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6/10/16

MUSIC: A$AP Ferg + Kirk Knight + Marty Baller en Uebel & Gefärlich Hamburgo: he's on a New Level


No sé en qué estaría pensando cuando me llevé la cámara al concierto de A$AP Ferg en el inquietantemente mítico Uebel & Gefärlich de Hamburgo (aunque todo el mundo lo llame "búnker" porque es lo que es, además de por el factor alemán... ¿Quién quiere pronunciar algo en ese dialecto tirolés?). Técnicamente fue el tercer concierto de rap al que asistía en mi vida, y si no cuento el Primavera Sound como concierto y me pongo sólo un poco racista y purista y rosista, podría hasta pasar a Mac Miller por estrella del pop Disney, if you know what I mean... Me temo que ni siquiera así me excusaría la inexperiencia en unos tiempos en los que cualquiera con teléfono móvil es reportero de guerra en potencia.

La cuestión es que allí me fui con ella, y una vez conseguí salir de aquella jaula nazi del minimal no me arrepentí, pero temí casi más por su integridad física que por la mía. Debí asumir subconscientemente que sobrevivir a la A$AP Mob no podía ser una apuesta más temeraria que la de vivir para contar un concierto de progressive metal con Symphony X y compañía, mas no tuve en cuenta un fenómeno sociológico que Hunter S. Thompson explicó alguna vez mejor de lo que nadie hará jamás en Hell's Angels: The Strange and Terrible Saga of the Outlaw Motorcycle Gangs (1967) acerca de la violencia inherente al ser humano y la forma en la que optamos por canalizarla o dejar que nos explote en la cara. Mucha gente desconoce, por ejemplo, lo dulce, amigable y respetuosa que es la multitud del heavy metal, y caen directamente en suposiciones baratas basadas únicamente en su tenebrosa forma de vestir y pintarse los labios de negro. No existe ninguna teoría formal al respecto, pero no cuesta asumir que la rabia descargada en conciertos y escuchas privadas de los sonidos agresivos que los mueven agota sus reservas naturales de bilis, forzando así a los nervudos cuerpos a tirar de paz y amor el resto de la semana. Eso explica por qué todo el mundo tiene algún amigo jeviata y por qué los indies no tienen amigo alguno. 

Pero hay algo en el hip hop que desmonta un poco la hipótesis anterior; quizás que las narraciones textuales de misoginia y violencia callejera no sean lo suficientemente furiosas, o que no haya Biggie ni Pac capaz de taponar la hemorragia rabiosa de la generación Y. Lo que no deja resquicio de dudas es que aquel lugar el 12 de julio estaba plagado de cafres y animalillos malhumorados que habían perdido la noción del espacio personal e ilustraban en masa la inhospitabilidad que diferencia y margina a la subcultura del rap con respecto al resto de tribus urbanas musicales. O eso al menos es lo que percibí; hostilidad rezumando por los poros de todos los niñatos esos que, al no tener nada real contra lo que rebelarse, se lo inventan.

Me pregunto qué pensará el propio A$AP Ferg de su público. Dudo que reniegue abiertamente de nadie que pague por verle en directo y a la vez que esté completamente cómodo con las bases que lo toman como adalid. Otros raperos de la nueva horneada como Vince Staples o Tyler, the Creator ya han sido bastante vocales con respecto al asunto de desmarcarse de ciertos estereotipos, queda hasta interesante vivir del rap y no escucharlo. A$AP Ferg, que en el álbum que estaba presentando en Hamburgo, Always Strive And Prosper (2016), habla de su abuelita, su tío y hasta deja hablar a la madre del difunto A$AP Yams en la orgullosamente ignorante Yammy Gang, tampoco encuentra el alma en el hip hop y no lo escucha porque no quiere sonar como "ellos". Nadie se lo esperaría de Fergenstein, quien de cara parece un medio lelo que sabe moldear oro (su padre diseñaba joyas en Harlem con cierta notoriedad) y resulta ser el artista hecho a sí mismo entre bastidores que fue a la escuela de arte y ni fuma. Al principio dejó que A$AP Rocky se llevara todo la fama mientras él cardaba la lana y esperaba que la A$AP Mob alcanzara una cúspide apuntalada. Entonces dejó caer la primera bomba: Work, incluida en su primer trabajo discográfico titulado como uno de sus monikers, Trap Lord (2013), que fue subiendo desde Houston y alcanzó New York después de ser hit de strip club en el sur desde hacía meses (es el colmo de ser neoyorquino: sonar a Texas). Nadie se esperaba gran cosa del amigo no tan pretty de Pretty Flacko, quien se ha vuelto, si cabe, más asertivo y más honesto que en el primer intento y que con Always Strive And Prosper se apunta tantos a la altura de Future en el ya mítico New Level, ScHoolboy Q (Let It Bang), Chris Brown, Ty Dolla $ign (I Love You) y Missy Elliot (Strive), un sueño cumplido para Ferg.

