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29/5/16

MUSIC: You need to be there: Wolfmother derritiendo el Große Freiheit 36 de Hamburgo con su hard rock esencial e irresistible



Todos conocimos a Wolfmother en una intersección entre el nivel 1 del Guitar Hero II (junto a Danzig, Mötley Crüe y Chip Trick, nada menos) y el coche de mi tío Pedro, donde ha sonado buen rock, sin roll y sin aliño, desde tiempos inmemoriales, 2005 o por ahí, año que tampoco escapa ya a ser remoto. No sé si todos o sólo mi hermano y yo, pero la realidad es un concepto muy abstracto que me suda la polla, así que aceptemos la sinécdoque, el conjunto por la parte, otra vez en ese bello y bolchevique plural mayestático.

2005, y con la enclenque melancolía de hablar de hace 10 años como si hiciera 80, fue un buen año en general para el rock a secas, un buen año para las bandas australianas (Jet, AC/DC todavía tenía un cantante que no era Axl Rose lisiado) y un año esplendoroso para Wolfmother, quienes vieron caer sobre occidente su bestial Wolfmother (2005), primer y homónimo álbum, como una bomba de hidrógeno distorsionada. Y fue tal cual, sin esperárselo, como la vejez o los accidentes de tráfico, fue hasta violento; un minuto antes estás aquí y al siguiente implorándole a un flaco peludo llamado o Jesús o Andrew Stockdale que no te lleve todavía por favor o que te lleve ya cuanto antes, respectivamente. Igual que un día en el que apenas existían y el siguiente en el que no puedes dejar de pensar en ellos, Wolfmother fueron al 2005 lo que los genitales a la pubertad: una adicción aparentemente inocua. Estaban en la tele, en la radio, en los Grammy, en la Rolling Stone España con sus Ray Ban Wayfarer, una de las cosas más dosmilcinco que se recuerdan junto con las Converse con pitillo, la Ley Antitabaco y Hilary Duff.

Oh sí, recuerdo cómo Wolfmother llegaron a éste mundo... Y también cómo desaparecieron un rato después. De forma parecida a los Black Crowes o al tamagotchi, que dejaron de ser relevantes tras sus primeros 5 segundos de popularidad, aunque quizás no tan drásticamente; diría que la caída, en su caso, fue algo más felina, con todo el mérito y la ironía que tal hazaña expresa en un grupo con nombre de perro. Aunque, ¿qué se esperaba, por otra parte? Con el advenimiento de la siguiente buena ola australiana del indie a finales de los 2000s, el rock sin complejos pasaba por las horas más bajas de su ciclo pendular. Y con semejante nombre... Bueno, mucho no se podían camuflar entre cajas de ritmos y sintetizadores: nada dice "rock sin conservantes ni colorantes" como Wolfmother, al igual que nada dice "cosa sintética y psicodélica atrapada en un fin de año de 1989 con Whitney Houston" como Tame Impala, por ejemplo.

Y es que cuentan que se llamaron así por un libro de los sesenta sobre drogas varias y viajes astrales. Estaba claro que por uno del año pasado sobre jugar a cartas no iba a ser... Hay poco en Wolfmother que deje espacio a la imaginación; sus orígenes, referencias y aspiraciones se hacen de dominio público en el mismo momento en el que nace una canción y se inserta en el pabellón auricular de cualquiera que ya tuviera vello púbico cuando el walkman o, en su defecto, wifi y gustos selectos. Ni siquiera los mil y un cambios de alineación (el grupo no ha grabado uno sólo de sus cuatro álbumes con los mismos integrantes) han provocado notable mella en su sonido a lo largo de una joven historia rockera. A lo sumo, se han vuelto más secos, quizás, más metal que hard, más Black Sabbath que Rush, más distorsión que overdirve y, en definitiva, menos roll, menos funk, menos pegajoso, menos todo lo que un día les hizo tan grandes en tan poco tiempo, como la erección de un niño de 15 años. Su último trabajo discográfico, Victorious (2016), con el tour para promocionarlo que les llevó al Reeperbahn de Hamburgo el pasado primero de mayo, Gypsy Caravan Tour, da fe de todo ello; más seco que la mojama, y muy coherente en su deshidratación, sí... Pero no. Estos, sencillamente, no son nuestros Wolfmother, sólo el soporte para seguir llevando en volandas un nombre tan potente y excitante como el pasado reciente al que evoca. ¿Se les puede culpar por ello? En absoluto; los llamaron "salvadores del rock" y ahí se los cargaron en primer grado. Es por ello que de un tiempo a acá me guarde de colgar losas de oro a nadie que intuya con potencial para la grandeza, práctica en la que, desde siempre, he hallado un suculento placer culpable. 

