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17/10/16

It's okay to be desperate and alone at the Café Lehmitz























It was the next-to-last night in Hamburg for at least a long while. I was being punctual for the love of God and just when I reached bingöl Döner Kebab Backshop, Sahar texts to say she needs 40 to 45 extra minutes. It was the place I had a muffin for dinner at on the first night I saw the red blue green yellow lights of the Reeperbahn. No good deed goes unpunished.

These days I am wise enough to know that I'd rather let myself be found at Café Lehmitz every single night than all Wednesdays at Thomas Read or anywhere else, but up to that particular day, I was way too afraid of all things that looked like I belonged to. The blues and the bass and the abyss had been luring me since that early March evening but, see: life is easier when you pretend you're into tekkno in Northern Germany 2016. That time around was different, though, because I had 40 to 45 extra minutes and this leaving-town-tomorrow sadness somewhere around the upper body that allows folks to finally be fucking free.

I am not racist, but I would have struggled to see the black gentleman playing guitar hadn't been for his star-spangled banner, boss of the Plains cowboy hat. He was rocking some red facial hair and Jimi Hendrix jacket as well, and flirted with the darkest, most under-aged ladies in the room. He goes by the name of Lord Bishop and leads a band called Lord Bishop Rocks and that's all I want to know for today. I sat right in front of him on the bar and he avoided my camera as much as he could. Guess the admiration is always stronger when never reciprocated.  

On the right side I had a shirtless hero playing air crucifixion and painting portraits of career-dead idols, oil on wood. He was truthful and savage and I was between his wide-open legs. I was grateful and he didn't seem to mind. I could have stayed down there forever but 40 to 45 extra minutes went by and Sahar is never unpunctual twice a day, so I left for the billiard at Silbersackstraße with her and her brother Nader. It's okay to be in love for a short while.



All pictures taken on 22nd July 2016 at Reeperbahn's Café Lehmitz, Hamburg, Germany.

14/9/15

FILM: Amy, they should have been stronger than her

Blake Fielder-Civil y Amy Winehouse, auténticos Romeo y Julieta modernos. Via Tumblr


- Vaya pringada de la vida.
- ¿Cómo que “vaya pringada de la vida”?
- Pues como que fue una pringada.
- ¿Pero en qué sentido lo dices?
- ¿Cómo que en qué sentido?
- ¿Lo dices como con rabia? ¿Te da pena?
- Un poco.
- ¿O como despreciando?
- Mmmh no sé. Como que era una pringada.
- Tú siempre tienes muchos problemas para entender la debilidad humana.
- No.
- Síiii.
- Bueno...
- Lo que yo no entiendo es cómo nadie la ayudó.
- …
- Y la gente que la quería, su familia… No se daban cuenta de hasta qué punto los necesitaba. Del resto se comprende que, un poco hartos ya al final, la pudieran dejar, ¿pero sus padres...? Pobrecita Amy, dependiente era de ellos, no de la coca. No supieron ser más fuertes. Pobrecita.

Mi madre dice muchas cosas al día que hacen que me pregunte por qué está aquí, hablando conmigo, que soy gilipollas, en lugar de estar psicoanalizando a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, como por ejemplo la de Amy Winehouse. Lo pensé, como tantas otras veces, el 30 de julio, al salir de los cines de un centro comercial de cuyo nombre no quiero acordarme, donde habíamos ido a ver Amy (2015), el primer documental oficial sobre la diva-convertida-en-despojo de Londres que en tal día como hoy hubiera cumplido 32 años.


Quizás porque mi modesta inteligencia emocional me ha obligado históricamente a ampararme en el prodigio de la suya, pero intuía que mi Señora Madre había dado con la clave de todo el documental que acabábamos de ver, y con la intriga última de esa gran tragedia ghetto-pop que fue el presto apagarse de Amy Winehouse.

