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| Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: revistaspazz |
Bueno
Enrique, ahí en el título que da nombre a esta humilde colección de pensamientos a propósito de tu último álbum de estudio Palosanto (a la venta des del 29 de octubre), te lanzo una excusa bastante poco hollywoodiense para alimentar a los carroñeros de leyendas pop de la prensa musical. Es que, a ver, eso de que has llamado Palosanto al disco porque te ha dado por los extraterrestres y el
rollo paranormal ("Un modelo de ovni vintage de los cincuenta") está un poco visto en el mundillo del rock. ¡Ni que fueras un Dylan recién iluminado cualquiera! Apuesto que a Frank Zappa no se le hubiera
ocurrido jamás ponerle nombre de fruta (palosanto es un sinónimo de caqui) a un disco suyo ni en sus
mejores días. Te quedas con la peña fijo.
Ahora sí, aparco los chistes malos de mitómana del rock & roll y me dispongo a plantear cuatro apuntes (jamás me atrevería a llamarlos crítica) acerca de lo que me ha transmitido Palosanto, después de un par de semanas de escucha devota. Antes de empezar permíteme, eso sí, que te tutee y finja que estoy hablando contigo directamente, Enrique. He sentido tan especialmente cerca tu aliento en este disco que me parecería una desfachatez y una falta total de correspondencia el no hacerlo.
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| Fotografía de Jose Girl para la revista Rolling Stone España (número 169, noviembre 2013). Fuente/ Source: enriquebunbury.com |
Antes de comprarlo, casi me había creído a pies juntillas eso de que Palosanto iba a ser "el disco de la crisis de Bunbury", el manifiesto político del rock ibérico, de un radicalismo tal que nos empujaría a las calles a proclamar la anarquía y haría que las señoras mayores se llevaran las manos a la cabeza. A pesar de que una parte de mí se relamía con estas promesas de subversión, me asustaba sobremanera enfrentarme con un trabajo tan socialmente comprometido (ya sabes, los discos políticos, ¡qué miedo me dan!). Y eso por no hablar del supuesto europeísmo de este nuevo álbum, que no he sido capaz de discernir, francamente (igual no tenía que verlo o no he buscado bien, quién sabe). Pero mejor voy a dejar que las 15 nuevas canciones que componen este desgarrador Palosanto hablen por ellas mismas. ¡Que comience la odisea!
| Fuente/ Source: enriquebunbury.com |
El viaje antropológico al génesis del cambio y la superación humanas que nos
propones, Enrique, arranca (y, oigan, ¡qué bien arranca!) con Despierta.
Es, sin duda, el tema más abiertamente incendiario del álbum, sonoramente
contemporáneo y de un rocanrrolismo muy sólido. Una lo recibe como una amorosa
bofetada de realidad (sí, con ovnis y todo), y me hace recobrar la esperanza en
la trascendencia del rock & roll, como si retrocediera en el tiempo hasta
aquellas épocas en las que la juventud tenía la pueril creencia de que un tipo
con greñas y una guitarra eléctrica podía cambiar el curso de la historia.
Por otra
parte, me vuelve a descolocar por completo la elección de esta canción como
sencillo. Tras escuchar el disco de arriba abajo unas cuantas veces, me
encuentro con un trabajo mucho más orgánico, no tan contestatario y bastante
menos excéntrico de lo que, en un principio, creí intuir a través de Despierta. Imagino que su sutil
incorrección política y la del videoclip que la
acompaña (un magistral y áspero caramelo visual dirigido por Alexis Morante) constituían una bomba de
relojería mediática demasiado potente como para no encender la mecha.
He de
reconocer que cuando llegué al segundo tema y leí su título fruncí el ceño en
señal de cariñosa desaprobación. "Enrique, ya sé que ahora eres un
padrazo, y que has alcanzado esa etapa de la vida en la que comienzas a
reconciliarte con el universo que no te comprendía y la testosterona te deja de
hervir, pero ¿qué coño es esta cursilada? Un tío como tú, que ha bautizado
temas con anclas literarias del estilo de Nunca Se Convence Del Todo A Nadie
De Nada o Doscientos Huesos Y Un Collar De Calaveras así, sin
titubear. Una ñoñería semejante es más propia de una carta de primer amor, o de
una postal con una puesta de sol des de un acantilado, escrita con letra
caligrafiada". Pero entonces acabó Despierta y retumbaron en mis
oídos el bajo y el campanilleo de Más Alto Que Nosotros Sólo El Cielo.
Instantáneamente sentí el miedo recorriendo todo mi cuerpo, ese miedo que te
envuelve al darte cuenta de que estas a las puertas de una obra maestra de 4
minutos, ese miedo que te dice que nunca vas a olvidar la primera vez que
escuchaste esta canción.
