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18/9/16

FILM: Jimi: All Is By My Side, and the rest is just painted with a little science fiction


Jimi: All Is by My Side (2013). Via site
En realidad, no se ha dicho mucho de él para lo que debería dar de sí la figura de Jimi Hendrix. Quizás porque, pese a lo vistoso y apabullante de aquello a lo que él llamó, según palabras del legendario manager y productor Kim Fowley, su "rock & roll de ciencia ficción", Jimi era un introvertido que repudiaba su voz y adolecía de complejos de origen adolescente por no haber podido vestir ropa suficientemente molona en el instituto. Si podía desviar el foco de atención de su afro alado, sus disfraces de gitano espacial y sus truenos y relámpagos rifferos, con toda la paradoja que se pudiera poner de colgante y anillo, Jimi así procuraría.

Sólo espero que no se moleste mucho; hoy no va a poder impedir que se hable de él, en parte por estar muerto y en parte porque éste mediodía a las 12:45 pm se cumplieron exactamente 46 años desde que fue pronunciado el vuelo con sus little wings hacia el firmamento y más allá de la estratosfera, alejado de la vulgaridad y el odio desprendidos por aquellos a los que, alguna vez,  pudo considerar sus congéneres en la Tierra, entre los astros de la paz y del exceso, donde siempre debió estar. La historia de su vida, como anotó en su poema final y último testamento lírico, fue un abrir y cerrar de ojos, un parpadeo del que aún se recomponen generaciones venideras. Porque cuando una criatura de la exquisitez de Hendrix muere en una moda de semejante patetismo y precipitación (asfixiado por su propio vómito e intoxicado con barbitúricos a los 27 años), un ejemplar menos distinguido en la cadena alimenticia puede sentirse entre culpable y subnormal, en plan llegar a pensar que quizás Jimi Hendrix murió por el puto caso que le hace la radiofórmula a su mal gusto; "¿y si matas un poco a un gatito y otro poco a Chuck Berry cada vez que escuchas un vallenato desesperado? Yo hay noches que no duermo pensando en esto.

¿Y qué hacen los mortales como ejercicio de redención? Más arte que les haga tan altos como Hendrix durante un rato, cine con el que recomponer la escena del crimen que inconscientemente diseñó su propia y vulgar infrasensibilidad. Eso intentó John Ridley, guionista ganador del Oscar por 12 Years a Slave (2013), dirigiendo y escribiendo Jimi: All Is by My Side (2013), coproducción britanicoirlandesa que narra los años inmediatamente anteriores a la popularidad de Jimi Hendrix sin una sola canción compuesta por Jimi Hendrix. ¿Decepcionante? Sí. ¿Quita las ganas de verla ya de primeras? Bastante. ¿Protagonizada por André Benjamin? Démosle una oportunidad.


All is By My Side no es ningún hito cinematográfico ni científico; utiliza el mute como herramienta retórica de tensión-relajación original, pero dejando esto de lado, no lo cuenta mejor (a diferencia de otros biopics más abarcadores como el Get On Up (I Feel Good) (2014) sobre James Brown) ni lo que cuenta es mejor o traspasa la capa del chismorreo hippie. Qué digo, peor incluso, la de la calumnia rockera: al lado de una acusación verbo-visual y presuntamente ficticia de violencia de género, nadie debió prestar importancia alguna a gazapillos menores del estilo Keith Richards chivándose al padre de Linda Keith (pareja del Rolling Stone entre 1963 y 1966 y descubridora de Hendrix) de que un drogadicto de color la estaba trayendo por la calle de la amargura. De acuerdo con lo relatado en su autobiografía de 2010 Life, Linda por aquellos entonces se estaba llevando ella solita por la calles multicolores de los polvos mágicos y las pastillas purpurina, y su novio que décadas más tarde se esnifaría sonadamente las cenizas de su respectivo padre no aprovaba aquellas abusivas maneras. Ironía que, en éste caso, la mentira suene más plausible que la historia; un Keith despechado porque Hendrix le iba a levantar a la novia tiene mayor credibilidad que un Richards sanote y paternalista (tratemos de concebir, por un instante, la posibilidad de un mundo en el que Keith Richards hace pilates, come quinoa y presta su imagen a campañas de concienciación contra el consumo de estupefacientes al volante).

