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16/11/17

The pervert's guide to ideology Partie Cinq/The Rolling Stones Dartford Tour of Becky

























"It was already Marx who, long ago, emphasised that a commodity is never just a simple object that we buy and consume. A commodity is an object full of theological, even metaphysical niceties. Its presence always reflects an invisible transcendence, and the classical publicity for Coke quite openly refers to this absent, invisible quality: "Coke is the real thing" or "Coke, that's it". What is that "it", "the real thing"? It's not just another positive property of Coke, something that can be described or pinpointed through chemical analysis; it's that mysterious "something more", the indescribable excess which is the object cause of my desire.

In our postmodern, whatever we call them, societies we are obliged to enjoy. Enjoyment becomes a kind of weird perverted duty. 

The paradox of Coke is that you are thirsty, you drink it but, as everyone knows, the more you drink it, the more thirsty you get.

A desire is never simply the desire for a certain thing. It's always also a desire for desire itself. A desire to continue to desire. Perhaps the ultimate horror of a desire is to be fully filled in, met, so that I desire no longer. The ultimate melancholic experience is the experience of a loss of desire itself. 

It's not that in some return to a previous era of natural consumation, where we got rid off this excess and we're only consuming for actual needs, like you were thirsty, you drank water and so on... We cannot return to that: the excess is with us forever. So let's have a drink of Coke. It's getting warm, it's no longer the real Coke, and that's the problem: this passage from sublime to excremental dimension. When it's cold, properly served, it gets a certain attraction. All of a sudden, this can change into shit. It's the elementary dialectics of commodities.

We are not talking about objective, factual properties of a commodity, we are talking only here about that elusive surplus.

Kinder Surprise egg. A quite astonishing commodity. The surprise of the Kinder Surprise Egg is that this excessive object, the cause of your desire, is here materialized in the guise of an object, a plastic toy which fills in the inner void of the chocolate egg. The whole delicate balance is between these two dimensions: what you bought (the chocolate egg) and the surplus, probably made is some Chinese gulag or whatever, the surplus that you get for free. 

I don't think that the chocolate frame is here just to send you on a deeper void towards the inner treasure, what Plato calls the "agalma", which makes you a worthy person, which makes a commodity a desirable commodity, I think it's the other way around; we should aim at the higher goal, the goal in the middle of the object precisely in order to be able to enjoy the surface. This is what it is the antimetaphysical lesson which is difficult to accept.



"Ya fue Marx quien, hace mucho, enfatizó acerca de que una mercancía no es nunca simplemente un objecto que compramos y consumimos. Una mercancía es un objeto lleno de sutilezas teológicas, incluso metafísicas. Su presencia siempre refleja una trascendencia invisible, y la publicidad clásica de Coca Cola hace referencia abierta a esta cualidad ausente e invisible: "Coca Cola es lo auténtico", "Coca Cola, nada más". ¿Qué es "nada más", "lo auténtico"? No es solo otra propiedad positiva de la Coca Cola, algo que puede ser descrito o señalado por análisis químico; es ese misterioso "algo más", el indescriptible exceso que es el Objeto a, el objeto causa de mi deseo. 

En nuestras sociedades postmodernas, o como sea que las llamemos, estamos obligados a disfrutar. El disfrute se convierte en una suerte de deber raro y pervertido.

La paradoja de la Coca Cola es que estás sediento y te la bebes, pero como todo el mundo sabe, cuanto más bebes, más sed tienes.

Un deseo no es nunca el deseo por una cosa. Es siempre también un deseo por el deseo en sí mismo. Un deseo por continuar deseando. Quizás el horror último del deseo es ser completamente satisfecho, alcanzado, de forma que ya no se desee más. La experiencia melancólica última es la experiencia de la pérdida del deseo en sí mismo.

