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17/10/16

It's okay to be desperate and alone at the Café Lehmitz























It was the next-to-last night in Hamburg for at least a long while. I was being punctual for the love of God and just when I reached bingöl Döner Kebab Backshop, Sahar texts to say she needs 40 to 45 extra minutes. It was the place I had a muffin for dinner at on the first night I saw the red blue green yellow lights of the Reeperbahn. No good deed goes unpunished.

These days I am wise enough to know that I'd rather let myself be found at Café Lehmitz every single night than all Wednesdays at Thomas Read or anywhere else, but up to that particular day, I was way too afraid of all things that looked like I belonged to. The blues and the bass and the abyss had been luring me since that early March evening but, see: life is easier when you pretend you're into tekkno in Northern Germany 2016. That time around was different, though, because I had 40 to 45 extra minutes and this leaving-town-tomorrow sadness somewhere around the upper body that allows folks to finally be fucking free.

I am not racist, but I would have struggled to see the black gentleman playing guitar hadn't been for his star-spangled banner, boss of the Plains cowboy hat. He was rocking some red facial hair and Jimi Hendrix jacket as well, and flirted with the darkest, most under-aged ladies in the room. He goes by the name of Lord Bishop and leads a band called Lord Bishop Rocks and that's all I want to know for today. I sat right in front of him on the bar and he avoided my camera as much as he could. Guess the admiration is always stronger when never reciprocated.  

On the right side I had a shirtless hero playing air crucifixion and painting portraits of career-dead idols, oil on wood. He was truthful and savage and I was between his wide-open legs. I was grateful and he didn't seem to mind. I could have stayed down there forever but 40 to 45 extra minutes went by and Sahar is never unpunctual twice a day, so I left for the billiard at Silbersackstraße with her and her brother Nader. It's okay to be in love for a short while.



All pictures taken on 22nd July 2016 at Reeperbahn's Café Lehmitz, Hamburg, Germany.

5/10/16

MUSIC: Mac Miller en DOCKS Hamburg + The Divine Feminine: his shit get old when he act so young

The Divine Feminine (2016) de Mac Miller. Fotografía del hermano de Mac Miller.

Si vas a ir a un concierto de Mac Miller y tienes más de 15 años, no vayas. Te sentirás muy vieja. Y eso no mola. "Molar" es para los fans de Mac Miller lo que el "dabuti" para nosotros: muy vintage, pega con el chándal de táctel. No te creas a los camareros en los bares que te piden el DNI antes de dejarte pagar por la cerveza, no importa con cuántos litros de Johnson's Baby te rocíes; la media de edad allí es pubertad y olerán que no hueles a nada, ni a hormona revoltosa ni a chuches. No te engañes, lo sabrán, dedícate en su lugar a escuchar viejos discos de Eminem y a envejecer con dignidad, ¿ok?

No se hubiera notado tanto que era la persona más adulta de toda la cola frente a la legendaria DOCKS de Hamburgo si me hubiera puesto al lado de algún adolescente excepcionalmente bajito y hubiese hecho ver que venía de acompañante porque la criatura no cumple los 16 hasta diciembre, qué mala suerte. Y encima ese día no había poco público; 12 de mayo en pleno Reeperbahn hamburgués, solazo y a principios de una tradición muy mona que tienen allí llamada Tanz in dem Mai ("baila en mayo") dedicada a celebrar que el tiempo es ligeramente menos deprimente y la primavera ha llegado dos meses más tarde que en el hemisferio de la gente vaga y feliz sur. En la vida hay que ser optimista o directamente suicidarse como pasa en Finlandia intentarlo.

Pues cuando entré parecía todo un instituto muy oscuro desde la primera fila. Sonaba Niggas in Paris y Touch the Sky, y para hacerse una idea de lo baby boom que eran estas gentes, Kanye West ya es un clásico de los 2000 en su cronología. Primero salió un rubito rapeando en alemán (valiente), 3Plusss, debe de ser un nombre súper ingenioso en retórica teutona. Me dicen que es bastante conocido en su tierra, y debería creeérmelo porque tiene hasta entrada en la Wikipedia, die freie Enzyklopädie (le deseo suerte).