Así que de no ser por Benjamin, las biografías de hoy no serían más que los PowerPoint con música de mañana, y es que quitando la bonita imaginería sesentera de hemeroteca en formato diapositiva, a All Is by My Side sólo le queda la rigurosísima y encandiladora interpretación de 3 Stacks. El otro tercio del duo OutKast (no offense, Big Boi, pero supongo que no te llamaste big por lo enclenque) se quemó la melena de tanto hacerse la permanente, aprendió a tocar la guitarra con la mano izquierda y a hablar como un maricón desnutrido (no offense, herederos de Jimi Hendrix, pero es lo que hay), todo en el noble nombre de honrar la memoria del que es considerado uno de los guitarristas más transgresores e influyentes del siglo XX. Un colosal despilfarro de talento y compromiso para con un proyecto que estaba predestinado al fracaso, tanto crítico como público, des del momento en que se decidió ponerle lorzas a Chas Chandler (bajista de the Animals, manager de Hendrix y feliz veinteañero sin lorzas en la vida real).

Mejor ya ni meterse y dejar para pasto de leyenda qué parte de certeza y qué de licencia poética hubo en la escena en la que se elegía a cara o cruz si el puesto a la batería de la Jimi Hendrix Experience lo ocuparía Aynsley Dunbar o el finalmente experienced Mitch Mitchell, más o menos como Lou Reed votando por Doug Yule para substituir a John Cale porque era Acuario como él, y ya tenían dos Leo en la Velvet Underground. Ni las posibilidades de veracidad de simples y mágicas eventualidades, ni la reiteración de Hendrix en que no había más que colores... Nada lava la culpa ni disuade al hombre terrestre en su empeño por hablar hablar hablar sobre él, darle vueltas al misterio sin resolver de su asesinato sin homicida, diseccionar el azar que fue su don y que es lo mismo que querer guardar el viento en un tupperware a toda costa.

Quizás por eso hace sentir especialmente improductivo disertar sobre un hombre que se lo dejó todo reposando a hombros del talento, sin siquiera hacer ademanes de una pretensión más-allá-ista de lo que se ve y se siente, y al computar tal miseria dialéctica acaba saliendo poco que articular sobre él. "La gente planea ésto y lo otro, y cuando no le sale bien se vuelve loca. Por eso yo no planeo nada, voy con la corriente", le explicaba Jimi a Linda, y te cuenta esto a la cara y luego tú con qué ídem le preguntas lo que quería expresar cuando quemó la guitarra de Keith en Monterey. "¡Hay que ponerle colores a ésta Stratocaster, tío!"

Entonces, ¿qué paja te quieres sacar del bolsillo para hablar de una puta corriente que lo lleva a uno cuando nace genio? Todo lo que logres decir sobre él serán sólo pinceladas de ciencia ficción aquí y allá.

Via Sing Out!

29/5/16

MUSIC: You need to be there: Wolfmother derritiendo el Große Freiheit 36 de Hamburgo con su hard rock esencial e irresistible



Todos conocimos a Wolfmother en una intersección entre el nivel 1 del Guitar Hero II (junto a Danzig, Mötley Crüe y Chip Trick, nada menos) y el coche de mi tío Pedro, donde ha sonado buen rock, sin roll y sin aliño, desde tiempos inmemoriales, 2005 o por ahí, año que tampoco escapa ya a ser remoto. No sé si todos o sólo mi hermano y yo, pero la realidad es un concepto muy abstracto que me suda la polla, así que aceptemos la sinécdoque, el conjunto por la parte, otra vez en ese bello y bolchevique plural mayestático.

2005, y con la enclenque melancolía de hablar de hace 10 años como si hiciera 80, fue un buen año en general para el rock a secas, un buen año para las bandas australianas (Jet, AC/DC todavía tenía un cantante que no era Axl Rose lisiado) y un año esplendoroso para Wolfmother, quienes vieron caer sobre occidente su bestial Wolfmother (2005), primer y homónimo álbum, como una bomba de hidrógeno distorsionada. Y fue tal cual, sin esperárselo, como la vejez o los accidentes de tráfico, fue hasta violento; un minuto antes estás aquí y al siguiente implorándole a un flaco peludo llamado o Jesús o Andrew Stockdale que no te lleve todavía por favor o que te lleve ya cuanto antes, respectivamente. Igual que un día en el que apenas existían y el siguiente en el que no puedes dejar de pensar en ellos, Wolfmother fueron al 2005 lo que los genitales a la pubertad: una adicción aparentemente inocua. Estaban en la tele, en la radio, en los Grammy, en la Rolling Stone España con sus Ray Ban Wayfarer, una de las cosas más dosmilcinco que se recuerdan junto con las Converse con pitillo, la Ley Antitabaco y Hilary Duff.

