Mostrando entradas con la etiqueta Prince. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prince. Mostrar todas las entradas

16/6/18

VLOGGING: REPASO SEMANAL MZK: PRINCE, NICK CAVE, SMASHING PUMPKINS, INTERPOL... (w/ Mané López)



La única noticia que se le escapó a Muzikalia la semana pasada fue la de que, contra todo pronóstico, se ha sobrevivido al Primavera Sound 2018 (Icaro Lavia salió viva del mismo, y Mané López sostuvo la aleación profesional entre ambos durante la semana en la que su compañera estaba convaleciente). A parte de esa, están todas las buenas nuevas importantes, y entre ellas hemos hecho una exhaustivísima y dificilísima selección de las mejores, es decir, aquellas que tratan temas y/o gentes que, más o menos, nos suenan un poco.

Traemos frikadas, como las de Nick Cave a dueto con Kylie Minogue en plan balada romántica incómoda de Operación Triunfo. Tenemos personas que quieren sacar pasta a costa de otras personas muertas, como el lanzamiento de un álbum post mortem del rollo unplugged firmado desde el otro mundo por Prince. Tenemos también a otros supervivientes pero no del Primavera Sound, sino de la vida, como Rick Astley, Ronnie Spector, Interpol, Smashing Pumpkins y Bunbury, triunfando a través de los tiempos con giras, discos y rutas del bacalao, en el caso de el ex líder de Heroes del Silencio. Y, como siempre por estas fechas, se acerca la decimoquinta edición del Sónar y muchos muchos muchos conciertos de dimensiones varias más.

En fin, que lo sentimos por todos aquellos a los que les pareció buena idea lo de que Mané se encargara de la sección solo, pero hemos vuelto, y más unidos que nunca. Quien no se sienta capaz de aceptar este hecho, siempre puede volver a ver el capítulo de la semana pasada, que lo cierto es que mola especialmente.


Texto de Mané López e Icaro Lavia, vía Muzikalia.

5/10/16

MUSIC: Mac Miller en DOCKS Hamburg + The Divine Feminine: his shit get old when he act so young

The Divine Feminine (2016) de Mac Miller. Fotografía del hermano de Mac Miller.

Si vas a ir a un concierto de Mac Miller y tienes más de 15 años, no vayas. Te sentirás muy vieja. Y eso no mola. "Molar" es para los fans de Mac Miller lo que el "dabuti" para nosotros: muy vintage, pega con el chándal de táctel. No te creas a los camareros en los bares que te piden el DNI antes de dejarte pagar por la cerveza, no importa con cuántos litros de Johnson's Baby te rocíes; la media de edad allí es pubertad y olerán que no hueles a nada, ni a hormona revoltosa ni a chuches. No te engañes, lo sabrán, dedícate en su lugar a escuchar viejos discos de Eminem y a envejecer con dignidad, ¿ok?

No se hubiera notado tanto que era la persona más adulta de toda la cola frente a la legendaria DOCKS de Hamburgo si me hubiera puesto al lado de algún adolescente excepcionalmente bajito y hubiese hecho ver que venía de acompañante porque la criatura no cumple los 16 hasta diciembre, qué mala suerte. Y encima ese día no había poco público; 12 de mayo en pleno Reeperbahn hamburgués, solazo y a principios de una tradición muy mona que tienen allí llamada Tanz in dem Mai ("baila en mayo") dedicada a celebrar que el tiempo es ligeramente menos deprimente y la primavera ha llegado dos meses más tarde que en el hemisferio de la gente vaga y feliz sur. En la vida hay que ser optimista o directamente suicidarse como pasa en Finlandia intentarlo.

Pues cuando entré parecía todo un instituto muy oscuro desde la primera fila. Sonaba Niggas in Paris y Touch the Sky, y para hacerse una idea de lo baby boom que eran estas gentes, Kanye West ya es un clásico de los 2000 en su cronología. Primero salió un rubito rapeando en alemán (valiente), 3Plusss, debe de ser un nombre súper ingenioso en retórica teutona. Me dicen que es bastante conocido en su tierra, y debería creeérmelo porque tiene hasta entrada en la Wikipedia, die freie Enzyklopädie (le deseo suerte).

