Pues esta vez ni Mané López ni yo salimos tan disgustados de nuestras respectivas escuchas cruzadas, sorprendentemente. Supongo que eso es malo teniendo en cuenta que el objetivo era amargarnos la vida mútuamente y crear mal rollo y agresividad, que es lo que les pone a los telespectadores de hoy en día, pero güeno...
Burna Boy está diver, y MGMT, para quien le gusten los discos malillos, también merece la pena, así que os dejamos por aquí nuestro ejercicio de orientación en tiempos en los que la crítica musical es más necesaria que nunca.
La gente inteligente es un puto coñazo, ya lo decía Oscar Wilde. Los listos son todos unos aguafiestas empeñados en destripar las cosas bellas e inescrutables
de la vida con su puñetera curiosidad insaciable. Es por eso que caen tan mal,
y suelen pasar mucho tiempo solos porque quieren y porque, de todas formas,
nadie los aguanta. Una panda de críos hinchando a collejas al empollón de clase
no se llama bullying, sino instinto de supervivencia, un mecanismo preventivo
contra la posibilidad de tener que ver morir un ideal en brazos de la versión
adulta del gafotas insufrible que no se separa de la calculadora ni para ir a
mear. Cualquier mente suficientemente mediocre intuye que ese bicho raro que
resuelve sudokus y musica poemas de Kerouac durante el recreo incuba dentro de
sí el venenoso potencial para convertirse en un capullo que descubra que el
amor es bioquímica, que venimos del mono o queMozart no existe porque cuando es
malo parece Haydn y cuando es bueno parece Beethoven (eso último es de
Gabriel García Márquez, sí, lo siento, ya sé que era la mejor frase que me
habíais leído, que os den por culo a todos).
Earl Sweatshirt es uno de ellos, un tipo inteligente. Casi nadie quiere
darse cuenta porque sólo es un rapero y esto, artísticamente, lo coloca a la
altura moral de un plato combinado en el Bulli; por mucho que nos guste, ¿qué
mérito puede tener frente a la fritura perfecta de una croqueta deconstruida?
Tengo hambre. Pues bien, Earl es tan listo que todavía hay quien lo toma
por poco más que un negro egomaníaco obsesionado con follarse a las
esposas blancas de todo quisqui, ay no, perdón, ese es Kanye West malnutrido
con pseudónimo de blanco obeso y gilipollas miembro de un foro no oficial de la
Asociación Nacional del Rifle. Y ha sido así, disfrazado de tontito con ojos
saltones entre sus ordinarios congéneres, como ha conseguido infiltrarse en las
entrañas del último gran estandarte del mainstream musical del siglo XX (el
rap) e infectarlo con su absurda genialidad lírica. Otro listillo que nos va a
joder vivos... Que no os engañe lo de masticar con la boca abierta, fijaos en
las ojeras. Nadie que no esté planeando el Cuarto Reich puede tener semejantes
ojeras.
Encima
procede de familia de intelectuales,scarier than black people with ideas; mamá es profesora de Derechos Civiles y
Libertades Civiles en la Facultad de Derecho de la University of California,
Los Angeles (UCLA) y papá esKeorapetse
Kgositsile, poeta y activista político surafricano que, visionariamente a
lo Tupac Shakur, bautizó a losLast
Poets(una suerte de
colectivo poético y musical simpatizante del nacionalismo negro norteamericano
y considerado fundacional para el rap) cuando, durante una ceremonia en Harlem,
New York por el Día de Malcolm X, recitaron el extracto deun escrito suyoprediciendo que aquella sería la
última generación de poetas antes de que su raza se viera obligada a derramar
sangre para reclamarse a sí misma. Cómo no se iba a desquiciar el niño con una
sombra tan alargada, demasiada presión, ya lo admitía Earl en aquelBurgundyde su primer álbum,Doris(2013) (sin contar aquella mixtape
homónima en la que rapta, viola y mata, no necesariamente en ese orden, a
varias personas y que le granjeó notoriedad mundial y otras cosas aún más
perjudiciales,Earl(2010). Luego todavía se extrañarán de
que la madre se lo tuviera que llevar a un centro para jóvenes porretas en el
lugar más rodeado de agua posible (Samoa).
