3/12/14

MUSIC: Kamchatka en Barcelona o cómo morir aplastado bajo el blues rock

Kamchatka (Thomas “Juneor” Andersson, voz y guitarra, Per Wiberg, bajo y voz, y Tobias Strandvik, batería) apisonando
Barcelona con su hard rock sueco desde la Sala Rocksound, 30 de noviembre de 2014. 

Estaba el domingo en mi casa y tenía unas ganas de que los Kamchatka me asestaran una paliza rítmica de las suyas que no eran ni medio normales. Hace relativamente poco que los conozco, pero no se nota nada, ya me parecen como de la familia, son ese tipo de grupo; a los dos minutos de escucharlos ya te inspiran tanta confianza que interrumpirías sus cenas para hacerte fotos con ellos, así, con todo el morro, como si sus madres y la tuya se saludaran cuando se encuentran en el Mercadona. 

(Bueno, que conste; lo cierto es que, personalmente, eso es algo que yo jamás haría. ¡Qué falta de decoro, por favor! Lo suyo es acosarlos al final del concierto, cuando son más vulnerables debido al cansancio y la distorsión sensorial provocada por las drogas varias que se hayan tomado.)

Y digo esto porque, precisamente, por sorpresa y... ¿casualidad? (no descarto que alguno de mis camaradas de concierto, en su enajenación fanática y con premeditación, hubiera determinado las coordenadas exactas del hotel en el que se alojaban, la geolocalización de sus smartphones y el el nivel de pH de sus bocas, ya puestos), nos topamos con ellos en el Sonora Sport Tavern, justo en la mesa de al lado.  Sólo bebieron Coca-Cola con la comida, los Kamchatka son tipos muy sanos y profesionales, a pesar de lo que sus pintas de heavy-hipsters puedan sugerir. Pero también son muy suecos, porque estuvieron cerca de una hora haciéndose los ídem antes de empezar a tocar. Su retraso, además, se sumó a nuestra anticipación; estaba cayendo una que era como para hacerse un barquito de papel e ir remando hasta la Rocksound, pero daba lo mismo; había que salir de casa con 17 horas de antelación, no fuera a ser que llegáramos y hubiera dos personas haciendo cola delante de nosotros. 

A medida que la noche avanzaba, aquello que comenzó como un "inesperado" encuentro en una taberna deportiva creció hasta convertirse en una hermosa amistad entre músicos y fans, una relación de desinteresado respeto y aprecio mutuo que nada tuvo que ver con el hecho de que alguno de nosotros se dejara el sueldo de 3 meses en merchandising. Miradas cómplices, palmaditas en la espalda y bríndises con cerveza (vaya, pues tan tan sanos no son) contribuyeron a crear un ambiente distendido, como de garaje de casa del vecino, entre el power trio sueco y las 20 personas aproximadamente que fueron a verles el día 30 del ya mes pasado.

De repente, alrededor de las 10 de la noche, sin liturgia de ningún tipo, sin bombos ni platillos, como si la cosa no fuera con nosotros, el alegre señor Thomas "Juneor" Andersson da un zarpazo a su preciosa guitarra. Me entra un poco el canguelo: ha sonado más a estar metido en una lata gigante decorada con pósters de Johnny Winter que a bolo de hard rock. En ningún momento le echo la culpa a nuestro colega Thomas, por supuesto; no cualquier infraestructura iba a aguantar con entereza su sonido, que se sentía más como un mazazo en la cabeza que como una onda mecánica. Iban a empezar con una canción nueva y desconocida (Ain't Fallin') de algo que esperaban lanzar pronto, según nos filtró nuestro compañero y hombre de confianza de los Kamchatka desde hacía 4 horas. El asunto dejó de sonar a lata gigante a los pocos minutos y empezó a parecerse más a... ¡WHOA! Una fuerza sobrenatural no identificaba que pesaba físicamente, un noséqué tan denso que ejercía presión contra el suelo. Era como si el Tango Decadence, en todo su rudo esplendor, se te hubiera subido a los hombros e intentara ponerte de rodillas. Te cogía por la nuca y te obligaba literalmente a agacharla en señal de respeto. Todos hemos oído hablar de ese tipo de rock que te da ganas de colocarte en postura de oración pero, ¿y de uno que te fuerce a hacerlo...?