No es como si en una vuelta a una era previa de consumo natural en la que nos deshicieramos de estos excesos y consumiéramos solo para saciar necesidades reales, como beber agua cuando se tiene sed y todo eso... No podemos volver a eso: el exceso ya está con nosotros para siempre. Así que bebamos Coca Cola. Se está calentando, ya no es la Coca Cola auténtica, y ese es el problema: ese pasaje entre la dimensión sublime y la excremental. Cuando está fría, apropiadamente servida, consigue una cierta atracción. De pronto, se convierte en mierda. Es la dialéctica elemental de las mercancías.

No hablamos de propiedades objetivas, concretas de una mercancía, hablamos aquí del excedente elusivo.

Un huevo Kinder Sorpresa. Una mercancía bastante fascinante. El excedente del Kinder Sorpresa es que este objeto excesivo, la causa de tu deseo, se materializa aquí disfrazado de objeto, un juguete de plástico que llena el vacío interno del huevo de chocolate. Todo el delicado equilibrio se produce entre dos dimensiones: lo que compraste (el huevo de chocolate) y el excedente, fabricado probablemente en alguna gulag china o lo que sea, el excedente que obtienes gratuitamente. 

No creo que el marco de chocolate esté ahí sencillamente para lanzarte a un vacío más profundo hacia el tesoro interior, lo que Platón llamó el "agalma", y que te convierte en una persona digna, que convierte una mercancía en una mercancía deseable, creo que es al revés; deberíamos aspirar a la meta más elevada, la meta en medio del objeto precisamente para ser capaces de disfrutar de la superficie. Esta es la lección metafísica que resulta difícil de aceptar."


Text by Slavoj Žižek from The Pervert's Guide to Ideology (2012).



All pictures taken on 14th January 2017 in Dartford, Kent, England, United Kingdom. Special thanks to Finn and extra special thanks to Becky for making my childhood and teenage dream come true because Dartford is the future capital of the world and I'll fight anybody who tries to convince me otherwise and there's the sun, there's the moon, there's the air to breath and there's the Rolling Stones.

26/6/17

Dewey, I'm in Ajoblanco!






"Acudí al Niño del Elche, última pista del flamenco vivo sobre la Tierra y, por consiguiente, de aquel rancio carné de identidad cultural a lunares que tantos dolores de cabeza quitaba y ponía, para que intentara explicarme (acompañado de un té) por qué nuestro cacho de la península ibérica no merece ser definido ni por un trap que nunca nos ha pertenecido ni por un flamenco que ya dejó de pertenecernos." 


No se me da muy bien ésta mierda del marketing y las relaciones públicas, pero Ajoblanco ha revuelto éste mes y ha publicado una entrevista y unas fotos hechas por mí al gran Niño de Elche con el potencial para cambiar vuestras vidas por siempre jamás o, como mínimo, enseñaros de una puta vez qué es el puñetero trap, además de trazar nociones sobre el lobby del flamenco, Enrique Morente-gate, la no-identidad española, el delirio como marca nacional, la sociedad del miedo, comunismo, libertarismo, anarcocapitalismo, el Elche industrial y muchas cosas más acompañadas de té.



Todas las fotografías tomadas el 25 de junio de 2017 en Barcelona, España. Gracias a Paco Contreras, a Pepe Ribas, a Fernando Mir, a Marta Bassols y a Ajoblanco por ser lo máximo.

Y gracias a Miquel Molina de La Vanguardia por sacar la entrevista como nota a pie de página de la muerte de Anita Pallenberg. Si supiera lo que significa para mí salir por vez primera en tal diario debajo de Mick Jagger y Keith Richards, me hubiera tenido que cobrar o algo.


29/9/16

FILM: The Rolling Stones Havana Moon: más se perdió en Cuba y vinieron rocanroleando