Oh sí, recuerdo cómo Wolfmother llegaron a éste mundo... Y también cómo desaparecieron un rato después. De forma parecida a los Black Crowes o al tamagotchi, que dejaron de ser relevantes tras sus primeros 5 segundos de popularidad, aunque quizás no tan drásticamente; diría que la caída, en su caso, fue algo más felina, con todo el mérito y la ironía que tal hazaña expresa en un grupo con nombre de perro. Aunque, ¿qué se esperaba, por otra parte? Con el advenimiento de la siguiente buena ola australiana del indie a finales de los 2000s, el rock sin complejos pasaba por las horas más bajas de su ciclo pendular. Y con semejante nombre... Bueno, mucho no se podían camuflar entre cajas de ritmos y sintetizadores: nada dice "rock sin conservantes ni colorantes" como Wolfmother, al igual que nada dice "cosa sintética y psicodélica atrapada en un fin de año de 1989 con Whitney Houston" como Tame Impala, por ejemplo.

Y es que cuentan que se llamaron así por un libro de los sesenta sobre drogas varias y viajes astrales. Estaba claro que por uno del año pasado sobre jugar a cartas no iba a ser... Hay poco en Wolfmother que deje espacio a la imaginación; sus orígenes, referencias y aspiraciones se hacen de dominio público en el mismo momento en el que nace una canción y se inserta en el pabellón auricular de cualquiera que ya tuviera vello púbico cuando el walkman o, en su defecto, wifi y gustos selectos. Ni siquiera los mil y un cambios de alineación (el grupo no ha grabado uno sólo de sus cuatro álbumes con los mismos integrantes) han provocado notable mella en su sonido a lo largo de una joven historia rockera. A lo sumo, se han vuelto más secos, quizás, más metal que hard, más Black Sabbath que Rush, más distorsión que overdirve y, en definitiva, menos roll, menos funk, menos pegajoso, menos todo lo que un día les hizo tan grandes en tan poco tiempo, como la erección de un niño de 15 años. Su último trabajo discográfico, Victorious (2016), con el tour para promocionarlo que les llevó al Reeperbahn de Hamburgo el pasado primero de mayo, Gypsy Caravan Tour, da fe de todo ello; más seco que la mojama, y muy coherente en su deshidratación, sí... Pero no. Estos, sencillamente, no son nuestros Wolfmother, sólo el soporte para seguir llevando en volandas un nombre tan potente y excitante como el pasado reciente al que evoca. ¿Se les puede culpar por ello? En absoluto; los llamaron "salvadores del rock" y ahí se los cargaron en primer grado. Es por ello que de un tiempo a acá me guarde de colgar losas de oro a nadie que intuya con potencial para la grandeza, práctica en la que, desde siempre, he hallado un suculento placer culpable. 

El listón de su propio debut era sencillamente inalcanzable y, en consecuencia, el desazón creativo traspasó a la esfera personal... Resultado: Chris Ross y Myles Heskett, bajo/teclado y batería fundadores, se largan para no volver, tras una actuación agridulce en un gran festival australiano a mediados de 2008. 

Y ésto, niños y niñas, es lo que hacemos con el primero en mucho tiempo que sale a la palestra con un par y nos da un poco del good old rock & roll; le chupamos la esencia hasta queda menos que el fantasma de lo que fue. En menos de lo que quisiéramos, y como el amor, lo matamos de tanto usarlo. Pobres chavales del hemisferio sur, que no pedían más que hacer un rock de ese del que no puedes escapar, un rock innegable: tan simplón, tan básico e instintivo, pero de un embrujo... Una escucha cosas como Dimension, o Love Train, y se pregunta, ¿cómo es posible que, hoy en día, haya tan poca gente en éste puto planeta que sepa hacer ÉSTO medio bien? No parece tan complicado, no es como preparar alioli con la regla, y tenemos a todos los que ya lo lograron antes a finales de los sesenta y principios de los setenta metidos en el Spotify. ¿Por qué, entonces? 

Llámalo orgullo, petulancia, llámalo apretar botones y hacer beats es más fácil que aprenderse los acordes, llámalo el rock no mola (o "ya no")... Y sin embargo, algo dentro de nosotros lo sigue necesitando, como un abrazo de tu madre en la edad del pavo. Bandas como Wolfmother, Radio Moscow, Crobot, Rival Sons... Los pusieron en la Tierra para cumplir la noble y modesta tarea de llenar un vació emocional colectivo: la humana necesidad de rock & roll desacomplejado. Innovación, originalidad, no siempre se trata de eso... La vida moderna es de una complejidad desesperante, y a veces nos moriríamos por poner el modo automático y ser tan felices como aquella vez... No sólo de discografía de Led Zeppelin vive el rocker. 