Traía de telonero a Kirk Knight, de los miembros más visibles del otro colectivo de New York que sí suena a New York, Pro Era. Unas cuantas alemanas se volvieron locas cuando sonó Knight Time, y el chaval no es guapo, así que debe de ser bueno para sólo llevar un disco (Late Night Special (2015). Después entró Ferg y todo se empezó a ver borroso y movido y sudado, quizás es porque ya soy vieja y aburrida, pero me hubiera apetecido hacer un Pakistan Columbine y quedarme sola allí en medio. Se coreó de lo bueno lo mejor y de lo mejor lo superior (aunque a algunos se les hizo todo una larga excusa para llegar hasta Shabba) sin faltar hitos de la Mob (Hella Hoes, Yamborghini High) y unas cuantas cosas graciosas y saltos del inseparable Marty "Coletillas" Baller. Y antes de irse todos, dedicó un emotivo agradecimiento a la gente que, como todos los que estábamos allí, no íbamos a verle sólo porque forma parte del cartel de un festival y nos pilla cerca. Está hasta el moño de festivales, el pobre.



A$AP Ferg se quedó atrapado en el medio de un túnel del tiempo entre la era diamante-en-el-diente del hip hop de los 1990 y el politalentismo y reivindicacionismo cerebral del rapero renacentista de hoy (resulta entrañable cómo, en algún punto de toda entrevista, todo rapero se sentirá obligado a recordar verbalmente al entrevistador que, de hecho, no es un analfabeto). Se trata de un tipo que se limita a ser auténtico para las cosas que importan y que se ha construido a sí mismo poco a poco, piedra por piedra. Ello convierte su historia personal en más admirable y, por contrapartida e injustamente, menos hollywoodiense y atractiva a simple vista. Recomiendo, sin embargo, tener paciencia y quedarse con Fergy, quien promete mucho. Si los hijos de Madonna lo escuchan, querrá decir que, si no está ya en uno nuevo, estará pronto en su propio y alto nivel.


































Todas las fotografías y vídeos tomados el 12 de julio de 2016 en Uebel & Gefärlich, Hamburgo, Alemania.

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25/3/14

MUSIC: Who run Barcelona? Beyoncé!

Beyoncé ayer en el Palau Sant Jordi, Barcelona, interpretando uno de los primeros temas de la noche. Fotografía de 
Robin Harper. Via: beyonce.com

"¿Por qué cantará Beyoncé que el mundo es de las chicas cuando lo que en realidad quiere decir es que el mundo es suyo?" Esto es lo que me preguntaba yo ayer a eso de las 21:20h mientras The Mrs. Carter Show World Tour aterrizaba en el Palau Sant Jordi de Barcelona al son de Run the World (Girls). La cosa no podía empezar mejor ni de forma más previsible; la reina Bey surge de debajo del escenario como una Virgen Iluminada vestida de Tom Ford, y empieza a sacudir esas caderas que su Dios le ha dado como si quisiera destruir el pabellón a base de ondas expansivas. "Bien, me espera una convencional noche de danza frenética y grandes éxitos hasta que la rubia de muslos poderosos y 3.1 octavas diga basta", pensé muy satisfecha para mis adentros. Tardaría pocos minutos en darme cuenta de lo equivocada que estaba.