20 minutos después de su set de 20 minutos y el puto sigue sin aparecer. En su lugar, DJ Clockwork, "su" DJ, una estrategia muy inteligente por parte de Mac Miller para asegurarse de que el listón esté bien bajo cuando él salte al escenario. El tipo se monta una parida muy grande a la que titula Beans, y lo respeto porque intuyo que es plenamente consciente de que sólo está allí para divertirse consigo mismo, "autodepreciación", que lo llaman. Aunque desde luego no era, ni de lejos, tan insoportable como para agredirle físicamente; un joven delincuentillo le arrojó un objeto no identificado en la cara y el artista se cabreó con todas las de la ley. Unos minutos dentro del set de Miller incluso él empezó a corear aquello de naaa-na, na-na-naaa-naaa, hey hey hey, good bye para que los guardas de seguridad se llevaran al cobarde agresor. Fue divertido deplorable.



Eran las 21:15 y el puto Mac Miller no sé lo que estaba haciendo pero trabajar, no. Sale por fin un rato después, dejando a la peña tiesa con un futurista, fluorescente y, como indica el propio nombre de la canción, Loud. Era el GO:OD AM Tour y venía a presentar el álbum homónimo de 2015, que había sido un notable símbolo de maduración con respecto a su previa discografía, Watching Movies with the Sound Off (2013) y Mac Miller (2014). Fue principalmente por esto que se me hizo raro ver a tanto niño de moco colgante en su show. El viraje que poco a poco estaba tomando en dirección al jazz, y el distanciamiento consecuente del rap de decir muchas palabras sin respirar, contado en fiestas de cumpleaños sin padres a las que seguro que no iba desde hacía años, debería haberlo alejado de dicha audiencia. Tomé en serio a Mac Miller a partir de un sample elegante de In a Sentimental Mood que a mi casticista carácter no le resultó sacrílego. Eso sumado al gorrito de marinero chulo que llevaba en el vídeo de Diablo provocó que, sencillamente, no me esperara a mucho quinceañero ni puesto en Duke Ellington ni con estilo, aunque quizás los esté subestimando. La explicación a mi desconcierto la encontré pronto en el setlist: pesadamente dependiente de su catálogo antiguo, como que no se saltó ni un himno teenager de la América blanca media: Donald Trump, Knock Knock, Nikes on my Feet o Best Day Ever fueron de las más aplaudidas. Claro que no se entusiasmaron menos con el enésimo himno al viernes Weekend y otros buenos temas del GO:OD AM como 100 Grandkids o ROS que, "casualmente", eran los menos disonantes con su sonido postadolescente de siempre, permitiéndose prescindir de temas mucho más complejos y peligrosos como la bellísima Time Flies con Lil B o Two Matches con Ab-Soul. Y luego va y le da al play al Purple Rain de Prince con la excusa de marcarse un RIP porque le sale de los huevos. Raperos, quién los entienda.

Hubiera sido mucho más emocionante y enriquecedor verlo en directo con ésta nueva etapa que representa The Divine Feminine (2016), cuarto álbum de su carrera, lanzado hace un par de semanas. Habla del amor pero sin ponerle nombres de Ariana Grande, insiste Miller, más bien de una paranoia que le debió de contar alguien sobre que el universo es una energía femenina y la naturaleza una madre y abrazar a la chica después de follar es demostrar que te importa el medioambiente. Parece que esté siendo cínica con su espiritualidad feminista pero no; es mucho más trascendental que meramente refrescante encontrarse con un rapero (o a cualquier músico, ¡qué hostias! Ni que el rock fuese un gremio de corderitos) que pone a la mujer en el centro temático de su obra y la observe desde un punto de vista reverencial. Se podrá no estar de acuerdo con nada de lo que haga o diga Mac Miller, pero nadie negará que es lo más osado que ha nacido en Pittsburg desde a saber cuándo. No sólo es un blanco en la última cultura negra que su raza todavía no ha expoliado, que por mucho Macklemore y Riff Raff que haya, sigue siendo un atrevimiento tan de safari como un japonés cantando por fandangos; ahora además se quiere aliar con las chicas. Qué tío... Si sigue sacando colaboraciones con Kendrick Lamar (God is Fair, Sexy Nasty, imprescindible) y envejeciendo con tantísima dignidad, voy a empezar a hacerle más caso.