Escuchando posteriormente entrevistas con el director, Asif Kapadia, quien justo empieza a labrarse una original reputación como biógrafo cinematográfico gracias a su debut en el género Senna (2010), acerca de la vida del "mejor piloto de Formula 1 que jamás vivió", alcanzo a identificar mejor la procedencia de los sentimientos avivados por el film. Amy no consiste en la compresión audiovisual de la truncada trayectoria de un portento artístico de la naturaleza; Amy se parece más a ir al cine para ver vídeos caseros de la estúpida y adorable de tu hermana que, presentada ante las dos opciones, hubiese preferido ser camarera sobre ruedas a estrella sobre alfombra roja. Amy no es un proyecto interesado en cosechar compasiones hacia los tan frecuentemente ensimismados   traumas del artista creador, sino en despertar sentimientos redentores de culpa y frustración por habernos limitado a mirar mientras nuestra resplandeciente y delicada hermanita del norte de Londres cruzaba la Avenida Principal de la Fama sola y con un aparatoso moño cardado a base de dos décadas de inseguridades. Amy no pretende echarle la culpa a nadie, nada más lejos; sencillamente nos muestra la verdad, sin conservantes, colorantes ni papel cuché, sobre la belleza de lo que hemos dejado pasar mientras estábamos demasiado ocupados contribuyendo al circo romano 2.0 que acabó por matar a la primera leyenda pop del siglo XXI. No pretende echar la culpa a nadie, no, pero termina por echársela a todo el mundo, y si no se halla forma mejor de traducir verbalmente el remordimiento particular, se sueltan cosas tan poco acertadas como "vaya pringada de la vida".

Llegamos a casa, le doy al YouTube y pongo Rehab antes de quitarme los zapatos y mientras me desmaquillo. Me alegro de no haberme rediseñado los ojos esa noche, como hacía sin excepción Amy cada mañana, su cat eye de brocha gorda en lugar de un desayuno de campeones. Perfectamente pueden hacer ocho años desde la última vez que la escucho. Sigue pegando en el estómago y elevando la moral como la primera vez, ahora encima con el intensificador emocional de la melancolía añadido. Explicaba una sonriente y (todavía) no muy desgastada Amy a principios de película que jamás podría escribir sobre algo que no fuera personal, sucesos que no hubiese vivido, pues sería incapaz de contar bien la historia. Y allí estaba ella en la estrofa final, confesándose con su arte mientras yo me lavaba la cara y los demás se empeñaban en enjaularla en cárceles de oro con enfermeras por celadores:

            I don’t never wanna drink again,                     No quiero beber nunca más,
            I just, uhhh, I just need a friend.                      Sólo necesito un amigo.
            I’m not gonna spend ten weeks,                     No voy a invertir diez semanas,
            Have everyone think I’m on the mend.           Para que todo el mundo vea cómo me recupero.
            And it’s not just my pride,                               Y no es sólo por orgullo,                                
            It’s just til these tears have dried.                   Será sólo hasta que se sequen estas lágrimas.

De entre las varias hazañas que el documental puede atribuirse se halla, un poco agridulcemente, la de "redescubrir", como si el mundo hasta julio pasado hubiera sido sordo y/o analfabeto, el virtuosismo no sólo vocal, sino sobretodo letrístico de Winehouse. Porque las historias narradas en sus canciones constituyen el mejor testimonio escrito, contado en procesión cronológica y hasta el detalle más escatológico, de su paso por la Tierra, y así son muy acertadamente utilizadas en el transcurso del largo, como un perfecto y conmovedor hilo conductor fantasmal