Andersson es mi prototipo de intérprete 100%, un hombre en las antípodas emocionales de alguien como Richie Kotzen, pero no tan lejos de su habilidad técnica. Para ser sueco y haber tenido la mala fortuna de venir a parar a España en una de las 4 semanas al año en las que llueve, estaba de un buen humor contagioso. Estrangulaba a su guitarra con propiedad, y eso le hacía sufrir, se le notaba, pero cada vez que dejaba ir una nota se abandonaba a una sonrisa orgásmica. Escucharlo era una experiencia ya de por sí demoledora, pero mirarlo al mismo tiempo... ¡WHOA! Me contaron que su voz, por el contrario, había sonado un poco seca, como si le faltara reverb. Por lo que a mí respecta, podría haber cantado como una urraca con faringitis, que no iba a desmerecer en lo más mínimo lo que estaba pasando a la altura de su barriga. Per Wiberg, bajista, vocalista a ratos y antiguo teclista de Opeth, encajaba más con el tópico del sueco que parece tener los músculos faciales congelados, pero sólo los faciales. Luchaba cual vikingo tanto contra el pelo que se le enredaba entre las cuerdas como contra la espectacularidad de la guitarra de Andersson, y ambas batallas estuvieron muy reñidas a lo largo de la hora y media de concierto. Tobias Strandvik a la batería se encargó de mantener el orden y la dirección de los temas, sin por ello contribuir menos a echarnos kilos y más kilos de contundencia stoner rock a las espaldas. 

Thomas Andersson, durante uno de los tres únicos momentos de la noche en los que no se estaba riendo como un duendecillo feliz 
de las playas arenosas de Varberg porque estaba ocupado muriendo por su guitarra.

La mayor parte de lo  que sonó pertenecía a  su último álbum,  The Search Goes On (2014) (Tango Decadence, Coast to Coast, Son of the Sea, Cross the Distance, Pressure)  con unos cuantos y notablísimos ejercicios de nostalgia reciente (memorable TV Blues, lo más estruendoso de la velada, No, Perfect) y no tan reciente,  como el que según ellos  era el primer tema que compusieron para su primer disco, Kamchatka (2005), Out of My Way.



Antes de irse nos regalaron un bis blusero y absolutamente glorioso (que me atrevería a decir que fue el punto álgido del concierto) de versiones de Devo (quienes según Wiberg,  son un grupo de referencia y predilección para Kamchatka), así como un single inédito hasta la fecha llamado Doorknocker Blues. "Hoy es un buen día para el blues, ¡un domingo!", soltó irónicamente Andersson. El único día de la semana en el que está prohibido tocar blues es en el que, probablemente,  les salió con más ganas y con más rabia. Justo lo que el buen blues necesita.

Los tres bajaron del escenario a la vez, de un peldaño de altura, y se mezclaron entre nosotros, como si fueran personas normales y corrientes. En el trayecto de vuelta a casa lo estamos flipando todos unánimemente en colores, como creo que no me había sucedido nunca antes. "Estos tíos tienen que subir, la próxima vez que vengan no habrá 20 personas, no se cabrá en un sitio como el de hoy", decían. Yo no podía más que discrepar con todo el pesar de mi corazón; Kamchatka no tiene mucho que hacer en un país como el nuestro que, por lo general, se deja sodomizar por lo pop, en cualquiera de las tonalidades de su espectro y sin poner demasiados impedimentos. Con ese blues de plomo que ofrecen, esa entereza en el discurso, su claridad de visión sonora y su convicción expresiva... Son demasiado hombres para una España que parece estar sumida en una edad del pavo perpetua desde que Massiel ganó Eurovisión con el La La Lá.

Espero, por otra parte, que nada de eso los disuada de seguir intentando conquistar territorio ibérico. Llevo desde la madrugada del lunes tratando de recolocarme todos los huesos después de que estos tíos me lanzaran todo el peso de su música encima. Para la próxima, me tomaré unos cuantos petit-suisse antes del concierto y que me echen lo que les dé la gana y más. Un placer morir aplastada bajo el blues rock sueco de Kamchatka.

 Sala Rocksound Kamchatka mode ON.

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Y perdón por ser aguafiestas, pero Kamchatka a parte, ayer murió Bobby Keys, y la mayoría de la gente se irá a dormir esta noche tan tranquila sin saberlo, pero se acaba de ir el único gringo cateto sobre la faz de la Tierra capaz de hacer rock & roll soplando; el único que siempre era bien recibido en la casa del blues; el único que tocó con Beatles, Stones y Elvis, la Santísima Trinidad roquera, que se dice pronto; el único King Curtis hillbilly de su especie; el único tejano con un hermano gemelo inglés llamado Keith Richards. El único. Nunca nadie volverá a tocar de una forma tan paleta y tan sublime a la vez. Esta noche no será como una noche de sábado, será como una puta mierda de noche en la Bobby Keys ya no existe.



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