Los Rolling Stones devuelven el rock & roll a Cuba, sin saber ella lo que es eso.
En la vida sólo hay dos tipos de personas; las que nacieron bajo un huracán de fuego cruzado y las que no pillan lo que acabo de decir. Las segundas probablemente sean o fans de los Beatles o de Serrat, a parte de unos sinsangre afeminados, y no sé qué puñetas hacen leyendo una reseña sobre The Rolling Stones Havana Moon, la película que inmortaliza el histórico-por-razones-extramusicales concierto que Mick Jagger y Cía celebraron el pasado 25 de marzo en el Centro Deportivo de la capital de Cuba. Les recomendaría que se pasaran a otra sobre el documental éste de los Beatles dirigido por Ron Howard, quien normalmente hace historicismo audiovisual para hombres tipo Made in America, pero al que de vez en cuando también le da por mariconadas complacientes de chica TENA Lady. Y el resto que se compre dos pájaros y les pegue un tiro o haga concursos de gárgaras con Oraldine, me da igual. Tan igual como me daba la vida, el lobo ibérico y el deshielo en Groenlandia cuando era joven y crédula, tan forofa que me plantaba frente al número 102 de Edith Grove bajo la lluvia templada de un verano estándar en Londres y contemplaba la fachada tras la que sobrevivían, hace más de 50 años y a dieta de comida robada y LPs de Jimmy Reed, unos chavales con potencial para hacer "cosas que los gobiernos no pueden"... O ese es el cuento que se cuenta ahora Keith Richards a sí mismo y en la peli. Suerte que nadie le presta mucha atención por ser un drogadicto de mierda con dentadura de marfil de mamut criogenizado, como todo el mundo sabe.

Así empieza, con un coloquio de cuatro rocking yayos, alta directiva de la fraternidad más selecta del gran geriátrico imperial que es el rock & roll en 2016. Charlie Watts comenta lo que más le gustó de La Habana; la arquitectura, y sobretodo los coches, la mayor colección de Cadillacs que aún tiran del continente... Al público en la sala de ocho filas de una superficie multicine cuyo nombre es totalmente irrelevante se le escapa la risita, dudo que con intención consciente de pitorrearse de una persona mayor; se comprende perfectamente que mirarlo es ver reflejado en él a tu abuelo dándole al PAM PAM PAM PAM PAM PAM PAM PAM cuando acaba el sitar y comienza la caña en Paint It, Black. A su lado Mick Jagger, cada año más cómodo en el papel de rockero pragmático sin sentimientos, intentando que nos traguemos lo de que desde siempre concibió Midnight Rambler como hito de clase de spinning y no como la ópera rock que Pete Townshend siempre soñó con componer y se le quedó en Tommy (1969). Keith Richards se las arregla para hacer chistes sobre chicas en la primera fila y no perder el encanto. Keith Richards es mejor saliendo airoso de todo que tocando la guitarra, cosa que, de hecho, explica por qué sigue tocando la guitarra en primer lugar. Y Ronnie Wood entre los gemelos brillantes, preparado para aplacar por si a Jagger le da por acordarse de cuando Richards le llamo eunuco o algo por el estilo en su biografía, calladito que ya lleva 41 años de becario y puede ser que en diciembre le hagan fijo.

Las luces se apagaron y la gran pantalla se encendió en el estreno único, exclusivo y mundial del 23 de septiembre (si se es noruego, danés, australiano, neozelandés, brasileño o eslovaco no se forma parte del mundo, por cierto). Aparecieron unas grandes diapositivas de congreso de startups con facts en amarillo, mayúscula y negrita: MILLONES DE KILÓMETROS DE ESCENARIO, TROPECIENTOS MIL AMPLIS, UN MOGOLLÓN DE MULATOS COLGANDO FOCOS, CUATRO ROLLING STONES. Me sentí un poco escéptica, tal cual estuviera en el sofá de casa viendo Megaestructuras en lugar de un megashow de rock. Quise llorar de desubicación, pero no pude, y mi adolescencia se paseó por aquella pantalla, esquivando arrugas en las caras de unos ex-yonkis ex-poetas que ya sólo cantaban bingos, y se esfumó en lo que tarda Keith en arrancar la intro de Jumpin' Jack Flash, que desde 2013 es un rato angustiosamente largo, como un ladrón (con artrosis) en la noche.

