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3/7/17

Ajoblanco Unplugged





















NOTA: Éste artículo fue escrito a principios de enero de 2017 a modo de crónica poética de la jornada de puertas abiertas del Espacio Ajoblanco, celebrada el 19 de diciembre de 2016. Su contenido debe ser leído desde una perspectiva totalmente estética, lírica e hiperbólica.


Yo la verdad es que fui a las puertas abiertas de Ajoblanco pensando que se iban a decapitar muñecas hinchables vestidas con uniforme de Mosso d’Esquadra o cosas así, pero estuvo todo bastante tranquilo. Colgados de algún techo interesante en éste local colindante con la Diagonal y destinado a albergar su nueva Asociación Cultural, me imaginé un buen par de labios vaginales protésicos, con su matojo setentero de vello regio correspondiente, agarrando un diente de ajo sin pelar, como queriendo decir “¡eh!, que en el tercer Ajo se van a acabar el diseño gráfico y las chucherías, ¡por fin y para siempre, coño!”. Entre lo tarantiniano y lo almodovaresco, entre la mundología y el barrio, entre el chop suey y la sopa de cebolla, donde siempre quisieron (y supieron) estar, a su irrefutable logo se le cambiaría una boca por otra y quedaría reescrita, en un golpe único y simple de efecto visual, la historia del complejo de inferioridad más inconfesable de la única generación española totalmente desacomplejada: el pasivo-patriotismo, el calibrar todo lo nuestro sin salirse de los límites de la endogamia paisana y con una vara más indulgente de medir. Porque, oigan, para ser España en inserte-aquí-cualquier-año-posterior-a-la-Guerra-Civil, “no estaba mal”, que esto no es el Congo, pero tampoco Noruega.

No se sabe si Ajoblanco ha revuelto para sacudirnos la pereza que nos damos a nosotros mismos, pero no estaría nada mal que así fuera.

Yo me creí que había llegado el momento, el de meterle el brazo entero por la garganta a la Movida Madrileña y recuperar el recuerdo insomne de las Jornadas Libertarias del 77 en Barcelona, auténtico manifiesto ideológico de la contracultura más tardía de Europa. Un hueso de pollo atravesado en la laringe de los vivos, a dos o tres reformas de la Ley Orgánica de Educación de ser completamente digerido y cagado en forma de anécdota inodora por Santillana, entre otras editoras de pisapapeles para niños. A eso ha quedado reducido el estallido del underground intelectual ibérico; a una convención de gitanos ilustrados en el Parc Güell eclipsada por el sexo, el lujo y la paranoia del Madriz que mataba y que nunca dormía.

Mientras se iba transigiendo con la Transición, había en Barcelona unos 12.000 freaks cuya capital era la redacción de su revista, cuenta Pepe Ribas. En 2017, y por inercias de la demografía del siglo XXI, la cantidad de travestis, marginados y bichos raros debería de haberse triplicado. Y seguro que todos ellos siguen pretendiendo, al igual que sus antecesores, cambiar el mundo que les intenta ahorcar con la mente. La diferencia es que, ésta vez, lo lograrán a base de mirarlo muy fijamente y desearlo con gran intensidad hasta que aparezcan Campanilla o Pablo Motos y les regalen un iPhone 8 a cada uno.

No está claro aún si la revuelta de Ajoblanco despertará a la Barcelona neoácrata de su letargo delirante e infrahedonista, pero ojalá que así sea.

Yo quise imaginar que, volviendo a invocar al 72 en papel y por escrito, resucitarían todas las flores y los hippies, que ésta generación mía conocería la adrenalina del peligro poético y la épica de la supervivencia humana. Miraba las paredes del espacio de la calle Santa Teresa y veía otra portada en blanco y negro, otro “especial Fallas”, otro Karl Marx ardiente, vendiendo hoy 100.000 copias para desayunar. Esperaba que apareciera de pronto el Lucifer terrestre contra el que revelarnos, o supuse que nos entregarían en bandeja de plata a un enemigo más corpóreo y urgente que la globalización o el carnivorismo.

