"I already am eating from the trashcan all the time. The name of this trashcan is ideology. The material force of ideology makes me not see what I'm effectively eating. It is not only our reality which enslaves us. The tragedy of our predicament, when we are within ideology, is that when we think that we escaped into our dreams, at that point, we are within ideology."
"Ya estoy comiendo del cubo de la basura todo el rato. El nombre de este cubo de la basura es ideología. La fuerza material de las ideologías me hace no ver lo que efectivamente estoy comiéndome. No es solo nuestra realidad lo que nos esclaviza. La tragedia de nuestro dilema, cuando estamos en los confines de la ideología, es que en cuanto creemos que hemos escapado hacia los sueños, en ese preciso punto, estamos dentro de la ideología."
Text by Slavoj Žižek from The Pervert's Guide to Ideology (2012).
"C’est l’histoire d’un homme qui tombe d’un immeuble de cinquante étages. Le mec, au fur et à mesure de sa chute, il se répète sans cesse pour se rassurer:
jusqu’ici tout va bien,
jusqu’ici tout va bien,
jusqu’ici tout va bien.
Mais l'important c’est pas la chute.
C’est l’atterrissage."
Hubert Koundé à La Haine (1995) parlant de notre vie.
Toutes les photographies prises le 17 septembre 2017 au Café Montorgueil, 1er et 2e arrondissements de Paris, France. Merci spécialement à Barbara et Gilles pour enseigne-moi le street French.
Los Rolling Stones devuelven el rock & roll a Cuba, sin saber ella lo que es eso.
En la vida sólo hay dos
tipos de personas; las que nacieron bajo un huracán de fuego cruzado y
las que no pillan lo que acabo de decir. Las segundas probablemente sean o fans
de los Beatles o de Serrat, a parte de unos sinsangre afeminados, y no sé qué puñetas hacen leyendo una reseña sobre The Rolling Stones Havana Moon, la película que inmortaliza el histórico-por-razones-extramusicales concierto que Mick Jagger y Cía celebraron el pasado 25 de marzo en el Centro Deportivo de la capital de Cuba. Les recomendaría que se pasaran a otra sobre el documental éste de los Beatles dirigido por Ron Howard, quien normalmente hace historicismo audiovisual para hombres tipo Made in America, pero al que de vez en cuando también le da por mariconadas complacientes de chica TENA Lady. Y el resto que se compre dos pájaros y les pegue un tiro o haga concursos de gárgaras con Oraldine, me da igual. Tan igual como me daba la vida, el lobo ibérico y el deshielo en Groenlandia cuando era joven y crédula, tan forofa que me plantaba frente al número 102 de Edith Grove bajo la lluvia templada de un verano estándar en Londres y contemplaba la fachada tras la que sobrevivían, hace más de 50 años y a dieta de comida robada y LPs de Jimmy Reed, unos chavales con potencial para hacer "cosas que los gobiernos no pueden"... O ese es el cuento que se cuenta ahora Keith Richards a sí mismo y en la peli. Suerte que nadie le presta mucha atención por ser un drogadicto de mierda con dentadura de marfil de mamut criogenizado, como todo el mundo sabe.
