14/9/15

FILM: Amy, they should have been stronger than her

Blake Fielder-Civil y Amy Winehouse, auténticos Romeo y Julieta modernos. Via Tumblr


- Vaya pringada de la vida.
- ¿Cómo que “vaya pringada de la vida”?
- Pues como que fue una pringada.
- ¿Pero en qué sentido lo dices?
- ¿Cómo que en qué sentido?
- ¿Lo dices como con rabia? ¿Te da pena?
- Un poco.
- ¿O como despreciando?
- Mmmh no sé. Como que era una pringada.
- Tú siempre tienes muchos problemas para entender la debilidad humana.
- No.
- Síiii.
- Bueno...
- Lo que yo no entiendo es cómo nadie la ayudó.
- …
- Y la gente que la quería, su familia… No se daban cuenta de hasta qué punto los necesitaba. Del resto se comprende que, un poco hartos ya al final, la pudieran dejar, ¿pero sus padres...? Pobrecita Amy, dependiente era de ellos, no de la coca. No supieron ser más fuertes. Pobrecita.

Mi madre dice muchas cosas al día que hacen que me pregunte por qué está aquí, hablando conmigo, que soy gilipollas, en lugar de estar psicoanalizando a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, como por ejemplo la de Amy Winehouse. Lo pensé, como tantas otras veces, el 30 de julio, al salir de los cines de un centro comercial de cuyo nombre no quiero acordarme, donde habíamos ido a ver Amy (2015), el primer documental oficial sobre la diva-convertida-en-despojo de Londres que en tal día como hoy hubiera cumplido 32 años.


Quizás porque mi modesta inteligencia emocional me ha obligado históricamente a ampararme en el prodigio de la suya, pero intuía que mi Señora Madre había dado con la clave de todo el documental que acabábamos de ver, y con la intriga última de esa gran tragedia ghetto-pop que fue el presto apagarse de Amy Winehouse.

Escuchando posteriormente entrevistas con el director, Asif Kapadia, quien justo empieza a labrarse una original reputación como biógrafo cinematográfico gracias a su debut en el género Senna (2010), acerca de la vida del "mejor piloto de Formula 1 que jamás vivió", alcanzo a identificar mejor la procedencia de los sentimientos avivados por el film. Amy no consiste en la compresión audiovisual de la truncada trayectoria de un portento artístico de la naturaleza; Amy se parece más a ir al cine para ver vídeos caseros de la estúpida y adorable de tu hermana que, presentada ante las dos opciones, hubiese preferido ser camarera sobre ruedas a estrella sobre alfombra roja. Amy no es un proyecto interesado en cosechar compasiones hacia los tan frecuentemente ensimismados   traumas del artista creador, sino en despertar sentimientos redentores de culpa y frustración por habernos limitado a mirar mientras nuestra resplandeciente y delicada hermanita del norte de Londres cruzaba la Avenida Principal de la Fama sola y con un aparatoso moño cardado a base de dos décadas de inseguridades. Amy no pretende echarle la culpa a nadie, nada más lejos; sencillamente nos muestra la verdad, sin conservantes, colorantes ni papel cuché, sobre la belleza de lo que hemos dejado pasar mientras estábamos demasiado ocupados contribuyendo al circo romano 2.0 que acabó por matar a la primera leyenda pop del siglo XXI. No pretende echar la culpa a nadie, no, pero termina por echársela a todo el mundo, y si no se halla forma mejor de traducir verbalmente el remordimiento particular, se sueltan cosas tan poco acertadas como "vaya pringada de la vida".

