6/10/14

MUSIC: the Pretty Things en Barcelona: sobreviviendo en el nombre del rhythm & blues

The Pretty Things en el Marula Café, Barcelona, 2 de octubre de 2014. Fotografía de Alvaro Kowalski. Via A Wamba Buluba Club.
A los Pretty Things siempre los había mirado un poco por encima del hombro, lo admito. Es injusto, pero como excusa y a riesgo de caer en el mal de muchos como consuelo de tontos, me siento obligada a hacer constar en acta que se trata de un mal hábito bastante común entre fanáticos de los Rolling Stones. Para una servidora, the Pretty Things fueron durante mucho tiempo poco más que un conjunto de rhythm & blues rabioso cuyos dos miembros fundadores (Phil May, vocalista, y Dick Taylor, guitarra) salen en todos los documentales de los Stones soltando paridas que no se cree ni Dios, como por ejemplo que no se arrepienten de haber abandonado el grupito de Jagger & Richards a principios de los 1960s para poder tocar en locales de mierda a cambio de limosna durante todas sus vidas. Cómo molan, qué auténticos, ¿no?

Pues sí, tienen encanto este tipo de personas capaces de morir de hambre por ideales, aunque lleven el sello de condenados estampado de por vida en mitad de la frente. Esa, la contemplación en vivo de la lealtad artística hecha carne y hueso, era mi principal motivación para ir a ver a los Pretty Things el jueves pasado a eso de las 22h en el Marula Café de Barcelona.

Bueno vale, también me hacía medio gracia escuchar su versión del Road Runner de Bo Diddley, que no es ni de lejos tan buena como la de los Stones pero no está mal. O para rizar el rizo, la de Pretty Thing, que se note que no se pusieron tal nombre por sus caras bonitas, porque una cosa es ser idealista y otra muy distinta, un iluso...

La cuestión es que el miércoles me cuentan que los Pretty Things están en Barna, como parte del tour conmemorativo de su 50 aniversario. Me cabreo bastante conmigo misma por no haberme enterado hasta entonces. Me insisten, hago ver que dudo durante una hora, dudo en serio durante 5 minutos y me voy a comprar la entrada. La imprimo en casa. Entradas imprimidas en casa e improvisación; dos de las cosas que más odio en este cochino mundo. Demasiados disgustos en un solo día, más vale que el show merezca la pena, pensé. 

Llegamos a la calle dels Escudellers pasadas las 22h, vamos tarde. Me temo lo peor: no voy a poder colocarme en la primera fila ni, consecuentemente, preguntarle a Dick Taylor qué tenía la London Central School of Art que no tuviera Brian Jones. Me enfado interiormente. Nos aproximamos a la entrada y observo que todo el personal está aún en la calle. Me desenfado interiormente, todavía tengo posibilidades. Hay que esperar a que llegue el amigo de mi amigo, que ya está al caer. No pasa nada, sigo teniendo posibilidades. Cuando llega por fin, hay que esperar a que se terminen la cerveza. Me vuelvo a enfadar interiormente, pero disimulo. Ahí dentro nos estaba esperando Phil May con lo que queda de la primera melena más larga y salvaje de Gran Bretaña. Vuestras putas cervezas os las podéis beber cualquier día y a cualquier hora, las greñas de May sólo las vamos a poder ver hoy. ¿Por qué la gente no puede ser ni un poco mitómana?

Entramos. Última fila. Me deprimo. No veo un pijo, ni de puntillas. Encima, precisamente aquel día, había optado por calzarme unos oxfords con suela como de fibra óptica, de ese tipo de suela que está más cerca de ser una broma o una bolsa del Hipercor pegada a la planta del pie que una suela. A mi amigo y a su amigo les da igual porque miden 43 metros cada uno y tienen un ático con vistas al mar en la cara. Claro, por eso no tenían prisa por entrar, pensé.

Ahora en serio, sintonizo: están tocando canciones que me suenan, pero no me sé el título ni la letra. Es lo malo de improvisar noches de concierto; no puedes corear los temas porque no te ha dado tiempo a aprendértelos. Puesto que la mitad de la diversión ya está perdida, sólo me queda diseccionar mentalmente todo lo que oiga. Y bailar. Sobretodo bailar. Vaya, ¡eso sí que fue fácil! Hacía tiempo que no se me iba tanto la cabeza, como si tuviera vida propia. El ruido te entraba por los oídos y te salía por la nuca. La sacudida de cuello rhythmandblusera como posible causa de tortícolis autoprovocada me pareció fantástica.