Me
atrevería a decir que es una de las composiciones más diáfanas (letrística y
musicalmente hablando) de toda tu carrera, Enrique. Posee una irresistible
atmosfera legendaria y una capacidad de empatía universal sólo propias de “las grandes canciones”, como tú dices. Si de verdad has pretendido alguna vez “hacer discos para todos los públicos”, diría que, al
menos con esta canción, lo has conseguido con creces. Cada vez que se alzaba el
estribillo, como una tormenta perfecta sobre la mar en calma, podía sentir en
las entrañas el dolor de los sueños realizados, esa felicidad pura que te quema
incluso antes de existir porque sabes que es imposible volar tan alto durante
mucho tiempo, sabes que algo tan bello y perfecto solo puede ser una ilusión
momentánea, una mentira. Y se convierte en realidad sonora eso que dicen de que
los extremos se tocan, y que la plenitud en sus más altas cumbres está a un
tiro de distancia del vacío.
Huelga
decir, pues, que ya no veo nada de cursi en la frasecita que da nombre a esta
pequeña fantasía rock. Y, por supuesto, no podía prescindir de una mención
especial a su épico interludio guitarrero, que haría sonreír al mismísimo Keith
Richards.
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| Álvaro Suite y Enrique Bunbury. Fuente/ Source: bunburyclub |
Tras la
euforia desbocada, cómo no, llega la desolación y el pesimismo submarinos. Soy
consciente del argumento interno que sigue la sucesión de temas en Palosanto,
pero desconozco hasta qué punto es intencionada la idílica dualidad cielo/
infierno, borrachera/ resaca, sueño/ realidad que se establece entre la canción
anterior y este Salvavidas. Baladón desolador donde los haya, va
royendo nuestras almas con cálida fluidez hasta comerse hasta el último ápice
de fe en la humanidad como instrumento de cambio efectivo (Por encima de lo
mío/ Siempre estuvo el infinito). No recomiendo su escucha a altas horas de
la madrugada y/ o después de un día de perros; su descomunal e inefable belleza
podría partir el corazón del oyente.
Y justo
cuando consigo dejar atrás la oscuridad y la tentación del desconsuelo poético,
me hundes en el hoyo del resentimiento, Enrique. En Los Inmortales
es cuando te dejas de rimas y medias tintas y pones toda la mala ostia sobre la
mesa. Ya no estás para atender a promesas vagas y espejismos de revoluciones
pacifistas, quieres respuestas, senderos guiados para salir de este laberinto
de rabia y frustración (Perdido el sentido en lo que escribes/ Perdido el
frijol en tus fogones). Las guitarras metalizadas tiran la puerta abajo y
te sacan a rastras de tu guarida de autocompasión, y su rítmica de jungla
urbana te señala la crudeza de este desalentador 2013 que nos ha tocado vivir (Los
inmortales están/ Bajo tierra/ Y sus cenizas se perderán/ Como todo lo demás/
Sin dejar huella). Al fondo, un coro góspel que bien podría arrojarte a las
llamas del infierno. Pero como sé que no puedes vivir mucho rato sin la lírica,
Enrique, me azuzas a la resignación mientras vas dorándome la píldora con un
agridulce Prisioneros. Como Muhammad Ali, vuela como una
mariposa y pica como una abeja; la ambientación orquestal me hace flotar y
elevarme en una nube de algodones e introspección (El eco es anterior/ A la
voz que pronunciamos) mientras tú, des de la tierra, lanzas dagas de
desesperanza (El brillo se apagó/ La infancia ha terminado).
Aunque tu voz está tan bonita y lacrimosa en este tema que no sé si lloro
de la emoción o porque de verdad me has dado y estoy sangrando.
Luego
viene Habrá Una Guerra En Las Calles, y estalla el guerrillero
cantautor que hay en ti. Las soluciones no llegan, sale humo de las cabezas de
la gente y el cabreómetro global está a punto de petar. La cólera te ciega
hasta tal extremo que empiezas a ver la violencia como un instrumento de cambio
razonable (Y la sangre llegará al río). Con valentía, y arropado
por el ritmo severo de esa América Latina cósmica tan tuya, mandas advertencias
a diestro y siniestro y obligas a cada uno a ocupar el lugar que le
corresponde. Tristemente, Enrique, no me extrañaría nada que, tras emitir
semejantes declaraciones musicales, estuviera en peligro tu seguridad.
