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2/10/16

MUSIC: Konono Nº 1 meets Batida en Kampnagel Hamburgo: à la maison!



¿Alguna vez te has sentido como si llevaras cosida una etiqueta de MADE IN BANGLADESH en la axila, tal cual estuvieras hecho de plástico malo y fueras a romperte en cuatro días? Si tienes un grupo y vas a ver a Konono Nº 1 en directo, te descubrirás de pronto como el fraude mayor en la historia de la música popular: por comparación, parecerás más falso y menos resistente que unas bragas de Kalvin Kien o Dolce&Banana. Yo no toco ni el silbato y aun así me bajaron los humos al nivel del mar... Hacía tiempo que no me sometía a un ejercicio de humildad como fue el ponerse en frente de estos congoleños y escucharlos hacer lo suyo. Justo cuando crees que no puedes ser más cool y que no puede importarte todo menos, te enteras de que tocan en tu ciudad.

Y suerte que mi ciudad el pasado 19 de mayo no estaba en España, que es un país, llamémoslo con benevolencia, en vías de desarrollo en lo que a cultura y otros temas atañe. Se puede labrar una la típica reputación de malcriada ilustrada diciendo este tipo de cosas por ahí, así que jamás se me ocurriría insinuar que no tener con qué llenarse el espíritu es peor que no tener con qué llenarse el estómago, pero un poco lo es. Ésta es la manera de entender la vida predominante en el primer mundo; de ahí que en Hamburgo estén bastante orgullosos de su Kampnagel, el mayor centro internacional de artes escénicas contemporáneas de Europa. Tienen una programación exquisita y asequible todo el año, además de una interesante fachada en forma de fábrica antigua (lo único en lo que sí nos pusimos a la altura europea en la península: en bonitas fachadas de fábrica antigua para rellenarlas de gente con barba y pelo en el sobaco bebiendo Estrella Damm y escuchando a Lori Meyers). Rebuscando en ella me topé con la joya de Kinshasa y de la Congotronics series, bautizada en honor al álbum que los empujó delicadamente en el sentido de la fama mundial allá por 2005, mucho decir ya de cualquier cosa que salga de una extensión de tierra que sólo existe para separar el océano Atlántico del Índico en los mapas, y que el resto del año bien podría estar cubierta por peces y barcos vikingos.

Es difícil perderse con la eficiente red de transporte público de la que dispone Hamburgo, y más aún encontrarse en el bus de ida con tres de las... ¿50? Personas que asistieron al oficio de Konono Nº 1 al norte del Alster, ambas cosas posibles, sin embargo. Fue casualidad que el escenario tuviera escasas decenas de centímetros de altura, una coincidencia de simbolismo acertado que acentuaba la afirmación de que la superioridad moral no tiene necesariamente que recaer sobre el que ve por encima del resto. En su alineación de 2016, integrada por Augustin Makuntima Mawangu (hijo del fallecido el año pasado y fundador de la agrupación Mingiedi Mawangu) al likembé y voz, Menga Waku al likembé-bajo y también voz, Pauline Mbuka Nsiala a la percusión y única voz femenina, Vincent Visi a la batería y Jacques Ndofusu Mbiyavanga a la percusión, como hicieron sus ancestros y continuarán sus sucesores, no tienen asimilada la postura del artista tocado por la mano de Dios que acostumbran a dominar con naturalidad las estrellas de las sociedades televisadas. Konono Nº 1 es una institución sentimental que no da lugar al más discreto de los personalismos; lo que prevalece es verdaderamente el todo y no las partes, que tomen ejemplo los grupillos de techno pop que sólo se admiran mutuamente de cara a la portada de la Rockdelux. 