Desde que recitara a esos dioses de la violencia y el coito sin consentimiento ha llovido mucho en el corazón de Thebe, nombre real de Sweatshirt, de segundo nombre
Neruda por Pablo y por si le faltaba un poco más de rancio abolengo literario
en el pasaporte. Ha llovido mucho de verdad. Lejos queda de I Don't Like Shit, I Don't Go Outside: an album by Earl Sweatshirt (2015) la rabia insolente de la juventud, los órganos tétricos de catedral gótica protestante, marca de la casa Odd Future, el bragadaggio tan caricaturesco que ni tan sólo pedía que te lo creyeras, la escatología como megáfono. Todo lo que antes era pastiche e histrión ahora son estados de ánimo concretos y sutilezas. Al Earl de Earl no le había salido nuez y se rapaba al cero, ahora se llama Thebe, se hace rastas y no le gusta una mierda ni sale a la calle. El hermano mayor por parte de madreTyler, the Creator y su mano negra ya no están para meter ídem en todo, su estética de las cosas siendo tan abrumadora e ineludible que impregnaba lo demás. Todo lo que antes eraen parte lo que quisieron otros ahora es todo lo que quiere Earl Sweatshirt, nadie más, y por eso ya se hace responsable de lo que ocurra tras la pixelada portada de su segundo trabajo, quizás primero a nivel intelectual.
Puede que ya no haga un uso inquietante y amateur del Illustrator para editar vídeos como entonces, ni escupa muelas, vomite mierda, se arranque uñas para infundir terror, pero Earl es un tipo tan inteligente que el terror sigue ahí, en ese ruido que hacen los muñecos de plástico al derretirse y que ha logrado registrar en forma de sus propios beats bajo el alias randomblackdude. Imagínate a un hippie de cera con cara de la Virgen María en llanto bailando al son de los Byrds bajo la luz de una farola candente en un callejón a las 3 de la madrugada y habrás visto a lo que suena I Don't Like Shit. Es tan listo tan listo tan listo que ha aprendido a decirlo todo en un proverbio, cinco palabras, sin ayuda, sin retórica, sin efectismo, cual maestro kung-fu. Y si te daba miedo ver a Tyler echando espuma y convulsionando en sus vídeos, prueba Grief, prueba Solace, otra pista que lanzó por Internet en plan solitaria y medio dedicada a su madre, como todo lo que hacen los raperos. Si quieres no dormir, métete en tu cuarto a oscuras y prueba Mirror, el tema que debía de haber sido la yuxtaposición perfecta a Faucet en el álbum pero que nunca vio la luz en su contexto porque el tracklist "se jodió". Prueba Death Whistles, producida y lanzada hace un mes por Knxwledge, el instrumentalista del hip hop más prolífico que se conoce. Túmbate en la cama y cierra los ojos, porque éste puto poeta afroamericano, este bicho raro te va a hacer ver a la muerte por los oídos.
Y peor que lo que te haga ver será lo que reconozca que ve como tú y como yo, el orgullo vergonzoso en la apatía, aceptar abulia como pasión de compañía generacional. Un abismo, una caída libre que los millennials miramos desde arriba y pensamos, "pos ok", las ganas que tenemos de nada y de nada más que de existir, desprendernos del cuerpo y pegarnos a una pared interesante desde la que se pueda escuchar I Don't Like Shit, I Don't Go Outside: an album by our generation.
I don't claim to own any of the pictures above/ Ninguna de las fotografías anteriores me pertenece.
¿Alguna vez te has
sentido como si llevaras cosida una etiqueta de MADE IN BANGLADESH en la
axila, tal cual estuvieras hecho de plástico malo y fueras a romperte en cuatro
días? Si tienes un grupo y vas a ver a Konono Nº 1en directo, te descubrirás de
pronto como el fraude mayor en la historia de la música popular: por
comparación, parecerás más falso y menos resistente que unas bragas de Kalvin
Kien o Dolce&Banana. Yo no toco ni el silbato y aun así me bajaron los
humos al nivel del mar... Hacía tiempo que no me sometía a un ejercicio de
humildad como fue el ponerse en frente de estos congoleños y escucharlos hacer
lo suyo. Justo cuando crees que no puedes ser más cool y que no puede
importarte todo menos, te enteras de que tocan en tu ciudad.
