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18/10/17

Père Lachaise, Iggy Pop, Victor Noir et Barbara




















"And alien tears will fill for him
Pity's long-broken urn.
For his mourners will be outcast men
And outcasts always mourn."


Lu à la tombe de Oscar Wilde dans le Cimetière du Père Lachaise, cité de son The Ballad of the Reading Goal (1904).




Toutes les photographies prises le 18 septembre 2017 au Cimetière du Père Lachaise, Paris, France. Merci spécialement à Barbara pour présente-moi à Jim Morrison, Allan Kardec, Honoré de Balzac, Hubertine Auclert, Frédéric Chopin, Ingres, Molière, Édith Piaf, Marcel Proust, Yves Montand, Jane Avril, la famille Cretin, la famille Sauvage, les Illuminati, Victor Noir, les communistes et Iggy Pop. 



9/10/16

MUSIC: Earl don't like shit, Earl don't go outside: an album by our generation


La gente inteligente es un puto coñazo, ya lo decía Oscar Wilde. Los listos son todos unos aguafiestas empeñados en destripar las cosas bellas e inescrutables de la vida con su puñetera curiosidad insaciable. Es por eso que caen tan mal, y suelen pasar mucho tiempo solos porque quieren y porque, de todas formas, nadie los aguanta. Una panda de críos hinchando a collejas al empollón de clase no se llama bullying, sino instinto de supervivencia, un mecanismo preventivo contra la posibilidad de tener que ver morir un ideal en brazos de la versión adulta del gafotas insufrible que no se separa de la calculadora ni para ir a mear. Cualquier mente suficientemente mediocre intuye que ese bicho raro que resuelve sudokus y musica poemas de Kerouac durante el recreo incuba dentro de sí el venenoso potencial para convertirse en un capullo que descubra que el amor es bioquímica, que venimos del mono o que Mozart no existe porque cuando es malo parece Haydn y cuando es bueno parece Beethoven (eso último es de Gabriel García Márquez, sí, lo siento, ya sé que era la mejor frase que me habíais leído, que os den por culo a todos).

Earl Sweatshirt es uno de ellos, un tipo inteligente. Casi nadie quiere darse cuenta porque sólo es un rapero y esto, artísticamente, lo coloca a la altura moral de un plato combinado en el Bulli; por mucho que nos guste, ¿qué mérito puede tener frente a la fritura perfecta de una croqueta deconstruida? Tengo hambre. Pues bien, Earl es tan listo que todavía hay quien lo toma por poco más que un negro egomaníaco obsesionado con follarse a las esposas blancas de todo quisqui, ay no, perdón, ese es Kanye West malnutrido con pseudónimo de blanco obeso y gilipollas miembro de un foro no oficial de la Asociación Nacional del Rifle. Y ha sido así, disfrazado de tontito con ojos saltones entre sus ordinarios congéneres, como ha conseguido infiltrarse en las entrañas del último gran estandarte del mainstream musical del siglo XX (el rap) e infectarlo con su absurda genialidad lírica. Otro listillo que nos va a joder vivos... Que no os engañe lo de masticar con la boca abierta, fijaos en las ojeras. Nadie que no esté planeando el Cuarto Reich puede tener semejantes ojeras.



Encima procede de familia de intelectuales, scarier than black people with ideas; mamá es profesora de Derechos Civiles y Libertades Civiles en la Facultad de Derecho de la University of California, Los Angeles (UCLA) y papá es Keorapetse Kgositsile, poeta y activista político surafricano que, visionariamente a lo Tupac Shakur, bautizó a los Last Poets (una suerte de colectivo poético y musical simpatizante del nacionalismo negro norteamericano y considerado fundacional para el rap) cuando, durante una ceremonia en Harlem, New York por el Día de Malcolm X, recitaron el extracto de un escrito suyo prediciendo que aquella sería la última generación de poetas antes de que su raza se viera obligada a derramar sangre para reclamarse a sí misma. Cómo no se iba a desquiciar el niño con una sombra tan alargada, demasiada presión, ya lo admitía Earl en aquel Burgundy de su primer álbum, Doris (2013) (sin contar aquella mixtape homónima en la que rapta, viola y mata, no necesariamente en ese orden, a varias personas y que le granjeó notoriedad mundial y otras cosas aún más perjudiciales, Earl (2010). Luego todavía se extrañarán de que la madre se lo tuviera que llevar a un centro para jóvenes porretas en el lugar más rodeado de agua posible (Samoa).