Cuando mi asiento y yo nos vimos las caras por primera vez, lo miré con una sonrisa condescendiente como diciendo "Creo que hoy no voy a necesitarte, amigo". Pero entonces, antes siquiera de que me diera tiempo a alzar mi puño de partisana del girl power y gritar "We run the woooooorld!", la imaginería beyonceniana ya se había apoderado de mí. Cómo agradecía ahora que mi amigo el asiento estuviera allí para recoger mi fatigado trasero mientras me concentraba en admirar aquel despliegue de estímulos audiovisuales orquestados por la señora Carter. Eché un vistazo a mi alrededor y me di cuenta de que los 18.000 espectadores del Palau Sant Jordi habían sucumbido también al mismo trance. Inmóviles como estatuas y smartphones en mano, casi ni pestañeaban para adorar con la mirada a la que ya era más que una estrella del pop o una diva; era una divinidad  a través de sus ojos.

A pesar de mi pronta reconciliación con el sillín, seguí meneando el esqueleto a la mínima oportunidad, pero procurando que no se me escapara ni una imagen, ni una sola palabra del discurso profeminista de Chimamanda Ngozi Adichie ni de la clase magistral de seducción de la mismísima Beyoncé (Seduction is much more than beauty; it is generous, it is intelligence, it is mysterious, it is exclusive). Si parpadeabas, te lo perdías.

Y por si no fuera suficiente, la de Houston nos mantuvo en tensión a lo largo de la casi hora y cuarenta minutos de concierto; justo en el momento en que pensaba que me iba a dejar tararear una canción, Beyoncé la cogía y hacía lo que le daba la gana con ella, y justo cuando mis pasos de baile se habían acomodado al patrón rítmico de un tema, éste metamorfoseaba y se transformaba en el siguiente con total naturalidad. 

Quizás el único factor auténticamente predecible de este show barcelonés (y debo suponer que el de cualquier ciudad en el itinerario del Mrs. Carter Show World Tour) fuera que los instantes míticos sucederían con una canción marchosa de fondo. Mi Beyoncé se crece ante la dificultad, y eso de bailar y cantar al mismo tiempo le pone a mil (y se nota); ***Flawless, Blow (el momento de comunión visual y sonora más perfecto de todo el show),  Partition, Drunk in Love (aunque se echó de menos al maridísimo Jay-Z), Why Don't You Love Me? (con una interpretación más tradicional, se hubiera llevado el podium de mi corazón...), Crazy in Love, Single Ladies (Put a Ring on It) (hitos indiscutibles de la noche) y Love On Top (soberbia ejecución vocal de la tejana) insuflaron energía eléctrica en los cuerpos de todos y cada uno de los presentes. Con los baladones, por otra parte, se veía venir que ocurriría justo lo contrario; me pasé el día entero rezando para que no nos tocara un I Will Always Love You, pero no hubo suerte... Si no hay nada mejor, dadme ñoñerías azucaradas y canciones lentas como esa, podré soportarlo. Pero ponerlas donde se podría haber marcado un Grown Woman o un End of Time (¡nuestra canción, Valeria!) me parece sencillamente inexcusable. Donde esté la Beyoncé bailonga y guerrillera que se quiten el resto.

¿Algún reproche serio que hacerle a Yoncé por su actuación de anoche? Sí, que es impecable, aunque no estoy segura de que eso se pueda considerar algo reprochable. La precisión de reloj suizo con la que controla cada tiempo, cada paso de baile, cada posturita, cada mueca y cada grito, quejido o gruñido hacen que me pregunte dónde queda el sentido y la razón de ser originales de ver a un artista en directo. Una acudió al concierto deseando ver las entrañas de Beyoncé Knowles, con ganas de sangre y vísceras, de observar cómo las lágrimas y el sudor se mezclan en sus mejillas y de oír cómo se le rompe la voz, pero a cambio sólo obtuve perfección. ¿Qué diferencia hay, pues, entre verla en vivo o en uno de esos portentosos videoclips que acompañan a su último trabajo discográfico BEYONCÉ (2013)? Bueno, que en el segundo caso puedes llevártela en el móvil y verla cuando quieras y en el primero, no.

Lo que está claro es que Barcelona fue suya por unas horas, como lo fueron antes muchas otras ciudades y como lo es el mundo en general. Así que no queda otra; como dice mi Beyoncé, bow down, bitches.

Ayer: Beyoncé y Barcelona juntas por fin. Via: beyonce.com


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