Así empieza, con un coloquio de cuatro rocking yayos, alta directiva de la fraternidad más selecta del gran geriátrico imperial que es el rock & roll en 2016. Charlie Watts comenta lo que más le gustó de La Habana; la arquitectura, y sobretodo los coches, la mayor colección de Cadillacs que aún tiran del continente... Al público en la sala de ocho filas de una superficie multicine cuyo nombre es totalmente irrelevante se le escapa la risita, dudo que con intención consciente de pitorrearse de una persona mayor; se comprende perfectamente que mirarlo es ver reflejado en él a tu abuelo dándole al PAM PAM PAM PAM PAM PAM PAM PAM cuando acaba el sitar y comienza la caña en Paint It, Black. A su lado Mick Jagger, cada año más cómodo en el papel de rockero pragmático sin sentimientos, intentando que nos traguemos lo de que desde siempre concibió Midnight Rambler como hito de clase de spinning y no como la ópera rock que Pete Townshend siempre soñó con componer y se le quedó en Tommy (1969). Keith Richards se las arregla para hacer chistes sobre chicas en la primera fila y no perder el encanto. Keith Richards es mejor saliendo airoso de todo que tocando la guitarra, cosa que, de hecho, explica por qué sigue tocando la guitarra en primer lugar. Y Ronnie Wood entre los gemelos brillantes, preparado para aplacar por si a Jagger le da por acordarse de cuando Richards le llamo eunuco o algo por el estilo en su biografía, calladito que ya lleva 41 años de becario y puede ser que en diciembre le hagan fijo. Las luces se apagaron y la gran pantalla se encendió en el estreno único, exclusivo y mundial del 23 de septiembre (si se es noruego, danés, australiano, neozelandés, brasileño o eslovaco no se forma parte del mundo, por cierto). Aparecieron unas grandes diapositivas de congreso de startups con facts en amarillo, mayúscula y negrita: MILLONES DE KILÓMETROS DE ESCENARIO, TROPECIENTOS MIL AMPLIS, UN MOGOLLÓN DE MULATOS COLGANDO FOCOS, CUATRO ROLLING STONES. Me sentí un poco escéptica, tal cual estuviera en el sofá de casa viendo Megaestructuras en lugar de un megashow de rock. Quise llorar de desubicación, pero no pude, y mi adolescencia se paseó por aquella pantalla, esquivando arrugas en las caras de unos ex-yonkis ex-poetas que ya sólo cantaban bingos, y se esfumó en lo que tarda Keith en arrancar la intro de Jumpin' Jack Flash, que desde 2013 es un rato angustiosamente largo, como un ladrón (con artrosis) en la noche. El profesor Mick supera esos segundos de vergüenza ajena y se queda exultante, radiante y listo para domar primerizos en una masterclass de aerobic como no la tuvo ni en Copacabana hace 10 años; lanza una pose seductora a la cámara y salta a la pista. Su vestuario es un tanto menos lentejuoso de lo habitual, puede suponerse que con la premeditación de no restregar fastuosidad en exceso por el pequeño jeto comunista de una Cuba que recién abría los ojos a la música no socialista (considerando, por supuesto, a Major Lazer como música socialista). No se puede negar que, a las 73 primaveras, el reiteradamente proclamado por (ejem) su batería "mejor frontman de la historia" sigue dando la talla: sigue corriendo de punta a punta de la pasarela, sigue bailoteando como él solo y sigue flirteando con lo más lozano que exista a 50 metros a la redonda, en éste caso Sasha Allen, que sustituye a Lisa Fischer, el auténtico sexto Stone desde que muriera Ian Stewart y se uniera a la banda para el Steel Wheels Tour. Todo esto pasa, sí, y otra cosa que pasa es el tiempo, que por mucho que a Mick Jagger le conceda la merced de caber en los mismos pantalones que hace más de medio siglo, ya no le insufla las mismas energías para poner tanto eficacia como sensibilidad en cada actuación; por la pura dignidad del espectáculo (que ya tiene bastante con un guitarra rítmico sónicamente negligible mamando de un bote blanco con drogas sospechosas, quién lo iba a decir, por parecer muy de prescripción médica), nuestro héroe 0% materia grasa del micrófono deberá encauzar todo su vigor rockero en la consecución de interpretaciones perfectas en la ejecución pero tremendamente congeladas en el sentimiento, parafraseando a Risto Mejide. Y tampoco es que Richards sea un completo anécdota visual... Es una pena que la mayoría se siga tomando su trozo de set (You Got the Silver, Before They Make Me Run, que no aparece en el film) como pausa para ir al baño, porque viene siendo lo más auténtico de las dos horas de concierto desde que los Stones se convirtieran en ésta máquina de llenar estadios que son hoy. A parte de eso, ya mejor no sabe/no contesta; le queremos tanto que le perdonamos que se limite casi siempre a ser un posturero barrigón y, todo sea reconocido, nadie posturea como Keef ni continúa teniendo ganas, 40 años más