Y suerte que mi ciudad
el pasado 19 de mayo no estaba en España, que es un país, llamémoslo con
benevolencia, en vías de desarrollo en lo que a cultura y otros temas atañe. Se
puede labrar una la típica reputación de malcriada ilustrada diciendo este tipo
de cosas por ahí, así que jamás se me ocurriría insinuar que no tener con qué
llenarse el espíritu es peor que no tener con qué llenarse el estómago, pero un
poco lo es. Ésta es la manera de entender la vida predominante en el primer
mundo; de ahí que en Hamburgo estén bastante orgullosos de su Kampnagel,
el mayor centro internacional de artes escénicas contemporáneas de Europa.
Tienen una programación exquisita y asequible todo el año, además de una
interesante fachada en forma de fábrica antigua (lo único en lo que sí nos
pusimos a la altura europea en la península: en bonitas fachadas de fábrica
antigua para rellenarlas de gente con barba y pelo en el sobaco bebiendo
Estrella Damm y escuchando a Lori Meyers). Rebuscando en ella me topé con la
joya de Kinshasa y de la Congotronics series, bautizada en honor al álbum que los empujó delicadamente en el
sentido de la fama mundial allá por 2005, mucho decir ya de cualquier cosa que
salga de una extensión de tierra que sólo existe para separar el océano
Atlántico del Índico en los mapas, y que el resto del año bien podría estar
cubierta por peces y barcos vikingos.
Es difícil perderse con
la eficiente red de transporte público de la que dispone Hamburgo, y más aún
encontrarse en el bus de ida con tres de las... ¿50? Personas que asistieron al
oficio de Konono Nº 1 al norte del Alster, ambas cosas posibles, sin
embargo. Fue casualidad que el escenario tuviera escasas decenas de
centímetros de altura, una coincidencia de simbolismo acertado que acentuaba la
afirmación de que la superioridad moral no tiene necesariamente que recaer
sobre el que ve por encima del resto. En su alineación de 2016, integrada por Augustin
Makuntima Mawangu (hijo del fallecido el año pasado y fundador de la
agrupación Mingiedi Mawangu) al likembé y voz, Menga
Waku al likembé-bajo y también voz, Pauline Mbuka Nsiala a la
percusión y única voz femenina, Vincent Visi a la batería y Jacques
Ndofusu Mbiyavanga a la percusión, como hicieron sus ancestros y
continuarán sus sucesores, no tienen asimilada la postura del artista tocado
por la mano de Dios que acostumbran a dominar con naturalidad las estrellas de
las sociedades televisadas. Konono Nº 1 es una institución sentimental que
no da lugar al más discreto de los personalismos; lo que prevalece es
verdaderamente el todo y no las partes, que tomen ejemplo los grupillos de
techno pop que sólo se admiran mutuamente de cara a la portada de la
Rockdelux. La vivencia de una de
sus funciones se siente cotidiana en un sentido que nada tiene que ver con la
cantidad de días a la semana que se los escuche; se parece más a comprarle el
pan al panadero que a tirarle sujetadores a Tom Jones, y quien piense que tal
comparación es denigrante se equivoca y los denigra él mismo con sus prejuicios
clasistas. Pocas veces al día se da un intercambio de energías y respecto más
importante que el que inspira un señor que se levanta cada mañana a las 5 para
amasar la base de tu pirámide alimenticia con crujido perfecto y olor a sueño
bucólico, y seguro se extrañaría igual que los de Konono si le tiraras
ropa interior femenina por comprar una baguette. En realidad, probablemente le
parecería raro bajo cualquier circunstancia, alcanzando a comprender que, desde
su punto de vista, sólo hace lo que haría de todas maneras si nadie estuviera
allí para verlo, llámalo trabajo, llámalo necesidad espiritual o deber.
Sentado en tu butaca de espectador caucásico petulante que ha de ponerle una
excusa petulante o motivación intelectual a tener ganas de participar de
algo tan estéril como el disfrute de la belleza, puedes twittearlo y escribir
que es arte, lo que ves, siempre que así te sientas menos culpable por no estar
produciendo nada marketizable para el libre mercado. Pero Konono Nº
1 no es realmente arte, al menos no en el sentido premeditado y antropomórfico
de la palabra; hay una línea separatoria dialécticamente imperceptible, una
distinción genérica dudosa entre una pintura de Velázquez y una puesta de sol
en Miconos cuando a la una no dudamos en calificarla de "arte" y a la
otro sólo y siempre y cuando se sea un cursi de la hostia. Konono Nº
1 es una puesta de sol en la frontera entre República Democrática del Congo y
Angola, y su belleza escapa a todo lo que los hombres puedan fabricar por
angustia existencial, mandato divino o colocón de peyote.