El profesor Mick supera esos segundos de vergüenza ajena y se queda exultante, radiante y listo para domar primerizos en una masterclass de aerobic como no la tuvo ni en Copacabana hace 10 años; lanza una pose seductora a la cámara y salta a la pista. Su vestuario es un tanto menos lentejuoso de lo habitual, puede suponerse que con la premeditación de no restregar fastuosidad en exceso por el pequeño jeto comunista de una Cuba que recién abría los ojos a la música no socialista (considerando, por supuesto, a Major Lazer como música socialista). No se puede negar que, a las 73 primaveras, el reiteradamente proclamado por (ejem) su batería "mejor frontman de la historia" sigue dando la talla: sigue corriendo de punta a punta de la pasarela, sigue bailoteando como él solo y sigue flirteando con lo más lozano que exista a 50 metros a la redonda, en éste caso Sasha Allen, que sustituye a Lisa Fischer, el auténtico sexto Stone desde que muriera Ian Stewart y se uniera a la banda para el Steel Wheels Tour

Todo esto pasa, sí, y otra cosa que pasa es el tiempo, que por mucho que a Mick Jagger le conceda la merced de caber en los mismos pantalones que hace más de medio siglo, ya no le insufla las mismas energías para poner tanto eficacia como sensibilidad en cada actuación; por la pura dignidad del espectáculo (que ya tiene bastante con un guitarra rítmico sónicamente negligible mamando de un bote blanco con drogas sospechosas, quién lo iba a decir, por parecer muy de prescripción médica), nuestro héroe 0% materia grasa del micrófono deberá encauzar todo su vigor rockero en la consecución de interpretaciones perfectas en la ejecución pero tremendamente congeladas en el sentimiento, parafraseando a Risto Mejide.

Y tampoco es que Richards sea un completo anécdota visual... Es una pena que la mayoría se siga tomando su trozo de set (You Got the Silver, Before They Make Me Run, que no aparece en el film) como pausa para ir al baño, porque viene siendo lo más auténtico de las dos horas de concierto desde que los Stones se convirtieran en ésta máquina de llenar estadios que son hoy. A parte de eso, ya mejor no sabe/no contesta; le queremos tanto que le perdonamos que se limite casi siempre a ser un posturero barrigón y, todo sea reconocido, nadie posturea como Keef ni continúa teniendo ganas, 40 años más tarde, de seguir asiendo la batuta que orquesta obras a la altura de Exile On Main Street (1972). They cannot fuck with the legacy, que diría Drake. Tampoco nadie facilitaría su errabundismo escénico como la fiabilidad jazzera de Watts o la versatilidad de Woods (por no hablar de su extraordinaria habilidad para ser dos guitarristas a la vez), así que démosle crédito también por saber escoger quién le va a cubrir el culo.

El público cubano se mostró insólitamente apático, y el ser poco reactivo no casa con el talante caribeño pero, por triste y enésima vez en su historia reciente, no tiene la culpa... Pese a un setlist más obvio que un lametazo en la cara (It's Only Rock & Roll, Angie, Honky Tonk Women, Brown SugarYou Can't Always Get What You Want con coro autóctono de turno, Entrevoces) salvo contadas excepciones (¿tocar Out of Control para un país que ha pasado décadas esperando a los Stones? ¿De verdad es la Cuba post-Obama el lugar para ponerse oscurantista y no Hyde Park en 2013, por ejemplo?), sólo los guiris se sabían las letras de las canciones. La generación aborigen que pudo adorarlos en primera persona del presente e inculcar dicho amor a su descendencia se perdió por los aires entre misiles soviéticos. La mística secular del rock clásico en los 1960 y 1970 y su presunto potencial para cambiar el mundo, en consecuencia, no es para Cuba sino un ruidillo incómodo más allá de (I Can't Get No) Satisfaction, igual que la guerra en Siria para Europa Occidental más allá de a cuántos refugiados hayan de acoger en sus polideportivos. En Cuba está el sol, está la luna, está el aire que se respira y están... No, Keith, no te equivoques, están Calle 13, no los Rolling Stones. Sin embargo, allí como en Europa Occidental y en Siria si la justicia divina a la que se encomienda el Papa existiera, se despidieron con Satisfaction y la abrumadora liberación de endorfinas colectiva fue universal y sincronizada con el resto del planeta, lo que, osaría decir, es más mérito de la célebre erudición musical cubana que de la omnipresencia de la Rolling Stones Incorporated.