20 minutos después de su set de 20 minutos y el puto sigue sin aparecer. En su lugar, DJ Clockwork, "su" DJ, una estrategia muy inteligente por parte de Mac Miller para asegurarse de que el listón esté bien bajo cuando él salte al escenario. El tipo se monta una parida muy grande a la que titula Beans, y lo respeto porque intuyo que es plenamente consciente de que sólo está allí para divertirse consigo mismo, "autodepreciación", que lo llaman. Aunque desde luego no era, ni de lejos, tan insoportable como para agredirle físicamente; un joven delincuentillo le arrojó un objeto no identificado en la cara y el artista se cabreó con todas las de la ley. Unos minutos dentro del set de Miller incluso él empezó a corear aquello de naaa-na, na-na-naaa-naaa, hey hey hey, good bye para que los guardas de seguridad se llevaran al cobarde agresor. Fue divertido deplorable.



Eran las 21:15 y el puto Mac Miller no sé lo que estaba haciendo pero trabajar, no. Sale por fin un rato después, dejando a la peña tiesa con un futurista, fluorescente y, como indica el propio nombre de la canción, Loud. Era el GO:OD AM Tour y venía a presentar el álbum homónimo de 2015, que había sido un notable símbolo de maduración con respecto a su previa discografía, Watching Movies with the Sound Off (2013) y Mac Miller (2014). Fue principalmente por esto que se me hizo raro ver a tanto niño de moco colgante en su show. El viraje que poco a poco estaba tomando en dirección al jazz, y el distanciamiento consecuente del rap de decir muchas palabras sin respirar, contado en fiestas de cumpleaños sin padres a las que seguro que no iba desde hacía años, debería haberlo alejado de dicha audiencia. Tomé en serio a Mac Miller a partir de un sample elegante de In a Sentimental Mood que a mi casticista carácter no le resultó sacrílego. Eso sumado al gorrito de marinero chulo que llevaba en el vídeo de Diablo provocó que, sencillamente, no me esperara a mucho quinceañero ni puesto en Duke Ellington ni con estilo, aunque quizás los esté subestimando. La explicación a mi desconcierto la encontré pronto en el setlist: pesadamente dependiente de su catálogo antiguo, como que no se saltó ni un himno teenager de la América blanca media: Donald Trump, Knock Knock, Nikes on my Feet o Best Day Ever fueron de las más aplaudidas. Claro que no se entusiasmaron menos con el enésimo himno al viernes Weekend y otros buenos temas del GO:OD AM como 100 Grandkids o ROS que, "casualmente", eran los menos disonantes con su sonido postadolescente de siempre, permitiéndose prescindir de temas mucho más complejos y peligrosos como la bellísima Time Flies con Lil B o Two Matches con Ab-Soul. Y luego va y le da al play al Purple Rain de Prince con la excusa de marcarse un RIP porque le sale de los huevos. Raperos, quién los entienda.

Hubiera sido mucho más emocionante y enriquecedor verlo en directo con ésta nueva etapa que representa The Divine Feminine (2016), cuarto álbum de su carrera, lanzado hace un par de semanas. Habla del amor pero sin ponerle nombres de Ariana Grande, insiste Miller, más bien de una paranoia que le debió de contar alguien sobre que el universo es una energía femenina y la naturaleza una madre y abrazar a la chica después de follar es demostrar que te importa el medioambiente. Parece que esté siendo cínica con su espiritualidad feminista pero no; es mucho más trascendental que meramente refrescante encontrarse con un rapero (o a cualquier músico, ¡qué hostias! Ni que el rock fuese un gremio de corderitos) que pone a la mujer en el centro temático de su obra y la observe desde un punto de vista reverencial. Se podrá no estar de acuerdo con nada de lo que haga o diga Mac Miller, pero nadie negará que es lo más osado que ha nacido en Pittsburg desde a saber cuándo. No sólo es un blanco en la última cultura negra que su raza todavía no ha expoliado, que por mucho Macklemore y Riff Raff que haya, sigue siendo un atrevimiento tan de safari como un japonés cantando por fandangos; ahora además se quiere aliar con las chicas. Qué tío... Si sigue sacando colaboraciones con Kendrick Lamar (God is Fair, Sexy Nasty, imprescindible) y envejeciendo con tantísima dignidad, voy a empezar a hacerle más caso.