Y el concierto se
desarrolló así libre de egos y postureos, las viejas y las mujeres bailando con
los negritos y los hombres entrando en el único trance mensual que sus
monótonas vidas de coleccionistas de vinilos les permiten. Triste que, aunque
pocas, todavía quedaran cenizas mojadas de prepotencia colonialista; intuimos
que algo pone en sus pasaportes que nos da licencia para no seguirlos cuando
quieren que demos palmas al unísono... La cara de frustración del
pobre Mawangu era un poema, en plan "¿cuando viene Rihanna también
pasáis de su puto culo caribeño, blancos de los cojones?" Alguno hasta se
pasaba con la igualdad e invadía el escenario para hacer fotos, como si no
estuvieran haciendo nada especial (yo no, ¡eh!). Venía con ganas de que
se hubieran concentrado en el repertorio del Congotronics(2005) y
Assume Crash Position (2010), aunque tampoco pondría la mano en el fuego
por que no hubiera sido, de hecho, así, y yo no me hubiese dado ni
cuenta: Konono Nº 1 no va de lo que comúnmente se entiende
por "canciones", sino de traducciones rítmicas de estados de ánimo a
los que hay que poner un principio y un fin por puro formalismo discográfico.
Es por esto que se hace difícil distinguir cuándo están tocando qué. Ellos
podrían seguir y seguir hasta el infinito, pero no todo tipo de audiencia tiene
aguante para John Cage y sus tipos de paranoias que duran 639 años. Konono Nº 1 Meets Batida(2016), el
último trabajo que han publicado este año en colaboración con el proyecto luso Batida(que da de pleno en la
corriente predestinada a revolucionar la EDM de las próximas décadas,
acuérdense de lo que les digo) no es poco interesante, pero sí
circunstancialmente decepcionante; asociarse con un blanco medio portugués,
medio angoleño que coge música del sur de África en los 1970 y la actualiza les
iba a arrastrar sí o sí a un tradicionalismo más profundo que el suyo propio,
es decir, suenan más a de donde vienen que nunca, y habiendo sido ellos siempre
un grupo de Kinshasa que suena a domingo loco en Berghain...
¡Imagínense el chasco! Lo más cercano a una remezcla más limpia y sensual del
clásico punkismo kononiano incluido en este Meets Batida es Kuna
America:
También mola el verso en portugués en Nlele Kalusimbiko de un tal AF Diaphra, y si tuviera más tiempo libre del que tengo me dedicaría a investigar su poliarte ("MC cósmico, poeta, creador de ritmos, manipulador de samples, entertainer subversivo, chamán del spoken word, educador-provocador", abruma ya de entrada, demasié pal body ahora mismo). Hacia el programado
final del concierto, los alemanes empezaron a pedir un bis,
y Konono Nº 1 accedió a volver a salir al escenario de visible mala
gana; ya habían cumplido y no se sentían en ninguna obligación poética ni
heroica de sobrepasar aquello para lo que se los contrató. Figúrate primero que
le pagas por dos cruasanes al panadero y cuando te los da, comienzas a
aplaudirle y a corear para que te dé otro gratis. Figúrate después la cara de
tú-estás-gilipollas-o-qué-sal-de-mi-tienda-o-llamo-a-la-poli que te dedicaría. Acabaron el tema extra
y saludaron con la misma confianza asquerosa y falta de ceremoniosidad con la
que entraron. De mientras, nos gritaban en francés que nos fuéramos a nuestra
puta casa ya y dejáramos de joder, a comerse el pan a otra parte, coño. À la
maison, à la maison!, decía Menga Waku mirando a los blancos con
desconcierto y esbozando una sonrisa cariñosa.
Todas las fotografías y vídeos tomados el 19 de mayo de 2016 en Kampnagel, Hamburgo, Alemania.