Con qué entrega se enamora y desenamora hasta el asco que le tiene a la peña que siempre pide hierba y nunca trae, pasando por el origen de todos los tormentos que trata de aplacar a través del autodestructivo consumo de muchas y variadas sustancias clase A, B, C o Z: compañía, desinteresada y genuina compañía. Recordé entonces una TED Talk, grabada en junio de este año, sobre la percepción tanto popular como científica e institucional de la auténtica naturaleza de la drogadicción. Johann Hari, un reconocido periodista británico, señala en una muy personalmente sentida charla a las circunstancias ambientales, sociales y afectivas del individuo como potentes detonantes de dependencia estupefaciente, muy por encima de la predisposición genética o de los efectos biológicos de un gancho químico. “Lo contrario de adicción no es sobriedad. Lo contrario de adicción es conexión”, afirmaba al final de su exposición. Y ahí estaba nuestra Amy de siempre en la letra de Rehab, explicando con precisión, en el más precioso grito desesperado y melismático, cuál era su problema, lo que necesitaba de nosotros. Pero daba mucho más morbo especular la mañana después de los Grammy acerca de cuántas jeringuillas repletitas de heroína le cabían en el tocado; definitivamente, era mucho más divertido eso que reconocer su fragilidad y tratarla, en palabras de ella misma, como a "una chica normal que, casualmente, canta". Ay, Amy, ¡si solo cantaras...! Muchas lágrimas secas derramadas en tu honor sobre tantas mejillas, para ser sólo una chica que canta...



Amy Winehouse fue un arcángel anoréxico-judío perteneciente al Tercer Coro Celestial, enviado por Dios desde Lo Más Alto hasta Southgate, Londres, con una madre desnaturalizada, un padre oportunista, locamente enamorada de una pobre criatura heroinómana, tan recónditamente herida en su delicado interior como ella misma, y ofendidos ambos por el zafio despotismo de este mundo moderno con un dolor tal y tan intenso que acabaron por unirse mediante el vínculo fatal, inquebrantable e invisible que, finalmente, truncó la misión providencial por la que Amy había sido puesta en la Tierra: salvar al planeta de las mercedes de Dido y la ropa holgada. 

Ojalá todas estas mierdas amarillístico-épicas que cuentan los tabloides fueran ciertas y la película estuviera escrita y dirigida por Pedro Almodóvar, pero no. La pura verdad es que Amy Winehouse, por mucho que necesitemos que nos saque de nuestras prosaicas y monótonas existencias con capítulos descontextualizados y plagados de jeringuillas, sangre y triple sujetador, no era sino una muchacha que, como tú, como yo y como tu primo, tomó unas cuantas malas decisiones en su vida. La única diferencia entre Amy Winehouse y una inmensa mayoría de la gente es que una inmensa mayoría de la gente no posee el talento descomunal y extremadamente insólito para tocar el alma de las personas. De Amy aprendí cosas tan trascendentales como que a las grandes del jazz también les salen espinillas en la barbilla o lo que es el Tanqueray, y ni eso puede compararse siquiera al valor de todo lo que me enseñó acerca de la clásica y tirante relación filosófica entre el talento y la humanidad

La creciente secularización de las sociedades desarrolladas, particularmente durante este y el pasado siglo, ha dejado en el ateo y el agnóstico urbanos un vacío espiritual que, aunque su presuntuosa pseudo-superioridad moral le haga creer inexistente, necesita ser rellenado en forma de Elvis Presley, Nelson Mandela, Hannah Montana o cualquier otra figura remotamente antropomórfica que salga por la tele y parezca desprender luz propia, ni que sea procedente de un foco que le ponen por detrás. Estos dioses paganos de la edad tecnológica son los primeros observable y conocidamente mortales de la historia, y aun así se les sigue atribuyendo cualidades sobrenaturales y desproveiéndolos de la faceta errante que define la experiencia humana. Algunos se lo toman bien, y todo, y asumen con gusto las cargas y privilegios inherentes al puesto en el Olimpo terrenal de la celebridad y el dinero, ganados al nacer por poseer una habilidad concreta superior a la de la media. A otros menos narcisistas y admitidamente no interesados en la fama como Winehouse, se les cubre la cabeza con coronas que no saben llevar grácilmente y se les somete al escarnio público por el mero de hecho de ser vulnerables a las necesidades y debilidades consustanciales a nuestra especie.