Desde que recitara a esos dioses de la violencia y el coito sin consentimiento ha llovido mucho en el corazón de Thebe, nombre real de Sweatshirt, de segundo nombre Neruda por Pablo y por si le faltaba un poco más de rancio abolengo literario en el pasaporte. Ha llovido mucho de verdad. Lejos queda de I Don't Like Shit, I Don't Go Outside: an album by Earl Sweatshirt (2015) la rabia insolente de la juventud, los órganos tétricos de catedral gótica protestante, marca de la casa Odd Future, el bragadaggio tan caricaturesco que ni tan sólo pedía que te lo creyeras, la escatología como megáfono. Todo lo que antes era pastiche e histrión ahora son estados de ánimo concretos y sutilezas. Al Earl de Earl no le había salido nuez y se rapaba al cero, ahora se llama Thebe, se hace rastas y no le gusta una mierda ni sale a la calle. El hermano mayor por parte de madre Tyler, the Creator y su mano negra ya no están para meter ídem en todo, su estética de las cosas siendo tan abrumadora e ineludible que impregnaba lo demás. Todo lo que antes era en parte lo que quisieron otros ahora es todo lo que quiere Earl Sweatshirt, nadie más, y por eso ya se hace responsable de lo que ocurra tras la pixelada portada de su segundo trabajo, quizás primero a nivel intelectual.

Puede que ya no haga un uso inquietante y amateur del Illustrator para editar vídeos como entonces, ni escupa muelas, vomite mierda, se arranque uñas para infundir terror, pero Earl es un tipo tan inteligente que el terror sigue ahí, en ese ruido que hacen los muñecos de plástico al derretirse y que ha logrado registrar en forma de sus propios beats bajo el alias randomblackdude. Imagínate a un hippie de cera con cara de la Virgen María en llanto bailando al son de los Byrds bajo la luz de una farola candente en un callejón a las 3 de la madrugada y habrás visto a lo que suena I Don't Like Shit. Es tan listo tan listo tan listo que ha aprendido a decirlo todo en un proverbio, cinco palabras, sin ayuda, sin retórica, sin efectismo, cual maestro kung-fu. Y si te daba miedo ver a Tyler echando espuma y convulsionando en sus vídeos, prueba Grief, prueba Solace, otra pista que lanzó por Internet en plan solitaria y medio dedicada a su madre, como todo lo que hacen los raperos. Si quieres no dormir, métete en tu cuarto a oscuras y prueba Mirror, el tema que debía de haber sido la yuxtaposición perfecta a Faucet en el álbum pero que nunca vio la luz en su contexto porque el tracklist "se jodió". Prueba Death Whistles, producida y lanzada hace un mes por Knxwledge, el instrumentalista del hip hop más prolífico que se conoce. Túmbate en la cama y cierra los ojos, porque éste puto poeta afroamericano, este bicho raro te va a hacer ver a la muerte por los oídos.



Y peor que lo que te haga ver será lo que reconozca que ve como tú y como yo, el orgullo vergonzoso en la apatía, aceptar abulia como pasión de compañía generacional. Un abismo, una caída libre que los millennials miramos desde arriba y pensamos, "pos ok", las ganas que tenemos de nada y de nada más que de existir, desprendernos del cuerpo y pegarnos a una pared interesante desde la que se pueda escuchar I Don't Like Shit, I Don't Go Outside: an album by our generation


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I don't claim to own any of the pictures above/ Ninguna de las fotografías anteriores me pertenece.
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16/5/16

Bauen Teil Zwei












Perdón. Lo siento. No volverá a ocurrir. Nunca más voy a escribir lo que me pase durante el día como en un diario. Ni soy Pamela Des Barres ni tengo complejo de ella. Sólo voy a tratar de, a fuerza de costumbre o práctica, haciéndome la insistente y de tanto llamar, que el genio aparezca y me eche una frase, como un filete crudo de calidad que se tira a la jauría de uno; mucho no le voy a ensuciar, mientras me haga el favor de presentarse cuando tenga el cuaderno abierto. Abierto como mi corazón, que estoy esperando a que se seque y nada, el muy húmedo y necio sólo quiere que le den por todos los costados. Siento que mi vida no ha empezado pero que tiene que acabarse ya, antes de que me enamore por primera vez, antes de cobrar el primer sueldo, antes de las tres décadas y el lustro, antes de que no me dé coraje, de que no apriete los puños, de que perdone a todos los letristas, trompetistas, paisajistas de la fe que me han mentido, antes de que todo empiece a acabar, para no tener que pasar por semejante suplicio. Siento que mejor que acabe antes de empezar, que mejor pasar directamente al desenlace, porque no tengo fuerzas para atravesar el nudo, me falta valor o inconsciencia, aunque haya días en los que parezca que no. Hay días en los que me rajo ante otros, y ni siquiera quieren tirarme sal en la herida recién abierta. Hay algo muy patético en las emociones de aquellos a los que nunca se ha querido, algo así dijo Oscar Wilde. Hay mucho de cruel en no dignarse ni a tirar sal en sus yagas, ni a meter el dedo y apretar. Hace frío cuando ni tu devoción gratuita despierta sus ganas de despreciarte.