Además de llenar páginas en el libro Guiness de los récords que continúan y (resignémonos a predecir) continuarán llenando Mick, Keith, Charlie y Ronnie, alguien querrá pensar que Havana Moon es la grabación cinematografizada de algo más significativo que un multitudinario y divertido brindis al sol, ya sea para el desvanecimiento total del comunismo castrista o el apuntalamiento del rock & roll en el siglo XXI. Dejaría en suspense lo primero, pero lo segundo... Ni de broma; igual que para cuando el Reino de España perdió Cuba, el Reino de España ya no ganaba nada, para el día en el que La Habana ganó por fin el rock & roll, el rock & roll ya lo había perdido todo.

The Rolling Stones Havana Moon in Cuba (2016).

I don't claim to own any of the pictures above/ Ninguna de las fotografías anteriores me pertenece.
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27/12/14

FILM: Get On Up (I Feel Good), cuando suena el groove, sabes que te tiene




James Brown (Chadwick Boseman) en el biopic de Tate Taylor Get On Up (2014), desde el 12 de diciembre en cines. Via Los Angeles Times

Tal día como anteayer hace ocho años, una neumonía mató al funk. ¿A caso pretendía esa neumonía ser recordada para la posteridad como la neumonía que mató al funk? Parece poco probable... Iría a darle un susto y se le fue de las manos... Mucho menos en Navidad. ¿Quién querría matar al funk el día de Navidad? Pues nadie. Y sin embargo lo hizo, la muy hija de puta lo mató. Desde entonces, ya veis... ¿Dónde está el funk? Dicen por ahí que en casa de una hija suya, momificado. Unos lo llamaban funk, otros "negrura sin remordimientos" y algunos simplemente lo llamaban James Brown. Se desconoce el paradero exacto de su cuerpo sin vida, pero no cabe duda de que dejó de existir a finales de 2006; no se le ha vuelto a ver el groove desde entonces.


El 23 de diciembre, una fecha particularmente conmemorativa para desplazarse hasta su cine más cercano y ver Get On Up (2014). Particularmente conmemorativa si se es particularmente mitómano o particularmente morboso, ya que un 23 de diciembre de hace 8 años, el señor Brown asistía a su cita con el dentista ostensiblemente enfermo. Al día siguiente lo ingresaban de urgencia en un hospital de Atlanta, Georgia, y al otro vino Santa Claus y se lo llevó de regalo, para variar.


Como aquí en el reino de España somos todos un poco plebeyos, nos han traducido el Get On Up original, ese con el que Bobby Byrd contestaba a los get uppa del señor Brown, por un mucho más mainstream I Feel Good - La historia de James Brown, para ver si así alguien pillaba algo e iba a ver la película. Dirigida por Tate Taylor (Criadas y Señoras (2011) y coproducida por Mick Jagger, Brian Grazer y sus respectivas productoras, Get On Up cuenta las múltiples vidas, todas ellas arraigadas en el mismo instinto de autosuperación, de James Brown, también conocido por apodos más modestos como The Godfather of Soul, Soul Brother Number One, Mr. Dynamite, Mr. Please Please Please, Sex Machine, The Hardest Working Man in Show Business, The King of Funk o The Minister of the New New Super Heavy Funk. 

A un (hasta ahora) prácticamente desconocido Chadwick Boseman, alias "Hola-Jamie-Foxx-quiero-tu-Oscar", se le encomienda la ardua tarea de resucitar a todos los James Browns que fueron muriendo y renaciendo de entre sus propias cenizas, a lo largo de una carrera artística extendida durante más de sesenta años. Y es que es así como el director quiere mostrarnos el sueño americano del Padrino del Soul; descuartizado en varias personalidades, esparcidas cada una de ellas por las dos horas y veinte minutos de largometraje y sin ningún criterio salvo la rítmica. Get On Up se esfuerza con ahínco por no ser el típico biopic que viaja del punto N(acimiento) al punto M(uerte) sobre raíles cronológicos: no hay arboles que pasan por las cuatro estaciones en menos de 15 segundos, ni ráfagas con titulares de periódico sucediéndose uno tras otro. Es éste encomiable intento de alejarse de los clichés biográficos lo que lo convierte, por contrapartida, en un film argumentalmente difícil de seguir. Y subrayo argumentalmente porque el disfrute emocional está ahí pase lo que pase, es constante e inamovible, como el groove