Amy logra con elegantísimo y cándido éxito mostrar ante el gran público a la verdadera Amy Winehouse, el ser entrañable que conocían los que realmente la conocieron, fuera y dentro del podrido mundo del espectáculo que la exprimió durante siete años hasta dejarla literalmente seca. También, aunque quizás no para cualquiera, consigue dar respuesta al mayor interrogante de su corta biografía; el porqué de su abrupta y autoinfligida combustión. La obviedad con la que el documental enseña que la fama, con el mundo entero por cómplice, cometió homicidio imprudente contra Amy Winehouse es brutal y vergonzante. Pero, paralelamente, Amy formula, de forma involuntaria, una pregunta aún mayor, muy superior al enjuto cuerpo de una cantante de jazz blanca y casi tan profunda como su desmedida voz de color; ¿ha de sentirse el individuo dotado de un determinado talento forzosa y moralmente obligado a explotarlo, compartirlo o a garantizar el deleite colectivo derivado del mismo a expensas de sus propias ambiciones personales menos pretenciosas, de querer llevar un estilo de vida regular, para algunos incluso considerado mediocre? Si una chica canta como Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Nina Simone y Wanda Jackson combinadas, escribe como Carole King y Gerry Goffin pero lo que realmente quiere de la vida es servir cafés montada en patines y tocar de vez en cuando para cuatro mataos en un bareto, ¿hemos de impedírselo por todos los medios posibles, por el bien y en el nombre de la sublimidad en el arte y la cultura planetarios, a pesar de que ello pueda condenarla a una existencia desdichada y tormentosa, tal vez conducirla a la muerte prematura? Recordando lo que vi en el documental, me siento en el deber ético de decir que no, y así y todo, egoísta y desprovista de teología que me guíe, no sé si me hubiera gustado tanto vivir sin Amy Winehouse metida en el iPod, para cuando necesitara saber lo que se siente al ser una veinteañera nostálgica del norte de Londres.

Amy (2015) póster. Via Sound Colour Vibration
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6/8/15

MUSIC: Kali Uchis, corazón de poeta Por Vida

Por Vida (2015), de Kali Uchis. Descarga gratuita desde kaliuchis.com. Via RWD Mag






Un día, en febrero de éste año, estaba yo felizmente desperdiciando mis vacaciones de invierno en Facebook cuando apareció en la sección de notícias un post de Tyler, the Creator. Tal y como se cita a continuación, íntegramente en letras mayúsculas pero en inglés afroamericano mal escrito, dicho post contaba (o gritaba, más bien) lo siguiente:

"RECUERDO A TACO A PRINCIPIOS DEL AÑO PASADO ESCUCHANDO UNA CANCIÓN QUE ME RECORDABA A LA MÚSICA DE FINALES DE LOS 60S/PRINCIPIOS DE LOS 70S QUE ME SUELE GUSTAR… ERA RARO PORQUE A TACO NO LE VAN ESE TIPO DE COSAS. ENTONCES ME DICE QUE SE TRATA DE UNA CHICA, KALI UCHIS, DE COLOMBIA, QUE TIENE NUESTRA MISMA EDAD. EN AQUEL MOMENTO PENSÉ “OMG BITCH, WHAT!” LLEVO TANTO TIEMPO INTENTANDO ENCONTRAR A UNA CHICA CON LA QUE PODER HACER MÚSICA. LA KELIS DE PHARRELL, LA PHYLLIS HYMAN DE NORMAN CONNORS, LA NELLY FURTADO DE TIMBALAND, LA SYREETA DE STEVIE WONDER. EN RESUMEN, QUEDAMOS CUANDO VINO A LOS ANGELES Y HA SIDO MAGIA DESDE ENTONCES. ENCONTRAR A ALGUIEN QUE CREA EN TUS IDEAS, Y QUE ADEMÁS TÚ CREAS EN LAS SUYAS, ES COMO UNA UNIÓN FABRICADA EN LO QUE SEA QUE CONSIDERES EL CIELO. SACÁBAMOS CANCIONES TAN RÁPIDO, PERO HABÍA CALIDAD EN ELLAS. MI TRABAJO CON LOS ACORDES ESTABA MEJORANDO, Y FUNCIONABA A LA PERFECCIÓN CON SU SENTIDO DE LA MELODÍA Y SU VOZ. AYER LANZÓ SU ÁLBUM POR VIDA (2015) Y TÍO, ESCUCHÁNDOLO EN EL COCHE LO SENTÍ. ESTABA FRANCAMENTE CONTENTO POR ELLA, Y RECIBÍ MENSAJES DE PERSONAS QUE NO ESCUCHAN ESTE ESTILO DE MÚSICA DICIÉNDOME “YO MAN ES MUY BUENA” O “BUEN TRABAJO”. PRODUJE CALL ME, BUSCANDO ESE TOQUE SESENTERO QUE ME ENCANTA Y DESEANDO HABER TENIDO A LOS PEDDLERS O A LOS STRAWBERRY ALARM CLOCK PARA AÑADIR COROS EXTRA. Y TAMBIÉN INTERVINE EN SPEED, QUE FUE LA PRIMERA CANCIÓN QUE HICIMOS. SÓLO TENÍA EL PUENTE Y LA MELODÍA CUANDO ELLA APARECIÓ. FUE GRACIOSO ESCRIBIR “CRASH BOY” EN LA LETRA Y ESO, PERO TENÍA TANTAS GANAS DE HACERLO, PORQUE SIEMPRE HE QUERIDO COMPONER MÚSICA PARA UNA VOZ FEMENINA… TRABAJAMOS EN ELLA Y KALI ESCRIBIÓ SUS VERSOS Y BLA BLA BLÁ. RESULTÓ SER UNA CANCIÓN FUERTE, ESA 808 QUE HACE QUE EL PERSONAL TE PIDA QUE REBOBINES. EL PROYECTO EN GENERAL ES TAAAAN BUENO. ESTOY TAAAAN ORGULLOSO DE ELLA, HACE LO QUE QUIERE Y NO INTENTA FORZAR UN SONIDO QUE VAYA A GUSTAR A LA GENTE, CREA MÚSICA DES DEL CORAZÓN, Y ESO ME RECUERDA A MÍ MISMO. NO SERÁ LO ÚLTIMO QUE HAGAMOS JUNTOS MUSICALMENTE HABLANDO, ASÍ QUE SI TENÉIS LA OPORTUNIDAD, ECHADLE UN VISTAZO AL COMIENZO DE LO QUE SEA QUE VAYA A SER ESTO. TE QUIERO KALI, ¡GRACIAS POR APARECER EN MI VIDA EN EL MOMENTO ADECUADO, NIGGA!" 
- Tyler, the Creator

Y gracias a ti también, Ty, por hacerla aparecer en la mía y, como se intuye por las secciones de comentarios de sus vídeos en YouTube ("Tyler me trajo aquí"), en la de muchos de tus admiradores, seguidores, forofos, feligreses y otros grados de fanatismo más patológicos que llevan a la peña a lanzar amenazas de muerte contra feministas australianas que no quieren negritos malhablados como tú en su país.

La puedes llamar Queen La Chiefa, como dice en Good To You, tema que abre su hipnótico y desvergonzado primer mixtape Drunken Babble (2012), o la puedes llamar simplemente Kali Uchis, que es un nombre casi tan dabuti como ella misma. Nacida en Virginia, EEUU vía Risaralda, Colombia, su padre es baptista, su abuela exorcista, posee un sexto, séptimo y octavo sentido para combinar complementos y estoy prácticamente convencida de que es uno de los seres engendradores de belleza más completos y especiales que Mamá Naturaleza ha dado en las últimas temporadas. Su lema inspiracional es Libertad, Amor, Muerte y Dios, y afirma en otra de sus canciones que besarle el culo da suerte. Yo lo probaría.