El listón de su propio debut era sencillamente inalcanzable y, en consecuencia, el desazón creativo traspasó a la esfera personal... Resultado: Chris Ross y Myles Heskett, bajo/teclado y batería fundadores, se largan para no volver, tras una actuación agridulce en un gran festival australiano a mediados de 2008. 

Y ésto, niños y niñas, es lo que hacemos con el primero en mucho tiempo que sale a la palestra con un par y nos da un poco del good old rock & roll; le chupamos la esencia hasta queda menos que el fantasma de lo que fue. En menos de lo que quisiéramos, y como el amor, lo matamos de tanto usarlo. Pobres chavales del hemisferio sur, que no pedían más que hacer un rock de ese del que no puedes escapar, un rock innegable: tan simplón, tan básico e instintivo, pero de un embrujo... Una escucha cosas como Dimension, o Love Train, y se pregunta, ¿cómo es posible que, hoy en día, haya tan poca gente en éste puto planeta que sepa hacer ÉSTO medio bien? No parece tan complicado, no es como preparar alioli con la regla, y tenemos a todos los que ya lo lograron antes a finales de los sesenta y principios de los setenta metidos en el Spotify. ¿Por qué, entonces? 

Llámalo orgullo, petulancia, llámalo apretar botones y hacer beats es más fácil que aprenderse los acordes, llámalo el rock no mola (o "ya no")... Y sin embargo, algo dentro de nosotros lo sigue necesitando, como un abrazo de tu madre en la edad del pavo. Bandas como Wolfmother, Radio Moscow, Crobot, Rival Sons... Los pusieron en la Tierra para cumplir la noble y modesta tarea de llenar un vació emocional colectivo: la humana necesidad de rock & roll desacomplejado. Innovación, originalidad, no siempre se trata de eso... La vida moderna es de una complejidad desesperante, y a veces nos moriríamos por poner el modo automático y ser tan felices como aquella vez... No sólo de discografía de Led Zeppelin vive el rocker

La velada empezó que no pudo empezar mejor. Al principio del todo pareció que no, porque llegué puntualmente sin antelación a hora de abertura de puertas, 19 clavadas, y había una cola del copón que no me esperaba para nada tratándose de un grupito que creía considerado por el mainstream como unos two-or-three-hit wonders. Pensé entonces que la primera fila ya era una causa perdida, pero al entrar recordé que a los alemanes no les gusta llevar sus sentimientos por bandera, y correr hacia el front row es una declaración de amor e idolatría de ejemplo enciclopédico con la que, personalmente y a diferencia de ellos, me siento muy cómoda en determinadas circunstancias.

Llegué y en la playlist ambiental sonaba Let it Loose, y quizás debería dejarlo aquí porque el resto de lo que pueda decir sólo lo estropeará. Ya puedo morir tranquila sabiendo que, al menos una vez en la vida, estuve en un antro donde pusieron lo más oscuro del Exile On Main St sin tener que coaccionar al pinchadiscos. Hice un vídeo para capturar el momento y tener pruebas cuando se lo cuente a mis gatos de mayor y no me crean, y un alemán capullo arruinó toda la mística saludando como un padre haciéndose la foto con Mickey Mouse en Disneylandia. Pese a ello, no podía ser más feliz; sólo me faltaba estar enamorada, y creo que hasta eso lo hubiera estropeado. Acababa de pasar Ian Peres, actual bajo y teclista desde 2009, por el pasillo entre la grada y el escenario. Su pelo mola demasiado, no sé por qué camina mirando al suelo; es una diosa con melenaca. La noche era joven, la vida, bella y excitante y yo una cínica que empezaba a presentir que se estaba equivocando con sus juicios precipitados de valor musical, por enésima vez. Porque luego vinieron Loving Cup, Ventilator Blues, Shelter from the Storm de Bob Dylan, Shake Your Hips, Strawberry Fields Forever de los Beatles, Mississippi Queen de Mountain y Sexy Sadie también de los Beatles, entre otras, y cuando pusieron Turd on the Run y mientras empezaba a considerar la posibilidad de que ésto fuera una escucha encubierta de rarezas de los Rolling Stones, salieron los teloneros y desperté del sueño.