tarde, de seguir asiendo la batuta que orquesta obras a la altura de Exile On Main Street (1972). They cannot fuck with the legacy, que diría Drake. Tampoco nadie facilitaría su errabundismo escénico como la fiabilidad jazzera de Watts o la versatilidad de Woods (por no hablar de su extraordinaria habilidad para ser dos guitarristas a la vez), así que démosle crédito también por saber escoger quién le va a cubrir el culo. El público cubano se mostró insólitamente apático, y el ser poco reactivo no casa con el talante caribeño pero, por triste y enésima vez en su historia reciente, no tiene la culpa... Pese a un setlist más obvio que un lametazo en la cara (It's Only Rock & Roll, Angie, Honky Tonk Women, Brown Sugar, You Can't Always Get What You Want con coro autóctono de turno, Entrevoces) salvo contadas excepciones (¿tocar Out of Control para un país que ha pasado décadas esperando a los Stones? ¿De verdad es la Cuba post-Obama el lugar para ponerse oscurantista y no Hyde Park en 2013, por ejemplo?), sólo los guiris se sabían las letras de las canciones. La generación aborigen que pudo adorarlos en primera persona del presente e inculcar dicho amor a su descendencia se perdió por los aires entre misiles soviéticos. La mística secular del rock clásico en los 1960 y 1970 y su presunto potencial para cambiar el mundo, en consecuencia, no es para Cuba sino un ruidillo incómodo más allá de(I Can't Get No) Satisfaction, igual que la guerra en Siria para Europa Occidental más allá de a cuántos refugiados hayan de acoger en sus polideportivos. En Cuba está el sol, está la luna, está el aire que se respira y están... No, Keith, no te equivoques, están Calle 13, no los Rolling Stones. Sin embargo, allí como en Europa Occidental y en Siria si la justicia divina a la que se encomienda el Papa existiera, se despidieron con Satisfaction y la abrumadora liberación de endorfinas colectiva fue universal y sincronizada con el resto del planeta, lo que, osaría decir, es más mérito de la célebre erudición musical cubana que de la omnipresencia de la Rolling Stones Incorporated. Además de llenar páginas en el libro Guiness de los récords que continúan y (resignémonos a predecir) continuarán llenando Mick, Keith, Charlie y Ronnie, alguien querrá pensar que Havana Moon es la grabación cinematografizada de algo más significativo que un multitudinario y divertido brindis al sol, ya sea para el desvanecimiento total del comunismo castrista o el apuntalamiento del rock & roll en el siglo XXI. Dejaría en suspense lo primero, pero lo segundo... Ni de broma; igual que para cuando el Reino de España perdió Cuba, el Reino de España ya no ganaba nada, para el día en el que La Habana ganó por fin el rock & roll, el rock & roll ya lo había perdido todo.
The Rolling Stones Havana Moon in Cuba (2016).
I don't claim to own any of the pictures above/ Ninguna de las fotografías anteriores me pertenece.
En realidad, no se ha
dicho mucho de él para lo que debería dar de sí la figura de Jimi
Hendrix. Quizás porque, pese a lo vistoso y apabullante de
aquello a lo que él llamó, según palabras del legendario manager y productor Kim Fowley, su "rock & roll de ciencia
ficción", Jimi era un introvertido que repudiaba su voz y adolecía de
complejos de origen adolescente por no haber podido vestir ropa suficientemente
molona en el instituto. Si podía desviar el foco de atención de su afro alado,
sus disfraces de gitano espacial y sus truenos y relámpagos rifferos, con toda
la paradoja que se pudiera poner de colgante y anillo, Jimi así procuraría.
Sólo espero que no se
moleste mucho; hoy no va a poder impedir que se hable de él, en parte por estar
muerto y en parte porque éste mediodía a las 12:45 pm se cumplieron exactamente
46 años desde que fue pronunciado el vuelo con sus little wings
hacia el firmamento y más allá de la estratosfera, alejado de la vulgaridad y
el odio desprendidos por aquellos a los que, alguna vez, pudo considerar
sus congéneres en la Tierra, entre los astros de la paz y del exceso, donde
siempre debió estar. La historia de su vida, como anotó en su poema final y
último testamento lírico, fue un abrir y cerrar de ojos, un parpadeo del que
aún se recomponen generaciones venideras. Porque cuando una criatura de la
exquisitez de Hendrix muere en una moda de semejante patetismo y precipitación
(asfixiado por su propio vómito e intoxicado con barbitúricos a los 27 años),
un ejemplar menos distinguido en la cadena alimenticia puede sentirse entre
culpable y subnormal, en plan llegar a pensar que quizás Jimi Hendrix murió por
el puto caso que le hace la radiofórmula a su mal gusto; "¿y si matas un
poco a un gatito y otro poco a Chuck Berry cada vez que escuchas un
vallenato desesperado? Yo hay noches que no duermo pensando en
esto.