La vivencia de una de sus funciones se siente cotidiana en un sentido que nada tiene que ver con la cantidad de días a la semana que se los escuche; se parece más a comprarle el pan al panadero que a tirarle sujetadores a Tom Jones, y quien piense que tal comparación es denigrante se equivoca y los denigra él mismo con sus prejuicios clasistas. Pocas veces al día se da un intercambio de energías y respecto más importante que el que inspira un señor que se levanta cada mañana a las 5 para amasar la base de tu pirámide alimenticia con crujido perfecto y olor a sueño bucólico, y seguro se extrañaría igual que los de Konono si le tiraras ropa interior femenina por comprar una baguette. En realidad, probablemente le parecería raro bajo cualquier circunstancia, alcanzando a comprender que, desde su punto de vista, sólo hace lo que haría de todas maneras si nadie estuviera allí para verlo, llámalo trabajo, llámalo necesidad espiritual o deber. Sentado en tu butaca de espectador caucásico petulante que ha de ponerle una excusa petulante o motivación intelectual a tener ganas de participar de algo tan estéril como el disfrute de la belleza, puedes twittearlo y escribir que es arte, lo que ves, siempre que así te sientas menos culpable por no estar produciendo nada marketizable para el libre mercado. Pero Konono Nº 1 no es realmente arte, al menos no en el sentido premeditado y antropomórfico de la palabra; hay una línea separatoria dialécticamente imperceptible, una distinción genérica dudosa entre una pintura de Velázquez y una puesta de sol en Miconos cuando a la una no dudamos en calificarla de "arte" y a la otro sólo y siempre y cuando se sea un cursi de la hostia. Konono Nº 1 es una puesta de sol en la frontera entre República Democrática del Congo y Angola, y su belleza escapa a todo lo que los hombres puedan fabricar por angustia existencial, mandato divino o colocón de peyote.



Y el concierto se desarrolló así libre de egos y postureos, las viejas y las mujeres bailando con los negritos y los hombres entrando en el único trance mensual que sus monótonas vidas de coleccionistas de vinilos les permiten. Triste que, aunque pocas, todavía quedaran cenizas mojadas de prepotencia colonialista; intuimos que algo pone en sus pasaportes que nos da licencia para no seguirlos cuando quieren que demos palmas al unísono... La cara de frustración del pobre Mawangu era un poema, en plan "¿cuando viene Rihanna también pasáis de su puto culo caribeño, blancos de los cojones?" Alguno hasta se pasaba con la igualdad e invadía el escenario para hacer fotos, como si no estuvieran haciendo nada especial (yo no, ¡eh!).

Venía con ganas de que se hubieran concentrado en el repertorio del Congotronics (2005) y Assume Crash Position (2010), aunque tampoco pondría la mano en el fuego por que no hubiera sido, de hecho, así, y yo no me hubiese dado ni cuenta: Konono Nº 1 no va de lo que comúnmente se entiende por "canciones", sino de traducciones rítmicas de estados de ánimo a los que hay que poner un principio y un fin por puro formalismo discográfico. Es por esto que se hace difícil distinguir cuándo están tocando qué. Ellos podrían seguir y seguir hasta el infinito, pero no todo tipo de audiencia tiene aguante para John Cage y sus tipos de paranoias que duran 639 añosKonono Nº 1 Meets Batida (2016), el último trabajo que han publicado este año en colaboración con el proyecto luso Batida (que da de pleno en la corriente predestinada a revolucionar la EDM de las próximas décadas, acuérdense de lo que les digo) no es poco interesante, pero sí circunstancialmente decepcionante; asociarse con un blanco medio portugués, medio angoleño que coge música del sur de África en los 1970 y la actualiza les iba a arrastrar sí o sí a un tradicionalismo más profundo que el suyo propio, es decir, suenan más a de donde vienen que nunca, y habiendo sido ellos siempre un grupo de Kinshasa que suena a domingo loco en Berghain... ¡Imagínense el chasco! Lo más cercano a una remezcla más limpia y sensual del clásico punkismo kononiano incluido en este Meets Batida es Kuna America:



También mola el verso en portugués en Nlele Kalusimbiko de un tal AF Diaphra, y si tuviera más tiempo libre del que tengo me dedicaría a investigar su poliarte ("MC cósmico, poeta, creador de ritmos, manipulador de samples, entertainer subversivo, chamán del spoken word, educador-provocador", abruma ya de entrada, demasié pal body ahora mismo). 

Hacia el programado final del concierto, los alemanes empezaron a pedir un bis, y Konono Nº 1 accedió a volver a salir al escenario de visible mala gana; ya habían cumplido y no se sentían en ninguna obligación poética ni heroica de sobrepasar aquello para lo que se los contrató. Figúrate primero que le pagas por dos cruasanes al panadero y cuando te los da, comienzas a aplaudirle y a corear para que te dé otro gratis. Figúrate después la cara de tú-estás-gilipollas-o-qué-sal-de-mi-tienda-o-llamo-a-la-poli que te dedicaría.

Acabaron el tema extra y saludaron con la misma confianza asquerosa y falta de ceremoniosidad con la que entraron. De mientras, nos gritaban en francés que nos fuéramos a nuestra puta casa ya y dejáramos de joder, a comerse el pan a otra parte, coño. À la maison, à la maison!, decía Menga Waku mirando a los blancos con desconcierto y esbozando una sonrisa cariñosa.










































































































Todas las fotografías y vídeos tomados el 19 de mayo de 2016 en Kampnagel, Hamburgo, Alemania.

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23/8/15

MUSIC: L'Orchestre Folklorique Tout Puissant Likembé Konono Nº1 de Mingiedi présente Congotronics


Congotronics (2005), de Konono No 1. Via Amoeba
¿Suena de algo Mingiedi Mawangu? A mí tampoco hasta dos días después de que muriera, el 15 del pasado abril. A la tierna edad de 85 años y por causas no especificadas, aunque lo más probable es que se debiera a una hartura avanzada de tanto vivir que venía persiguiéndole desde hacía una década. Se fue, suponemos que pacíficamente por primera vez en su vida a punto de expirar, en la misma Kinsasa, capital de la República Democrática del Congo, que lo vio crecer como hombre y como otras cosas por las que el mundo no debería olvidarlo jamás. No obstante, ciertos tics desdeñosos e implacables, agarrados como garrapatas a la humanidad des del descubrimiento del fuego, parecen pronosticar que Africa, agujero negro de la memoria histórica planetaria, se tragará su recuerdo sin posibilidad de clemencia.

Mawangu fue un camionero y fundador de Konono Nº1 (denominación que, por mímica, consiguió traducirle a un periodista británico como "adoptar posición de choque" en la lengua bantú lingala), una de las más célebres agrupaciones de música trance tradicional africana electrificada que haya existido, credencial que resuena un poco a ser el niño más bonito de la casa según tu madre; mejor no ponerlo en el currículum porque no impresiona a nadie. Es difícil seguirle el rastro más allá del haber nacido en Angola en 1933, cerca de la frontera con República Democrática del Congo, y como la suya propia, la reputación de su banda (de nombre completo Orchestre Folklorique Tout Puissant Likembé Konono Nº1) está rodeada de cierto misterio y volatilidad. Casi se aproxima más a la categoría de leyenda yorubá, de esas contadas por griots, que a la de objeto de estudio sociológico y artístico. Se le atribuye también la invención del primer likembé eléctrico casero, instrumento tradicional africano muy parecido a la mbira, extremadamente popular en las zonas de República Democrática del Congo y Zimbabwe que suena tal que así:


A oídos occidentales, el típico ruido divertido de música de negritos, vamos. Se le ocurrió construirlo con una motivación tan práctica y simple como que necesitaba que su música fuera escuchada por encima de la horrenda contaminación acústica que plaga Kinsasa, algo que, era evidente, jamás conseguiría por el canal acústico. Una historia muy poco prefabricada ni romantizable, una historia muy africana.

El resto de instrumentos y equipo de sonido que utiliza la agrupación congoleña es igual o más rudimentario que su técnica (se ponen superglue en las yemas de los dedos para fortalecerlas a la hora de tocar, y así sonar más enérgicos); consiste básicamente en chatarra unida con basura para dar lugar a instrumentos que producen una corriente de estímulos auditivos objetiva y contrastablemente única en su especie. 


