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9/10/16

MUSIC: Earl don't like shit, Earl don't go outside: an album by our generation


La gente inteligente es un puto coñazo, ya lo decía Oscar Wilde. Los listos son todos unos aguafiestas empeñados en destripar las cosas bellas e inescrutables de la vida con su puñetera curiosidad insaciable. Es por eso que caen tan mal, y suelen pasar mucho tiempo solos porque quieren y porque, de todas formas, nadie los aguanta. Una panda de críos hinchando a collejas al empollón de clase no se llama bullying, sino instinto de supervivencia, un mecanismo preventivo contra la posibilidad de tener que ver morir un ideal en brazos de la versión adulta del gafotas insufrible que no se separa de la calculadora ni para ir a mear. Cualquier mente suficientemente mediocre intuye que ese bicho raro que resuelve sudokus y musica poemas de Kerouac durante el recreo incuba dentro de sí el venenoso potencial para convertirse en un capullo que descubra que el amor es bioquímica, que venimos del mono o que Mozart no existe porque cuando es malo parece Haydn y cuando es bueno parece Beethoven (eso último es de Gabriel García Márquez, sí, lo siento, ya sé que era la mejor frase que me habíais leído, que os den por culo a todos).

Earl Sweatshirt es uno de ellos, un tipo inteligente. Casi nadie quiere darse cuenta porque sólo es un rapero y esto, artísticamente, lo coloca a la altura moral de un plato combinado en el Bulli; por mucho que nos guste, ¿qué mérito puede tener frente a la fritura perfecta de una croqueta deconstruida? Tengo hambre. Pues bien, Earl es tan listo que todavía hay quien lo toma por poco más que un negro egomaníaco obsesionado con follarse a las esposas blancas de todo quisqui, ay no, perdón, ese es Kanye West malnutrido con pseudónimo de blanco obeso y gilipollas miembro de un foro no oficial de la Asociación Nacional del Rifle. Y ha sido así, disfrazado de tontito con ojos saltones entre sus ordinarios congéneres, como ha conseguido infiltrarse en las entrañas del último gran estandarte del mainstream musical del siglo XX (el rap) e infectarlo con su absurda genialidad lírica. Otro listillo que nos va a joder vivos... Que no os engañe lo de masticar con la boca abierta, fijaos en las ojeras. Nadie que no esté planeando el Cuarto Reich puede tener semejantes ojeras.



Encima procede de familia de intelectuales, scarier than black people with ideas; mamá es profesora de Derechos Civiles y Libertades Civiles en la Facultad de Derecho de la University of California, Los Angeles (UCLA) y papá es Keorapetse Kgositsile, poeta y activista político surafricano que, visionariamente a lo Tupac Shakur, bautizó a los Last Poets (una suerte de colectivo poético y musical simpatizante del nacionalismo negro norteamericano y considerado fundacional para el rap) cuando, durante una ceremonia en Harlem, New York por el Día de Malcolm X, recitaron el extracto de un escrito suyo prediciendo que aquella sería la última generación de poetas antes de que su raza se viera obligada a derramar sangre para reclamarse a sí misma. Cómo no se iba a desquiciar el niño con una sombra tan alargada, demasiada presión, ya lo admitía Earl en aquel Burgundy de su primer álbum, Doris (2013) (sin contar aquella mixtape homónima en la que rapta, viola y mata, no necesariamente en ese orden, a varias personas y que le granjeó notoriedad mundial y otras cosas aún más perjudiciales, Earl (2010). Luego todavía se extrañarán de que la madre se lo tuviera que llevar a un centro para jóvenes porretas en el lugar más rodeado de agua posible (Samoa).

Desde que recitara a esos dioses de la violencia y el coito sin consentimiento ha llovido mucho en el corazón de Thebe, nombre real de Sweatshirt, de segundo nombre Neruda por Pablo y por si le faltaba un poco más de rancio abolengo literario en el pasaporte. Ha llovido mucho de verdad. Lejos queda de I Don't Like Shit, I Don't Go Outside: an album by Earl Sweatshirt (2015) la rabia insolente de la juventud, los órganos tétricos de catedral gótica protestante, marca de la casa Odd Future, el bragadaggio tan caricaturesco que ni tan sólo pedía que te lo creyeras, la escatología como megáfono. Todo lo que antes era pastiche e histrión ahora son estados de ánimo concretos y sutilezas. Al Earl de Earl no le había salido nuez y se rapaba al cero, ahora se llama Thebe, se hace rastas y no le gusta una mierda ni sale a la calle. El hermano mayor por parte de madre Tyler, the Creator y su mano negra ya no están para meter ídem en todo, su estética de las cosas siendo tan abrumadora e ineludible que impregnaba lo demás. Todo lo que antes era en parte lo que quisieron otros ahora es todo lo que quiere Earl Sweatshirt, nadie más, y por eso ya se hace responsable de lo que ocurra tras la pixelada portada de su segundo trabajo, quizás primero a nivel intelectual.