La velada empezó que no pudo empezar mejor. Al principio del todo pareció que no, porque llegué puntualmente sin antelación a hora de abertura de puertas, 19 clavadas, y había una cola del copón que no me esperaba para nada tratándose de un grupito que creía considerado por el mainstream como unos two-or-three-hit wonders. Pensé entonces que la primera fila ya era una causa perdida, pero al entrar recordé que a los alemanes no les gusta llevar sus sentimientos por bandera, y correr hacia el front row es una declaración de amor e idolatría de ejemplo enciclopédico con la que, personalmente y a diferencia de ellos, me siento muy cómoda en determinadas circunstancias.

Llegué y en la playlist ambiental sonaba Let it Loose, y quizás debería dejarlo aquí porque el resto de lo que pueda decir sólo lo estropeará. Ya puedo morir tranquila sabiendo que, al menos una vez en la vida, estuve en un antro donde pusieron lo más oscuro del Exile On Main St sin tener que coaccionar al pinchadiscos. Hice un vídeo para capturar el momento y tener pruebas cuando se lo cuente a mis gatos de mayor y no me crean, y un alemán capullo arruinó toda la mística saludando como un padre haciéndose la foto con Mickey Mouse en Disneylandia. Pese a ello, no podía ser más feliz; sólo me faltaba estar enamorada, y creo que hasta eso lo hubiera estropeado. Acababa de pasar Ian Peres, actual bajo y teclista desde 2009, por el pasillo entre la grada y el escenario. Su pelo mola demasiado, no sé por qué camina mirando al suelo; es una diosa con melenaca. La noche era joven, la vida, bella y excitante y yo una cínica que empezaba a presentir que se estaba equivocando con sus juicios precipitados de valor musical, por enésima vez. Porque luego vinieron Loving Cup, Ventilator Blues, Shelter from the Storm de Bob Dylan, Shake Your Hips, Strawberry Fields Forever de los Beatles, Mississippi Queen de Mountain y Sexy Sadie también de los Beatles, entre otras, y cuando pusieron Turd on the Run y mientras empezaba a considerar la posibilidad de que ésto fuera una escucha encubierta de rarezas de los Rolling Stones, salieron los teloneros y desperté del sueño.



Electric Citizen, se llaman, que es un nombre de grupo heavy que le puede gustar a un primo que tengas y que coleccione tanques de la Segunda Guerra Mundial en miniatura. Heavy principiochentero de Cincy, OH, cuna de la aviación y del buen pelo, a juzgar por las cabelleras de estos tipos. La cantante, Laura Dolan, parece la Barbie trasher haciendo aeróbic con sus Jeffrey Campbell de 20 cm de plataforma (en serio tía, eres la razón por la que Joan Jett fue la última vez que el rock tomó en serio a nuestro género, a parte de que Jeffrey Campbell ya pasó, supéralo en cuanto tengas tiempo). Se mueve como Kali Uchis pero sin puta gracia, normal siendo de Ohio. Lo que más me motiva son las caras de enajenación canina, lengua fuera incluida, del batería, ¡qué hombre! Y el guitarra no sé si es persona o persona sin cabeza, pero sí sé que tenía bonito pelo, igual que el bajista. 

Pues vale, Electric Citizen, capto el mensaje: hard rock nevado, heavy metal embrionario en tiempos en los que ya es más embrión de lechugas y patatas en forma de estiércol bajo suelo que embrión de algo con la más remota capacidad de impacto artístico o cultural. Muy buenas pintas, pero ni aportan ni recrean algo de notable calidad. Se van vulgarmente por el pasillo entre la grada y el escenario, la gente no los aclama... Semejante crueldad. El guitarra tiene un vergonzoso pasado emo a juzgar por sus tatus tricepales, lo veo mientras carga amplificadores y los sube a la furgo. Juro que pasé por su bandcamp y escuché Social Phobia, me sentí identificada con el título. 

Mientras los teloneros desalojan se escucha Torn & Frayed, y mi felicidad flotante vuelve a restaurarse. Una suerte de chica de cuarenta bajita no identificada me pregunta si quiero divertirme, y le digo que natürlich. Grita como una posesa, vaya Person. Su amiga tiene un marido cuya madre es de Cunit o de Conil de la Frontera, quién sabe, deben de haber leído mis notas mientras las escribía para saber que soy española, porque todo el mundo dice que parezco francesa.

Andrew Stockdale se planta justo delante de mí y arrancan con Victorious, el single del nuevo álbum. Qué delicia de momento.









