29/9/16

FILM: The Rolling Stones Havana Moon: más se perdió en Cuba y vinieron rocanroleando

Los Rolling Stones devuelven el rock & roll a Cuba, sin saber ella lo que es eso.
En la vida sólo hay dos tipos de personas; las que nacieron bajo un huracán de fuego cruzado y las que no pillan lo que acabo de decir. Las segundas probablemente sean o fans de los Beatles o de Serrat, a parte de unos sinsangre afeminados, y no sé qué puñetas hacen leyendo una reseña sobre The Rolling Stones Havana Moon, la película que inmortaliza el histórico-por-razones-extramusicales concierto que Mick Jagger y Cía celebraron el pasado 25 de marzo en el Centro Deportivo de la capital de Cuba. Les recomendaría que se pasaran a otra sobre el documental éste de los Beatles dirigido por Ron Howard, quien normalmente hace historicismo audiovisual para hombres tipo Made in America, pero al que de vez en cuando también le da por mariconadas complacientes de chica TENA Lady. Y el resto que se compre dos pájaros y les pegue un tiro o haga concursos de gárgaras con Oraldine, me da igual. Tan igual como me daba la vida, el lobo ibérico y el deshielo en Groenlandia cuando era joven y crédula, tan forofa que me plantaba frente al número 102 de Edith Grove bajo la lluvia templada de un verano estándar en Londres y contemplaba la fachada tras la que sobrevivían, hace más de 50 años y a dieta de comida robada y LPs de Jimmy Reed, unos chavales con potencial para hacer "cosas que los gobiernos no pueden"... O ese es el cuento que se cuenta ahora Keith Richards a sí mismo y en la peli. Suerte que nadie le presta mucha atención por ser un drogadicto de mierda con dentadura de marfil de mamut criogenizado, como todo el mundo sabe.

Así empieza, con un coloquio de cuatro rocking yayos, alta directiva de la fraternidad más selecta del gran geriátrico imperial que es el rock & roll en 2016. Charlie Watts comenta lo que más le gustó de La Habana; la arquitectura, y sobretodo los coches, la mayor colección de Cadillacs que aún tiran del continente... Al público en la sala de ocho filas de una superficie multicine cuyo nombre es totalmente irrelevante se le escapa la risita, dudo que con intención consciente de pitorrearse de una persona mayor; se comprende perfectamente que mirarlo es ver reflejado en él a tu abuelo dándole al PAM PAM PAM PAM PAM PAM PAM PAM cuando acaba el sitar y comienza la caña en Paint It, Black. A su lado Mick Jagger, cada año más cómodo en el papel de rockero pragmático sin sentimientos, intentando que nos traguemos lo de que desde siempre concibió Midnight Rambler como hito de clase de spinning y no como la ópera rock que Pete Townshend siempre soñó con componer y se le quedó en Tommy (1969). Keith Richards se las arregla para hacer chistes sobre chicas en la primera fila y no perder el encanto. Keith Richards es mejor saliendo airoso de todo que tocando la guitarra, cosa que, de hecho, explica por qué sigue tocando la guitarra en primer lugar. Y Ronnie Wood entre los gemelos brillantes, preparado para aplacar por si a Jagger le da por acordarse de cuando Richards le llamo eunuco o algo por el estilo en su biografía, calladito que ya lleva 41 años de becario y puede ser que en diciembre le hagan fijo.

Las luces se apagaron y la gran pantalla se encendió en el estreno único, exclusivo y mundial del 23 de septiembre (si se es noruego, danés, australiano, neozelandés, brasileño o eslovaco no se forma parte del mundo, por cierto). Aparecieron unas grandes diapositivas de congreso de startups con facts en amarillo, mayúscula y negrita: MILLONES DE KILÓMETROS DE ESCENARIO, TROPECIENTOS MIL AMPLIS, UN MOGOLLÓN DE MULATOS COLGANDO FOCOS, CUATRO ROLLING STONES. Me sentí un poco escéptica, tal cual estuviera en el sofá de casa viendo Megaestructuras en lugar de un megashow de rock. Quise llorar de desubicación, pero no pude, y mi adolescencia se paseó por aquella pantalla, esquivando arrugas en las caras de unos ex-yonkis ex-poetas que ya sólo cantaban bingos, y se esfumó en lo que tarda Keith en arrancar la intro de Jumpin' Jack Flash, que desde 2013 es un rato angustiosamente largo, como un ladrón (con artrosis) en la noche.

El profesor Mick supera esos segundos de vergüenza ajena y se queda exultante, radiante y listo para domar primerizos en una masterclass de aerobic como no la tuvo ni en Copacabana hace 10 años; lanza una pose seductora a la cámara y salta a la pista. Su vestuario es un tanto menos lentejuoso de lo habitual, puede suponerse que con la premeditación de no restregar fastuosidad en exceso por el pequeño jeto comunista de una Cuba que recién abría los ojos a la música no socialista (considerando, por supuesto, a Major Lazer como música socialista). No se puede negar que, a las 73 primaveras, el reiteradamente proclamado por (ejem) su batería "mejor frontman de la historia" sigue dando la talla: sigue corriendo de punta a punta de la pasarela, sigue bailoteando como él solo y sigue flirteando con lo más lozano que exista a 50 metros a la redonda, en éste caso Sasha Allen, que sustituye a Lisa Fischer, el auténtico sexto Stone desde que muriera Ian Stewart y se uniera a la banda para el Steel Wheels Tour

Todo esto pasa, sí, y otra cosa que pasa es el tiempo, que por mucho que a Mick Jagger le conceda la merced de caber en los mismos pantalones que hace más de medio siglo, ya no le insufla las mismas energías para poner tanto eficacia como sensibilidad en cada actuación; por la pura dignidad del espectáculo (que ya tiene bastante con un guitarra rítmico sónicamente negligible mamando de un bote blanco con drogas sospechosas, quién lo iba a decir, por parecer muy de prescripción médica), nuestro héroe 0% materia grasa del micrófono deberá encauzar todo su vigor rockero en la consecución de interpretaciones perfectas en la ejecución pero tremendamente congeladas en el sentimiento, parafraseando a Risto Mejide.

Y tampoco es que Richards sea un completo anécdota visual... Es una pena que la mayoría se siga tomando su trozo de set (You Got the Silver, Before They Make Me Run, que no aparece en el film) como pausa para ir al baño, porque viene siendo lo más auténtico de las dos horas de concierto desde que los Stones se convirtieran en ésta máquina de llenar estadios que son hoy. A parte de eso, ya mejor no sabe/no contesta; le queremos tanto que le perdonamos que se limite casi siempre a ser un posturero barrigón y, todo sea reconocido, nadie posturea como Keef ni continúa teniendo ganas, 40 años más tarde, de seguir asiendo la batuta que orquesta obras a la altura de Exile On Main Street (1972). They cannot fuck with the legacy, que diría Drake. Tampoco nadie facilitaría su errabundismo escénico como la fiabilidad jazzera de Watts o la versatilidad de Woods (por no hablar de su extraordinaria habilidad para ser dos guitarristas a la vez), así que démosle crédito también por saber escoger quién le va a cubrir el culo.

El público cubano se mostró insólitamente apático, y el ser poco reactivo no casa con el talante caribeño pero, por triste y enésima vez en su historia reciente, no tiene la culpa... Pese a un setlist más obvio que un lametazo en la cara (It's Only Rock & Roll, Angie, Honky Tonk Women, Brown SugarYou Can't Always Get What You Want con coro autóctono de turno, Entrevoces) salvo contadas excepciones (¿tocar Out of Control para un país que ha pasado décadas esperando a los Stones? ¿De verdad es la Cuba post-Obama el lugar para ponerse oscurantista y no Hyde Park en 2013, por ejemplo?), sólo los guiris se sabían las letras de las canciones. La generación aborigen que pudo adorarlos en primera persona del presente e inculcar dicho amor a su descendencia se perdió por los aires entre misiles soviéticos. La mística secular del rock clásico en los 1960 y 1970 y su presunto potencial para cambiar el mundo, en consecuencia, no es para Cuba sino un ruidillo incómodo más allá de (I Can't Get No) Satisfaction, igual que la guerra en Siria para Europa Occidental más allá de a cuántos refugiados hayan de acoger en sus polideportivos. En Cuba está el sol, está la luna, está el aire que se respira y están... No, Keith, no te equivoques, están Calle 13, no los Rolling Stones. Sin embargo, allí como en Europa Occidental y en Siria si la justicia divina a la que se encomienda el Papa existiera, se despidieron con Satisfaction y la abrumadora liberación de endorfinas colectiva fue universal y sincronizada con el resto del planeta, lo que, osaría decir, es más mérito de la célebre erudición musical cubana que de la omnipresencia de la Rolling Stones Incorporated.

Además de llenar páginas en el libro Guiness de los récords que continúan y (resignémonos a predecir) continuarán llenando Mick, Keith, Charlie y Ronnie, alguien querrá pensar que Havana Moon es la grabación cinematografizada de algo más significativo que un multitudinario y divertido brindis al sol, ya sea para el desvanecimiento total del comunismo castrista o el apuntalamiento del rock & roll en el siglo XXI. Dejaría en suspense lo primero, pero lo segundo... Ni de broma; igual que para cuando el Reino de España perdió Cuba, el Reino de España ya no ganaba nada, para el día en el que La Habana ganó por fin el rock & roll, el rock & roll ya lo había perdido todo.

The Rolling Stones Havana Moon in Cuba (2016).

I don't claim to own any of the pictures above/ Ninguna de las fotografías anteriores me pertenece.
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