15/11/13

MUSIC: Bunbury nos despierta con un jugoso Palosanto de temporada

Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: revistaspazz
Bueno Enrique, ahí en el título que da nombre a esta humilde colección de pensamientos a propósito de tu último álbum de estudio Palosanto (a la venta des del 29 de octubre), te lanzo una excusa bastante poco hollywoodiense para alimentar a los carroñeros de leyendas pop de la prensa musical. Es que, a ver, eso de que has llamado Palosanto al disco porque te ha dado por los extraterrestres y el rollo paranormal ("Un modelo de ovni vintage de los cincuenta") está un poco visto en el mundillo del rock. ¡Ni que fueras un Dylan recién iluminado cualquiera! Apuesto que a Frank Zappa no se le hubiera ocurrido jamás ponerle nombre de fruta (palosanto es un sinónimo de caqui) a un disco suyo ni en sus mejores días. Te quedas con la peña fijo.

Ahora sí, aparco los chistes malos de mitómana del rock & roll y me dispongo a plantear cuatro apuntes (jamás me atrevería a llamarlos crítica) acerca de lo que me ha transmitido Palosanto, después de un par de semanas de escucha devota. Antes de empezar permíteme, eso sí, que te tutee y finja que estoy hablando contigo directamente, Enrique. He sentido tan especialmente cerca tu aliento en este disco que me parecería una desfachatez y una falta total de correspondencia el no hacerlo.


Fotografía de Jose Girl para la revista Rolling Stone España (número 169, noviembre 2013).
Fuente/ Source: enriquebunbury.com

Antes de comprarlo, casi me había creído a pies juntillas eso de que Palosanto iba a ser "el disco de la crisis de Bunbury", el manifiesto político del rock ibérico, de un radicalismo tal que nos empujaría a las calles a proclamar la anarquía y haría que las señoras mayores se llevaran las manos a la cabeza. A pesar de que una parte de mí se relamía con estas promesas de subversión, me asustaba sobremanera enfrentarme con un trabajo tan socialmente comprometido (ya sabes, los discos políticos, ¡qué miedo me dan!). Y eso por no hablar del supuesto europeísmo de este nuevo álbum, que no he sido capaz de discernir, francamente (igual no tenía que verlo o no he buscado bien, quién sabe). Pero mejor voy a dejar que las 15 nuevas canciones que componen este desgarrador Palosanto hablen por ellas mismas. ¡Que comience la odisea!

Fuente/ Source: enriquebunbury.com
El viaje antropológico al génesis del cambio y la superación humanas que nos propones, Enrique, arranca (y, oigan, ¡qué bien arranca!) con Despierta. Es, sin duda, el tema más abiertamente incendiario del álbum, sonoramente contemporáneo y de un rocanrrolismo muy sólido. Una lo recibe como una amorosa bofetada de realidad (sí, con ovnis y todo), y me hace recobrar la esperanza en la trascendencia del rock & roll, como si retrocediera en el tiempo hasta aquellas épocas en las que la juventud tenía la pueril creencia de que un tipo con greñas y una guitarra eléctrica podía cambiar el curso de la historia.

Por otra parte, me vuelve a descolocar por completo la elección de esta canción como sencillo. Tras escuchar el disco de arriba abajo unas cuantas veces, me encuentro con un trabajo mucho más orgánico, no tan contestatario y bastante menos excéntrico de lo que, en un principio, creí intuir a través de Despierta. Imagino que su sutil incorrección política y la del videoclip que la acompaña (un magistral y áspero caramelo visual dirigido por Alexis Morante) constituían una bomba de relojería mediática demasiado potente como para no encender la mecha.



