7/11/14

MUSIC: John Legend y Barcelona, love in the future?


John Legend se levanta a estirar las piernas en Barcelona, 6 de Noviembre de 2014. Via johnlegend.com
“Puto John Legend. Eres el puto John Legend. ¿Por qué conformarse con ser John Legend cuando se puede ser EL PUTO JOHN LEGEND?”. Esto es lo que le hubiese preguntado a (adivinad quién) John Legend ayer en su camerino del Auditori Forum de Barcelona si yo fuera de ese tipo de personas despreciables, millonarias y sin vida propia que comen atún con ketchup y compran packs de entrada + meet and greet (si alguien se acaba de sentir aludido le confirmo que sí, en efecto, a Avril Lavigne le das asco, pero hace lo que sea por tu pasta gansa. Y el atún con ketchup es una cochinada).

Casi llegamos tarde al concierto, una de las dos únicas fechas españolas del All of Me Tour y parte de del Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona (y quien piense que John Legend no es suficientemente jazz, que no me cuente que Diana Krall sí que lo es porque me da la risa). Un poco fue por mi culpa, por coger la Ronda de Dalt "sin querer", y otro poco de culpa fue por un atasco en Ronda Litoral. Angie, mi acompañante de lujo de la noche, muy probablemente y con razón me estaba asesinando mentalmente, pero tuvo la bondad no sólo de no decirlo en voz alta, sino de intentar ayudarme con el Google Maps, porque ella es así, un ser humano extraordinario por fuera y por dentro, un ejemplo para nuestra raza. Tan maravillosa que, mientras Legend se despedía de nosotras al son de un ultra-radiofónico y dulce All of Me (una de sus canciones favoritas del Love in the Future (2013), ella se dedicaba abnegadamente a grabar notas de voz con el WhatsApp para todos sus contactos, que le habían pedido expresamente que les mandara una cuando cantara el hitazo indiscutible.

A las 21:03h bajan las luces y se enciende el escenario, porque la profesionalidad y el compromiso son marca de la casa Legend. En el lado opuesto del espectro, hasta las diez menos cuarto no pararon de circular acomodadores con linternitas, guiando hacia sus butacas a los desalmados que se atrevieron a llegar tarde a su cita con el adorable John Legend. Le digo a mi prima que qué españoles que somos. Ella se ríe por no llorar.

Se inaugura la velada con Made to Love, rompepistas y rompecorazones que en la versión de estudio lleva la firma de su productor, Kanye West, tatuada en la frente, pero que ayer sonaba a Legend en su más elegante, acústico y comedido esplendor, piano y hombre solos ante el peligro. Su voz es sencillamente inapelable, no admite discusiones al respecto. Con infinitos matices y texturas, sus altos y sus bajos (sobretodo sus bajos) parten las entrañas en dos. En raras ocasiones abusa del melisma, y a penas grita, a diferencia de la inmensa mayoría de sus contemporáneos con garganta prodigiosa de la música pop, herederos irremediables de Michael Jackson. Es espectacular sin ser ostentosa, emocionante sin ser afectada. Es una voz de la que, para bien o para mal, no puedes cansarte nunca de escuchar.

Como presencia, John Legend tiene un algo de tocado por la mano de Dios, de catalizador de paz interior.  Tendrá que ver con su infancia entre los muros de la iglesia pentecostal en la que se crió, allá arriba en el Medio Oeste de Springfield, Ohio. Después de Tonight (Best You Ever Had) (hola John, nadie se cree que no quieres fardar) nos hizo un resumen largo de su vida; su padre, su madre, sus hermanos, la abuela de segundo nombre Maxine (pero que no tiene nada que ver con la canción), la otra abuela que le enseñó a tocar el piano, la universidad y todos los uhhhs, ahhhhs y heeeeys que ha cantado como corista para gentuza como Lauryn Hill, Alicia Keys o Kanye West. El típico sueño americano, vamos, que aunque más manido ya no puede estar, no deja de resultar encantador. Y más si lo cuenta alguien con esa gracia de predicador aficionado.


El show fue una sucesión de hit tras hit y, por esta vez, lo perdono e incluso lo comprendo; era la primera vez que pisaba Barcelona, se notaba que venía con ganas de caer bien, así que la chispa ya estaba servida. Angie me preguntaba a la vuelta si creía que se pondría nervioso antes de salir, por eso de la novedad. No tengo ni idea, pero sería entrañable que así fuera. Lo que estaba claro era que, en cuanto salía a escena, se le pasaba el mal rato. Number One, Let's Get Lifted, So High, Save Room, P.D.A. (We Just Don't Care), Green Light (en ésta instó al público a levantarse, y en mi humilde opinión, podría haberlo hecho en unas cuantas más), Ordinary People (con esta se cayó el Auditori), You & I (Nobody in the World) (aquí nos caímos nosotras dos), todas moldeadas por John Legend bajo un tratamiento orgánico, tradicional y elegante. Su banda estaba en la misma onda de frugalidad dulcificada; ni le pasaban por delante ni se quedaban atrás, siempre en la justa medida. Me quedé sin escuchar casi ninguna de mis favoritas (So Gone, Slow Dance, Heaven, Again, Another Again), y tenía muchas ganas de Used to Love U, pero me supo a poco, como si en versión minimalista y low tempo no acabara de funcionar; le faltó salsa brava, esa energía vigorizante de misa góspel dosmilcuatrera que se desprende del Get Lifted. Y encima se saltó mi parte favorita... El Rock with You de Michael Jackson tampoco me fascinó, no creo que sea el mejor versionador del Rey del Pop del mundo. Legend es, sin duda, demasiado aristocrático y nada exhibicionista vocalmente.

Se acaba el concierto y de camino a casa nos preguntamos si nos ha gustado. Rotundamente sí, ha superado nuestras expectativas, aunque eso es algo que, en parte, ya nos esperábamos. Angie me cuenta que algunos temas que no le acabaron de llegar en el disco le habían tocado alguna fibra ayer. Y es que claro, se nota que el hábitat natural de John Legend es el directo y el clasicismo acústico del espectáculo de soul. 

A pesar de todo esto... ¿por qué me seguía pareciendo que faltaba algo? J. Ivy, el poeta del spoken word, le dijo a John que sonaba como una leyenda, y fue por eso que se pasó de Stephens a Legend. Ya sabemos que sí, que lo es, probablemente de nacimiento, pero hace muy mal en subirse a ese pedestal y quedarse tan quieto. Tiene miedo, es normal, no quiere caerse, las vistas desde ahí arriba ya son suficientemente espléndidas. Prefiere la corrección de las fórmulas que le han funcionado previamente. ¡Que se olvide de una puñetera vez del VH1! Que saque su lado siniestro, que haga cosas raras, que deje de pensar y medir y empiece a escupir sangre con las cuerdas vocales. Desde donde está todo se ve de fábula, pero cuanto más arriba, siempre es mejor, que no se engañe ni sea cobarde. Que sea EL PUTO JOHN LEGEND y no el nieto favorito de todas las abuelas, al menos por un rato largo. 

Él solito se asciende a la nobleza del neo-soul, pero hay algo que, hasta la fecha, lo separa del Olimpo. Por momentos se resquebraja y deja escapar destellos, emite luz propia y se convierte en un dios. Desgraciadamente, la deificación dura poco; le aterroriza su propio poder, y se tapa las grietas del alma con masilla especial para radiofórmula internacional, que si bien no es un mérito menospreciable en absoluto, no deja de rebajar su persona artística a la casta de rey de los mortales. Kanye West dijo de él que era "el futuro", y si el título de su último álbum no pretende ser aleatorio o incongruente, algo me dice que Legend también está mirando hacia el horizonte. La frustración que me inspira su arte tiene a veces forma de esperanza, esperanza en el total, honesto y brutal despliegue de su auténtico espíritu musical, algún día. Aún es joven. Quiero creer que, con la vejez y la solidez in crescendo de su reputación, tanto la modernidad como la aceptación empezaran a traérsela más al pairo, y dará libertad a ese genio afablemente rabioso que guarda dentro de sí.

Íbamos dispuestas a llorar a moco tendido, pero ni mi prima ni yo derramamos una sola lagrimita en toda la velada, y eso que oportunidades las tuvimos por doquier. Será que se nos habían secado los ojos de tenerlos tan abiertos y temblorosos. También pudo ser que lleváramos el rimmel puesto y no quisiéramos que se nos corriera, por si acaso a la salida nos encontrábamos con John Legend y se arrepentía de que, aquella noche en Barcelona, no hubiera nadie más en el mundo salvo dos mapaches y él. Esperamos que el amor en el futuro no se acabe aquí.

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