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| Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com |
Prácticamente
sin poder evitarlo, la ira popular alcanza el punto de no retorno. Invitas al
oyente a dar rienda suelta a su sentido de la justicia más primitivo, esta vez,
eso sí, con un poco de sangre fría. Destrucción masiva vuelve a
crear otro maravilloso contraste atmosférico entre la pasión grácil y
espontánea de Habrá Una Guerra En
Las Calles y el aire mecanizado, casi de rock futurista, del tema
que la sigue. Sólo deseas que todo y todos vuelen por los aires, con tal nivel
de desesperación y fatiga que tendrías incluso la indulgencia de no ser
quisquilloso con el castigo espiritual infligido (O si es tu elección/ Te daré
la satisfacción/ De acabar contigo y tus semejantes/ En un solo acto de
destrucción masiva). Una nube de humo, un ¡bum! y se acabó.
En medio
de la confusión, y con la mente rebosante de furia y prosaísmo, diviso un oasis
de espiritualidad (¡gracias, Enrique, justo cuando lo necesitaba!). El
Cambio y La Celebración te infunde calma y perspectiva de nuevo, te da
de beber y te invita a contemplar la revolución des de un punto de vista
insospechado. En este cruce de caminos nos obligas a parar y a reinventarnos (Muere
un poco/ Para nacer mejor). El misticismo melódico y tu voz de encantador
de serpientes, como un mantra en voz alta, sugiere que quizás no debamos
esperar contestaciones de nadie salvo de nosotros mismos.
¡Aviso,
viajeros! ¡Parón en seco de la expedición al origen de los verdaderos actos
significativos de la mano de Hijo de Cortés!
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| Fotografía de Jose Girl para la revista Rolling Stone España (número 169, noviembre 2013). Fuente/ Source: enriquebunbury.com |
Como
“gallega” que soy (así nos llaman a los españolitos en el continente
suramericano), y a pesar de tener bastante menos mundo que tú, Enrique, tampoco
he podido aludir el encontronazo puntual con algún damnificado histórico que me
echa en cara el haberle robado el oro de su tierra. Aunque puedo comprender
este rencor casi folklórico, duele un poco tener que cargar injustamente con un
despropósito tal. Así que me alegro de que te hayas atrevido a pedir una tregua
transatlántica con la chispa y el desenfado de Hijo de Cortés. Divertida, buenrollista, sexy y muy
bailable, es la excusa perfecta para celebrar el amor fraternal entre
España y Latinoamérica (en realidad, es la excusa perfecta para celebrar
cualquier cosa). ¡Ai, Enrique! ¡Qué dominio del scatting rocanrolero!
Esos ziri-dara-dá, dara-dou con los que nos deleitas al final de la
canción no los escuchaba ni Louis Armstrong en sus sueños más húmedos! ¡Y qué
decir de las guitarras viscerales que te acompañan! Una conjunción
sencillamente sublime. Lo único que no alcanzo a comprender es el porqué del
salto argumental que te marcas con este temazo. Sus influencias americanas son
tan palpables que parece más un hijo bastardo de tu anterior Licenciado Cantinas (2011).
Aunque, en fin, es tan brillante e irresistible que no soy capaz de
reprochártelo del todo…
A partir
de Mar de Dudas intuyo que, si bien el camino hacia la
ruptura todavía es largo e incierto, se debe perseguir la luz que nos conduzca
al inicio de una nueva era, una nueva era que comienza y acaba dentro de cada
uno de nosotros. Canción entrañable como pocas, de esas que ponen punto y final
a noches en la playa contemplando las estrellas, su graciosa melodía se me
aparece como una forma más amable de resignación (contrapuesta a la devastadora
Prisioneros). Ahora hemos
de volver la mirada hacia nuestro fuero interno y dejar que la revolución de
los pequeños actos hable por sí sola (Y que el resto del mundo/ Sea el que
cambie a tu alrededor).
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| Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com |
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| Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com |
¡Y ya
empezaba a echar en falta el mensaje en clave de toda obra bunburiana que se
precie! Tus discos, Enrique, siempre contienen como mínimo un tema cuya
naturaleza me resulta del todo inexorable, y Nostalgias Imperiales es, al menos para mí, el gran
jeroglífico de Palosanto. Me rendiré
tras varios meses de estudio monástico y me conformaré con contemplarla como
una sucesión sin pausa de imágenes de tremenda belleza literaria, una poesía
beat musicada.
El final
de esta larga excursión a la cima del monte del cambio se acerca, no sin antes
dar un paseo a galope por las llanuras desérticas de nuestras vidas (esta es la
imagen que le sugieren a mi cabeza la guitarra en suspense y la sección de
cuerda que la acompaña, un discreto guiño a El Jinete, si me lo permites). Los aires de folk extraterrestre de Plano
Secuencia nos traen recuerdos de todo lo que estuvo en nuestras manos
arreglar y dejamos pasar. Toca remendarnos como sea, pues (Ahora acepto el desafío/ Y me cobijo entre la escarcha/ De este marzo
de primavera/ Y correré hasta que duela o deje de doler).
Casualidades/ O causalidades/ De la
vida. ