¿Alguna vez te has
sentido como si llevaras cosida una etiqueta de MADE IN BANGLADESH en la
axila, tal cual estuvieras hecho de plástico malo y fueras a romperte en cuatro
días? Si tienes un grupo y vas a ver a Konono Nº 1 en directo, te descubrirás de
pronto como el fraude mayor en la historia de la música popular: por
comparación, parecerás más falso y menos resistente que unas bragas de Kalvin
Kien o Dolce&Banana. Yo no toco ni el silbato y aun así me bajaron los
humos al nivel del mar... Hacía tiempo que no me sometía a un ejercicio de
humildad como fue el ponerse en frente de estos congoleños y escucharlos hacer
lo suyo. Justo cuando crees que no puedes ser más cool y que no puede
importarte todo menos, te enteras de que tocan en tu ciudad.
Y suerte que mi ciudad
el pasado 19 de mayo no estaba en España, que es un país, llamémoslo con
benevolencia, en vías de desarrollo en lo que a cultura y otros temas atañe. Se
puede labrar una la típica reputación de malcriada ilustrada diciendo este tipo
de cosas por ahí, así que jamás se me ocurriría insinuar que no tener con qué
llenarse el espíritu es peor que no tener con qué llenarse el estómago, pero un
poco lo es. Ésta es la manera de entender la vida predominante en el primer
mundo; de ahí que en Hamburgo estén bastante orgullosos de su Kampnagel,
el mayor centro internacional de artes escénicas contemporáneas de Europa.
Tienen una programación exquisita y asequible todo el año, además de una
interesante fachada en forma de fábrica antigua (lo único en lo que sí nos
pusimos a la altura europea en la península: en bonitas fachadas de fábrica
antigua para rellenarlas de gente con barba y pelo en el sobaco bebiendo
Estrella Damm y escuchando a Lori Meyers). Rebuscando en ella me topé con la
joya de Kinshasa y de la Congotronics series, bautizada en honor al álbum que los empujó delicadamente en el
sentido de la fama mundial allá por 2005, mucho decir ya de cualquier cosa que
salga de una extensión de tierra que sólo existe para separar el océano
Atlántico del Índico en los mapas, y que el resto del año bien podría estar
cubierta por peces y barcos vikingos.
Es difícil perderse con
la eficiente red de transporte público de la que dispone Hamburgo, y más aún
encontrarse en el bus de ida con tres de las... ¿50? Personas que asistieron al
oficio de Konono Nº 1 al norte del Alster, ambas cosas posibles, sin
embargo. Fue casualidad que el escenario tuviera escasas decenas de
centímetros de altura, una coincidencia de simbolismo acertado que acentuaba la
afirmación de que la superioridad moral no tiene necesariamente que recaer
sobre el que ve por encima del resto. En su alineación de 2016, integrada por Augustin
Makuntima Mawangu (hijo del fallecido el año pasado y fundador de la
agrupación Mingiedi Mawangu) al likembé y voz, Menga
Waku al likembé-bajo y también voz, Pauline Mbuka Nsiala a la
percusión y única voz femenina, Vincent Visi a la batería y Jacques
Ndofusu Mbiyavanga a la percusión, como hicieron sus ancestros y
continuarán sus sucesores, no tienen asimilada la postura del artista tocado
por la mano de Dios que acostumbran a dominar con naturalidad las estrellas de
las sociedades televisadas. Konono Nº 1 es una institución sentimental que
no da lugar al más discreto de los personalismos; lo que prevalece es
verdaderamente el todo y no las partes, que tomen ejemplo los grupillos de
techno pop que sólo se admiran mutuamente de cara a la portada de la
Rockdelux.