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29/5/16

MUSIC: You need to be there: Wolfmother derritiendo el Große Freiheit 36 de Hamburgo con su hard rock esencial e irresistible



Todos conocimos a Wolfmother en una intersección entre el nivel 1 del Guitar Hero II (junto a Danzig, Mötley Crüe y Chip Trick, nada menos) y el coche de mi tío Pedro, donde ha sonado buen rock, sin roll y sin aliño, desde tiempos inmemoriales, 2005 o por ahí, año que tampoco escapa ya a ser remoto. No sé si todos o sólo mi hermano y yo, pero la realidad es un concepto muy abstracto que me suda la polla, así que aceptemos la sinécdoque, el conjunto por la parte, otra vez en ese bello y bolchevique plural mayestático.

2005, y con la enclenque melancolía de hablar de hace 10 años como si hiciera 80, fue un buen año en general para el rock a secas, un buen año para las bandas australianas (Jet, AC/DC todavía tenía un cantante que no era Axl Rose lisiado) y un año esplendoroso para Wolfmother, quienes vieron caer sobre occidente su bestial Wolfmother (2005), primer y homónimo álbum, como una bomba de hidrógeno distorsionada. Y fue tal cual, sin esperárselo, como la vejez o los accidentes de tráfico, fue hasta violento; un minuto antes estás aquí y al siguiente implorándole a un flaco peludo llamado o Jesús o Andrew Stockdale que no te lleve todavía por favor o que te lleve ya cuanto antes, respectivamente. Igual que un día en el que apenas existían y el siguiente en el que no puedes dejar de pensar en ellos, Wolfmother fueron al 2005 lo que los genitales a la pubertad: una adicción aparentemente inocua. Estaban en la tele, en la radio, en los Grammy, en la Rolling Stone España con sus Ray Ban Wayfarer, una de las cosas más dosmilcinco que se recuerdan junto con las Converse con pitillo, la Ley Antitabaco y Hilary Duff.

Oh sí, recuerdo cómo Wolfmother llegaron a éste mundo... Y también cómo desaparecieron un rato después. De forma parecida a los Black Crowes o al tamagotchi, que dejaron de ser relevantes tras sus primeros 5 segundos de popularidad, aunque quizás no tan drásticamente; diría que la caída, en su caso, fue algo más felina, con todo el mérito y la ironía que tal hazaña expresa en un grupo con nombre de perro. Aunque, ¿qué se esperaba, por otra parte? Con el advenimiento de la siguiente buena ola australiana del indie a finales de los 2000s, el rock sin complejos pasaba por las horas más bajas de su ciclo pendular. Y con semejante nombre... Bueno, mucho no se podían camuflar entre cajas de ritmos y sintetizadores: nada dice "rock sin conservantes ni colorantes" como Wolfmother, al igual que nada dice "cosa sintética y psicodélica atrapada en un fin de año de 1989 con Whitney Houston" como Tame Impala, por ejemplo.

Y es que cuentan que se llamaron así por un libro de los sesenta sobre drogas varias y viajes astrales. Estaba claro que por uno del año pasado sobre jugar a cartas no iba a ser... Hay poco en Wolfmother que deje espacio a la imaginación; sus orígenes, referencias y aspiraciones se hacen de dominio público en el mismo momento en el que nace una canción y se inserta en el pabellón auricular de cualquiera que ya tuviera vello púbico cuando el walkman o, en su defecto, wifi y gustos selectos. Ni siquiera los mil y un cambios de alineación (el grupo no ha grabado uno sólo de sus cuatro álbumes con los mismos integrantes) han provocado notable mella en su sonido a lo largo de una joven historia rockera. A lo sumo, se han vuelto más secos, quizás, más metal que hard, más Black Sabbath que Rush, más distorsión que overdirve y, en definitiva, menos roll, menos funk, menos pegajoso, menos todo lo que un día les hizo tan grandes en tan poco tiempo, como la erección de un niño de 15 años. Su último trabajo discográfico, Victorious (2016), con el tour para promocionarlo que les llevó al Reeperbahn de Hamburgo el pasado primero de mayo, Gypsy Caravan Tour, da fe de todo ello; más seco que la mojama, y muy coherente en su deshidratación, sí... Pero no. Estos, sencillamente, no son nuestros Wolfmother, sólo el soporte para seguir llevando en volandas un nombre tan potente y excitante como el pasado reciente al que evoca. ¿Se les puede culpar por ello? En absoluto; los llamaron "salvadores del rock" y ahí se los cargaron en primer grado. Es por ello que de un tiempo a acá me guarde de colgar losas de oro a nadie que intuya con potencial para la grandeza, práctica en la que, desde siempre, he hallado un suculento placer culpable. 