Electric Citizen, se llaman, que es un nombre de grupo heavy que le puede gustar a un primo que tengas y que coleccione tanques de la Segunda Guerra Mundial en miniatura. Heavy principiochentero de Cincy, OH, cuna de la aviación y del buen pelo, a juzgar por las cabelleras de estos tipos. La cantante, Laura Dolan, parece la Barbie trasher haciendo aeróbic con sus Jeffrey Campbell de 20 cm de plataforma (en serio tía, eres la razón por la que Joan Jett fue la última vez que el rock tomó en serio a nuestro género, a parte de que Jeffrey Campbell ya pasó, supéralo en cuanto tengas tiempo). Se mueve como Kali Uchis pero sin puta gracia, normal siendo de Ohio. Lo que más me motiva son las caras de enajenación canina, lengua fuera incluida, del batería, ¡qué hombre! Y el guitarra no sé si es persona o persona sin cabeza, pero sí sé que tenía bonito pelo, igual que el bajista. 

Pues vale, Electric Citizen, capto el mensaje: hard rock nevado, heavy metal embrionario en tiempos en los que ya es más embrión de lechugas y patatas en forma de estiércol bajo suelo que embrión de algo con la más remota capacidad de impacto artístico o cultural. Muy buenas pintas, pero ni aportan ni recrean algo de notable calidad. Se van vulgarmente por el pasillo entre la grada y el escenario, la gente no los aclama... Semejante crueldad. El guitarra tiene un vergonzoso pasado emo a juzgar por sus tatus tricepales, lo veo mientras carga amplificadores y los sube a la furgo. Juro que pasé por su bandcamp y escuché Social Phobia, me sentí identificada con el título. 

Mientras los teloneros desalojan se escucha Torn & Frayed, y mi felicidad flotante vuelve a restaurarse. Una suerte de chica de cuarenta bajita no identificada me pregunta si quiero divertirme, y le digo que natürlich. Grita como una posesa, vaya Person. Su amiga tiene un marido cuya madre es de Cunit o de Conil de la Frontera, quién sabe, deben de haber leído mis notas mientras las escribía para saber que soy española, porque todo el mundo dice que parezco francesa.

Andrew Stockdale se planta justo delante de mí y arrancan con Victorious, el single del nuevo álbum. Qué delicia de momento.









El hombre tiene una planta tan sofisticada; nadie diría que compone y toca cosas como las que siguieron, New Moon RisingApple Tree, que es como ver la canícula de una adolescencia estándar en tres minutos y medio (¿dónde esconde las Vans?). El mosh que desencadenó fue glorioso, más grande y libre que el nombre del garito, doy gracias a mi móvil por habérseme pegado a la palma de la mano y no caerse. Sus sílfides piernas, su refinado gusto para los botines y su distintivo chaleco, ese afro australiano como un halo de rizos deshidratados... ¿Cómo es que éste tío no ha llegado más lejos, cuál es su hándicap? La genética dice "estrella", pero la forma cateta de coger la guitarra, estilo Bill Wyman, dice "friki", por no hablar de lo que cuentan las entrevistas... ¿Inadaptado social? No es impedimento si eres británico y te llamas Thom Yorke, pero el mundo del rock no está hecho para sensibles. Ni para pretenciosos: sí, el hitazo por antonomasia, Woman, fue el mejor puto rato de mi vida, y sí, me dió rabia que cambiara la entonación de una parte del estribillo. Creo que se me estaba agotando el sudor y sólo llevaban cuatro temas. "Empieza a hacer calor aquí. Eso es señal de un buen show", dice Andrew.