Fotografía original de Jabari Jacobs. Via Jabari Jacobs
Aunque es cierto que no pensé así des del principio; al primer contacto, debo admitir, no me impresionó demasiado, tal y como, un poco prejuiciosamente por mi parte, no logran captar mi atención una inmensa mayoría de hermanas en el mundo de la música. Por prejuicio o, como quiero y me inclino a creer, por herencia cultural, dado que estaremos de acuerdo en que la canción popular dejó hace siglos de ser un formato de expresión artística rígido, así como que, a pesar incluso de ello, su principal razón de ser no ha variado notablemente desde tiempos de trovadores y juglares: el amor romántico. 

Sumida en una tesitura en la que, por suerte o por desgracia, me identifico como mujer heterosexual, los encantos intelectuales femeninos simplemente no me seducen más allá de la puntual empatía (Beyoncé), envidia sana (Beyoncé), admiración (Beyoncé) o, evidentemente, en el caso de que se sea la puta ama, pues sí, sincera devoción (Bessie Smith, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Aretha Franklin, Mavis Staples, Patsy Cline, Loretta Lynn, Janis Joplin, Lauryn Hill, Erykah Badu, Amy Winehouse, IVY QUEEN...). Cuando me serenatean, sin embargo, Robert Johnson o Howlin' Wolf, Dylan o Bunbury, Clapton o Hendrix, A$AP Rocky o Frank Ocean, pero sobretodo cuando lo hace Mick Jagger, me invade la sensación de que he mantenido relaciones íntimas con todos esos hombres, y de que ninguno de ellos es capaz de superar lo nuestro. Es sencillamente imposible que yo sea tan egocéntrica; algo debe de influir el hecho de que las canciones, desde tiempos de Platón, se escriben por lo mismo por lo que existe la marca de desodorante masculino AXE: para ligar.

A lo anterior se suma una incapacidad particularista para identificarme con la pasividad, la discreción o la languidez, atributos que han sido tradicionalmente asociados a la personalidad artística femenina con, por supuesto, colosales excepciones (IVY QUEEN). Con el debido respeto, Joan Baezs, Joni Mitchells del mundo, me parecéis el tipo de tía que se pincha en la yema de un dedo y, con lo que chorrea, llena un vaso largo de horchata para merendar con fartóns. Aprovecho igualmente la ocasión para mandar un mensaje a Russian Red: no sé dónde andas últimamente pero, por favor, NO. VUELVAS. NUNCA.

Como vengo haciendo desde que lo conozco, deposito mi fe ciega en el criterio de Tyler, the Creator y me dispongo a inveritir unos minutos de mi vida en enterarme de lo que hace ésta pava. Doy al play en el teaser de su último EP Por Vida (2015), y después en el videoclip de Know What I Want, su primer sencillo:

Metralletas y maletines en una habitación rosa. Planchar billetes. Figuritas de porcelana encima de la tele. Sandalias con pompones. Paseo bucólico en bicicleta y estilismo Detroit años 1960. Reebok Classic. Huh...



Tiene a un negro con ojos azules secuestrado en la bañera. Botas go-go. Jeanette sonando en el estéreo. Humo rosa. Raíces oscuras. Decadentes pendientes lámpara con perlas. Tiene a un negro con ojos azules secuestrado en la bañera

Huh...

Fotografía original de Bella Howard, 2015. Via noisey

























OMG BITCH, WHAT!

Llevaba probablemente desde que éste gusano de la melomanía me picó en la pubertad esperando a que una chica me mostrara de lo que seríamos musicalmente capaces si invirtiéramos todo el tiempo que dedicamos a llorar por tíos en nosotras mismas, básicamente a adorar las gónadas que compartimos en lugar de aquellas que extrañamos. De pronto se hizo Kali, y aterrizó en este planeta gris del auto-tune grabando mixtapes y editando vídeos independientemente sin haber cumplido ni la veintena, intentando hacer de la vida algo literalmente más rosa, aunque sin poder evitar permanecer a la defensiva ante un mundo que considera intrínsecamente oscuro y desalmado, creando así el inquietante contraste de personalidad que la define, una mezcla entre su endulzado imaginario y una actitud flagrantemente cáustica y socarrona.

