Huh...
OMG BITCH, WHAT!
Llevaba probablemente desde que éste gusano de la melomanía me picó en la pubertad esperando a que una chica me mostrara de lo que seríamos musicalmente capaces si invirtiéramos todo el tiempo que dedicamos a llorar por tíos en nosotras mismas, básicamente a adorar las gónadas que compartimos en lugar de aquellas que extrañamos.
De pronto se hizo Kali, y aterrizó en este planeta gris del auto-tune grabando mixtapes y editando vídeos independientemente sin haber cumplido ni la veintena, intentando hacer de la vida algo literalmente más rosa, aunque sin poder evitar permanecer a la defensiva ante un mundo que considera intrínsecamente oscuro y desalmado, creando así el inquietante contraste de personalidad que la define, una mezcla entre su endulzado imaginario y una actitud flagrantemente cáustica y socarrona.
Autoproclamada
outsider (marginada),
Loner (solitaria) y su
own hustler (su propia jefa),
es estandarte y pionera como pocos en mi generación (junto a su cómplice Tyler, the Creator, Earl Sweatshirt o Vince Staples, entre otros)
de los Juan Palomo de la era Internet: yo me lo guiso yo me lo como, con un poco de ayuda de Tumblr. La han coronado sin demasiado rigor como "
la Amy Winehouse de la costa oeste", y ni siquiera me voy a molestar en rebatir una afirmación que se desmorona antes incluso de poder ser formulada; pese a evidentes similitudes que, en el fondo, no superan la categoría de anecdota (reverencian estética y sonoramente géneros comunes y épocas pasadas próximas entre ellas, hacen excelente uso del poder de la imagen y de un ingenio natural para la moda, en el caso de Amy de un modo claramente fortuito, contrariamente al de Kali), sus identidades son opuestos perfectos:
Winehouse era agresividad, desparpajo, convicción e inconvencionalismo por fuera, y también un pozo sin fondo de vulnerabilidad por dentro. Uchis es exactamente lo contrario, y aunque dicho hecho la convierte en un personaje menos cinematográfico y compadecible, hace de ella un modelo al que aspirar infinitamente más sustancial.
Tampoco hay que subestimar su potencial mitificable, por otro lado;
estamos hablando de una muchacha que, con 22 años recién cumplidos y en pleno siglo XXI, aboga por la fe en los actos (y no en los actos de fe), ha dormido temporadas en coches, lleva en el brazo tatuada la firma del pasaporte que utilizó su padre cuando llegó a Estados Unidos y solía marcar en su piel el final de cada gran acontecimiento vital. ¿Existe algo más cliché, más romántico y más subversivo al mismo tiempo?
Define su sonido como "
low-rider soul", y el término científico no podía ser más preciso; apela al alma, pero en una moda un tanto elemental, un pelín barriobajera, a veces (
Mucho Gusto), exaltando las bajas pasiones del espíritu, como si ese fuera un concepto si acaso razonable. La suya es música que hipnotiza sin ser invasiva, con cierta cualidad de discreción terriblemente misteriosa. Donde la Motown o la Stax, a las que a veces guiña el ojo (
Sunset), se meterían en tu casa sin preguntar, la música que hace Kali te recita poemas desde debajo de tu ventana, y si te gusta lo que oyes la invitas a entrar, y si no, se irá a lanzar piedras a otro balcón. Es tan orgullosa...
La prensa que ya ha comenzado a prestarle atención (y a no querer perderla de vista) se deshace alabando sus sedimentadas raíces y la apología que realiza su obra a aquello de que "todo tiempo pasado fue mejor". Es innegable que las décadas de los cincuenta y, sobretodo, los sesenta resuenan en cada uno de sus actos y juegan un papel notable a la hora de definir determinados aspectos de su persona. Como ella defiende, y es indudablemente cierto, los 1960s fueron tiempos de una libertad moral y creativa sin precedentes históricos, y por ello se intuye que de ninguna manera es la primera ni será la última en cimentar su producto en la herencia de aquellos maravillosos y alejados años.
Sin embargo, los periodistas creen ver más muertos de los cincuenta en
Drunken Babble (
Pay Day) y más de los sesenta en
Por Vida (
Call Me), cuando, en la vida real, lo único que ven sin darse cuenta son los estragos de ambas décadas en los años 1990s, la auténtica fuente de inspiración y Santo Grial cronológico de todo lo que Kali Uchis simboliza.
Sin desestimar, ni de lejos, su propio carácter, los noventa, de facto, mecieron, me atrevería a decir, el primer reciclaje cultural de la historia de la humanidad, la creación del revival y de la nostalgia como motivo de conexión social y filosofía de tribu urbana o, como mínimo, la primera vez que un sentimiento de añoranza por el pasado no vivido se extendía, se hacía mainstream y era comercialmente aprovechable para Walmart y corporaciones de ese rollo. Oasis con los Beatles, Primal Scream con los Rolling Stones, el renacimiento de los Doors gracias al
film de Oliver Stone, el planeta convertido en un desfile gigantesco de Carnaval donde todo el mundo va disfrazado de
hippie sexy,
Deee-Lite,
Austin Powers... Los noventa fueron, especialmente en términos visuales, un rediseño con poco presupuesto de los sesenta, con el que todo parecía igual pero en cutre y, a la vez, más divertido. En definitva, una caricatura, una parodia bien intencionada pero deficiente de la década más prodigiosa del pasado siglo. Y de aquí es de donde procede la mayor proporción de influencia sesentera de Uchis, salvo puntuales pasajes de conexión directa y sin interferencias
made in the 1990s. Paralelamente, obtiene algunas de sus perlas más relucientes cuando deja convivir dichos referentes con la cercanía emotiva de los noventa, y sus canciones, así como los clips que las acompañan, se transforman en extravagantes capítulos de Lizzie McGuire, versión chicana y católica no practicante: