19/11/14

MUSIC: John Mayall en Barcelona, all your blues (I miss loving)


Cuando el mundo era mundo y John Mayall tocaba la guitarra. Via thegearpage
A los padres se los respeta porque sí, sin discutir, que para algo son padres. No hace falta que sean los de uno propio. Ni siquiera es necesario que sean padres de verdad; padres de la ciencia, de la filosofía moral, del surrealismo, del Chupa Chups… Es decir, de cosas que no cagan, no mean y no te roban el vodka cada fin de semana, cosas de las que no tiene ningún mérito atribuirse la paternidad. Los padres tienen razón en casi todo y casi siempre, que no es todo ni siempre, o sea que algunas veces se equivocan. Cuando nos damos cuenta de esto el mundo se derrumba y comienza la adolescencia, aunque yo en realidad no quería hablar de ese tema, mejor que piquéis ‘Sigmund Freud’ en la Wikipedia, ahí también lo explica pero más sencillo.

John Mayall es el padre blanco del blues, o el padre del blues británico, según con qué pie se levante tal día (con muchos permisos de Alexis Korner), y como padre de algo con lo que me casaría si pudiera, el respeto que le profeso alcanza cotas reverenciales, por supuesto. Por eso cuando la pifia un poco me revienta reconocerlo, me sienta francamente mal. Pero es que ayer, en L'Auditori de Barcelona, con el '80s Birthday tour, ayer... Ohhhhh poppa, look what you doin...

Llego pronto a L'Auditori para variar, y la chica que pasa la maquinita a las entradas me dice que seguramente nos dirán de bajar a platea porque hay muy poca gente y no hay personal en el segundo anfiteatro. Bien, toma ya, estoy de suerte, pienso para mis adentros, y le digo a la muchacha que muchas gracias, qué amable. Tras media hora subiendo escaleras llego a mi asiento. Echo un vistazo al panorama. "Poca gente", me dijo la chica maja de la maquinita. No había ni Cristo, el The Death of J. B. Lenoir iba a rebotar contra el fondo de la Sala 1 y volverle a John Mayall en toda la cara. Me alegro por mí pero sufro un poco por papá Mayall. Ya me parecía raro que alguien como él fuera capaz de llenar un sitio como ese en una ciudad como en la que estaba. Y no sólo eso; ¿blues en un auditorio? No me jodas John Mayall, ya sabemos todos que has tenido tus momentos jazzeros y de venderte a las modas y tal pero, no sé... Yo pensaba que un bluesman de verdad no sabría qué hacer con tanto espacio, en sitios así no sudaría ni Muddy Waters que en paz descanse.

Dan el primer aviso y la acomodadora nos dice que ya podemos ir a ponernos por delante si queremos, y a la puta primera fila que me voy de cabeza, hell yeah. Mientras presentaban al octogenario Mayall yo todavía bajaba escaleras. Allí estaba él, con su coleta blanca y una camisa muy fea de inglés veraneando en Lanzarote. Con teclado. Armónica. Y sin guitarra. Carita triste. :-(. Era de esperar, si a Keith Richards ya le cuesta hasta colgársela, imagínate a un tío de ochenta tacos. Aun así, no deja de decepcionarme.

La primera se la perdono porque a esa edad uno necesita como mínimo un tema para autoengrasarse y ponerse a tono, totalmente comprensible. Comparo con los Pretty Things del mes pasado y el asunto sonaba como desperdigado por la inmensidad de L'Auditori, not tight at all. Le doy un repaso al resto de la banda. Jay Davenport a la batería, sale a escena en chandal, con un par, como diciendo, "hey Sonny Boy Williamson, espero que tú y tu bombín me perdonéis algún día". Al final del concierto ato cabos; necesitaba estar cómodo para cargar con todo el peso del concierto. Greg Rzab al bajo, quien se ganó el sueldo ayer noche con todas las de la ley, parecía el primo escuálido de Kurt Cobain (supongo que el buen vestir en esto del blues también murió con John Lee Hooker). Rocky Athas a la guitarra, su peinado se quedó en el glam de los ochenta mientras él iba envejeciendo. Para mi gusto se cansaba demasiado y bebía mucha agua, pero cuando se ponía en faena daba la talla.

John Mayall es muy agradecido y bastante hablador. Nos presentó a la banda unas cuantas veces y nos dijo lo fantásticos que éramos como público otras tantas. La mayor parte de lo que se escuchó fueron versiones (You Know You Love Me de Freddie King, Floodin' in California de Albert King, Early in the Morning de Louis Jordan, Big Town Playboy de Eddie Taylor, Mama Talk to Your Daughter de su venerado J.B. Lenoir, que fue lo más energético de la noche, y un bis en honor a Otis Rush, otro de sus favoritos, con All Your Love). Tras Talk to Your Daughter yo estaba preparadísima para lo que me parecía que tenía que ser la continuación lógica del show: The Death of J. B. Lenoir, hito de cuatro minutos del British blues, elegía a la muerte de Lenoir, el bluesman con más estilo de la historia de la humanidad tanto interpretando como vistiendo. Pues se ve que no era tan lógico, me quedé con las ganas. Del repertorio propio tiró de unos cuantos temas de las últimas décadas (Nothing to Do With Love, sorprendentemente contundente, Not at Home, Dream About the Blues) y de alguno más clásico como Chicago Line, con el que los músicos se entregaron a la improvisación. Ésta comenzó simulando lo que se iba a alzar como momento más divertido del concierto y acabó con algo de patetismo épico; Athas escondido en un hueco del escenario bebiendo agua, Rzab volviéndose loquísimo intentando matar silencios incómodos, Mayall haciendo un baile raro en plan foca y Davenport intentando suavizar lo grotesco de toda la estampa.

El hombre más blanco que se ha atrevido jamás a tocar la música del diablo (perdona Johnny Winter, ¿qué tal por el infierno?) ya no sonaba tan impecable como en aquellos tiempos en los que se le criticaba precisamente por eso, por pulcro. Chilla un poco más que canta, y se le atraganta la armónica a ratos (y digo a ratos porque cuando no, sigue siendo la meticulosa maravilla blusera de siempre). Y sólo una canción del Blues Breakers with Eric Clapton. Vaya un chasco...

Por lo visto, los padres del blues tienen su propio ciclo de vida, igual que las personas normales; nacen en el garaje de su casa, dando el coñazo a su madre, crecen en clubes de mala muerte y fiestas populares de sus localidades, maduran en los estadios, se reproducen en el backstage y mueren en el garaje de su casa otra vez, con la diferencia de que, como están un poco gagás, a veces lo confunden con un auditorio o sitios por el estilo que sean así, anchos y alargados. Pero el que tuvo retuvo, y lo cierto es que valió la pena oír brillar esa armónica de Mayall, siempre demasiado limpia para el blues incluso a los ochenta años. Sin él no hubiéramos tenido ni Bluesbreakers, ni Fleetwood Mac, ni Cream, ni Canned Heat, ni Rolling Stones ni otros tantos. Sin él, el blues sería hoy en día cosa aún más de frikis de lo que ya es, y nadie podrá aplaudirle ni alabarle ni agradecérselo lo suficiente jamás, ni que llegue al tour del 100 cumpleaños.

Dices que volverás más a menudo por España próximamente, John, y yo ni me lo creo mucho ni pienso que quiera volverte a ver, ya tengo tu autógrafo, y además me hiciste sufrir un poquito ayer, aunque en tus gestos y tus bailecitos del Imserso se reflejaba todo lo contrario. Pero me ha encantado verte, ya te puedo tachar de mi lista de cosas que hacer antes de morir. Ojalá sigas girando, rollin and tumblin hasta los 1000. Todo el respeto del mundo para ti, papá.

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