La vivencia de una de sus funciones se siente cotidiana en un sentido que nada tiene que ver con la cantidad de días a la semana que se los escuche; se parece más a comprarle el pan al panadero que a tirarle sujetadores a Tom Jones, y quien piense que tal comparación es denigrante se equivoca y los denigra él mismo con sus prejuicios clasistas. Pocas veces al día se da un intercambio de energías y respecto más importante que el que inspira un señor que se levanta cada mañana a las 5 para amasar la base de tu pirámide alimenticia con crujido perfecto y olor a sueño bucólico, y seguro se extrañaría igual que los de Konono si le tiraras ropa interior femenina por comprar una baguette. En realidad, probablemente le parecería raro bajo cualquier circunstancia, alcanzando a comprender que, desde su punto de vista, sólo hace lo que haría de todas maneras si nadie estuviera allí para verlo, llámalo trabajo, llámalo necesidad espiritual o deber. Sentado en tu butaca de espectador caucásico petulante que ha de ponerle una excusa petulante o motivación intelectual a tener ganas de participar de algo tan estéril como el disfrute de la belleza, puedes twittearlo y escribir que es arte, lo que ves, siempre que así te sientas menos culpable por no estar produciendo nada marketizable para el libre mercado. Pero Konono Nº 1 no es realmente arte, al menos no en el sentido premeditado y antropomórfico de la palabra; hay una línea separatoria dialécticamente imperceptible, una distinción genérica dudosa entre una pintura de Velázquez y una puesta de sol en Miconos cuando a la una no dudamos en calificarla de "arte" y a la otro sólo y siempre y cuando se sea un cursi de la hostia. Konono Nº 1 es una puesta de sol en la frontera entre República Democrática del Congo y Angola, y su belleza escapa a todo lo que los hombres puedan fabricar por angustia existencial, mandato divino o colocón de peyote.
La vivencia de una de sus funciones se siente cotidiana en un sentido que nada tiene que ver con la cantidad de días a la semana que se los escuche; se parece más a comprarle el pan al panadero que a tirarle sujetadores a Tom Jones, y quien piense que tal comparación es denigrante se equivoca y los denigra él mismo con sus prejuicios clasistas. Pocas veces al día se da un intercambio de energías y respecto más importante que el que inspira un señor que se levanta cada mañana a las 5 para amasar la base de tu pirámide alimenticia con crujido perfecto y olor a sueño bucólico, y seguro se extrañaría igual que los de Konono si le tiraras ropa interior femenina por comprar una baguette. En realidad, probablemente le parecería raro bajo cualquier circunstancia, alcanzando a comprender que, desde su punto de vista, sólo hace lo que haría de todas maneras si nadie estuviera allí para verlo, llámalo trabajo, llámalo necesidad espiritual o deber. Sentado en tu butaca de espectador caucásico petulante que ha de ponerle una excusa petulante o motivación intelectual a tener ganas de participar de algo tan estéril como el disfrute de la belleza, puedes twittearlo y escribir que es arte, lo que ves, siempre que así te sientas menos culpable por no estar produciendo nada marketizable para el libre mercado. Pero Konono Nº 1 no es realmente arte, al menos no en el sentido premeditado y antropomórfico de la palabra; hay una línea separatoria dialécticamente imperceptible, una distinción genérica dudosa entre una pintura de Velázquez y una puesta de sol en Miconos cuando a la una no dudamos en calificarla de "arte" y a la otro sólo y siempre y cuando se sea un cursi de la hostia. Konono Nº 1 es una puesta de sol en la frontera entre República Democrática del Congo y Angola, y su belleza escapa a todo lo que los hombres puedan fabricar por angustia existencial, mandato divino o colocón de peyote.
Y el concierto se
desarrolló así libre de egos y postureos, las viejas y las mujeres bailando con
los negritos y los hombres entrando en el único trance mensual que sus
monótonas vidas de coleccionistas de vinilos les permiten. Triste que, aunque
pocas, todavía quedaran cenizas mojadas de prepotencia colonialista; intuimos
que algo pone en sus pasaportes que nos da licencia para no seguirlos cuando
quieren que demos palmas al unísono... La cara de frustración del
pobre Mawangu era un poema, en plan "¿cuando viene Rihanna también
pasáis de su puto culo caribeño, blancos de los cojones?" Alguno hasta se
pasaba con la igualdad e invadía el escenario para hacer fotos, como si no
estuvieran haciendo nada especial (yo no, ¡eh!).