Todas las fotografías tomadas el 2 y el 6 de mayo de 2016 en Güntherstraße y Wandsbeker Chausse, Hohenfelde, y en el Fischmarkt, Hamburgo, Alemania.

18/9/14

DESIGN: Ingeniería y diseño: ¿dos caras de la misma moneda?



De Oscar Wilde aprendí el resto de cosas que deben saberse sobre la vida y que no me enseñaron ni mis padres ni Albus Dumbledore. Una de ellas es que todas las influencias son inmorales desde un punto de vista científico. Soy la única editora de este humilde e idiosincrásico pensadero punto com, y alguien con mala baba podría fácilmente colgarme el San Benito de ego blogger o (de forma eufemísticamente análoga) influencer. Consecuentemente, debería resultar un tanto contradictorio que aplauda una afirmación como la anteriormente citada. Pero es que es tan difícil escapar de la influencia... Mucho más dentro de esta víbora súper social y súper absorbente en la que se está convirtiendo el mundo. No hay que ir más allá de nuestra biblioteca iTunes para darse cuenta; al señor de Apple, por ejemplo, no le importa que no me guste U2 (muy a pesar de que sé que lo sabe porque le dejo actualizar el Genius todas las veces que quiere). Nos ha colado a mí y a todo bicho viviente que tenga cacharrería electrónica con el símbolo de la manzanita lo nuevo del grupo de Bono. Ésta es una forma de influencia exageradamente avasallante, de acuerdo, pero sirve para demostrar hasta qué punto hoy en día somos vulnerables al influjo de cualquier voz que no sea la nuestra propia.

Sé lo que estáis pensando y no, esto no va a ser una crítica camuflada de lo último de los irlandeses (Songs of Innocence, ya en vuestros iPods, iPads, iPhones y Macs des del 9 de septiembre). Hablar de U2 es algo que, sencillamente, nunca tendrá cabida en este blog a no ser que me paguen por hacerlo. Cuestión de principios. Hoy quería intentar influenciar pero a propósito, acerca de algo que nos afecta a unos pocos directamente pero que repercute sobre cualquiera de forma indirecta y que, al final, sólo es una insignificante muestra de un fenómeno que se repite constantemente y en diferentes ámbitos.

A todos los seres humanos nos gusta el orden. A todos. A unos más que a otros, está claro, pero nuestra razón de ser puede, en el 99,9999% de los casos, extrapolarse al desenmarañamiento de algún tipo de caos; el caos de nuestras vidas. Nos mola hacer inventarios, clasificar, archivar, separar, meter las cosas en carpetas y cajones. Esto es así y esto asá, tú eres negro, tú lesbiana y tú musulmán, esa es de los Rolling y ese de los Beatles, las ovejas balan, los mosquitos pican y el agua del mar está salada. ¿Aquello que no puede definirse con una palabra? ¿Lo que es dos cosas a la vez? ¡Alarma, terror! De forma más o menos consciente, huimos de la ambigüedad y la ambivalencia como de la peste. Jerarquizar tampoco nos chifla menos; pirámide de necesidades, pirámide nutricional, el sistema de castas hindú, aquel está por encima de aquel otro, esto es mejor que aquello, esto importa más y aquello es prioritario sobre eso. Pero por favor, que no se me malinterprete, ningún tipo de categorización o intento de simplificar grandes cantidades de datos es maligno en sí mismo, sino todo lo contrario; en muchos casos es necesario y beneficioso. En otros, en cambio, puede ser totalmente inútil y devastador.

Para intentar ilustrar un poco mejor la paranoia pseudoantropológica que acabo de vomitar, expondré el caso de mi estado académico-profesional.

El tema es el siguiente: me entran sudores fríos cuando alguien me pregunta lo que estudio. Rara es la vez que se conforman con el nombre de la titulación como respuesta. "Ingeniería de diseño industrial. Ah, chachi", dijo NADIE NUNCA. Casi siempre va seguido de un "¿Pero eso exactamente...?" o "¿Haces ingeniería y diseño al mismo tiempo?". No creo que haya dado nunca a nadie una contestación del todo satisfactoria, la verdad; definitivamente no se trata de hacer dos cosas al mismo tiempo, pero creo que tampoco es una sola. Sin embargo, mi humana inclinación por el orden y el etiquetaje me obliga a definirme, a decantarme de un lado o del otro. Entonces llega el día en el que, inevitablemente, he de preguntarme a mí misma, "Mí Misma, ¿deberías preferir ser considerada ingeniera o diseñadora?" Y me respondo que no lo sé, que no estoy segura. La mayor parte del tiempo, eso sí, depende del contexto social en el que surja el interrogante; si quiero que un interlocutor piense que mi trabajo sirve para algo, y no que me paso el día haciendo dibujitos con el iPad, le digo que estudio ingeniería; si, por el contrario, prefiero evitar que crea que tengo un ego del tamaño del Taj Mahal y que todos los problemas de la vida los resuelvo por aproximación lineal, el diseño es mi campo.