Y él no se mueve mucho, pero joder con Peres, el maldito saltimbanqui, ¡todo un freestyler aéreo! Debía de tener propulsores en esos divinos muelles capilares para ejecutar tantos mortales abstractos. Era precioso verlo transitar entre cuerdas y teclas, ¡y de qué manera se ensañaba con el teclado! Parecía que quisiera taladrar un agujero de felicidad con la cabeza. Su entrega y su rollo enamoran, y los bajistas con más actitud que el guitarrista deberían cobrar pluses por superación de estereotipos (Jake Figueroa, abrid debate en el gremio).

Alex Carapetis, el batería de ésta gira y no miembro oficial de la banda sino de Julian Casablancas+The Voidz, auténticoWOW TÍO, QUISIERA COMPRARME UN PISO EN TU ARMARIO WOW WOW WOW ERES UN JEFE TUS BOTINES ME WOW EXPLOTARON LA CABEZA QUÉ ROLLAZO ME HUMILLAS CON TANTO #SWAG batería rock de conservatorio que ha rodado con la crème de la crème empezando por Nine Inch Nails y pasando por Phoenix, Juliette Lewis & the Licks y Kelis (¡¡¡!!!). Actitud y ejecución brillantes, indiscutibles, el tipo de capullo al que miras y te das cuenta de que lo tiene todo en la vida sin haber tenido que pagar el precio.






El público era una amalgama de gente adorable, ninguna raza de fans está a la altura de los amantes del rock & roll sin corromper; si se está en medio de un mosh, con seres humanos pasando en volandas por encima de tu cabeza, y todavía sientes tu integridad física respetada, hasta te piden perdón por chocarse contigo demasiado fuerte, puede felicitarse uno a sí mismo por formar parte de un ejemplo de vida en sociedad.

El setlist fue casi perfecto, una mezcla de agasajadores de masas (White Unicorn, White FeatherMind's Eye, Colossal), nuevos desafíos (The Love That You Give, The Simple Life, City Lights) y alguna perla oculta de factura early punk y leitmotiv psicodélico/naturalista, California Queen, o metalera elegante, How Many Times. Pero aun así la energía nunca decayó. Salvaje y sereno, frenético y accesible, hacía mucho tiempo que no me sentía tan desahogada, libre e ida de la olla en un ambiente extrañamente acogedor. Éste, éste es el rock por el que vale la pena mitificar. "¡Qué energía, será por todos los sex shops que tenéis en ésta calle!", ríe Andrew otra vez. Irónicamente, refrescaron con dos covers bastante añejas, Dear Prudence de los Beatles y Riders on the Storm de los Doors, dos temas que parecen escogidos adrede para definir sus dos polos: los rockers místicos de manual y los de intenciones pop para toda la familia, porque Wolfmother es como un robusto árbol con troco hard e infinidad de ramas que lo bifurcan breve y genéricamente en variadas direcciones (folk, pop, punk, garage, alternativo).




La primera vez que escuché Pretty Peggy no sabía si era una broma o iba en serio (Roses are red/ Violets are blue/ I will take them all/ And give them to youWTF he visto mejores sonetos en concursos de poesía de parvulario), pero en vivo lo entendí todo: la ternura es algo que, sencillamente, no se hace de retórica rimbombante, sino de simplicidad y cercanía. Existe una feminidad, o más concretamente, un feminismo honesto y absolutamente nada teorizado en la lírica de Wolfmother que me indigna que nadie se haya parado a estudiar y alabar: la mujer es un tema constante, protagonista y heroico en sus canciones, nada más anticlimático en el viejo y tradicionalmente misógino negocio del rock. Seguramente resida ahí su magia, y sea, a la vez, lo que los idealiza en la teoría pero los aparta del éxito colosal en la práctica. Porque cuanto más los escucho, menos entiendo que no están mínimo a la altura de los Black Keys o por esas plantas de la fama cultural. La buena moral no vende y los chicos malos son los que ligan, se ha dicho. 