La banda sonora es un 11 de principio a fin, suena casi a insulto a la inteligencia del espectador tener que constatarlo; cualquier escena remotamente musical es oro de la historia afroamericana, desde el góspel que canta el señor Brown padre acompañando un frugal plato de garbanzos hasta el Kind-Hearted Woman de Robert Johnson que ilumina el reencuentro con la madre en el camerino del teatro Apolo, pasando por todas las performances evangelísticas de Boseman. Si habéis visto el T.A.M.I Show como 17 veces, es muy probable que la mítica actuación en la que Mister Dinamita tuvo que rebajarse a calentar al personal para los Rolling Stones (¿Los Rolling qué?) os parezca totalmente desinflada en comparación con lo que aconteció realmente, sobretodo sucediendo a la inusual y arriesgadísima carta de presentación de la película (se abre el telón y aparece un James Brown sexagenario, con chandal verde jade y escopeta en mano, amenazando a una rubia que se acaba de aliviar en SU cuarto de baño. No digo más). Si no lo habéis visto nunca, os parecerá tan pletórica como las demás, porque el tal Chadwick Boseman está insultantemente deslumbrante en todas sin excepción. Si tuviera que quedarme con una sola, posiblemente escogería la rendición del Caldonia de Louis Jordan que se marcaron él y sus recién nacidos Famous Flames, aprovechando que Little Richard se había ido a mear.


Sus aires de superioridad inagotables, el pavoneo al andar (I like 'em boss, I like 'em proud), su expresión facial, la manera jamesbrowniana de adelantar la mandíbula inferior, los tocados, los trajes (terciopelo embutido combinado con sudor funk. James Brown icono de estilo YA)... Y qué decir de los pasos de baile... El mashed potatoes, el boogaloo, el camel walk, el popcorn... ¡Los clava todos! Apostaría algo a que se levantó y se acostó con este vídeo de fondo durante los dos meses de ensayo previos al rodaje (efectivamente, lo consiguió en tan sólo dos meses). Pero todo esto palidece al lado de la voz y el acento sureño de Brown, ese drawl ininteligible y aguardientado de cantar canciones del sur junto a la hoguera en una noche de verano. Contaban sus compañeros de set que Boseman no se liberaba del personaje ni para comer; si te sentabas a zamparte el sándwich con él, te estabas sentando a almorzar con James Brown. Es posible que la cinta tenga sus deficiencias internas, pero Chadwick-Boseman-barra-James-Brown-reencarnado consigue que el espectador se plantee incluso pasarlas todas por alto.

La cadencia de Get On Up, la forma en que las secuencias se pisan unas a otras espontáneamente es intensa y vigorizante. No queda claro si esto es mérito del director o de la jugosidad cinematográfica proporcionada por la materia prima; la vida y obra de James Brown, una figura venenosamente compleja que, sin duda, hubo de pagar el precio por estar en los más alto, incluso antes de que le correspondiera. Taylor está excesivamente ocupado mandando un mensaje muy contundente a lo largo de la película: va a tratar de introducir nuevas reglas en el juego del biopic. Desafortunadamente y cegado por su afán renovador, se ha olvidado un poco de lo primordial, que es contar una historia. Ha de reconocerse, eso sí, que la ambición del proyecto ya era de por sí descomunal, hasta el punto de que cuesta imaginarse un resultado igual de brillante y que, al mismo tiempo, consiga abarcar todo lo que abarca Get On Up a su manera de secuencia de imágenes épicas (no siempre eficaces al 100%). Los ratos en los que Boseman/ Brown se desentiende del proceder de su vida para dirigirse directamente al espectador como una voz en off con cara destacan por lo acertado, refrescante y divertido; si se es entendido o aficionado a los intríngulis maquiavélicos del show business, además, se habrá disfrutado muy especialmente de las deliciosas escenas en las que el Rey del Funk hace ostentación de sus innovadoras e inteligentísimas tácticas empresariales (I am the show. I wanna be the business, too).