¿Y qué hacen los
mortales como ejercicio de redención? Más arte que les haga tan altos como
Hendrix durante un rato, cine con el que recomponer la escena del crimen
que inconscientemente diseñó su propia y vulgar infrasensibilidad. Eso intentó John
Ridley, guionista ganador del Oscar por 12 Years a Slave (2013),
dirigiendo y escribiendo Jimi: All Is by My Side (2013),
coproducción britanicoirlandesa que narra los años inmediatamente anteriores a
la popularidad de Jimi Hendrix sin una sola canción compuesta por Jimi Hendrix.
¿Decepcionante? Sí. ¿Quita las ganas de verla ya de primeras? Bastante.
¿Protagonizada por André Benjamin? Démosle una oportunidad.
All is By My Side no es ningún hito cinematográfico ni científico; utiliza el mute como herramienta retórica de tensión-relajación original, pero dejando esto de lado, no lo cuenta mejor (a diferencia de otros biopics más abarcadores como el Get On Up (I Feel Good) (2014) sobre James Brown) ni lo que cuenta es mejor o traspasa la capa del chismorreo hippie. Qué digo, peor incluso, la de la calumnia rockera: al lado de una acusación verbo-visual y presuntamente ficticia de violencia de género, nadie debió prestar importancia alguna a gazapillos menores del estilo Keith Richards chivándose al padre de Linda Keith (pareja del Rolling Stone entre 1963 y 1966 y descubridora de Hendrix) de que un drogadicto de color la estaba trayendo por la calle de la amargura. De acuerdo con lo relatado en su autobiografía de 2010 Life, Linda por aquellos entonces se estaba llevando ella solita por la calles multicolores de los polvos mágicos y las pastillas purpurina, y su novio que décadas más tarde se esnifaría sonadamente las cenizas de su respectivo padre no aprovaba aquellas abusivas maneras. Ironía que, en éste caso, la mentira suene más plausible que la historia; un Keith despechado porque Hendrix le iba a levantar a la novia tiene mayor credibilidad que un Richards sanote y paternalista (tratemos de concebir, por un instante, la posibilidad de un mundo en el que Keith Richards hace pilates, come quinoa y presta su imagen a campañas de concienciación contra el consumo de estupefacientes al volante).
Así que de no ser por Benjamin, las biografías de hoy no serían más que los PowerPoint con música de mañana, y es que quitando la bonita imaginería sesentera de hemeroteca en formato diapositiva, a All Is by My Side sólo le queda la rigurosísima y encandiladora interpretación de 3 Stacks. El otro tercio del duo OutKast (no offense, Big Boi, pero supongo que no te llamaste big por lo enclenque) se quemó la melena de tanto hacerse la permanente, aprendió a tocar la guitarra con la mano izquierda y a hablar como un maricón desnutrido (no offense, herederos de Jimi Hendrix, pero es lo que hay), todo en el noble nombre de honrar la memoria del que es considerado uno de los guitarristas más transgresores e influyentes del siglo XX. Un colosal despilfarro de talento y compromiso para con un proyecto que estaba predestinado al fracaso, tanto crítico como público, des del momento en que se decidió ponerle lorzas a Chas Chandler (bajista de the Animals, manager de Hendrix y feliz veinteañero sin lorzas en la vida real).
Mejor ya ni meterse y dejar para pasto de leyenda qué parte de certeza y qué de licencia poética hubo en la escena en la que se elegía a cara o cruz si el puesto a la batería de la Jimi Hendrix Experience lo ocuparía Aynsley Dunbar o el finalmente experiencedMitch Mitchell, más o menos como Lou Reed votando por Doug Yule para substituir a John Cale porque era Acuario como él, y ya tenían dos Leo en la Velvet Underground. Ni las posibilidades de veracidad de simples y mágicas eventualidades, ni la reiteración de Hendrix en que no había más que colores... Nada lava la culpa ni disuade al hombre terrestre en su empeño por hablar hablar hablar sobre él, darle vueltas al misterio sin resolver de su asesinato sin homicida, diseccionar el azar que fue su don y que es lo mismo que querer guardar el viento en un tupperware a toda costa.