El hombre tiene una planta tan sofisticada; nadie diría que compone y toca cosas como las que siguieron, New Moon Rising y Apple Tree, que es como ver la canícula de una adolescencia estándar en tres minutos y medio (¿dónde esconde las Vans?). El mosh que desencadenó fue glorioso, más grande y libre que el nombre del garito, doy gracias a mi móvil por habérseme pegado a la palma de la mano y no caerse. Sus sílfides piernas, su refinado gusto para los botines y su distintivo chaleco, ese afro australiano como un halo de rizos deshidratados... ¿Cómo es que éste tío no ha llegado más lejos, cuál es su hándicap? La genética dice "estrella", pero la forma cateta de coger la guitarra, estilo Bill Wyman, dice "friki", por no hablar de lo que cuentan las entrevistas... ¿Inadaptado social? No es impedimento si eres británico y te llamas Thom Yorke, pero el mundo del rock no está hecho para sensibles. Ni para pretenciosos: sí, el hitazo por antonomasia, Woman, fue el mejor puto rato de mi vida, y sí, me dió rabia que cambiara la entonación de una parte del estribillo. Creo que se me estaba agotando el sudor y sólo llevaban cuatro temas. "Empieza a hacer calor aquí. Eso es señal de un buen show", dice Andrew.

Y él no se mueve mucho, pero joder con Peres, el maldito saltimbanqui, ¡todo un freestyler aéreo! Debía de tener propulsores en esos divinos muelles capilares para ejecutar tantos mortales abstractos. Era precioso verlo transitar entre cuerdas y teclas, ¡y de qué manera se ensañaba con el teclado! Parecía que quisiera taladrar un agujero de felicidad con la cabeza. Su entrega y su rollo enamoran, y los bajistas con más actitud que el guitarrista deberían cobrar pluses por superación de estereotipos (Jake Figueroa, abrid debate en el gremio).

Alex Carapetis, el batería de ésta gira y no miembro oficial de la banda sino de Julian Casablancas+The Voidz, auténticoWOW TÍO, QUISIERA COMPRARME UN PISO EN TU ARMARIO WOW WOW WOW ERES UN JEFE TUS BOTINES ME WOW EXPLOTARON LA CABEZA QUÉ ROLLAZO ME HUMILLAS CON TANTO #SWAG batería rock de conservatorio que ha rodado con la crème de la crème empezando por Nine Inch Nails y pasando por Phoenix, Juliette Lewis & the Licks y Kelis (¡¡¡!!!). Actitud y ejecución brillantes, indiscutibles, el tipo de capullo al que miras y te das cuenta de que lo tiene todo en la vida sin haber tenido que pagar el precio.






El público era una amalgama de gente adorable, ninguna raza de fans está a la altura de los amantes del rock & roll sin corromper; si se está en medio de un mosh, con seres humanos pasando en volandas por encima de tu cabeza, y todavía sientes tu integridad física respetada, hasta te piden perdón por chocarse contigo demasiado fuerte, puede felicitarse uno a sí mismo por formar parte de un ejemplo de vida en sociedad.

El setlist fue casi perfecto, una mezcla de agasajadores de masas (White Unicorn, White Feather, Mind's Eye, Colossal), nuevos desafíos (The Love That You Give, The Simple Life, City Lights) y alguna perla oculta de factura early punk y leitmotiv psicodélico/naturalista, California Queen, o metalera elegante, How Many Times. Pero aun así la energía nunca decayó. Salvaje y sereno, frenético y accesible, hacía mucho tiempo que no me sentía tan desahogada, libre e ida de la olla en un ambiente extrañamente acogedor. Éste, éste es el rock por el que vale la pena mitificar. "¡Qué energía, será por todos los sex shops que tenéis en ésta calle!", ríe Andrew otra vez. Irónicamente, refrescaron con dos covers bastante añejas, Dear Prudence de los Beatles y Riders on the Storm de los Doors, dos temas que parecen escogidos adrede para definir sus dos polos: los rockers místicos de manual y los de intenciones pop para toda la familia, porque Wolfmother es como un robusto árbol con troco hard e infinidad de ramas que lo bifurcan breve y genéricamente en variadas direcciones (folk, pop, punk, garage, alternativo).




La primera vez que escuché Pretty Peggy no sabía si era una broma o iba en serio (Roses are red/ Violets are blue/ I will take them all/ And give them to youWTF he visto mejores sonetos en concursos de poesía de parvulario), pero en vivo lo entendí todo: la ternura es algo que, sencillamente, no se hace de retórica rimbombante, sino de simplicidad y cercanía. Existe una feminidad, o más concretamente, un feminismo honesto y absolutamente nada teorizado en la lírica de Wolfmother que me indigna que nadie se haya parado a estudiar y alabar: la mujer es un tema constante, protagonista y heroico en sus canciones, nada más anticlimático en el viejo y tradicionalmente misógino negocio del rock. Seguramente resida ahí su magia, y sea, a la vez, lo que los idealiza en la teoría pero los aparta del éxito colosal en la práctica. Porque cuanto más los escucho, menos entiendo que no están mínimo a la altura de los Black Keys o por esas plantas de la fama cultural. La buena moral no vende y los chicos malos son los que ligan, se ha dicho. 