He de reconocer que cuando llegué al segundo tema y leí su título fruncí el ceño en señal de cariñosa desaprobación. "Enrique, ya sé que ahora eres un padrazo, y que has alcanzado esa etapa de la vida en la que comienzas a reconciliarte con el universo que no te comprendía y la testosterona te deja de hervir, pero ¿qué coño es esta cursilada? Un tío como tú, que ha bautizado temas con anclas literarias del estilo de Nunca Se Convence Del Todo A Nadie De Nada o Doscientos Huesos Y Un Collar De Calaveras así, sin titubear. Una ñoñería semejante es más propia de una carta de primer amor, o de una postal con una puesta de sol des de un acantilado, escrita con letra caligrafiada". Pero entonces acabó Despierta y retumbaron en mis oídos el bajo y el campanilleo de Más Alto Que Nosotros Sólo El Cielo. Instantáneamente sentí el miedo recorriendo todo mi cuerpo, ese miedo que te envuelve al darte cuenta de que estas a las puertas de una obra maestra de 4 minutos, ese miedo que te dice que nunca vas a olvidar la primera vez que escuchaste esta canción.

Me atrevería a decir que es una de las composiciones más diáfanas (letrística y musicalmente hablando) de toda tu carrera, Enrique. Posee una irresistible atmosfera legendaria y una capacidad de empatía universal sólo propias de “las grandes canciones”, como tú dices. Si de verdad has pretendido alguna vez “hacer discos para todos los públicos”, diría que, al menos con esta canción, lo has conseguido con creces. Cada vez que se alzaba el estribillo, como una tormenta perfecta sobre la mar en calma, podía sentir en las entrañas el dolor de los sueños realizados, esa felicidad pura que te quema incluso antes de existir porque sabes que es imposible volar tan alto durante mucho tiempo, sabes que algo tan bello y perfecto solo puede ser una ilusión momentánea, una mentira. Y se convierte en realidad sonora eso que dicen de que los extremos se tocan, y que la plenitud en sus más altas cumbres está a un tiro de distancia del vacío.

Huelga decir, pues, que ya no veo nada de cursi en la frasecita que da nombre a esta pequeña fantasía rock. Y, por supuesto, no podía prescindir de una mención especial a su épico interludio guitarrero, que haría sonreír al mismísimo Keith Richards.


Álvaro Suite y Enrique Bunbury. Fuente/ Source: bunburyclub
Tras la euforia desbocada, cómo no, llega la desolación y el pesimismo submarinos. Soy consciente del argumento interno que sigue la sucesión de temas en Palosanto, pero desconozco hasta qué punto es intencionada la idílica dualidad cielo/ infierno, borrachera/ resaca, sueño/ realidad que se establece entre la canción anterior y este Salvavidas. Baladón desolador donde los haya, va royendo nuestras almas con cálida fluidez hasta comerse hasta el último ápice de fe en la humanidad como instrumento de cambio efectivo (Por encima de lo mío/ Siempre estuvo el infinito). No recomiendo su escucha a altas horas de la madrugada y/ o después de un día de perros; su descomunal e inefable belleza podría partir el corazón del oyente.

Y justo cuando consigo dejar atrás la oscuridad y la tentación del desconsuelo poético, me hundes en el hoyo del resentimiento, Enrique. En Los Inmortales es cuando te dejas de rimas y medias tintas y pones toda la mala ostia sobre la mesa. Ya no estás para atender a promesas vagas y espejismos de revoluciones pacifistas, quieres respuestas, senderos guiados para salir de este laberinto de rabia y frustración (Perdido el sentido en lo que escribes/ Perdido el frijol en tus fogones). Las guitarras metalizadas tiran la puerta abajo y te sacan a rastras de tu guarida de autocompasión, y su rítmica de jungla urbana te señala la crudeza de este desalentador 2013 que nos ha tocado vivir (Los inmortales están/ Bajo tierra/ Y sus cenizas se perderán/ Como todo lo demás/ Sin dejar huella). Al fondo, un coro góspel que bien podría arrojarte a las llamas del infierno. Pero como sé que no puedes vivir mucho rato sin la lírica, Enrique, me azuzas a la resignación mientras vas dorándome la píldora con un agridulce Prisioneros. Como Muhammad Ali, vuela como una mariposa y pica como una abeja; la ambientación orquestal me hace flotar y elevarme en una nube de algodones e introspección (El eco es anterior/ A la voz que pronunciamos) mientras tú, des de la tierra, lanzas dagas de desesperanza (El brillo se apagó/ La infancia ha terminado). Aunque tu voz está tan bonita y lacrimosa en este tema que no sé si lloro de la emoción o porque de verdad me has dado y estoy sangrando.