Quizás por eso hace sentir especialmente improductivo disertar sobre un hombre que se lo dejó todo reposando a hombros del talento, sin siquiera hacer ademanes de una pretensión más-allá-ista de lo que se ve y se siente, y al computar tal miseria dialéctica acaba saliendo poco que articular sobre él. "La gente planea ésto y lo otro, y cuando no le sale bien se vuelve loca. Por eso yo no planeo nada, voy con la corriente", le explicaba Jimi a Linda, y te cuenta esto a la cara y luego tú con qué ídem le preguntas lo que quería expresar cuando quemó la guitarra de Keith en Monterey. "¡Hay que ponerle colores a ésta Stratocaster, tío!"
Entonces, ¿qué paja te quieres sacar del bolsillo para hablar de una puta corriente que lo lleva a uno cuando nace genio? Todo lo que logres decir sobre él serán sólo pinceladas de ciencia ficción aquí y allá.
Blake Fielder-Civil y Amy Winehouse, auténticos Romeo y Julieta modernos. Via Tumblr
- Vaya pringada de la
vida.
- ¿Cómo que “vaya pringada
de la vida”?
- Pues como que fue una
pringada.
- ¿Pero en qué sentido
lo dices?
- ¿Cómo que en qué
sentido?
- ¿Lo dices como con
rabia? ¿Te da pena?
- Un poco.
- ¿O como despreciando?
- Mmmh no sé. Como que
era una pringada.
- Tú siempre tienes
muchos problemas para entender la debilidad humana.
- No.
- Síiii.
- Bueno...
- Lo que yo no entiendo
es cómo nadie la ayudó.
- …
- Y la gente que la
quería, su familia… No se daban cuenta de hasta qué punto los necesitaba. Del resto se comprende que, un poco hartos ya al final, la pudieran dejar, ¿pero sus padres...? Pobrecita Amy, dependiente era de
ellos, no de la coca. No supieron ser más fuertes. Pobrecita.
Mi
madre dice muchas cosas al día que hacen que me pregunte por qué está aquí,
hablando conmigo, que soy gilipollas, en lugar de estar psicoanalizando a las
mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, como por ejemplo la
de Amy Winehouse. Lo pensé, como tantas otras veces, el 30 de julio, al
salir de los cines de un centro comercial de cuyo nombre no quiero acordarme,
donde habíamos ido a ver Amy (2015), el primer documental
oficial sobre la diva-convertida-en-despojo de Londres que en tal día como hoy hubiera cumplido 32 años.
Quizás porque mi
modesta inteligencia emocional me ha obligado históricamente a ampararme en el
prodigio de la suya, pero intuía que mi Señora Madre había dado con la clave de
todo el documental que acabábamos de ver, y con la intriga última de esa gran
tragedia ghetto-pop que fue el presto apagarse de Amy Winehouse. Escuchando posteriormente entrevistas con el director, Asif Kapadia, quien justo empieza a labrarse una original reputación como biógrafo cinematográfico gracias a su debut en el género Senna (2010), acerca de la vida del "mejor piloto de Formula 1 que jamás vivió", alcanzo a identificar mejor la procedencia de los sentimientos avivados por el film. Amy no consiste en la compresión audiovisual de la truncada trayectoria de un portento artístico de la naturaleza; Amy se parece más a ir al cine para ver vídeos caseros de la estúpida y adorable de tu hermana que, presentada ante las dos opciones, hubiese preferido ser camarera sobre ruedas a estrella sobre alfombra roja. Amy no es un proyecto interesado en cosechar compasiones hacia los tan frecuentemente ensimismados traumas del artista creador, sino en despertar sentimientos redentores de culpa y frustración por habernos limitado a mirar mientras nuestra resplandeciente y delicada hermanita del norte de Londres cruzaba la Avenida Principal de la Fama sola y con un aparatoso moño cardado a base de dos décadas de inseguridades. Amy no pretende echarle la culpa a nadie, nada más lejos; sencillamente nos muestra la verdad, sin conservantes, colorantes ni papel cuché, sobre la belleza de lo que hemos dejado pasar mientras estábamos demasiado ocupados contribuyendo al circo romano 2.0 que acabó por matar a la primera leyenda pop del siglo XXI. No pretende echar la culpa a nadie, no, pero termina por echársela a todo el mundo, y si no se halla forma mejor de traducir verbalmente el remordimiento particular, se sueltan cosas tan poco acertadas como "vaya pringada de la vida".