Pyramid fue la locura que había visto en mis sueños o peor, pero Dimension... "¿Queréis entrar en otra dimensión?", pregunta Stockdale, y todos muertos, ¡cómo la estábamos deseando! Gente volando por los aires, la cuarentona guay entrando en trance, literalmente, cayendo por el suelo y poniendo ojos en blanco incluido, saltándose la vaya de seguridad, regalando codazos, cabezazos, fluidos y de más. Odio a la gente con ganas, pero no sé qué brujería rara echaron en el Große Freiheit 36 cuando vino mayo, qué placer sentí perdiendo la identidad entre una masa de carne y grito... Mi cuerpo en brazos de la Madre Lobo.

Se intentaron ir con Vagabond pero faltaba The Joker and the Thief y lo sabían, así que tocó para el bis. Estaba reventada pero hubiera seguido dos horas más tranquilamente. Me despedí de mi compi de concierto con un cálido abrazo brasileño y traté de salir del lugar, no sin antes dar una vuelta óptica por el mítico Große Freiheit 36: lo máximo que pueda dar de sí el encanto alemán, supongo.

Tenías que estar allí para entenderlo, y algún día mirarías atrás y te atacaría la melancolía de cuando viste a Wolfmother, esas leyendas de recorrido inverso que fueron de los estadios a los baretos con 100 de aforo, y sentiste la pura felicidad, la pura adrenalina, la pura rabia de vivir, y ya está, nada más, sólo eso. It's only rock & roll, but you need to be there.





Todas las fotografías y vídeos tomados el 1 de mayo de 2016 en Große Freiheit 36, Hamburgo, Alemania.

30/6/15

MUSIC: The Chemical Brothers en el Sónar 2015: their finger is on the button

Just remember to fall in love, there's nothing else. The Chemical Brothers inauguran el pasado 18 de junio en L'Hospitalet de 
Llobregat el Sónar 2015. Suena Swoon. Via Getty Images
Siempre había pensado que, si la historia de la música popular del siglo XX fuera una enorme y suculenta a la par que ecléctica pizza hawaiana, la electronica sería los bordes. Esto es, una mierda que viene después de todo lo bueno y que sólo les gusta a los tontos o directamente a la gente que esnifa pegamento porque su madre lo abandonó entre dos containers al nacer.

La inquietud existencial y cambio de paradigma vital surgen cuando, no sé cómo ni por qué, me lían me lían y acabo en el concierto inaugural del Sónar 2015 barcelonés, que éste bendito año de nuestro Señor oficiaban the Chemical Brothers, ni más ni menos que los abuelos, padres, hijos, espíritus santos y primos de Zumosol del big beat. Y esto no es lo malo. Lo verdaderamente preocupante es lo tremendamente bueno que me pareció. No esnifo pegamento, y todo el mundo dice que soy clavadita a mi madre, así que no sé cuál puede ser mi problema. Lo que sí me quedó muy claro tras aquella noche fue que la exposición prolongada a un medley de house industrial, casi tan antipático como hipnótico, que no para de decir doesn't. Matter. Doesn't. Matter. Doesn't. Matter. consigue que todo, absolutamente todo, te importe, al menos momentáneamente, una ingente y bellísima cantidad de nada.

Lo de que no sé cómo ni por qué acabé en el inaugural del Sónar es una licencia literaria, evidentemente, aunque no deja de resultar paradójico que una abstemia y un bebedor social consigan entradas para un concierto patrocinado por Estrella Damm. Hashtag Oh the irony. Muy agradecida, Sociedad Anónima Damm, si alguna vez decido darme a la bebida, te devolveré el detalle.

En cuanto atravieso las puertas de la Fira Gran Via, pienso entre sollozos en lo atronadora y retumbantemente bien que se va a oír allí a A$AP ROCKY al día siguiente. La reputación y buena fama del Sónar es, concluyo, completamente merecida. Hace unos cuantos minutos que había dado comienzo la sesión del telonero Wooky con visuales de Videocratz, presentando para los suertudos de la noche su atrapador largo Montjuïc (2014), y los cimientos temblaban desde lejos. El Sónar es, en definitiva, una gran freidora de neuronas sin conservantes, colorantes ni efectos secundarios, y todo el mundo sabe que cualquier cosa que se fríe, sabe mejor. Las neuronas no iban a ser una excepción.