Puede que ya no haga un uso inquietante y amateur del Illustrator para editar vídeos como entonces, ni escupa muelas, vomite mierda, se arranque uñas para infundir terror, pero Earl es un tipo tan inteligente que el terror sigue ahí, en ese ruido que hacen los muñecos de plástico al derretirse y que ha logrado registrar en forma de sus propios beats bajo el alias randomblackdude. Imagínate a un hippie de cera con cara de la Virgen María en llanto bailando al son de los Byrds bajo la luz de una farola candente en un callejón a las 3 de la madrugada y habrás visto a lo que suena I Don't Like Shit. Es tan listo tan listo tan listo que ha aprendido a decirlo todo en un proverbio, cinco palabras, sin ayuda, sin retórica, sin efectismo, cual maestro kung-fu. Y si te daba miedo ver a Tyler echando espuma y convulsionando en sus vídeos, prueba Grief, prueba Solace, otra pista que lanzó por Internet en plan solitaria y medio dedicada a su madre, como todo lo que hacen los raperos. Si quieres no dormir, métete en tu cuarto a oscuras y prueba Mirror, el tema que debía de haber sido la yuxtaposición perfecta a Faucet en el álbum pero que nunca vio la luz en su contexto porque el tracklist "se jodió". Prueba Death Whistles, producida y lanzada hace un mes por Knxwledge, el instrumentalista del hip hop más prolífico que se conoce. Túmbate en la cama y cierra los ojos, porque éste puto poeta afroamericano, este bicho raro te va a hacer ver a la muerte por los oídos.



Y peor que lo que te haga ver será lo que reconozca que ve como tú y como yo, el orgullo vergonzoso en la apatía, aceptar abulia como pasión de compañía generacional. Un abismo, una caída libre que los millennials miramos desde arriba y pensamos, "pos ok", las ganas que tenemos de nada y de nada más que de existir, desprendernos del cuerpo y pegarnos a una pared interesante desde la que se pueda escuchar I Don't Like Shit, I Don't Go Outside: an album by our generation. 


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5/10/16

MUSIC: Mac Miller en DOCKS Hamburg + The Divine Feminine: his shit get old when he act so young

The Divine Feminine (2016) de Mac Miller. Fotografía del hermano de Mac Miller.

Si vas a ir a un concierto de Mac Miller y tienes más de 15 años, no vayas. Te sentirás muy vieja. Y eso no mola. "Molar" es para los fans de Mac Miller lo que el "dabuti" para nosotros: muy vintage, pega con el chándal de táctel. No te creas a los camareros en los bares que te piden el DNI antes de dejarte pagar por la cerveza, no importa con cuántos litros de Johnson's Baby te rocíes; la media de edad allí es pubertad y olerán que no hueles a nada, ni a hormona revoltosa ni a chuches. No te engañes, lo sabrán, dedícate en su lugar a escuchar viejos discos de Eminem y a envejecer con dignidad, ¿ok?

No se hubiera notado tanto que era la persona más adulta de toda la cola frente a la legendaria DOCKS de Hamburgo si me hubiera puesto al lado de algún adolescente excepcionalmente bajito y hubiese hecho ver que venía de acompañante porque la criatura no cumple los 16 hasta diciembre, qué mala suerte. Y encima ese día no había poco público; 12 de mayo en pleno Reeperbahn hamburgués, solazo y a principios de una tradición muy mona que tienen allí llamada Tanz in dem Mai ("baila en mayo") dedicada a celebrar que el tiempo es ligeramente menos deprimente y la primavera ha llegado dos meses más tarde que en el hemisferio de la gente vaga y feliz sur. En la vida hay que ser optimista o directamente suicidarse como pasa en Finlandia intentarlo.

Pues cuando entré parecía todo un instituto muy oscuro desde la primera fila. Sonaba Niggas in Paris y Touch the Sky, y para hacerse una idea de lo baby boom que eran estas gentes, Kanye West ya es un clásico de los 2000 en su cronología. Primero salió un rubito rapeando en alemán (valiente), 3Plusss, debe de ser un nombre súper ingenioso en retórica teutona. Me dicen que es bastante conocido en su tierra, y debería creeérmelo porque tiene hasta entrada en la Wikipedia, die freie Enzyklopädie (le deseo suerte).