Llegamos a casa, le doy al YouTube y pongo Rehab antes de quitarme los zapatos y mientras me desmaquillo. Me alegro de no haberme rediseñado los ojos esa noche, como hacía sin excepción Amy cada mañana, su cat eye de brocha gorda en lugar de un desayuno de campeones. Perfectamente pueden hacer ocho años desde la última vez que la escucho. Sigue pegando en el estómago y elevando la moral como la primera vez, ahora encima con el intensificador emocional de la melancolía añadido. Explicaba una sonriente y (todavía) no muy desgastada Amy a principios de película que jamás podría escribir sobre algo que no fuera personal, sucesos que no hubiese vivido, pues sería incapaz de contar bien la historia. Y allí estaba ella en la estrofa final, confesándose con su arte mientras yo me lavaba la cara y los demás se empeñaban en enjaularla en cárceles de oro con enfermeras por celadores:

            I don’t never wanna drink again,                     No quiero beber nunca más,
            I just, uhhh, I just need a friend.                      Sólo necesito un amigo.
            I’m not gonna spend ten weeks,                     No voy a invertir diez semanas,
            Have everyone think I’m on the mend.           Para que todo el mundo vea cómo me recupero.
            And it’s not just my pride,                               Y no es sólo por orgullo,                                
            It’s just til these tears have dried.                   Será sólo hasta que se sequen estas lágrimas.

De entre las varias hazañas que el documental puede atribuirse se halla, un poco agridulcemente, la de "redescubrir", como si el mundo hasta julio pasado hubiera sido sordo y/o analfabeto, el virtuosismo no sólo vocal, sino sobretodo letrístico de Winehouse. Porque las historias narradas en sus canciones constituyen el mejor testimonio escrito, contado en procesión cronológica y hasta el detalle más escatológico, de su paso por la Tierra, y así son muy acertadamente utilizadas en el transcurso del largo, como un perfecto y conmovedor hilo conductor fantasmal

Con qué entrega se enamora y desenamora hasta el asco que le tiene a la peña que siempre pide hierba y nunca trae, pasando por el origen de todos los tormentos que trata de aplacar a través del autodestructivo consumo de muchas y variadas sustancias clase A, B, C o Z: compañía, desinteresada y genuina compañía. Recordé entonces una TED Talk, grabada en junio de este año, sobre la percepción tanto popular como científica e institucional de la auténtica naturaleza de la drogadicción. Johann Hari, un reconocido periodista británico, señala en una muy personalmente sentida charla a las circunstancias ambientales, sociales y afectivas del individuo como potentes detonantes de dependencia estupefaciente, muy por encima de la predisposición genética o de los efectos biológicos de un gancho químico. “Lo contrario de adicción no es sobriedad. Lo contrario de adicción es conexión”, afirmaba al final de su exposición. Y ahí estaba nuestra Amy de siempre en la letra de Rehab, explicando con precisión, en el más precioso grito desesperado y melismático, cuál era su problema, lo que necesitaba de nosotros. Pero daba mucho más morbo especular la mañana después de los Grammy acerca de cuántas jeringuillas repletitas de heroína le cabían en el tocado; definitivamente, era mucho más divertido eso que reconocer su fragilidad y tratarla, en palabras de ella misma, como a "una chica normal que, casualmente, canta". Ay, Amy, ¡si solo cantaras...! Muchas lágrimas secas derramadas en tu honor sobre tantas mejillas, para ser sólo una chica que canta...



Amy Winehouse fue un arcángel anoréxico-judío perteneciente al Tercer Coro Celestial, enviado por Dios desde Lo Más Alto hasta Southgate, Londres, con una madre desnaturalizada, un padre oportunista, locamente enamorada de una pobre criatura heroinómana, tan recónditamente herida en su delicado interior como ella misma, y ofendidos ambos por el zafio despotismo de este mundo moderno con un dolor tal y tan intenso que acabaron por unirse mediante el vínculo fatal, inquebrantable e invisible que, finalmente, truncó la misión providencial por la que Amy había sido puesta en la Tierra: salvar al planeta de las mercedes de Dido y la ropa holgada. 