El listón de su propio debut era sencillamente inalcanzable y, en consecuencia, el desazón creativo traspasó a la esfera personal... Resultado: Chris Ross y Myles Heskett, bajo/teclado y batería fundadores, se largan para no volver, tras una actuación agridulce en un gran festival australiano a mediados de 2008. 

Y ésto, niños y niñas, es lo que hacemos con el primero en mucho tiempo que sale a la palestra con un par y nos da un poco del good old rock & roll; le chupamos la esencia hasta queda menos que el fantasma de lo que fue. En menos de lo que quisiéramos, y como el amor, lo matamos de tanto usarlo. Pobres chavales del hemisferio sur, que no pedían más que hacer un rock de ese del que no puedes escapar, un rock innegable: tan simplón, tan básico e instintivo, pero de un embrujo... Una escucha cosas como Dimension, o Love Train, y se pregunta, ¿cómo es posible que, hoy en día, haya tan poca gente en éste puto planeta que sepa hacer ÉSTO medio bien? No parece tan complicado, no es como preparar alioli con la regla, y tenemos a todos los que ya lo lograron antes a finales de los sesenta y principios de los setenta metidos en el Spotify. ¿Por qué, entonces? 

Llámalo orgullo, petulancia, llámalo apretar botones y hacer beats es más fácil que aprenderse los acordes, llámalo el rock no mola (o "ya no")... Y sin embargo, algo dentro de nosotros lo sigue necesitando, como un abrazo de tu madre en la edad del pavo. Bandas como Wolfmother, Radio Moscow, Crobot, Rival Sons... Los pusieron en la Tierra para cumplir la noble y modesta tarea de llenar un vació emocional colectivo: la humana necesidad de rock & roll desacomplejado. Innovación, originalidad, no siempre se trata de eso... La vida moderna es de una complejidad desesperante, y a veces nos moriríamos por poner el modo automático y ser tan felices como aquella vez... No sólo de discografía de Led Zeppelin vive el rocker

La velada empezó que no pudo empezar mejor. Al principio del todo pareció que no, porque llegué puntualmente sin antelación a hora de abertura de puertas, 19 clavadas, y había una cola del copón que no me esperaba para nada tratándose de un grupito que creía considerado por el mainstream como unos two-or-three-hit wonders. Pensé entonces que la primera fila ya era una causa perdida, pero al entrar recordé que a los alemanes no les gusta llevar sus sentimientos por bandera, y correr hacia el front row es una declaración de amor e idolatría de ejemplo enciclopédico con la que, personalmente y a diferencia de ellos, me siento muy cómoda en determinadas circunstancias.

Llegué y en la playlist ambiental sonaba Let it Loose, y quizás debería dejarlo aquí porque el resto de lo que pueda decir sólo lo estropeará. Ya puedo morir tranquila sabiendo que, al menos una vez en la vida, estuve en un antro donde pusieron lo más oscuro del Exile On Main St sin tener que coaccionar al pinchadiscos. Hice un vídeo para capturar el momento y tener pruebas cuando se lo cuente a mis gatos de mayor y no me crean, y un alemán capullo arruinó toda la mística saludando como un padre haciéndose la foto con Mickey Mouse en Disneylandia. Pese a ello, no podía ser más feliz; sólo me faltaba estar enamorada, y creo que hasta eso lo hubiera estropeado. Acababa de pasar Ian Peres, actual bajo y teclista desde 2009, por el pasillo entre la grada y el escenario. Su pelo mola demasiado, no sé por qué camina mirando al suelo; es una diosa con melenaca. La noche era joven, la vida, bella y excitante y yo una cínica que empezaba a presentir que se estaba equivocando con sus juicios precipitados de valor musical, por enésima vez. Porque luego vinieron Loving Cup, Ventilator Blues, Shelter from the Storm de Bob Dylan, Shake Your Hips, Strawberry Fields Forever de los Beatles, Mississippi Queen de Mountain y Sexy Sadie también de los Beatles, entre otras, y cuando pusieron Turd on the Run y mientras empezaba a considerar la posibilidad de que ésto fuera una escucha encubierta de rarezas de los Rolling Stones, salieron los teloneros y desperté del sueño.