Autoproclamada outsider (marginada), Loner (solitaria) y su own hustler (su propia jefa), es estandarte y pionera como pocos en mi generación (junto a su cómplice Tyler, the Creator, Earl Sweatshirt o Vince Staples, entre otros) de los Juan Palomo de la era Internet: yo me lo guiso yo me lo como, con un poco de ayuda de Tumblr. La han coronado sin demasiado rigor como "la Amy Winehouse de la costa oeste", y ni siquiera me voy a molestar en rebatir una afirmación que se desmorona antes incluso de poder ser formulada; pese a evidentes similitudes que, en el fondo, no superan la categoría de anecdota (reverencian estética y sonoramente géneros comunes y épocas pasadas próximas entre ellas, hacen excelente uso del poder de la imagen y de un ingenio natural para la moda, en el caso de Amy de un modo claramente fortuito, contrariamente al de Kali), sus identidades son opuestos perfectos: Winehouse era agresividad, desparpajo, convicción e inconvencionalismo por fuera, y también un pozo sin fondo de vulnerabilidad por dentro. Uchis es exactamente lo contrario, y aunque dicho hecho la convierte en un personaje menos cinematográfico y compadecible, hace de ella un modelo al que aspirar infinitamente más sustancial.

Tampoco hay que subestimar su potencial mitificable, por otro lado; estamos hablando de una muchacha que, con 22 años recién cumplidos y en pleno siglo XXI, aboga por la fe en los actos (y no en los actos de fe), ha dormido temporadas en coches, lleva en el brazo tatuada la firma del pasaporte que utilizó su padre cuando llegó a Estados Unidos y solía marcar en su piel el final de cada gran acontecimiento vital. ¿Existe algo más cliché, más romántico y más subversivo al mismo tiempo?

OWNED, o como se dice en latino, ASÍ QUE CÁLMALA. Por Jabari Jacobs. Via Kali Uchis Tumblr
Define su sonido como "low-rider soul", y el término científico no podía ser más preciso; apela al alma, pero en una moda un tanto elemental, un pelín barriobajera, a veces (Mucho Gusto), exaltando las bajas pasiones del espíritu, como si ese fuera un concepto si acaso razonable. La suya es música que hipnotiza sin ser invasiva, con cierta cualidad de discreción terriblemente misteriosa. Donde la Motown o la Stax, a las que a veces guiña el ojo (Sunset), se meterían en tu casa sin preguntar, la música que hace Kali te recita poemas desde debajo de tu ventana, y si te gusta lo que oyes la invitas a entrar, y si no, se irá a lanzar piedras a otro balcón. Es tan orgullosa...

La prensa que ya ha comenzado a prestarle atención (y a no querer perderla de vista) se deshace alabando sus sedimentadas raíces y la apología que realiza su obra a aquello de que "todo tiempo pasado fue mejor". Es innegable que las décadas de los cincuenta y, sobretodo, los sesenta resuenan en cada uno de sus actos y juegan un papel notable a la hora de definir determinados aspectos de su persona. Como ella defiende, y es indudablemente cierto, los 1960s fueron tiempos de una libertad moral y creativa sin precedentes históricos, y por ello se intuye que de ninguna manera es la primera ni será la última en cimentar su producto en la herencia de aquellos maravillosos y alejados años.