Image and video hosting by TinyPic

30/1/15

MUSIC: Bello, feo, verdad y mentira. El Black Messiah de D'Angelo & the Vanguard es todo

Black Messiah (2014), D'Angelo & the Vanguard, lanzado el 15 de diciembre de 2014 bajo el fuego negro cruzado. Via NY Daily News
Todo el mundo debe, repito: DEBE escuchar Black Messiah (2014) de D’Angelo and the Vanguard, el nuevo álbum de la recién resucitada promesa de aquello que algunos, allá por el cambio de milenio, muy malamente bautizaron como neo soul. Inmediatamente después de acabar con el último tema, moriréis de una erección mental caballuna del tamaño del Empire State, pero tranquilos, será largo e indoloro. Aunque ya no os daréis cuenta (porque estaréis muertos, lo prometo), habrá merecido la pena.


“Es un proyecto de pasión, y lo es todo. No pretendo lanzar afirmaciones hiperbólicas o grandilocuentes, pero lo es todo. Es bello, es feo, es verdad y es mentiras. Es todo”, dijo Questlove en la listening party que tuvo lugar, sin que casi nadie se enterara, en un hotel de Manhattan a mediados del mes pasado. El polifacético frontman de The Roots no se podía creer que estuviera a punto de dar al play, por primera vez en 14 años, a lo nuevo del maldito jefazo del soul contemporáneo D’Angelo.

Es un proyecto de pasión, y también un proyecto de producción microscópica. El primer tema con el que me topo por YouTube es Sugah Daddy, probablemente los cinco minutos más representativos de su escrupulosidad. Y el mundo ya nunca fue igual. Una cabeza no puede procesar tanta información en tan poco tiempo, y eso que entra suave, sin intimidar; palmas, un bum-bum bum-bum-bum y un piano brooklynita de raza, que te atraviesa el pecho como un rayo de sol. Intentando descifrar la letra, se aprecia que funciona exactamente igual que su rítmica, como un proverbio africano, de argumento inverosímil y moraleja reveladora; mientras se escucha no se entiende nada, una amalgama de frases de estética brillante. Para cuando se ha llegado al final, sin embargo, la lógica de cada palabra ha cobrado un nivel de perfección astral. "I hit it so I made the pussy fart/ She said it's talkin' to ya, talkin' to ya daddy!" Gente como Mezz Mezzrow podría sacar una tesis doctoral de ese único verso.

Sugah Daddy es, en muchos sentidos, como el Black Satin de Miles Davis. Es igual de negrata pero en peor, porque el Black Satin, con su cara de perro mutante rabioso de la galaxia funky, al menos tiene la decencia de no incitar a la proximidad; sólo un auténtico kamikaze o Frank de la Jungla se acercaría a acariciarlo. En cambio Sugah Daddy es como el olor a pan recién hecho; te arrastra hasta el horno emisor con su calor, su luz y su ingravidez. Las ondulaciones jazzeras de su aroma se cuelan por las fosas auriculares del oyente y lo convierten en un muerto de hambre que traga barras de groove sin masticar. Te despiertas al rato del trance y te das cuenta de que estás engullendo baguettes sin saber muy bien por qué. Como dice Questlove, el proceso de elaboración del Black Messiah ha sido, como mínimo, enfermizamente meticuloso. Pero el motivo que te hará sucumbir ante él, querido oyente, es algo tan aleatorio que escapa a los límites de la comprensión humana. El Black Messiah se creó como la ciencia y se utilizará como la magia. La receta del pan está en los libros de cocina, pero la fascinación que produce su olor es absolutamente inescrutable.