Empezaron a sonar temas que sí conocía; Come See Me, S.F. Sorrow is Born, Rosalyn... La peña se volvía bastante loca. Mi amigo, cuando no estaba en pleno trance rockero, me iba colocando en los mejores sitios disponibles, como si fuera un muñeco de playmobil. Incluso me aupó para que pudiera ver cómo se habían tirado al suelo a tocar. Resulta que los altos también son buenas personas en el fondo (más en el fondo que la media, claro, por el extra de altura). Nos acercamos a ver a Dick Taylor, que se encontraba detrás de una columna muy ancha y oportunamente dispuesta delante del escenario. Estaba igualito que de joven, pero en viejo. Se me ocurre que jamás hubiera sido un buen rolling stone; tiene menos sex-appeal que Mama Cass comiéndose un merengue. Pero el tipo tocaba con devoción, como si estuviera solo en aquella sala, como si nada más importara.

Que si los Pretty Things son pioneros del garage, que si del punk, que si la primera ópera rock antes que los Who, no sé qué de la psicodelia. Sí sí, lo que vosotros digáis, pero la cabra tira el monte. El momento álgido de la velada había llegado; BLUES. Thank you Jesus, thank you Lord! Se escuchó Can't Be Satisfied, Little Red Rooster, un medley extraño entre Mona, Who Do You Love? y Pretty Thing, You Can't Judge a Book by the Cover (una de las canciones más desatadamente coreadas) y el sorpresón sorpresón de la noche: Come On In My Kitchen, ni más ni menos. Taylor casi me mata de un riff un par de veces, tuve que soltar algún que otro TELL 'EM, DICK! que me salió de lo más profundo del alma. Y eso por no hablar de la armónica de Frank Holland (guitarra rítmica de la banda), óctuple combo de hallelujahs para él. Cyril Davies le hubiera dado su aprobación como mínimo. Ojalá todos los grupos estuvieran obligados por ley a versionar a Robert Johnson como demostración de su honestidad musical.

La alineación de los Pretty Things del segundo milenio se completa con la sangre fresca de George Pérez al bajo y Jack Greenwood a la batería, cuyo espíritu no es significativamente más enérgico ni joven que el de sus veteranos compañeros de grupo, aunque seguro que espolean su jovialidad.

Al final, pues lo típico: hacen ver que se van, a la peña le da una temper tantrum de la hostia y vuelven para calmarnos con un épico LSD. Nadie callaba nunca, así que no pude escuchar demasiado bien los chistes de Phil May ni sus batallitas con los Little Boy Blue & the Blue Boys, pero los "muchas gracias" y "buenas noches Barcelona" chapurreados sí que los aplaudían con ganas. Ahora sí, nos teníamos que ir, los chicos habían cumplido; hora y media de contundencia punk, garagera, guarra, sucia y, lo más importante, británicamente blusera. Mi amigo dijo que le faltaron unos cuantos clásicos. Yo hubiera pagado el precio de la entrada sólo por Come On In My Kitchen.

A la mañana siguiente después del bolo, me envían un correo los de nvivo para avisarme de que, basándose en mis preferencias, podría haberme gustado un concierto de The Pretty Things que tuvo lugar ayer cerca de mi ciudad. Pongo ésta cara, luego me río. Al menos han acertado, sí que me gustó. Prosigo con el curso de mi vida, en la que no hay tiempo para el blues. Lo pienso, dejo de reírme.

Poco más de un año atrás, había visto a los Stones reventando Hyde Park por segunda vez en una semana con motivo de su quincuagésimo aniversario; dos horas y pico de show mastodóntico, con luces, confeti, fuegos artificiales y púas sin usar del Richards lanzadas al vuelo, todo ello incluido en la entrada por el módico precio de un riñón en libras. El jueves pasado y en lo que bien podría haber sido un universo paralelo, por una calle estrecha y sucia del Barrio Gótico barcelonés del 2014, un eterno ex-Rollin' Stone, casi Satánica Majestad, no tenía suficiente con los lagrimones que le chorreaban por el mástil de la guitarra para mantener la atención de una cincuentena de catalanes nostálgicos. Un tipo que se saltaba las clases en la escuela de arte de Sidcup para versionar a Big Bill Broonzy con la guitarra barata de su compañero Keith, un señor de pelo canoso cuya madre se reía de lo mal que cantaba el raro ese de Mike Jagger, toda una estrella del rock disfrazada de jugador de petanca. El bueno, el íntegro de Dick Taylor y sus colegas de los Pretty Things apenas se habían movido del lugar donde empezó todo 50 años atrás, junto a aquellos vecinos de Dartford suyos con nombres y apellidos gravados a fuego en la historia de la música pop para siempre. Estaban en un club roñoso que nadie conoce, tocando música de otros tiempos para gente que está allí por no estar en cualquier otra parte, esperando a que suceda algo o le den una buena excusa para seguir emborrachándose, lo que ocurra primero. 

Su honor y su autenticidad por 15 duros, lo único que importa es sobrevivir en el nombre del rhythm & blues. Una ovación desde los más profundo de mis entrañas para los Pretty Things.

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