20 minutos después de su set de 20 minutos y el puto sigue sin aparecer. En su lugar, DJ Clockwork, "su" DJ, una estrategia muy inteligente por parte de Mac Miller para asegurarse de que el listón esté bien bajo cuando él salte al escenario. El tipo se monta una parida muy grande a la que titula Beans, y lo respeto porque intuyo que es plenamente consciente de que sólo está allí para divertirse consigo mismo, "autodepreciación", que lo llaman. Aunque desde luego no era, ni de lejos, tan insoportable como para agredirle físicamente; un joven delincuentillo le arrojó un objeto no identificado en la cara y el artista se cabreó con todas las de la ley. Unos minutos dentro del set de Miller incluso él empezó a corear aquello de naaa-na, na-na-naaa-naaa, hey hey hey, good bye para que los guardas de seguridad se llevaran al cobarde agresor. Fue divertido deplorable.



Eran las 21:15 y el puto Mac Miller no sé lo que estaba haciendo pero trabajar, no. Sale por fin un rato después, dejando a la peña tiesa con un futurista, fluorescente y, como indica el propio nombre de la canción, Loud. Era el GO:OD AM Tour y venía a presentar el álbum homónimo de 2015, que había sido un notable símbolo de maduración con respecto a su previa discografía, Watching Movies with the Sound Off (2013) y Mac Miller (2014). Fue principalmente por esto que se me hizo raro ver a tanto niño de moco colgante en su show. El viraje que poco a poco estaba tomando en dirección al jazz, y el distanciamiento consecuente del rap de decir muchas palabras sin respirar, contado en fiestas de cumpleaños sin padres a las que seguro que no iba desde hacía años, debería haberlo alejado de dicha audiencia. Tomé en serio a Mac Miller a partir de un sample elegante de In a Sentimental Mood que a mi casticista carácter no le resultó sacrílego. Eso sumado al gorrito de marinero chulo que llevaba en el vídeo de Diablo provocó que, sencillamente, no me esperara a mucho quinceañero ni puesto en Duke Ellington ni con estilo, aunque quizás los esté subestimando. La explicación a mi desconcierto la encontré pronto en el setlist: pesadamente dependiente de su catálogo antiguo, como que no se saltó ni un himno teenager de la América blanca media: Donald Trump, Knock Knock, Nikes on my Feet o Best Day Ever fueron de las más aplaudidas. Claro que no se entusiasmaron menos con el enésimo himno al viernes Weekend y otros buenos temas del GO:OD AM como 100 Grandkids o ROS que, "casualmente", eran los menos disonantes con su sonido postadolescente de siempre, permitiéndose prescindir de temas mucho más complejos y peligrosos como la bellísima Time Flies con Lil B o Two Matches con Ab-Soul. Y luego va y le da al play al Purple Rain de Prince con la excusa de marcarse un RIP porque le sale de los huevos. Raperos, quién los entienda.

Hubiera sido mucho más emocionante y enriquecedor verlo en directo con ésta nueva etapa que representa The Divine Feminine (2016), cuarto álbum de su carrera, lanzado hace un par de semanas. Habla del amor pero sin ponerle nombres de Ariana Grande, insiste Miller, más bien de una paranoia que le debió de contar alguien sobre que el universo es una energía femenina y la naturaleza una madre y abrazar a la chica después de follar es demostrar que te importa el medioambiente. Parece que esté siendo cínica con su espiritualidad feminista pero no; es mucho más trascendental que meramente refrescante encontrarse con un rapero (o a cualquier músico, ¡qué hostias! Ni que el rock fuese un gremio de corderitos) que pone a la mujer en el centro temático de su obra y la observe desde un punto de vista reverencial. Se podrá no estar de acuerdo con nada de lo que haga o diga Mac Miller, pero nadie negará que es lo más osado que ha nacido en Pittsburg desde a saber cuándo. No sólo es un blanco en la última cultura negra que su raza todavía no ha expoliado, que por mucho Macklemore y Riff Raff que haya, sigue siendo un atrevimiento tan de safari como un japonés cantando por fandangos; ahora además se quiere aliar con las chicas. Qué tío... Si sigue sacando colaboraciones con Kendrick Lamar (God is Fair, Sexy Nasty, imprescindible) y envejeciendo con tantísima dignidad, voy a empezar a hacerle más caso.



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