Luego viene Habrá Una Guerra En Las Calles, y estalla el guerrillero cantautor que hay en ti. Las soluciones no llegan, sale humo de las cabezas de la gente y el cabreómetro global está a punto de petar. La cólera te ciega hasta tal extremo que empiezas a ver la violencia como un instrumento de cambio razonable (Y la sangre llegará al río). Con valentía, y arropado por el ritmo severo de esa América Latina cósmica tan tuya, mandas advertencias a diestro y siniestro y obligas a cada uno a ocupar el lugar que le corresponde. Tristemente, Enrique, no me extrañaría nada que, tras emitir semejantes declaraciones musicales, estuviera en peligro tu seguridad.


Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com
Prácticamente sin poder evitarlo, la ira popular alcanza el punto de no retorno. Invitas al oyente a dar rienda suelta a su sentido de la justicia más primitivo, esta vez, eso sí, con un poco de sangre fría. Destrucción masiva vuelve a crear otro maravilloso contraste atmosférico entre la pasión grácil y espontánea de Habrá Una Guerra En Las Calles y el aire mecanizado, casi de rock futurista, del tema que la sigue. Sólo deseas que todo y todos vuelen por los aires, con tal nivel de desesperación y fatiga que tendrías incluso la indulgencia de no ser quisquilloso con el castigo espiritual infligido (O si es tu elección/ Te daré la satisfacción/ De acabar contigo y tus semejantes/ En un solo acto de destrucción masiva). Una nube de humo, un ¡bum! y se acabó.

En medio de la confusión, y con la mente rebosante de furia y prosaísmo, diviso un oasis de espiritualidad (¡gracias, Enrique, justo cuando lo necesitaba!). El Cambio y La Celebración te infunde calma y perspectiva de nuevo, te da de beber y te invita a contemplar la revolución des de un punto de vista insospechado. En este cruce de caminos nos obligas a parar y a reinventarnos (Muere un poco/ Para nacer mejor). El misticismo melódico y tu voz de encantador de serpientes, como un mantra en voz alta, sugiere que quizás no debamos esperar contestaciones de nadie salvo de nosotros mismos.

¡Aviso, viajeros! ¡Parón en seco de la expedición al origen de los verdaderos actos significativos de la mano de Hijo de Cortés!


Fotografía de Jose Girl para la revista Rolling Stone España (número 169, noviembre 2013).
Fuente/ Source: enriquebunbury.com
Como “gallega” que soy (así nos llaman a los españolitos en el continente suramericano), y a pesar de tener bastante menos mundo que tú, Enrique, tampoco he podido aludir el encontronazo puntual con algún damnificado histórico que me echa en cara el haberle robado el oro de su tierra. Aunque puedo comprender este rencor casi folklórico, duele un poco tener que cargar injustamente con un despropósito tal. Así que me alegro de que te hayas atrevido a pedir una tregua transatlántica con la chispa y el desenfado de Hijo de Cortés. Divertida, buenrollista, sexy y muy bailable, es la excusa perfecta para celebrar el amor fraternal entre España y Latinoamérica (en realidad, es la excusa perfecta para celebrar cualquier cosa). ¡Ai, Enrique! ¡Qué dominio del scatting rocanrolero! Esos ziri-dara-dá, dara-dou con los que nos deleitas al final de la canción no los escuchaba ni Louis Armstrong en sus sueños más húmedos! ¡Y qué decir de las guitarras viscerales que te acompañan! Una conjunción sencillamente sublime. Lo único que no alcanzo a comprender es el porqué del salto argumental que te marcas con este temazo. Sus influencias americanas son tan palpables que parece más un hijo bastardo de tu anterior Licenciado Cantinas (2011). Aunque, en fin, es tan brillante e irresistible que no soy capaz de reprochártelo del todo…
  
A partir de Mar de Dudas intuyo que, si bien el camino hacia la ruptura todavía es largo e incierto, se debe perseguir la luz que nos conduzca al inicio de una nueva era, una nueva era que comienza y acaba dentro de cada uno de nosotros. Canción entrañable como pocas, de esas que ponen punto y final a noches en la playa contemplando las estrellas, su graciosa melodía se me aparece como una forma más amable de resignación (contrapuesta a la devastadora Prisioneros). Ahora hemos de volver la mirada hacia nuestro fuero interno y dejar que la revolución de los pequeños actos hable por sí sola (Y que el resto del mundo/ Sea el que cambie a tu alrededor).

Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com
El amor es la fuerza que mueve el mundo, y eso lo sabes tú, Enrique, y también las paredes pedregosas de Salvation Mountain, aunque en Palosanto no quieras hacerlo tan obvio (sólo, y a mucho estirar, en Plano Secuencia, Más Alto Que Nosotros Sólo El Cielo y en su hermana pesimista, Miento Cuando Digo Que Lo Siento). La canción se incendia de repente con uno de los 5 segundos más mágicos de todo el álbum (me refiero a la atmosfera celestial que se forma a tu alrededor cuando pronuncias "el crimen de los tres acordes y la verdad" ). Como una despedida oficial a las migajas de tu fe en el poder político (Otra vez será/ No volverá a pasar/ No debí consentirlo), la orquesta y el coro lloran con dramatismo contenido el final definitivo de tus relaciones "diplomáticas" con las instituciones. Se acabó un amor que no sabes si alguna vez ha existido; es hora de caminar contigo mismo y no confiar demasiado en nadie más.


Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com
¡Y ya empezaba a echar en falta el mensaje en clave de toda obra bunburiana que se precie! Tus discos, Enrique, siempre contienen como mínimo un tema cuya naturaleza me resulta del todo inexorable, y Nostalgias Imperiales es, al menos para mí, el gran jeroglífico de Palosanto. Me rendiré tras varios meses de estudio monástico y me conformaré con contemplarla como una sucesión sin pausa de imágenes de tremenda belleza literaria, una poesía beat musicada.

El final de esta larga excursión a la cima del monte del cambio se acerca, no sin antes dar un paseo a galope por las llanuras desérticas de nuestras vidas (esta es la imagen que le sugieren a mi cabeza la guitarra en suspense y la sección de cuerda que la acompaña, un discreto guiño a El Jinete, si me lo permites). Los aires de folk extraterrestre de Plano Secuencia nos traen recuerdos de todo lo que estuvo en nuestras manos arreglar y dejamos pasar. Toca remendarnos como sea, pues (Ahora acepto el desafío/ Y me cobijo entre la escarcha/ De este marzo de primavera/ Y correré hasta que duela o deje de doler).

Casualidades/ O causalidades/ De la vida. ¿Qué puedo yo añadir a un juego de palabras tan maravillosamente cargado de significado? Causalidades tiene también ese nosequé de canción para acompañarte en una travesía emocional, mientras caminas hacia algún lugar indeterminado. Debe ser que el sentimiento de transición y huida que empapa todo el disco (y, francamente, una gran parte de tu discografía, Enrique) se plasma con especial convicción en esta frágil balada rock fronteriza. Sigues instándonos a actuar, aunque sea de la forma más insignificante (Puedes ser testigo/ O puedes cambiar el sentido) y a pesar de que todo pueda resultar aparentemente en vano (Situaciones preconcebidas/ Plegarias desatendidas). Con ecos de guitarras mitológicas a lo lejos, seguiré y seguiremos hacia adelante, pese a lo que podamos encontrar (Sólo tú puedes saberlo/ Nadie más puede saberlo).

...Y al final, se acabó el viaje. Todo es una especie de conclusión global perfecta, un resumen preciso y nostálgico de la aventura en la que nos has invitado a tomar parte, Enrique. Es la canción de cuna sideral que todos querríamos que nos cantaras para revivirla una y otra vez antes de quedarnos dormidos. No te has dejado ni un solo detalle, consigues encapsularlo todo idílicamente (Todo lo que nunca/ Y lo que siempre). ¿Qué más se le puede pedir a una despedida? Ah sí, que no tuviera que llegar nunca, pero supongo que eso es imposible… Qué pena que todo terminara, pero qué bonito fue.


Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com
Y, en fin, toda esta serenata kilométrica para decirte a ti, Enrique Bunbury, que si tuviera estrellas de esas que ponen en las revistas musicales tipo Rolling Stone te las daría todas y te dibujaría unas cuantas más de regalo.


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