las cosas importantes que deberíais estar haciendo, podéis echarle un vistazo al ABOUT o perseguirme por las diferentes redes sociales disponibles para ver qué os parece la nueva imagen corporativa. ¡Feliz jueves!

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12/6/14

ART: Kandinsky, un señor que quiso ser expresionista y se quedó en desordenador clínico

Wassily "Wassy" Kandisnky con traje y a lo loco, dándolo todo pim pam pum toma lacasitos en el estudio
junto a su cuadro La curva dominante, Neuilli-sur-Seine, Francia, 1936. Fotografía de Boris Lipnitsky.
Via blogger
"Esta mierda también la sé hacer yo y nadie me la pone en un museo", 
dijo todo el mundo en la historia de la humanidad cuando vio un cuadro de Kandinsky.

Hace poco salió la noticia de que un cuadro de Piet Mondrian (uno que, como se puede apreciar en la imagen a continuación, posee una gran personalidad y destaca sobre el resto de su obra pictórica porque tiene rayas negras y un cuadrado rojo y otro azul y un fondo blanco y gris y se llama Composición con rojo, azul y gris. Un beso, Piet, sabes que te adoro) espera subastarse este mes de junio en la casa londinense Sotheby's por la friolera de 22 millones de euros, cifra que podría convertirse en récord para el neoplasticista holandés.

Composición con rojo, azul y gris (1927), Piet Mondrian. Via lainformacion.com

Casualmente, y como las semanas no me dan para fotos ni casi para dormir últimamente, el otro día estaba intentando estudiar y se me apareció por ahí un ensayo de un colega suyo, Wassily Kandinsky, titulado De lo espiritual en el arte, que va más o menos de algo así como de crear una metodología teórica para la obra artística. Entonces me acordé de lo poco que me gusta Kandisnky y del hecho de que jamás he sido capaz de verbalizar el por qué de dicha aversión, aparentemente irracional. Pero ese día, por una mágica combinación de lucidez y pocas ganas de hincar los codos, vi la luz; al fin podía escribir palabra por palabra el motivo por el cual mi apreciación por la obra de este supuesto precursor de la abstracción plástica es tan inexplicablemente desdeñosa. El "razonamiento" es lo que sigue a continuación de un bonito retrato del aludido con un gato que encontraréis justo debajo de este párrafo (para que os deis cuenta de que no es nada personal; el hombre, de hecho, tiene cara de ser un cacho de pan).

Kandinsky y su gato Vaske. A las malas personas no les gustan los animales, eso lo 
sabe todo el mundo. Via rotorama

Los cuadros de Kandinsky son como yo (y me consta que como mucha otra gente, que tampoco quiero ir de niña rara todo el rato) cuando tengo alguna visita especial y recojo tanto la casa que aquello parece un quirófano. Entonces contemplo el espectáculo antibacteriano y casi biológicamente hostil en el que se ha convertido mi hogar y, en un intento de reforzar la idea de que en este lugar habita un animal bípedo y palmípedo que soy yo y que, como animal que soy, me alimento, suelto pelos y pieles muertas de vez en cuando y se me pegan el barro y los chicles a la suela de los zapatos al andar por la calle, empiezo a desordenarlo todo ordenadament. Por así decirlo, me diseño un attrezzo de "casa encantadoramente desorganizada"; dejo un libro abierto (por una página con un número par o al inicio de un capítulo) sobre la mesa, un boli al lado y un blog de notas que forme un ángulo lo suficientemente despreocupado con los dos elementos anteriores pero sin que parezca que es que no me podría importar menos dónde han caído ese boli y ese blog, que tampoco quiero parecer una cantautora atormentada y drogadicta del Greenwich Village; coloco un bolso encima de la cama, estratégicamente tirado en una esquina para no obstruir el campo de visión del osito de peluche, y las zapatillas de casa medio debajo del somier, apuntando en dirección contraria a este, como si estuviera tan loca que me hubiera levantado por la mañana y se me hubiera olvidado ponérmelas para ir al cuarto de baño (ya sabéis, a mí también me gusta vivir peligrosamente).

Composition IV (1911), Wassily Kandinsky, óleo sobre tela. Via wassilykandinsky.net
Blue segment (1921), Wassily Kandinsky. Via  wassilykandinsky.net
Black grid (1922), Wassily Kandinsky. Via  wassilykandinsky.net
Composition VIII (1923), Wassily Kandinsky, óleo sobre tela. Via wassilykandinsky.net
Transverse line (1923), Wassily Kandinsky. Via wassilykandinsky.net
Mild tension (1923), Wassily Kandinsky. Via  wassilykandinsky.net
On White II (1923), Wassily Kandinsky, óleo sobre tela. Via  wassilykandinsky.net
Black relationship (1924) Wassily Kandinsky, acuarela y tinta sobre papel. Via wassilykandinsky.net

Contrasting sounds (1924) Wassily Kandinsky, óleo sobre cartón. 
Yellow-Red-Blue (1925), Wassily Kandinsky, óleo sobre tela. Via  wassilykandinsky.net
Upward (1929), álias "Kandinsky paul-kleeleando", Wassily Kandinsky, óleo 
sobre cartón. Via wassilykandinsky.net
Decisive Pink (1932), Wassily Kandinsky, óleo sobre tela. Via  wassilykandinsky.net
Gentle ascent (1932), Wassily Kandinsky, óleo sobre tela. Via  wassilykandinsky.net
Kandinsky es exactamente eso. Es un desordenador clínico, un maestro de la espontaneidad fingida. Quiere hacernos creer que se puso con el compás y la regla a dibujar circunferencias y angulitos para luego desparramárlos por el lienzo en un arrebato de locura. Mentira podrida. Cualquiera con dos dedos de frente notará que se ha pasado por lo menos 5 días colocando cada figura en el punto más adecuadamente anárquico, y eso está muy mal y es muy de hipócrita, amigo Wassily. Ni siquiera cuando se guardaba sus herramientas de dibujo y se entregaba a la pincelada libre conseguía aparentar más naturalidad; se ve a la legua que va a rallajo negro por minuto (como mínimo), y su trazo es tan asentimental que ni el fauvismo anfetamínico de su paleta cromática puede salvarlo de la esterilidad emotiva

Aclarate, Kandinsky; o eres Mondrian o eres Van Gogh; o eres un nazi de los 90 grados y el tricolorismo Bauhaus, o eres un desequilibrado mental que clava pinceladas erráticas con pasión adolescente, pero las dos cosas a la vez no. No puedes guardarte el pastel y comértelo al mismo tiempo. Sencillamente, no puedes. No te creas ningún Dios, Wassy, porque no lo eres.

Un besito, W.K., y no te me deprimas; tus cuadros no valen ni para estampado de chandal de táctel de esos que llevan los presidentes venezolanos, los heroinómanos tirillas tipo Antonio Vega o los niños de clase media-baja en los ochenta, pero como ensayista no estás tan mal (si alguien no sabe lo que es un chandal de táctel, que se lea ESTA entrada urgentemente y se culturice un poco, coño, que no se puede ir por la vida siendo tan ignorante).

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