Luego está el single, Really Love, que debe de ser lo más flojo de la colección, como suele pasar, y muy mal elegido (también suele pasar), aunque por muy buenos motivos (estribillo tontuno exento de ecos políticos, voz marvingayeana elevada a la sexyésima potencia... Se lo quitan de las manos, oiga). Heredera sofisticada pero inexcusable del 7 Days de Craig David (véase la guitarra """flamenca""" made in Hollywood) y, en esto sí, en sintonía con el resto del álbum, revive EL SONIDO de principios de milenio; R&B de laboratorio, born to be liked, suavecito, negrito e inofensivito, cosa que parece una contradicción en sí cuando es, en realidad, la fórmula secreta del califato neo soul de los 2000s (por cierto Craig David, ¿qué haces con tu puta vida?).


Los antecedentes cronológicos del Messiah son turbios e imprecisos en varias dimensiones. Para empezar, el que ha habido entre su anterior álbum, Voodoo (2000), y el mismo Black Messiah no ha sido el primer hiato pronunciado de la carrera discográfica de D (como lo llama amistosamente Questlove); ya entre su disco debut, Brown Sugar (1995), y el intermedio dejó correr un tupido velo de 5 años, todo un acto de ingratitud para con su público y un desafío a la memoria pez colectiva. En lugar de dedicarse a cultivar su puesto en el candelero del soul noventero, como dicta la lógica, optó por desaparecer de la faz de la Tierra salvo por alguna que otra colaboración super-hiper-mega-estelar (Nothing Even Matters). Pero huelga decir que con Voodoo se redimió con creces de los grandes pecados artísitcos que son los lustros sabáticos: recibió la aclamación unánime de la crítica y se estableció como uno de los mejores álbumes de la década pasada. Desafortunadamente para él, afortunadamente para el resto de la raza humana, y en vista de que ninguno de los dos singles previos de Voodoo había acabado de conquistar territorio MTV, D'Angelo tuvo la brillante y aceitosa idea de acompañar su tercer sencillo, Untitled (How Does It Feel), de un vídeo en el que aparecían él y sus oblicuos completamente desnudos y sudorosos. Misteriosa e incomprensiblemente, el clip causó un terremoto planetario, catapultó Untitled a los puestos más altos de las listas de éxitos, y convirtió a D'Angleo en un sex-symbol de ébano de la noche a la mañana. 


Personalmente, no sé... Lo de sex-symbol, pues como que no lo acabo de pillar, la verdad. Resulta que el pobre no encajó demasiado bien que ésta recién descubierta calidad de objeto sexual minara su credibilidad artística (oh vaya, qué inusual, le incomoda que desconocidas le silben por la calle, a las mujeres, sin embargo, es una cosa que nos suele encantar), y comenzó a desarrollar una suerte de aprensión escénica combinada con lumbalgia aguda, derivada de tener que encorvarse para recoger una media de 300 bragas por concierto. Qué vida más dura, tetes.

Feminazismo a parte, dicha frustración fue el detonante final que acabó por sumirlo en una espiral de depresión, ostracismo y drogas. Volvió a su antiguo hogar en Virginia, desapareció de la vida pública, su novia, su familia, su abogado y su mánager lo dejaron por imposible y se puso a comer alitas de pollo frito con gofres como un loco. Y así, de la forma más egoísta posible, D'Angelo privó al mundo de su talento durante casi 15 años. Cuentan por ahí que fue la muerte de Amy Winehouse, muy por los pelos, lo que rescató su alma de las llamas del infierno; su colega en común Questlove había entablado amistad con la diva de Camden Town durante sus últimos años de vida, y cuando lo trágico e inevitable sucedió, llamó a la puerta de D, lo agarró por el pescuezo y le soltó "¿Quieres correr la misma suerte, my nigga?" (es posible que la descripción de los hechos no sea del todo rigurosa, pero para que nos hagamos una idea).