Pyramid fue la locura que había visto en mis sueños o peor, pero Dimension... "¿Queréis entrar en otra dimensión?", pregunta Stockdale, y todos muertos, ¡cómo la estábamos deseando! Gente volando por los aires, la cuarentona guay entrando en trance, literalmente, cayendo por el suelo y poniendo ojos en blanco incluido, saltándose la vaya de seguridad, regalando codazos, cabezazos, fluidos y de más. Odio a la gente con ganas, pero no sé qué brujería rara echaron en el Große Freiheit 36 cuando vino mayo, qué placer sentí perdiendo la identidad entre una masa de carne y grito... Mi cuerpo en brazos de la Madre Lobo.

Se intentaron ir con Vagabond pero faltaba The Joker and the Thief y lo sabían, así que tocó para el bis. Estaba reventada pero hubiera seguido dos horas más tranquilamente. Me despedí de mi compi de concierto con un cálido abrazo brasileño y traté de salir del lugar, no sin antes dar una vuelta óptica por el mítico Große Freiheit 36: lo máximo que pueda dar de sí el encanto alemán, supongo.

Tenías que estar allí para entenderlo, y algún día mirarías atrás y te atacaría la melancolía de cuando viste a Wolfmother, esas leyendas de recorrido inverso que fueron de los estadios a los baretos con 100 de aforo, y sentiste la pura felicidad, la pura adrenalina, la pura rabia de vivir, y ya está, nada más, sólo eso. It's only rock & roll, but you need to be there.





Todas las fotografías y vídeos tomados el 1 de mayo de 2016 en Große Freiheit 36, Hamburgo, Alemania.

22/3/15

MUSIC: La Mano de Crobot, dirty grooving rocking funky muthafuckas


Chris Bishop, Brandon Yeagley, Paul Figueroa y su hermano Jake Figueroa. Cuando van juntos los llaman Crobot. Están locos,
sacuden mucho la cabeza y tienen fobia a la higiene musical y de otros tipos. Son la repanocha. Via H M F A E

Un día, más o menos, 24 horas y pico tardé en recuperar la audición después del bolo, ¡qué digo!, ascenso musicado a los groovy-infiernos, de Crobot en la sala Rocksound de Barcelona. De verdad que no oía una puta mierda, pero joder muthafuckas, a cualquiera le parecería bien proceder con el vaivén de su vida cotidiana con tal funky heavymetálico como último recuerdo sónico de este cochino mundo. Ayer abandonaron territorio íbero tras un tour nada menospreciable por las mejores ciudades españolas y Hondarribia, especialmente sabiendo que venían de girar a lo largo y ancho de Europa con Black Label Society (el grupo del guitarrista con la Gibson Les Paul customizada más molona nunca vista). Comenzaron en Barcelona y acabaron en Zaragoza, a concierto por noche, como buenos cabrones que son. Si os los perdisteis es porque habéis querido y porque sois medio gilipollas, para qué nos vamos a engañar, no tenéis excusa. La próxima vez que pasen por aquí (a los catalanes, por lo menos, nos prometieron que volverían a pasar), haced el favor de desencolar vuestros culos del sillón y bajad a verlos. Ya nunca podréis contarles a los nietos que asististeis a la primera gira de Crobot en España, y cuando logréis verlos durante la segunda, entenderéis por qué jamás os lo vais a perdonar.

Hacía aproximadamente un mes que, por recomendación experta, sabía de la existencia de Crobot, una banda nacida cuatro años atrás entre minas de carbón en Pottsville, al noreste de Pensilvania, condición que, con toda probabilidad, los convierte en expertos nativos en suciedades de todo tipo; hard, metal, stoner, grunge, funk o incluso christian rock, básicamente lo que les echen, como si se quiere que canten por seguiriyas en la tradición de Jerez, aunque siempre con un componente de guarrismo notable. Ellos autodefinen su estilo como dirty groove rock, y con apenas una escucha superficial de su último y único álbum de estudio, Something Supernatural (2014), consiguen demostrar que saben un rato de esas tres cosas. Les gusta ir diciendo por ahí que la mejor descripción que han dado de su música es que suena a "Black Sabbath follándose a Soundgarden con un condón de Red Hot Chili Peppers", o que "tienen más groove que a ten ton fat mamma", cosa que viene a significar que su rollo es comparable al de una gorda de 327 kilos aplastando Barcelona bajo sus lorzas de funk metal rock. LORZAS. DE. FUNK. METAL. ROCK, he dicho. Y debe de haber algo verdaderamente sobrenatural en Something Supernatural (título extraído de una frase del estribillo de Fly on the Wall), porque no conozco a nadie que haya sentido ni una vez la urgencia de saltarse un solo tema del disco. Compositivamente, realiza un viaje inusual entre la epopeya y el rock & roll sin aditivos, y pasea por los lares del grunge y del funk como si Alice in Chains y James Brown vivieran puerta con puerta. No es que eso sea algo completamente novedoso, pero sí que, definitivamente, carece de precedentes en cuanto a calidad de resultados obtenidos. Con la ayuda del productor en alza Machine, logran evidenciar la aportación de cada miembro del grupo como individualidad sin diluir la contundencia de la suma de las partes ni la esencia de la misma.

