Queremos poder creernos
las palabras de la gente con despreocupación. Si nos lo dicen, ¿por qué hemos
de molestarnos en cuestionarlo? ¿POR QUÉ EL PUTO PROBLEMA SIEMPRE ES NUESTRO?
Las zanahorias son de color naranja, ¿no? Nosotros las miramos, sin ni tocarlas,
y ahí están, son naranjas. Nosotros no las hemos obligado a ser naranjas, nunca
les sugerimos que fueran naranjas, jamás las concebimos de ningún tono en
concreto, ¡no les estábamos haciendo caso, en primer lugar! Fueron ellas las
que nos llamaron y nos dijeron, “oye, mira, ¡que somos naranjas!”. ENTONCES POR
QUÉ, ¿POR QUÉ SI SON NARANJAS Y ESTÁ CLARO QUE SON NARANJAS, TENEMOS QUE
MOLESTARNOS NOSOTROS EN TENER EN CUENTA QUE, POR MUY NARANJAS QUE SEAN, TALVEZ
EN REALIDAD SON AZULES? ¡QUIÉN SABE! ¡SON NARANJAS PERO QUIZÁS NO! ¿QUÉ ES ÉSTA
PUTA MIERDA? ¿EL PUTO GATO DE LA PUTA MADRE DE SCHRÖDINGER O QUÉ COÑO ES LA
PUTA ZANAHORIA ÉSTA? ¿POR QUÉ EL PUÑETERO PROBLEMA SIEMPRE ES NUESTRO POR
HABERLA VISTO NARANJA Y ACEPTAR QUE ES NARANJA, EN LUGAR DE SER UNOS PUTOS
DALTÓNICOS ESQUIZOFRÉNICOS QUE VEN ZANAHORIAS NARANJAS Y SE DICEN A SÍ MISMOS QUE NO, QUE SON
NARANJAS PERO EN REALIDAD SON AZULES?
Al mismo tiempo,
debemos admitir que estamos tan desesperados por que una zanahoria nos quiera.
Estamos tan desesperados por que nos haga el amor, por que nos folle como si
fuera su única puta misión en la puta vida, que nos abrace por la espalda
mientras leemos el mismo libro… Estamos tan deshechos por el amor más carnal y
platónico que nos creemos cualquier basura barata que se le parezca muy de
lejos.
Y lo más gracioso es
que, cuando vemos una zanahoria, la vemos claramente naranja, por supuesto. Sin
embargo y paradójicamente, cuando vemos una mierda, la vemos rebozada en
purpurina y con trenzas en el pelo. Al menos damos gracias a que, bajo el
disfraz de teletubbie torero esquinero, todavía nos damos cuenta de que es una
mierda vestida con traje de luces. Podríamos hasta ver un oso panda y lanzarnos
directamente a su cuello para besarlo, pero aún percibimos en ella algo fétido
que nos salvaguarda de nuestra propia ceguera circunstancial. A veces pienso
que ojalá no la viéramos. Así, como mínimo, nos lo pasaríamos bien un rato
jugando con el oso panda justo antes de que nos arrancase la cabeza de cuajo.
Todas las fotografías tomadas el 23 de abril de 2016 en Graumannsweg y alrededores de Hohenfelde, Hamburgo, Alemania.