Konono No 1, todavía con el único miembre de la formación original y fundador, el éste año fallecido Mingiedi Mawangu. Via Planet Rock
La carrera de Konono Nº1 se remonta a 1966. Originalmente, adoptaron la música ritual de la tribu Zombo, con presencia aún en la actualidad en territorios de Angola y República Democrática del Congo, hasta acabar por introducir el likembé como instrumento insignia de su distintivo sonido y divergir de la estricta tradición. Y es por ésto que, cuando a Mingiedi Mawangu la BBC le ofreció en 2006 el premio a artista revelación de esa música que los occidentales tan prepotentemente llamamos "world", gracias su obra más """mainstream""" (si es que se puede considerar como tal) Congotronics (2005), le entró un poco la risa. El estúpido hombre blanco olvida que, a pesar de que, hasta hace menos de diez años, el único testimonio físico del paso por la Tierra de Konono Nº1 se escondía en el interior de un recopilatorio de música de Kinsasa grabado por la emisora francesa France Culture de 1978, la trayectoria de éstos humildes artistas había sido larga, prolífica, constante y remarcablemente popular en el continente hasta el mismo día en que les otorgaron el galardón, y sobrevivió (únicamente en espíritu, no sus individualidades, puesto que todos los miembros originales excepto el líder estaban muertos para entonces) guerras civiles y dictaduras regidas por seres tan abominables pero con gran sentido de la moda como Mobutu Sese Seko.

Y de no haber sido por el flechazo de un músico belga llamado Vincent Kenis (quien acabaría produciendo gran parte de la serie Congotronics para Crammed Discs) y su visión de un puente cultural fortuito entre el punk distorsionado europeo y la versión africana del mismo que practicaba Konono Nº1, quizás la historia planetaria de Mawangu y los suyos hubiera terminado ahí. Me agradó descubrir también que una de las pocas canciones de la islandesa Björk que han conseguido fascinarme sin esfuerzo, el único flechazo químicamente puro que sentí hacía ella (llegué a pagar por adquirir el álbum que la contenía, Volta (2007), de hecho) contaba con la ahora inconfundible participación de Konono, Earth Intruders, pacto colaborativo que les condujo a tomar parte en una gira promocional el año de su lanzamiento. 

Su fama se mantuvo en modesto ascenso hasta la actualidad, y en febrero aterrizaron en Europa (por primera vez en cuatro años) para girar de nuevo, allá donde les quieran, alrededor del hemisferio norte.  Y aunque su principal y único integrante fundador vivo dejó de rodar en 2009, legó el trono, como todo rey magnánimo, a su hijo Augustin Makuntima Mawangu, quien pretende desarrollar el sonido de Konono Nº1 para conducirlo a su más esplendorosa etapa creativa. El pasado 18 de mayo, como muestra de ello, se lanzó el muy recomendable disco debut de sus compatriotas Mbongwana Star, una mezcla explosiva y totalmente inaudita (en los sentidos más fieles al significado enciclopédico de ambos términos, no en esos otros manidos e imprecisos de la crítica musical de siempre) de afrobeat, punk y dubstep, producida codo con codo junto a Konono:


Congotronics recuerda a algo que, indudablemente, convierte a Kraftwerk y otros mindundis que mezclan rock alternativo y electrónica y se creen súper locos en pasables conjuntos sin los que podríamos vivir tranquilamente. Los caucásicos enteradillos de turno se preguntan cómo habrá sido posible que un puñado de muertos de hambre en Kinsasa, por ahí debajo de nosotros, en esa vasta extensión de terreno en forma de señor con tupé, hayan oído hablar de su electrónica, su minimal, su punk y su Krautrock. La respuesta es fácil: nunca lo han hecho. En todo caso, los del plagio deben de haber sido ellos, simplemente por precedencia cronológica; echad cuentas. En sus propias palabras, Konono Nº1 hace la música que ya oían de sus abuelos, música tradicional que vive con independencia de las modas y tendencias, patologías exclusivas de las sociedades capitalistas. Que no les pregunten por Nicolas Jaar, por muy primos que parezcan, porque si no lo saben ni ellos, lo van a saber éstos pobres buenos hombres...

Parecía que Little Richard era un salvaje, que Jerry Lee Lewis era un salvaje, que los Stones, los Sex Pistols, Mötley Crüe, Red Hot Chili Peppers o Death Grips eran todos muy salvajes, pero eso era porque no sabíamos que éstos campeones de África central campaban por el planeta compartiendo oxígeno con el resto de lánguidos mortales. Su vigor es contagioso, liberador, y lo del trance no es ninguna broma ni se dice por decir, por bautizarlo de alguna manera. Congotronics influye ganas de bailar sin saber cómo, incomoda su austera complejidad, y lo mejor es que devuelve al principio de todas las cosas, al Big Bang del ser, un lugar en el que nadie recuerda haber estado, recreable sólo con las manos de aquellos nacidos en la cuna de la raza.


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