James Brown (Chadwick Boseman) y Bobby Byrd (Nelsan Ellis) a punto de marcar un antes y un después en sus carreras. Via lifeantimes.com
Y de lo que cojea el guión va sobradísimo el elenco: Dan Aykroyd, Viola Davis, Octavia Spencer... Casi todos en papeles más bien modestos, pero abrumadores como si se hubieran pasado los 140 minutos en pantalla. Por otro lado, sorprende ingratamente la escasa repercusión crítica que parece haber tenido el papel de Nelsan Ellis como el admirable Bobby Byrd. Si James Brown era el funk, Bobby Byrd era su groove, su constante y su bastón, la mecha que hacía saltar todo por los aires. Siempre estuvo ahí detrás, en segundo plano, pasando desapercibido, pero en cuanto se marchaba... ¡Vaya, entonces todo el mundo echaba de menos al groove! Mientras Boseman resulta más y más fabulosamente despreciable a medida que avanza la cinta, Ellis enamora y se ensalza minuto a minuto. Nadie como él para colocarse la aureola sobre la cabeza y predicar la convicción indoblegable y la pureza de espíritu del santo Mister Byrd. Si le hubieran dado un par más de clases de baile, Ellis se lo hubiera puesto bastante más complicado al protagonista.


Así que entonces, con todas sus virtudes y defectos, ¿es posible afirmar que Get On Up es la biografía cinematográfica definitiva de James Brown? Ni de broma, ni en un millón de años. ¿Sería posible, pues,  conseguir un homenaje mejorado de la vida del Hermano Soul Número 1? Ni de broma, ni en un millón de años. ¿Get On Up apenas saca un 40% del jugo potencialmente exprimible al personaje del señor Brown? Muy cierto. ¿Cabe la posibilidad de que, en un futuro próximo, nazcan un director y un actor protagonista superdotados capaces de encapsular con mayor acierto la trayectoria vital de uno de los mayores iconos de la música pop del siglo XX en menos de 17 horas? Altamente improbable. ¿Disminuye por ello su mérito o su recomendabilidad? En absoluto.

Para que nos entendamos: si te gusta la música en el más mínimo grado, no pierdas la ocasión de ver Get On Up. Al fin y al cabo, y como dice mi amigo Pharrell Williams, lo único imprescindible es el groove, y de eso en ésta película lo hay de sobras. En cuanto empiece a sonar, sabrás que te tiene.



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Y hablando de cantantes con voz aguardientá, como dice mi abuelo... Ni caso. Ordené a las estrellas de rock de mediano-bajo perfil público que dejaran de morir. Ahora tú, Joe Cocker, justo ahora que me estaba enganchando al With a Little Help from My Friends (1969). Dicen que es que bebías, fumabas, te drogabas y tratabas muy mal a tu cuerpo en general, pero Iggy Pop más de lo mismo, y Keith Richards igual, y sin embargo míralo, el pasado 18 cumplió 71... Don't Let Me Be Misunderstood, pero los caminos del Señor son inescrutables. Fuiste de los primeros blancos en molar por cantar como un negro (pero como un negro de verdad, no lo que hacía Dusty Springfield). Generaciones venideras te recordarán como el tipo que versionó a todos los peces gordos del pop y convirtió las originales en un maqueta inacabada, una nota a pie de página de tus rendiciones. La manera en que redujiste a cenizas el With A Little Help From My Friends de los Beatles (ya más de tu propiedad que de los propios Fab Four) quedará grabada en la memoria colectiva del siglo XX para siempre. Por la parte stoniana que me toca, me despido de ti con una de las mejores versiones (¡cómo no!) del Honky Tonk Woman que se hayan registrado.



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