Pasadas las 21h, Wooky y Videocratz abandonan el escenario y dejan a 14000 invitados solos, aburridos y sudando como pollos en colectividad. 14000 exponentes de la audiencia más ecléctica y relajada que yo haya visto hasta la fecha. Supongo que, para lo que hay que ver (dos tipos simpáticos pero feos tocando botones), no hace falta matarse por un puesto en la primera fila.

Una hora más un cuarto de retraso esperando a los hermanos químicos, sin otra animación que el refunfuñar del gentío en modo llamada de espera. Familia nunca han sido, e intuyo que no escarcean con la química desde los buenos tiempos de The Haçienda, cuando Reino Unido retomó las riendas de la contrafiestura contracultura musical y Manchester era la capital hedonista del globo terráqueo, escrito con 'd' de MADchester. Muy en las antípodas de aquellas épocas de pastillitas felices y fosforito, Tom Rowlands, mitad con gafas de los Brothers, vive con su esposa y tres hijos en una granja en Sussex, Inglaterra, mientras Ed Simmons vaga por Notting Hill en su Londres natal, intentando esquivar los fantasmas de su trágica y rota relación con Lily Allen.

Y se dignan a salir, ¡por fin! La entrada no puede ser menos original ni más abrumadoramente efectiva: Hey girls/ Hey boys/ Superstar DJs/ Here we go! Pues eso. ¡Allá vamos!


Soy una turista confesa de la electronica. Al igual que los especímenes abonados a la chancla con calcetín que entran en el B.B. King Club de Nueva York para mancillarlo y oír cualquier versión cutre del The Thrill is Gone o el Sweet Home Chicago, yo también quería vivir un revival de clichés manidos de lo mejor de la escena electro pre-britpop de los 1990; un poco house, un poco acid, muy big beat, rayos láser, neón, lucecitas, gente bailando de pena y puro vacío intelectual o espiritual, sólo apelaciones directas a las entrañas vía infrasonidos. Huelga decir que los Chemical Brothers proveieron por encima de las espectativas de cualquier fan casual asistente (únicamente faltó Salmon Dance para tener el greatest hits en directo definitivo. ¡Casi!).

Mientras entraban en una infalible EML Ritual, una de las novedades del Born in the Echoes, que será el octavo álbum de estudio de su carrera y verá la luz el próximo 17 de julio, me fijo en que el rubio con gafas se parece al de las fotos de internet, pero el otro no, no se parece mucho. Llego de madrugada a casa, lo busco en San Google y ¡ahhh!; se ve que Ed Simmons decidió no salir de gira éste año para concentrarse en la persecución de aspiraciones académicas, y lo sustituye Adam Smith, director, realizador y artista visual que viene colaborando con el dúo londinense desde sus comienzos. Es una pequeña carencia con la que habré de vivir: sólo he visto a un 50% de los Chemical Brothers en directo.

Nacidos en Londres pero hermanados en Manchester, mientras hacían ver que estudiaban historia medieval en la universidad de allí, su longevidad no es comparable a la de los Rolling Stones, aunque sí superior a la de la mayoría de matrimonios, tanto románticos como musicales. Se hacían llamar Dust Brothers, en honor al dúo productivo famoso por su trabajo con los Beastie Boys (con la llegada de la fama tuvieron que pasarse al apellido Chemical para no confundir al personal), y debutaron como DJs residentes en el influyente Heavenly Sunday Social Club de Londres, frecuentado por la realeza brit de la época (los hermanos Gallagher, Paul Weller, Tim Burgess...). Poco después lanzarían Exit Planet Dust (1995), su presentación en sociedad, hito y referencia de la psicodelia rock/hip hop/electronica por los siglos de los siglos, techno para fans del rock que, casualmente, cumplió 20 años el pasado 26 de este mes. Dos años después sacaron el Dig Your Own Hole (1997), último clavo en el ataúd de la electronica conocida hasta entonces y, algunos dicen, el mejor trabajo de los Chems. A partir de dicho momento, la música vacua y sin pretensiones de trascendencia dejó de estar mal considerada para pasar a ser el hedonismo nuestro de cada día. La grandilocuencia, historicismo, consciencia y espíritu tribal de aquellos que se abanderaban en el rock & roll eran ya cursilerías, quimeras para un par de inocentones melenudos que se habían creído la basura del Woodstock 99. La juventud de los noventa necesitaba música para el ahora, para las vísceras y para ellos mismos, nada más, sin repercusiones mentales ni ataduras emocionales; había nacido la masturbación sonora. 