Venía con ganas de que se hubieran concentrado en el repertorio del Congotronics (2005) y Assume Crash Position (2010), aunque tampoco pondría la mano en el fuego por que no hubiera sido, de hecho, así, y yo no me hubiese dado ni cuenta: Konono Nº 1 no va de lo que comúnmente se entiende por "canciones", sino de traducciones rítmicas de estados de ánimo a los que hay que poner un principio y un fin por puro formalismo discográfico. Es por esto que se hace difícil distinguir cuándo están tocando qué. Ellos podrían seguir y seguir hasta el infinito, pero no todo tipo de audiencia tiene aguante para John Cage y sus tipos de paranoias que duran 639 años. Konono Nº 1 Meets Batida (2016), el último trabajo que han publicado este año en colaboración con el proyecto luso Batida (que da de pleno en la corriente predestinada a revolucionar la EDM de las próximas décadas, acuérdense de lo que les digo) no es poco interesante, pero sí circunstancialmente decepcionante; asociarse con un blanco medio portugués, medio angoleño que coge música del sur de África en los 1970 y la actualiza les iba a arrastrar sí o sí a un tradicionalismo más profundo que el suyo propio, es decir, suenan más a de donde vienen que nunca, y habiendo sido ellos siempre un grupo de Kinshasa que suena a domingo loco en Berghain... ¡Imagínense el chasco! Lo más cercano a una remezcla más limpia y sensual del clásico punkismo kononiano incluido en este Meets Batida es Kuna America:
Venía con ganas de que se hubieran concentrado en el repertorio del Congotronics (2005) y Assume Crash Position (2010), aunque tampoco pondría la mano en el fuego por que no hubiera sido, de hecho, así, y yo no me hubiese dado ni cuenta: Konono Nº 1 no va de lo que comúnmente se entiende por "canciones", sino de traducciones rítmicas de estados de ánimo a los que hay que poner un principio y un fin por puro formalismo discográfico. Es por esto que se hace difícil distinguir cuándo están tocando qué. Ellos podrían seguir y seguir hasta el infinito, pero no todo tipo de audiencia tiene aguante para John Cage y sus tipos de paranoias que duran 639 años. Konono Nº 1 Meets Batida (2016), el último trabajo que han publicado este año en colaboración con el proyecto luso Batida (que da de pleno en la corriente predestinada a revolucionar la EDM de las próximas décadas, acuérdense de lo que les digo) no es poco interesante, pero sí circunstancialmente decepcionante; asociarse con un blanco medio portugués, medio angoleño que coge música del sur de África en los 1970 y la actualiza les iba a arrastrar sí o sí a un tradicionalismo más profundo que el suyo propio, es decir, suenan más a de donde vienen que nunca, y habiendo sido ellos siempre un grupo de Kinshasa que suena a domingo loco en Berghain... ¡Imagínense el chasco! Lo más cercano a una remezcla más limpia y sensual del clásico punkismo kononiano incluido en este Meets Batida es Kuna America:
También mola el verso en portugués en Nlele Kalusimbiko de un tal AF Diaphra, y si tuviera más tiempo libre del que tengo me dedicaría a investigar su poliarte ("MC cósmico, poeta, creador de ritmos, manipulador de samples, entertainer subversivo, chamán del spoken word, educador-provocador", abruma ya de entrada, demasié pal body ahora mismo).
Hacia el programado final del concierto, los alemanes empezaron a pedir un bis, y Konono Nº 1 accedió a volver a salir al escenario de visible mala gana; ya habían cumplido y no se sentían en ninguna obligación poética ni heroica de sobrepasar aquello para lo que se los contrató. Figúrate primero que le pagas por dos cruasanes al panadero y cuando te los da, comienzas a aplaudirle y a corear para que te dé otro gratis. Figúrate después la cara de tú-estás-gilipollas-o-qué-sal-de-mi-tienda-o-llamo-a-la-poli que te dedicaría.
Acabaron el tema extra y saludaron con la misma confianza asquerosa y falta de ceremoniosidad con la que entraron. De mientras, nos gritaban en francés que nos fuéramos a nuestra puta casa ya y dejáramos de joder, a comerse el pan a otra parte, coño. À la maison, à la maison!, decía Menga Waku mirando a los blancos con desconcierto y esbozando una sonrisa cariñosa.
Hacia el programado final del concierto, los alemanes empezaron a pedir un bis, y Konono Nº 1 accedió a volver a salir al escenario de visible mala gana; ya habían cumplido y no se sentían en ninguna obligación poética ni heroica de sobrepasar aquello para lo que se los contrató. Figúrate primero que le pagas por dos cruasanes al panadero y cuando te los da, comienzas a aplaudirle y a corear para que te dé otro gratis. Figúrate después la cara de tú-estás-gilipollas-o-qué-sal-de-mi-tienda-o-llamo-a-la-poli que te dedicaría.
Acabaron el tema extra y saludaron con la misma confianza asquerosa y falta de ceremoniosidad con la que entraron. De mientras, nos gritaban en francés que nos fuéramos a nuestra puta casa ya y dejáramos de joder, a comerse el pan a otra parte, coño. À la maison, à la maison!, decía Menga Waku mirando a los blancos con desconcierto y esbozando una sonrisa cariñosa.