Electric Citizen, se llaman, que es un nombre de grupo heavy que le puede gustar a un primo que tengas y que coleccione tanques de la Segunda Guerra Mundial en miniatura. Heavy principiochentero de Cincy, OH, cuna de la aviación y del buen pelo, a juzgar por las cabelleras de estos tipos. La cantante, Laura Dolan, parece la Barbie trasher haciendo aeróbic con sus Jeffrey Campbell de 20 cm de plataforma (en serio tía, eres la razón por la que Joan Jett fue la última vez que el rock tomó en serio a nuestro género, a parte de que Jeffrey Campbell ya pasó, supéralo en cuanto tengas tiempo). Se mueve como Kali Uchis pero sin puta gracia, normal siendo de Ohio. Lo que más me motiva son las caras de enajenación canina, lengua fuera incluida, del batería, ¡qué hombre! Y el guitarra no sé si es persona o persona sin cabeza, pero sí sé que tenía bonito pelo, igual que el bajista. 

Pues vale, Electric Citizen, capto el mensaje: hard rock nevado, heavy metal embrionario en tiempos en los que ya es más embrión de lechugas y patatas en forma de estiércol bajo suelo que embrión de algo con la más remota capacidad de impacto artístico o cultural. Muy buenas pintas, pero ni aportan ni recrean algo de notable calidad. Se van vulgarmente por el pasillo entre la grada y el escenario, la gente no los aclama... Semejante crueldad. El guitarra tiene un vergonzoso pasado emo a juzgar por sus tatus tricepales, lo veo mientras carga amplificadores y los sube a la furgo. Juro que pasé por su bandcamp y escuché Social Phobia, me sentí identificada con el título. 

Mientras los teloneros desalojan se escucha Torn & Frayed, y mi felicidad flotante vuelve a restaurarse. Una suerte de chica de cuarenta bajita no identificada me pregunta si quiero divertirme, y le digo que natürlich. Grita como una posesa, vaya Person. Su amiga tiene un marido cuya madre es de Cunit o de Conil de la Frontera, quién sabe, deben de haber leído mis notas mientras las escribía para saber que soy española, porque todo el mundo dice que parezco francesa.

Andrew Stockdale se planta justo delante de mí y arrancan con Victorious, el single del nuevo álbum. Qué delicia de momento.









El hombre tiene una planta tan sofisticada; nadie diría que compone y toca cosas como las que siguieron, New Moon RisingApple Tree, que es como ver la canícula de una adolescencia estándar en tres minutos y medio (¿dónde esconde las Vans?). El mosh que desencadenó fue glorioso, más grande y libre que el nombre del garito, doy gracias a mi móvil por habérseme pegado a la palma de la mano y no caerse. Sus sílfides piernas, su refinado gusto para los botines y su distintivo chaleco, ese afro australiano como un halo de rizos deshidratados... ¿Cómo es que éste tío no ha llegado más lejos, cuál es su hándicap? La genética dice "estrella", pero la forma cateta de coger la guitarra, estilo Bill Wyman, dice "friki", por no hablar de lo que cuentan las entrevistas... ¿Inadaptado social? No es impedimento si eres británico y te llamas Thom Yorke, pero el mundo del rock no está hecho para sensibles. Ni para pretenciosos: sí, el hitazo por antonomasia, Woman, fue el mejor puto rato de mi vida, y sí, me dió rabia que cambiara la entonación de una parte del estribillo. Creo que se me estaba agotando el sudor y sólo llevaban cuatro temas. "Empieza a hacer calor aquí. Eso es señal de un buen show", dice Andrew.

Y él no se mueve mucho, pero joder con Peres, el maldito saltimbanqui, ¡todo un freestyler aéreo! Debía de tener propulsores en esos divinos muelles capilares para ejecutar tantos mortales abstractos. Era precioso verlo transitar entre cuerdas y teclas, ¡y de qué manera se ensañaba con el teclado! Parecía que quisiera taladrar un agujero de felicidad con la cabeza. Su entrega y su rollo enamoran, y los bajistas con más actitud que el guitarrista deberían cobrar pluses por superación de estereotipos (Jake Figueroa, abrid debate en el gremio).

Alex Carapetis, el batería de ésta gira y no miembro oficial de la banda sino de Julian Casablancas+The Voidz, auténticoWOW TÍO, QUISIERA COMPRARME UN PISO EN TU ARMARIO WOW WOW WOW ERES UN JEFE TUS BOTINES ME WOW EXPLOTARON LA CABEZA QUÉ ROLLAZO ME HUMILLAS CON TANTO #SWAG batería rock de conservatorio que ha rodado con la crème de la crème empezando por Nine Inch Nails y pasando por Phoenix, Juliette Lewis & the Licks y Kelis (¡¡¡!!!). Actitud y ejecución brillantes, indiscutibles, el tipo de capullo al que miras y te das cuenta de que lo tiene todo en la vida sin haber tenido que pagar el precio.






