Si no te lo hubieran
dicho, jamás lo habrías adivinado, porque entrar en El Arco de la Virgen es como pasarse a Narnia o a una tercera y
cuarta dimensión; o te recuestas despreocupadamente sobre la puerta y te caes
dentro cual intrépida niña victoriana o puta barata, o tienes la clase de amigo
adecuado que sabe todo lo que no se sabe, fuma todo lo que no conviene y te cuenta
todo lo que no debería sobre Barcelona.
El portón de madera,
estratégicamente vilipendiado por el arte callejero, invita a pasarlo de largo
sin mirar atrás, en plan que no se note que al otro lado se cuece algo muy bueno,
demasiado para el que no lo sepa ya. Hay un oscurantismo medio déspota y medio
justificado en la preservación de las cosas que aún no han sido consumidas por
el gusto ciego y voraz de la masa; si no quieres que tu casa se convierta en
Ibiza, cércala con una valla de oro y cobra bien cara la entrada, o métela bajo
un bunker para que nadie la vea, a criterio del proveedor cuál de las dos
opciones te hace un poco menos esnob de mierda.
En La Virgen no pintaba que hubiese mucha gente en crisis
post-graduación ni preocupada en lo más mínimo por la persecución de la
novedad, un valor demasiado extenuante que expone a lesiones de cadera y
riesgos acomodados varios de ese tipo. Como dijo Tupac, pasados los 30, es como
si le arrancaran el corazón y el alma a un hombre, y si no lo crees, haberte
pasado por La Virgen y haber contado cuántos puretas alborotadores oías en su
reapertura ilegal. Aunque no lo hubieras visto, posiblemente lo habrías
imaginado; tirando a pocos.
Se proyectaba Metropolis de 1927, y Baraka de 1992 era lo más reciente que
se permitían, acompasadas ambas por un contrabajo selecto de Jorge da Rocha, que abrazaba y
acariciaba el enorme cuerpo inerte como se abraza y acaricia el cadáver de un
amante, como si el punk no hubiera muerto. Dicen que el jazz no es para todo el
mundo, que el jazz no es EDM, pero que abran ese portón de madera vilipendiado,
que le cuelguen encima un letrero retroiluminado, y el jazz será de quien se
deje ser.
Pocos sitios te harán
sentir tan en paz como La Virgen, y sentirse en paz es algo que está muy bien
una vez se tienen acabados todos lo deberes pendientes con el mundo, que no
está claro que sea el caso del personal que se congregó aquella noche en este
pequeño pedazo de la cuarta dimensión para hacerles la peineta a unos vecinos
que sólo querían dormir. Porque la contracultura barcelonesa se cree muy
despierta, pero no; la contracultura barcelonesa también duerme. A mucho
estirar, va un poco sonámbula, pero nada más.
Todas las fotografías tomadas el 20 de enero de 2017 en el refallecido y redesahuciado El Arco de La Virgen, barrio de El Raval, Barcelona, España. Gracias al ilustrísimo Alejandro Giral, a El Arco de La Virgen por los sueños y a Ajoblanco por los pases gratis a sitios.
Y que le den por culo a la Barcelona que quita Las Vírgenes y pone bares de sangría de mierda con cartas en inglés, vistas a la puta playa y espaldas a los seres humanos.