Ojalá todas estas mierdas amarillístico-épicas que cuentan los tabloides fueran ciertas y la película estuviera escrita y dirigida por Pedro Almodóvar, pero no. La pura verdad es que Amy Winehouse, por mucho que necesitemos que nos saque de nuestras prosaicas y monótonas existencias con capítulos descontextualizados y plagados de jeringuillas, sangre y triple sujetador, no era sino una muchacha que, como tú, como yo y como tu primo, tomó unas cuantas malas decisiones en su vida. La única diferencia entre Amy Winehouse y una inmensa mayoría de la gente es que una inmensa mayoría de la gente no posee el talento descomunal y extremadamente insólito para tocar el alma de las personas. De Amy aprendí cosas tan trascendentales como que a las grandes del jazz también les salen espinillas en la barbilla o lo que es el Tanqueray, y ni eso puede compararse siquiera al valor de todo lo que me enseñó acerca de la clásica y tirante relación filosófica entre el talento y la humanidad

La creciente secularización de las sociedades desarrolladas, particularmente durante este y el pasado siglo, ha dejado en el ateo y el agnóstico urbanos un vacío espiritual que, aunque su presuntuosa pseudo-superioridad moral le haga creer inexistente, necesita ser rellenado en forma de Elvis Presley, Nelson Mandela, Hannah Montana o cualquier otra figura remotamente antropomórfica que salga por la tele y parezca desprender luz propia, ni que sea procedente de un foco que le ponen por detrás. Estos dioses paganos de la edad tecnológica son los primeros observable y conocidamente mortales de la historia, y aun así se les sigue atribuyendo cualidades sobrenaturales y desproveiéndolos de la faceta errante que define la experiencia humana. Algunos se lo toman bien, y todo, y asumen con gusto las cargas y privilegios inherentes al puesto en el Olimpo terrenal de la celebridad y el dinero, ganados al nacer por poseer una habilidad concreta superior a la de la media. A otros menos narcisistas y admitidamente no interesados en la fama como Winehouse, se les cubre la cabeza con coronas que no saben llevar grácilmente y se les somete al escarnio público por el mero de hecho de ser vulnerables a las necesidades y debilidades consustanciales a nuestra especie.

Amy logra con elegantísimo y cándido éxito mostrar ante el gran público a la verdadera Amy Winehouse, el ser entrañable que conocían los que realmente la conocieron, fuera y dentro del podrido mundo del espectáculo que la exprimió durante siete años hasta dejarla literalmente seca. También, aunque quizás no para cualquiera, consigue dar respuesta al mayor interrogante de su corta biografía; el porqué de su abrupta y autoinfligida combustión. La obviedad con la que el documental enseña que la fama, con el mundo entero por cómplice, cometió homicidio imprudente contra Amy Winehouse es brutal y vergonzante. Pero, paralelamente, Amy formula, de forma involuntaria, una pregunta aún mayor, muy superior al enjuto cuerpo de una cantante de jazz blanca y casi tan profunda como su desmedida voz de color; ¿ha de sentirse el individuo dotado de un determinado talento forzosa y moralmente obligado a explotarlo, compartirlo o a garantizar el deleite colectivo derivado del mismo a expensas de sus propias ambiciones personales menos pretenciosas, de querer llevar un estilo de vida regular, para algunos incluso considerado mediocre? Si una chica canta como Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Nina Simone y Wanda Jackson combinadas, escribe como Carole King y Gerry Goffin pero lo que realmente quiere de la vida es servir cafés montada en patines y tocar de vez en cuando para cuatro mataos en un bareto, ¿hemos de impedírselo por todos los medios posibles, por el bien y en el nombre de la sublimidad en el arte y la cultura planetarios, a pesar de que ello pueda condenarla a una existencia desdichada y tormentosa, tal vez conducirla a la muerte prematura? Recordando lo que vi en el documental, me siento en el deber ético de decir que no, y así y todo, egoísta y desprovista de teología que me guíe, no sé si me hubiera gustado tanto vivir sin Amy Winehouse metida en el iPod, para cuando necesitara saber lo que se siente al ser una veinteañera nostálgica del norte de Londres.

Amy (2015) póster. Via Sound Colour Vibration
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