Sin embargo, los periodistas creen ver más muertos de los cincuenta en Drunken Babble (Pay Day) y más de los sesenta en Por Vida (Call Me), cuando, en la vida real, lo único que ven sin darse cuenta son los estragos de ambas décadas en los años 1990s, la auténtica fuente de inspiración y Santo Grial cronológico de todo lo que Kali Uchis simboliza. Sin desestimar, ni de lejos, su propio carácter, los noventa, de facto, mecieron, me atrevería a decir, el primer reciclaje cultural de la historia de la humanidad, la creación del revival y de la nostalgia como motivo de conexión social y filosofía de tribu urbana o, como mínimo, la primera vez que un sentimiento de añoranza por el pasado no vivido se extendía, se hacía mainstream y era comercialmente aprovechable para Walmart y corporaciones de ese rollo. Oasis con los Beatles, Primal Scream con los Rolling Stones, el renacimiento de los Doors gracias al film de Oliver Stone, el planeta convertido en un desfile gigantesco de Carnaval donde todo el mundo va disfrazado de hippie sexy, Deee-Lite, Austin Powers... Los noventa fueron, especialmente en términos visuales, un rediseño con poco presupuesto de los sesenta, con el que todo parecía igual pero en cutre y, a la vez, más divertido. En definitva, una caricatura, una parodia bien intencionada pero deficiente de la década más prodigiosa del pasado siglo. Y de aquí es de donde procede la mayor proporción de influencia sesentera de Uchis, salvo puntuales pasajes de conexión directa y sin interferencias made in the 1990s. Paralelamente, obtiene algunas de sus perlas más relucientes cuando deja convivir dichos referentes con la cercanía emotiva de los noventa, y sus canciones, así como los clips que las acompañan, se transforman en extravagantes capítulos de Lizzie McGuire, versión chicana y católica no practicante:


Kali Uchis es capaz de hacerte entrar en trance, si quiere, como se demuestra en el vídeo anterior. What They Say y Table for Two ponen de manifiesto su finura y buen gusto para componer bases. Su forma de moverse, además, es singularmente atractiva (estoy segura de que no soy de las únicas que se ha quedado embelesada observándola interpretar Never Be Yours), y en su voz oigo la sombra de las mejores y más cool, aquella Astrud Gilberto y aquella Jeanette a las que adora, que dejaban fluir su cantar sin poner trabas a las sílabas, sin flexionar la garganta para sobresaltar y entretener innecesariamente, cada palabra pronunciada con cuidado de no romperse, con una suavidad celestial. Que sean latinas no significa que hayan de llevar el poderío hasta las últimas consecuencias. No todas van a ser IVY QUEEN...

Como dijimos, Uchis está lejos de ser un espectáculo de nostalgia químicamente pura, y es cuando tensa esa relación entre pasado (tanto el de hace 20 años como el de hace 50) y presente que le surgen cosas que ponen a temblar los pilares artísticos de futuro, apuntalando la ideología (introducida al gran público por gente como Kanye West) de que la originalidad y la innovación artística contemporáneas pasan por la reutilización y la reinterpretación de la tradición. Ejemplo perfecto de ellos es Por Vida, EP que se podría resumir en tres estadios: esqueleto 1990s, cuerpo 1960s y acabados 2010s. A diferencia de Drunken Babble (una composición, dirección y producción 100% Uchis), para éste trabajo ha contado con la ayuda altruista de Tyler, the Creator (Call Me, Speed, su mano negra se ve a kilómetros de distancia, particularmente en la segunda), BADBADNOTGOOD o Kaytranada (Rush, con videoclip de ensueño dirigido por ella e inspirado en Quentin Tarantino y otras paranoias hippies). Fuera de lo obvio, resaltaría la capacidad de incitación al movimiento y el sosegado girl power que evoca Ridin Round, uno de mis temas favoritos, así como la sobrecogedora historia de Loner, para la que Kali se deja descubrir como una solitaria a la que alguien consiguió romper el corazón bajo tantas corazas.

Con su actitud de chola-convertida-en-diva-de-suburbio, jamás habría adivinado que se amagaría un ápice de humildad tras Por Vida. Se nota que posee aspiraciones muy ambiciosas, aunque sus métodos para alcanzarlas se aparecen como increíblemente poco pretenciosos, para mi maravillada sorpresa. Éste es un pequeño paso para Kali Uchis que, algún día, más pronto que tarde, estoy convencida de ello, formará parte de un gran paso para su carrera y la de la historia de las mujeres artistas.

Pero sobretodo, no la atosiguemos, ya llegará cuando tenga que llegar. Por mucho que nos extrañe y nos cueste comprenderla, ella cree en su tiempo adecuado, sus maneras y sus motivos para obrar. Y así me gusta a mí que sea/ Que tenga el corazón de poeta.

Via The White Noise
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