Bromas, tópicos y puyas a parte, la siguiente pregunta natural es, ¿por qué he de escoger ser una cosa  u otra? ¿Por qué no puedo permanecer en este estado indefinido en el que me encuentro? Más incluso; ¿qué pasa si me es imposible disolverlas? ¿Qué hago si la ingeniería y el diseño me parecen dos caras de una misma moneda? Por supuesto que se puede sentir predilección por una faceta sobre la otra, tener debilidades. Yo misma las tengo, y no hago nada por ocultarlas pero, ¿de qué sirve elegir cuando la interdependencia entre ambas es tan acusada? La una deja de existir sin la otra y viceversa.

Casi nadie se atreve a discutir lo imprescindible que es un ingeniero. Da sentido a la ciencia, que se dice pronto. Ejerce de intermediario entre el conocimiento abstracto y la vida práctica. Dedica todo lo que sabe a inventar y optimizar sistemas que mejoren las vidas de los demás, en un ciclo constante e infinito. Los problemas nunca acaban de resolverse, siempre hay un más difícil todavía, un grado de deficiencia superior y menos perceptible por solventar. Decía Arthur C. Clarke que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Eso convierte a los ingenieros en poco más que prestidigitadores de la técnica, brujos con perspicacia por varita.

La reputación del diseñador está, desgraciadamente, un poco más en entredicho, y siempre por causas totalmente ajenas a él; la juventud del diseño como disciplina académica y profesional, junto con la aparente vaguedad de su cometido, desestabilizan la credibilidad que entendidos y defensores tanto se esfuerzan por apuntalar. El diseño, además, tiene otra crisis de identidad en el lado opuesto del espectro; la delimitación de la línea invisible que lo separa y lo une al arte. Con semejante carga a sus espaldas, el diseñador no cesa en el desarrollo de su función particular; si el ingeniero mediaba entre el conocimiento y la vida, el diseñador adopta el papel de traductor entre ciencia aplicada y sociedad. Sin él, la tecnología que tanto adoramos y de la que tan fuertemente dependemos sería poco más que un montón incomprensible de metal, cables y HTML5. Dicho de otra manera: si no existieran los diseñadores, necesitaríamos hacer un cursillo para utilizar Whatsapp, Internet, un microondas o un cajero automático, no tendríamos la más remota idea de qué hacer en un supermercado ni sabríamos cómo movernos en el metro, un hospital o una ciudad. Y por muy accesorio que pueda parecer, el diseñador también es un embellecedor a sueldo de la vida, alguien que cobra por poner la sangre de la gente a hervir, los corazones a palpitar. Un diseñador se encarga de que entremos en un sitio y nos queramos quedar, de que miremos algo y nos emocione, nos inspire, nos estimule. Es decir, tonterías absolutamente prescindibles, ¿verdad?

Resumiendo y por si alguien todavía no lo ha pillado; sin ingenieros, el dibujo tan pedante y divertido que llevo impreso en la camiseta de la fotografía que encabeza este post duraría un máximo de dos telelavados. En el lado opuesto, si no fuera por los diseñadores, ese mismo dibujo (que resistiría todos los centrifugados que puedan caber en una vida como poco) tendría tan poca gracia que nadie la usaría ni para limpiar cristales. Así pues, a quién quieres más, ¿a papá diseño o a mamá ingeniería? Si tantas ganas tienes de divorciarlos, ¿sin cuál de los dos crees que podrías vivir mejor? Elige sólo a uno, si te atreves.

La camiseta me la regaló un señor muy majo e inspirador llamado Ben De Vleeschauwer, diseñador y profesor de la Karel de Grote
Hogeschool en Amberes, Bélgica, un día que vino a dar una clase en la uni, así que no sé de dónde la sacó… Y el blazer de Zara.

Y cambiando de tema, os habréis fijado (o no) en que he actualizado el avatar del blog. Lo sé, lo sé, ¡ya era hora! Si os apetece hacer algo muy poco productivo en lugar de hacer las cosas importantes que deberíais estar haciendo, podéis echarle un vistazo al ABOUT o perseguirme por las diferentes redes sociales disponibles para ver qué os parece la nueva imagen corporativa. ¡Feliz jueves!

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