Black Messiah arranca con Ain't That Easy, que se decantaría del lado no políticamente comprometido (o al menos no literalmente) del álbum. Es un tanto engañosa; empieza así rara, como con ruidos alienigenas, luego una marcha de voces invocando a los infiernos y, de pronto, se oxigena en el estribillo, que es puro Philly sound, que no es más Prince porque no puede. Ain't That Easy es casi perfecta, parece que no, pero se deja querer con facilidad a los 50 segundos, y precisamente por eso confunde: no prepara al oyente para lo que viene a continuación (1000 Deaths). En Back to the Future (Part I) hay un punto inusitado de inocencia o de esperanza, y también de hip hop. Casi se puede escuchar a D'Angelo ruborizarse mientras se descubre a sí mismo queriendo volver al pasado (So if you're wondering about the shape I'm in/ I hope it ain't my abdomen that you're referring to (Si te preguntas qué tal estoy/ Espero que no te refieras a mi abdomen). Y Part II es divagación, pura autocomplacencia, un batido premeditadamente improvisado de jazz, funk, rock... Yo qué sé lo que lleva, pero está de muerte. En Prayer se descubre un mash-up bellísimo entre el Prince de Purple Rain y el Prince de cuando Prince se llamaba asíThe Door es una auténtica rareza rootsy, como si se le hubiera pegado algo de la tradición blusera de su Richmond, VA natal, y Another Life marea de todos los lugares a los que evoca: New York de los 1990s como si fuera ayer, Sade mezclada con Smokey Robinson y con hippies, más Prince cuando Prince se llamaba así... Una clarísima apoteosis vocal del monstruo del falsetto D'Angelo, que parece no darse cuenta de que sus agudos podrían ser más agudos todavía por contraste, tal y como se aprecia en estos 15 segundos de erótica inefable. Y eso no es lo peor: con tanto estímulo, la letra casi pasa injustamente desapercibida... 

Al otro lado del espectro, si Another Life era un collage de recuerdos dorados, Betray My Heart es el equivalente del Black Messiah al descubrimiento de América; quiet storm en la mejor de sus formas, jazz psicodélico pero con elegancia y educación (esto es, se va por las ramas, pero no sin antes cogerte de la mano para que lo compañes). Betray My Heart es el amor verdadero hecho canción.


Luego están los temas que, claramente, vienen con ganas de revolver conciencias y vísceras a partes iguales. El compromiso político-social del Black Messiah es expreso y estratégico; su lanzamiento fue adelantado varios meses por culpa de una serie de episodios de racismo institucionalizado acontecidos en Missouri (Michael Brown) y Nueva York ("I can't breathe"). Ain't That Easy, la canción bienvenida del Messiah, era un trago de agua revigorizante, que sirve de poco porque 1000 Deaths, la que le sigue, te seca la boca de un tortazo; abre con un predicador hablando sobre el Jesús de la Biblia, con pelo de cordero y cuerpo color jaspe (es decir, no de un paliducho enclenque de mierda con ojos azules). El resto es la auténtica nigga revolution sonora, tan negra que, si eres ario, caucásico o remótamente lechoso, te hará sentir algo incómodo, como si no formaras parte de su causa. The Charade lleva el Purple Rain gravado a fuego en la frente (otra vez); sólo podría ser más Prince si Prince tuviera un don equiparable para la canción protesta (seguramente el único don del que Prince carece), y Till It's Done (Tutu) es, como dice Michaela Angela Davis (vídeo a continuación), la banda sonora de la revolución, el ruido poderoso que hacen los pasos de la gente al andar con esta marcha de Selma que, penosamente, estamos teniendo que recrear en el siglo XXI.


Decía Louis Armstrong (o alguien por el estilo) que sólo existe música de dos tipos: honesta y deshonesta. Bien, Satchmo, te veo y subo a lo siguiente; sólo existe música honesta de dos tipos: la que hace D’Angelo y la que hacen el resto de músicos honestos del mundo. Black Messiah es una obra maestra premeditada de confesionalidad colectiva. Es la banda sonora de un instante muy delicado en la historia afroamericana y, sin embargo, lleva inscritas la atemporalidad y la universalidad en el ADN. No puedo pensar en un logro artístico más encomiable, sobretodo cuando está tan claramente exento de pretensión (algo innato en la auténtica música negra, por otra parte). Black Messiah es hoy y mañana, lo que somos, lo que seremos y lo que podemos ser, un mundo de héroes en potencia. Black Messiah es, en resumen, todo.

Image and video hosting by TinyPic