Llegamos a casa, le doy
al YouTube y pongo Rehab antes de quitarme los zapatos y mientras me desmaquillo. Me
alegro de no haberme rediseñado los ojos esa noche, como hacía sin excepción
Amy cada mañana, su cat eye de brocha
gorda en lugar de un desayuno de campeones. Perfectamente pueden hacer ocho
años desde la última vez que la escucho. Sigue pegando en el estómago y elevando la moral como la primera vez, ahora encima con el intensificador
emocional de la melancolía añadido. Explicaba una sonriente y (todavía) no muy
desgastada Amy a principios de película que jamás podría escribir sobre algo
que no fuera personal, sucesos que no hubiese vivido, pues sería incapaz de
contar bien la historia. Y allí estaba ella en la estrofa final, confesándose con
su arte mientras yo me lavaba la cara y los demás se empeñaban en enjaularla en
cárceles de oro con enfermeras por celadores:
I don’t never wanna drink again,No quiero beber nunca más,
I just, uhhh, I just need a friend.Sólo necesito un amigo.
I’m not gonna spend ten weeks,No voy a invertir diez
semanas,
Have everyone think I’m on the mend. Para que todo el mundo vea cómo me
recupero.
And it’s not just my pride, Y no es sólo
por orgullo,
It’s just til these tears have
dried.Será sólo hasta
que se sequen estas lágrimas.
De entre las varias hazañas que el documental puede atribuirse se halla, un poco agridulcemente, la de "redescubrir", como si el mundo hasta julio pasado hubiera sido sordo y/o analfabeto, el virtuosismo no sólo vocal, sino sobretodo letrístico de Winehouse. Porque las historias narradas en sus canciones constituyen el mejor testimonio escrito, contado en procesión cronológica y hasta el detalle más escatológico, de su paso por la Tierra, y así son muy acertadamente utilizadas en el transcurso del largo, como un perfecto y conmovedor hilo conductor fantasmal. Con qué entrega se enamora y desenamora hasta el asco que le tiene a la peña que siempre pide hierba y nunca trae, pasando por el origen de todos los tormentos que trata de aplacar a través del autodestructivo consumo de muchas y variadas sustancias clase A, B, C o Z: compañía, desinteresada y genuina compañía. Recordé entonces una TED Talk, grabada en junio de este año, sobre la percepción tanto popular como
científica e institucional de la auténtica naturaleza de la drogadicción. Johann
Hari, un reconocido periodista británico, señala en una muy personalmente
sentida charla a las circunstancias ambientales, sociales y afectivas del
individuo como potentes detonantes de dependencia estupefaciente, muy por encima de la
predisposición genética o de los efectos biológicos de un gancho químico. “Lo
contrario de adicción no es sobriedad. Lo contrario de adicción es conexión”,
afirmaba al final de su exposición. Y ahí estaba nuestra Amy de siempre en la letra de Rehab, explicando con precisión, en el más precioso grito desesperado y melismático, cuál era su problema, lo que necesitaba de nosotros. Pero daba mucho más morbo especular la mañana después de los Grammy acerca de cuántas jeringuillas repletitas de heroína le cabían en el tocado; definitivamente, era mucho más divertido eso que reconocer su fragilidad y tratarla, en palabras de ella misma, como a "una chica normal que, casualmente, canta". Ay, Amy, ¡si solo cantaras...! Muchas lágrimas secas derramadas en tu honor sobre tantas mejillas, para ser sólo una chica que canta...