El público era una amalgama de gente adorable, ninguna raza de fans está a la altura de los amantes del rock & roll sin corromper; si se está en medio de un mosh, con seres humanos pasando en volandas por encima de tu cabeza, y todavía sientes tu integridad física respetada, hasta te piden perdón por chocarse contigo demasiado fuerte, puede felicitarse uno a sí mismo por formar parte de un ejemplo de vida en sociedad.

El setlist fue casi perfecto, una mezcla de agasajadores de masas (White Unicorn, White FeatherMind's Eye, Colossal), nuevos desafíos (The Love That You Give, The Simple Life, City Lights) y alguna perla oculta de factura early punk y leitmotiv psicodélico/naturalista, California Queen, o metalera elegante, How Many Times. Pero aun así la energía nunca decayó. Salvaje y sereno, frenético y accesible, hacía mucho tiempo que no me sentía tan desahogada, libre e ida de la olla en un ambiente extrañamente acogedor. Éste, éste es el rock por el que vale la pena mitificar. "¡Qué energía, será por todos los sex shops que tenéis en ésta calle!", ríe Andrew otra vez. Irónicamente, refrescaron con dos covers bastante añejas, Dear Prudence de los Beatles y Riders on the Storm de los Doors, dos temas que parecen escogidos adrede para definir sus dos polos: los rockers místicos de manual y los de intenciones pop para toda la familia, porque Wolfmother es como un robusto árbol con troco hard e infinidad de ramas que lo bifurcan breve y genéricamente en variadas direcciones (folk, pop, punk, garage, alternativo).




La primera vez que escuché Pretty Peggy no sabía si era una broma o iba en serio (Roses are red/ Violets are blue/ I will take them all/ And give them to youWTF he visto mejores sonetos en concursos de poesía de parvulario), pero en vivo lo entendí todo: la ternura es algo que, sencillamente, no se hace de retórica rimbombante, sino de simplicidad y cercanía. Existe una feminidad, o más concretamente, un feminismo honesto y absolutamente nada teorizado en la lírica de Wolfmother que me indigna que nadie se haya parado a estudiar y alabar: la mujer es un tema constante, protagonista y heroico en sus canciones, nada más anticlimático en el viejo y tradicionalmente misógino negocio del rock. Seguramente resida ahí su magia, y sea, a la vez, lo que los idealiza en la teoría pero los aparta del éxito colosal en la práctica. Porque cuanto más los escucho, menos entiendo que no están mínimo a la altura de los Black Keys o por esas plantas de la fama cultural. La buena moral no vende y los chicos malos son los que ligan, se ha dicho. 



Pyramid fue la locura que había visto en mis sueños o peor, pero Dimension... "¿Queréis entrar en otra dimensión?", pregunta Stockdale, y todos muertos, ¡cómo la estábamos deseando! Gente volando por los aires, la cuarentona guay entrando en trance, literalmente, cayendo por el suelo y poniendo ojos en blanco incluido, saltándose la vaya de seguridad, regalando codazos, cabezazos, fluidos y de más. Odio a la gente con ganas, pero no sé qué brujería rara echaron en el Große Freiheit 36 cuando vino mayo, qué placer sentí perdiendo la identidad entre una masa de carne y grito... Mi cuerpo en brazos de la Madre Lobo.

Se intentaron ir con Vagabond pero faltaba The Joker and the Thief y lo sabían, así que tocó para el bis. Estaba reventada pero hubiera seguido dos horas más tranquilamente. Me despedí de mi compi de concierto con un cálido abrazo brasileño y traté de salir del lugar, no sin antes dar una vuelta óptica por el mítico Große Freiheit 36: lo máximo que pueda dar de sí el encanto alemán, supongo.

Tenías que estar allí para entenderlo, y algún día mirarías atrás y te atacaría la melancolía de cuando viste a Wolfmother, esas leyendas de recorrido inverso que fueron de los estadios a los baretos con 100 de aforo, y sentiste la pura felicidad, la pura adrenalina, la pura rabia de vivir, y ya está, nada más, sólo eso. It's only rock & roll, but you need to be there.





Todas las fotografías y vídeos tomados el 1 de mayo de 2016 en Große Freiheit 36, Hamburgo, Alemania.