El resto es historia de la electronica y del pop, una historia plagada de pelotazos rompepistas cosechados religiosamente a base de artesanía y devoción por lo bien hecho, manteniendo ininterrumpidamente la dignidad y discreción mediática que caracteriza a los Chemical Brothers; es posible incluso que, alguna vez, te los hayas cruzado por la calle sin percatarte siquiera de que pasabas de largo a los dos señores que inventaron la fórmula por la que sales de rave cada fin de semana. Si los Chemical Brothers están hoy donde están dentro de su sector, no es por otra cosa que por su talento, perseverancia y saber hacer. Donde The Prodigy y Fatboy Slim se van pasando y caricaturizando con el paso del tiempo, the Chemical Brothers se refrescan; tomad éste Music: Response y tratad de negar la mayor. 

De lo que hicieron en el concierto inaugural del Sónar en sí no sé muy bien qué decir salvo que fue un fiestón del copón con la colección de peña más variopinta y buenrollista de Cataluña y extrarradio; abuelitas de 60 para arriba, pacones, modernos y modernis, barbudos, hippie colgaos, frikis, clubbers profesionales y por vocación, grupos de amigas chillonas y, en general, puretismo y seres humanos encantados de estar allí por no estar en cualquier otra parte. Había espacio de sobra para que cada cual bailara y se montara sus propias paranoias de brazos y piernas, y aún así, la sensación térmica era de 80 grados centígrados. Un infierno fatal y divertido.

La sucesión de temas fue soberbia e inmejorable, obvia sin dejar de ser muy inteligente, y con visuales e iluminación de acompañamiento clásicos, aunque sin dejar de ser inquietantes; esa habilidad tan progre, pedante y noventera de entrelazar canciones y convertirlas en una masa intangible gigante, emborronando los límites de los comienzos y los finales. ¡Qué manera de morir de rabia con esa pinceladita de no más de 30 segundos del Do It Again! Supongo que le deben haber pillado manía por culpa del anuncio...

Go, el primer single del nuevo álbum y con videoclip dirigido por Michel Gondry (¡Olvídate de Mí! (2004), sonó a cóctel Molotov para ingerir por vía auricular, seguido del contraste cadente de los neo-hippies Swoon y Star Guitar. Luego vino la última de las tres novedades de la noche, Sometimes I Feel So Deserted, un quema-neuronas de manual, y para postres, Chemical Beats, orígen de los orígenes, y apoteósico medley con la mítica Setting Sun de por medio, Noel Gallagher a la voz y tan perturbador como siempre. Saturate, Elektrobank (¡ojito con la Sofia Coppola en el clip!), Believe, The Sunshine Underground, Under the Influence, The Test... Un crescendo tremendista para acabar explotando con metralla asesina en Galvanize. Suele ser interesante señalar los picos energéticos de cada concierto, pero lo que aconteció durante éste Galvanize fue el Everest de todos los picos energéticos. ¡VENGA CEREBROS, NOS VEMOS A LA SALIDA!

Intentaron finiquitar el asunto con el cañonazo Block Rockin' Beats, pero nadie haba tenido suficiente, así que se vieron obligados a dar un poco más de The Private Psychedelic Reel, y luego ya dejar que Dosem, promesa catalana de la electronica autóctona, tuviera su momento de gloria y recogiera lo que fuera que hubiesen dejado en pie los hermanos.

Lo que hicieron The Chemical Brothers en la Fira Gran Via el pasado jueves 18 de junio no tiene otro nombre que, en resumen, obsceno despliegue de hedonismo musical y onanismo practicado en manada. Y todo porque sí, porque la vida moderna transforma las ciudades en selvas de hormigón, y a los seres lampiños que las habitan en adictos al Prozac que lloran cuando se quedan sin Mikado en el súper. El millennialismo como modus vivendi generacional convertido en ruido: un derecho de procedencia casi divina al placer constante, palpitante, extático y, cuanto más ilógicamente merecido, mejor. Substituir la desorientación existencial por mantras de una noche, breakbeats y bajas frecuencias. Emociones que duran lo que el Chemical Beats y luego se olvidan, bailar con la mente, no con el cuerpo, escapar, dejarse absorber, eso fue el show que abrió el Sónar éste año.

Qué maravilla más tonta y vacía, la electronica, y qué grandes los Chemical Brothers, que la han criado y educado la mar de bien durante éstos últimos 20 años. De repente, me encantan los bordes de la pizza hawaiana.

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