Todavía parece dudoso que sea tan fácil circunscribir la legítima fuente moderna de apatía e individualismo desorientado. Tanto como que Ajoblanco haya de revolver con la misión de señalar un antagonista contemporáneo más evidente, pero menuda utopía si así fuera.

Yo, hija de mi madre, mi padre y mi tiempo, no sé de nada y menos me importa si no es lo que me da la puta gana hacer en este preciso instante. Yo sólo tengo celos de mis ancestros ajos. Sólo quisiera tragarme algo con cuchara que, como a ellos, me revolviera, picara y me envenenara el aliento para alguna mayoría. Yo sólo pido que me revuelvan. Que revolvamos.



Todas las fotografías tomadas el 22 de enero de 2017 en el Espacio Ajoblanco, gentrificado barrio de Gràcia, Barcelona, España. Gracias a Alejandro Giral, a Marcos Benito, a Pepe Ribas, a Fernando Mir y, sobretodo, a Ajoblanco y a Angie, queen de las cracks.

30/6/17

El Arco de La Virgen, la siesta de la contracultura barcelonesa

























































Si no te lo hubieran dicho, jamás lo habrías adivinado, porque entrar en El Arco de la Virgen es como pasarse a Narnia o a una tercera y cuarta dimensión; o te recuestas despreocupadamente sobre la puerta y te caes dentro cual intrépida niña victoriana o puta barata, o tienes la clase de amigo adecuado que sabe todo lo que no se sabe, fuma todo lo que no conviene y te cuenta todo lo que no debería sobre Barcelona.

El portón de madera, estratégicamente vilipendiado por el arte callejero, invita a pasarlo de largo sin mirar atrás, en plan que no se note que al otro lado se cuece algo muy bueno, demasiado para el que no lo sepa ya. Hay un oscurantismo medio déspota y medio justificado en la preservación de las cosas que aún no han sido consumidas por el gusto ciego y voraz de la masa; si no quieres que tu casa se convierta en Ibiza, cércala con una valla de oro y cobra bien cara la entrada, o métela bajo un bunker para que nadie la vea, a criterio del proveedor cuál de las dos opciones te hace un poco menos esnob de mierda.

En La Virgen no pintaba que hubiese mucha gente en crisis post-graduación ni preocupada en lo más mínimo por la persecución de la novedad, un valor demasiado extenuante que expone a lesiones de cadera y riesgos acomodados varios de ese tipo. Como dijo Tupac, pasados los 30, es como si le arrancaran el corazón y el alma a un hombre, y si no lo crees, haberte pasado por La Virgen y haber contado cuántos puretas alborotadores oías en su reapertura ilegal. Aunque no lo hubieras visto, posiblemente lo habrías imaginado; tirando a pocos.

Se proyectaba Metropolis de 1927, y Baraka de 1992 era lo más reciente que se permitían, acompasadas ambas por un contrabajo selecto de Jorge da Rocha, que abrazaba y acariciaba el enorme cuerpo inerte como se abraza y acaricia el cadáver de un amante, como si el punk no hubiera muerto. Dicen que el jazz no es para todo el mundo, que el jazz no es EDM, pero que abran ese portón de madera vilipendiado, que le cuelguen encima un letrero retroiluminado, y el jazz será de quien se deje ser.

Pocos sitios te harán sentir tan en paz como La Virgen, y sentirse en paz es algo que está muy bien una vez se tienen acabados todos lo deberes pendientes con el mundo, que no está claro que sea el caso del personal que se congregó aquella noche en este pequeño pedazo de la cuarta dimensión para hacerles la peineta a unos vecinos que sólo querían dormir. Porque la contracultura barcelonesa se cree muy despierta, pero no; la contracultura barcelonesa también duerme. A mucho estirar, va un poco sonámbula, pero nada más.



Todas las fotografías tomadas el 20 de enero de 2017 en el refallecido y redesahuciado El Arco de La Virgen, barrio de El Raval, Barcelona, España. Gracias al ilustrísimo Alejandro Giral, a El Arco de La Virgen por los sueños y a Ajoblanco por los pases gratis a sitios.

Y que le den por culo a la Barcelona que quita Las Vírgenes y pone bares de sangría de mierda con cartas en inglés, vistas a la puta playa y espaldas a los seres humanos.