Les han llamado Wolfmother en versión barroca, noventera y post-adolescente, Audioslave ampulosos y satánicos, Rage Against the Machine románticos o Queens of the Stone Age de los pantanos; todo cierto, en su justa medida, mas no acudáis a Crobot si lo que buscáis es conformaros con la imitación adulterada de una leyenda de corta y reciente trayectoria. A ellos mismo, además, también les pone bastante que se los compare con la oligarquía hard de los setenta, los auténticos y pioneros conquistadores del rock pesado: Led Zeppelin, Deep Purple o, muy especialmente, Black Sabbath, porque a ratos dan ganas de apuntarles con una pistola a la cabeza y pedirles amablemente que saquen a Tony Iommi del zulo en el que lo tienen metido, componiendo riffazos de metal clásico sin parar para ellos. Tampoco os entusiasméis demasiado con sus sesos, zombies de la nostalgia heavy. Mucho me temo que os quedaríais con hambre; Crobot posee un talento singular para hacer colidir la épica del pasado con la excitante inmediatez del presente, una preciosa y violenta explosión musical de nigromancia medieval e impulsividad twittera. Y cuidado, que el tiempo no es lo único que estos chicos son capaces de mancomunar; entre el público de la Rocksound barcelonesa se vio aquel día a indies, heavyatas, rockers y hasta a señores que parecía que acababan de salir de la oficina. Existe una suerte de complejo de melting pot en Crobot que, pese a definirlos dignamente, deja espacio para una holgura genérica que da cabida a todo y a todos.

Como siempre, parece que llegamos tarde al concierto por mi culpa para, de repente, descubrir que llegamos con 50 minutos de antelación. No sé cuál de las dos cosas es peor, pero el personal tiene hambre, así que nos acercamos al Sonora Sport Tavern y, efectivamente, allí están los chavales de Crobot, cenando con agua. La decepción es máxima; sentados cortando el bistec, ataviados con sudaderas y caras de sueño, parecen unos auténticos pelacañas, nada más alejado de las estrellas del funk que venden en sus fotos. Me siento un tanto estafada, pero dice Bo Diddley que no juzgues un libro por su portada, así que intento no venirme abajo tan temprano.

A las diez menos cuarto entramos en la sala y, antes de que me dé tiempo a quitarme el sombrero y colocarme en postura de alerta, los muy hijos de sus madres saludan así:




Me llama la atención esta especie de danza pseudo-capoéirica que, a forma de calentamiento o de invocación satánica, no estoy segura de cuál de las dos cosas, se marcan Brandon Yeagley (voz) y Jake Figueroa (bajo) antes de proceder con lo estrictamente musical. En mi mente, me obligo a retractarme con severidad por lo pensado en el Sonora acerca de estos cuatro tipos; ¿pelacañas? ¡Já! Sobre el escenario, habían metamorfoseado en los cuerpos de unos duendecillos diabólicos que agitaban sus cuellos como si fuesen de mentira y no tuvieran ni columna vertebral. La perfecta sincronía de su bamboleo capilar parecía hasta coreografiada. Pero qué va, no puede ser, esto es rock & roll, los ensayos y la premeditación son harina de costal popero.

Abrieron igual que abren el álbum, con Legend of the Spaceborne Killer, que es heavy metal clásico de ejemplo de libro de texto. A eso, además, se le suma un rollazo muy sexy y difícil de puntualizar, visualmente representado por el movimiento de succión y exhalación medusoide que dibuja el pelo (¡y qué pelo!) de Jake Figueroa mientras baila con su bajo. Quitando a Jaco Pastorius y a Flea, los fans del funk podrían abandonarse al tópico de pensar que los bajistas son todos un coñazo estético. Pues va a ser que no; aquí tenemos al señor Figueroa, cuyos rizos Pantene y estructura ósea facial privilegiada compiten en la misma categoría que la personalidad escénica de Yeagley. It's a half-bird/ Half-bot or/ Half-alien?/ Well, I don't know/ But he's got something in his hands!

De entrada y a título personal, la gente que habla como si hubiera nacido en Houston, TX y en Macon, GA al mismo tiempo, como si fuera Woody Guthrie y George Clinton a la vez (y además con pelo largo) me cae bien de por vida. Así que cuando el peludo con americana de piel blanca estilo tomando-té-y-pastas-en-un-rodeo y camisa hendrixiana dijo que HOW YALL DOIN TONITE WE CROBOT IF YO DON KNOW NOW YO KNOW BABY WE HERE TA FUNKAFY YO LIFE! OH! supe que lo que fuera que viniera a continuación iba a ser pegajosa y aplastantemente bueno. Justo entonces, se mete el pelo por detrás de la oreja (no sé para qué, si en 15 segundos su melena iba a estar en la otra punta del Rocksound) y suelta algo parecido a the skUUUUUUlll of GerOOOOnimOOOOOOOOOOOOOOO!



Puedo imaginarme a todo el que estuvo en la Rocksound aquella noche emulando el grito de guerra de Yeagley durante su ducha pre-concierto. Las expectativas estaban por las nubes, y el tipo no sólo dio la talla sino que desbordó. Skull of Geronimo es una de las favoritas de la audiencia; con su mitología sonora y letrísitca no defrauda a nadie. ¿A quién no le van los cuentos de indios apaches con rock de fondo? 

El ingrediente funk prometido apareció ya de forma un poco más obvia con Night of the Sacrifice, seguido de la que es, con toda probabilidad, la triada más potente del Something Supernatural; La Mano de Lucifer, de estribillo en la lengua de Cervantes, sube a través de una balada metafísica. Sus palabras poseen suficiente carácter sin dejar de apelar a la universalidad, como sucede con las grandes canciones (But it's better to reign in hell/ Than to serve God's will). Estalla sin previo aviso en una apoteosis espacial-psicodélica, y el oyente no vuelve a su ser habitual hasta que no pasan los casi seis minutos de canción. Nowhere to Hide lleva escrita la cualidad de hit en el los genes; incita a la sacudida cervical en una moda casi agresiva, y sirve como chute etéreo de poderío. The Necromancer es de mis absolutas favoritas del disco, y me sorprendió observar que parecía ser la de otros muchos, también; enmarcó los minutos de mayor arco voltaico entre audiencia e intérpretes. Su filón bluesero, la harmónica de Yeagley, el espesor y la contundencia de la guitarra jimmypageiana de Chris Bishop, la rítimica de Paul Figueroa a la batería y su habilidad para conducir a la banda y hacerla navegar en la frontera que separa el blues rock del funk rock... ¿Sigo?

El cuarto de hora que tomó desplegar esta Santísima Trinidad guitarrera serviría de definición enciclopédica del auténtico cock rock; gasear a la peña con testosterona a raudales, adornar el local con ambientador de piel de vaca recién curtida e insuflar una falsa y primitiva sensación de fuerza y poder, como si pudieras aplastar un rascacielos con las manos, cual KIng Kong, o te estuviera creciendo un pene gigante entre las piernas (si se es chica, esta imagen puede resultar particularmente drástica y manifiesta, por razones obvias).

Intercalados entre las joyitas restantes del álbum (Chupacabra, Queen of the Light, Cloud Spiller, otro pico energético de la noche, y Wizards) presentaron tres temas nuevos que se lanazarán en una Full Moon Edition del epónimo Something Supernatural el próximo mes, junto a un cuarto tema no tocado esa noche (Weigh Me Down). Upon a Pale Horse, Back at the Blackwoods y Full Moon Howl (para esta nos pusieron a todos aullando a los focos de la sala), trío vigorizante que apunta en una dirección más funk e inesperada, para que nadie se ponga cómodo; el cielo es el límite genérico para esta panda de pensilvanos-puertorriqueños (Figueroa no suena a apellido de origen pensilvano, evidentemente). Prepararon una tentativa de despedida con Fly on the Wall, por aclamación popular, pero sólo consiguieron reactivarnos. Todavía no se podían marchar, de ninguna de las maneras.

Y cuando crees haberlo visto ya todo en lo que se refiere a aspavientos, contorsiones, tocamientos indecorosos y pseudoacrobacias espirituosas con previsible final infeliz, descubres a un tipo greñudo de Pennsylvania, que bien puede llamarse Brandon Yeagley o cualquier otro nombre típico de la región, dispuesto a desafiar el más difícil de los más difíciles todavías, sobre la cuerda más fina y endeble jamás pisada en el gran y perverso circo del rock & roll.

Qué divertido, el rock & roll. Via H M F A E

Bueno vale, siendo completamente honestos con la verdad, puede que la cuerda no fuera tan fina ni tan endeble. Puede que, de hecho, fuera bastante gruesa y robusta. Y calva. Es posible que ni siquiera fuera una cuerda. Puede que fuera un tío. Pensilvano, también. Igual era el guitarrista de Crobot, Chris Bishop. Podría ser que ni siquiera hayan sido los primeros ejecutores históricos de esta cabriola; es altamente probable que un Bon Scott y un Angus Young cualesquiera intentaran algo parecido en su día. Pero que lo lleven a cabo dos tipos que, encima, no suenan a gato-atropellado-por-máquina-de-cortar-césped-conducida-por-septuagenária-afónica es un plusazo, qué queréis que os diga. Y esa ni siquiera fue la excentricidad más memorable de la velada, para el gusto de una humilde servidora; nada comparable al par de momentos en los que Brandon se chupó el dedo índice para, acto seguido, acariciar los pezones de Jake Figueroa en circulitos. Prácticamente imposible que esto lo haya hecho alguien antes en el mundo del arte. Ya veis, todo es posible un día entre semana por la noche en cualquier ciudad; sólo se necesita un poco de rock & roll.

Volvieron para el bis con la primera y única versión del show, una de Mountain (Never in My Life), otros colosos pioneros del heavy metal, vulgarmente conocidos "como los del Mississippi Queen". Y ahora sí, se notaba que estábamos mutuamente encantados de conocernos, Barcelona y Crobot, pero debían partir; tenían sed y ganas de fumarse un peta, así que get on the good foot, como dijo Brandon, y hasta lueguinsTap Dancin' On a Tightrope. Se despiden precisamente con la última del Something Supernatural y mi favorita number 1. La vida puede ser brutalmente maravillosa.

Me cruzo con Jake Figueroa, que suelta el bajo, se pone la camiseta y va directo a tirarse en plancha encima de la barra, farfullando no sé qué de que necesita un whiskey. Tiene el pelo perfecto y unas facciones interesantísimas. El pobre Brandon Yeagley se encontraba aún frente al escenario, bloqueado por los fans. En cuanto logra despejarse un poco, lo saludo, por tocar los cojones. Le digo, en resumen, que he is the man, y él me contesta que le encanta mi chaqueta de flecos, que llevo un rollo muy guay, cosa que equivale a que si algún día necesita un riñón, puede llamarme; aquí tiene dos bien sanos.

Los putos amos, locos, explosivos, genuinos, versátiles, entusiastas, incendiarios y encima con clase y humildad. ¿Pueden ser Crobot los abanderados del renacimiento del rock & roll tal y como se  lo conocía en 1969? Soy la primera en ponerlo en duda; al rock le vienen dando palos por todas partes desde los ochenta, tiene mucho de que ponerse al día y toneladas de caspa, polvo y telarañas que limpiar. Sin embargo, estos barbudos me han devuelto la esperanza, como nunca antes desde hacía tiempo. No, Gene Simmons, puede que el rock no esté muerto todavía, no del todo. Como mínimo, sigue vivo en algún recoveco entre las ingles infernales de Crobot. 

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