Amy Winehouse fue un arcángel anoréxico-judío perteneciente al Tercer Coro Celestial, enviado por Dios desde Lo Más Alto hasta Southgate, Londres, con una madre desnaturalizada, un padre oportunista, locamente enamorada de una pobre criatura heroinómana, tan recónditamente herida en su delicado interior como ella misma, y ofendidos ambos por el zafio despotismo de este mundo moderno con un dolor tal y tan intenso que acabaron por unirse mediante el vínculo fatal, inquebrantable e invisible que, finalmente, truncó la misión providencial por la que Amy había sido puesta en la Tierra: salvar al planeta de las mercedes de Dido y la ropa holgada. Ojalá todas estas mierdas amarillístico-épicas que cuentan los tabloides fueran ciertas y la película estuviera escrita y dirigida por Pedro Almodóvar, pero no. La pura verdad es que Amy Winehouse, por mucho que necesitemos que nos saque de nuestras prosaicas y monótonas existencias con capítulos descontextualizados y plagados de jeringuillas, sangre y triple sujetador, no era sino una muchacha que, como tú, como yo y como tu primo, tomó unas cuantas malas decisiones en su vida. La única diferencia entre Amy Winehouse y una inmensa mayoría de la gente es que una inmensa mayoría de la gente no posee el talento descomunal y extremadamente insólito para tocar el alma de las personas. De Amy aprendí cosas tan trascendentales como que a las grandes del jazz también les salen espinillas en la barbilla o lo que es el Tanqueray, y ni eso puede compararse siquiera al valor de todo lo que me enseñó acerca de la clásica y tirante relación filosófica entre el talento y la humanidad. La creciente secularización de las sociedades desarrolladas, particularmente durante este y el pasado siglo, ha dejado en el ateo y el agnóstico urbanos un vacío espiritual que, aunque su presuntuosa pseudo-superioridad moral le haga creer inexistente, necesita ser rellenado en forma de Elvis Presley, Nelson Mandela, Hannah Montana o cualquier otra figura remotamente antropomórfica que salga por la tele y parezca desprender luz propia, ni que sea procedente de un foco que le ponen por detrás. Estos dioses paganos de la edad tecnológica son los primeros observable y conocidamente mortales de la historia, y aun así se les sigue atribuyendo cualidades sobrenaturales y desproveiéndolos de la faceta errante que define la experiencia humana. Algunos se lo toman bien, y todo, y asumen con gusto las cargas y privilegios inherentes al puesto en el Olimpo terrenal de la celebridad y el dinero, ganados al nacer por poseer una habilidad concreta superior a la de la media. A otros menos narcisistas y admitidamente no interesados en la fama como Winehouse, se les cubre la cabeza con coronas que no saben llevar grácilmente y se les somete al escarnio público por el mero de hecho de ser vulnerables a las necesidades y debilidades consustanciales a nuestra especie. Amy logra con elegantísimo y cándido éxito mostrar ante el gran público a la verdadera Amy Winehouse, el ser entrañable que conocían los que realmente la conocieron, fuera y dentro del podrido mundo del espectáculo que la exprimió durante siete años hasta dejarla literalmente seca. También, aunque quizás no para cualquiera, consigue dar respuesta al mayor interrogante de su corta biografía; el porqué de su abrupta y autoinfligida combustión. La obviedad con la que el documental enseña que la fama, con el mundo entero por cómplice, cometió homicidio imprudente contra Amy Winehouse es brutal y vergonzante. Pero, paralelamente, Amy formula, de forma involuntaria, una pregunta aún mayor, muy superior al enjuto cuerpo de una cantante de jazz blanca y casi tan profunda como su desmedida voz de color; ¿ha de sentirse el individuo dotado de un determinado talento forzosa y moralmente obligado a explotarlo, compartirlo o a garantizar el deleite colectivo derivado del mismo a expensas de sus propias ambiciones personales menos pretenciosas, de querer llevar un estilo de vida regular, para algunos incluso considerado mediocre? Si una chica canta como Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Nina Simone y Wanda Jackson combinadas, escribe como Carole King y Gerry Goffin pero lo que realmente quiere de la vida es servir cafés montada en patines y tocar de vez en cuando para cuatro mataos en un bareto, ¿hemos de impedírselo por todos los medios posibles, por el bien y en el nombre de la sublimidad en el arte y la cultura planetarios, a pesar de que ello pueda condenarla a una existencia desdichada y tormentosa, tal vez conducirla a la muerte prematura? Recordando lo que vi en el documental, me siento en el deber ético de decir que no, y así y todo, egoísta y desprovista de teología que me guíe, no sé si me hubiera gustado tanto vivir sin Amy Winehouse metida en el iPod, para cuando necesitara saber lo que se siente al ser una veinteañera nostálgica del norte de Londres.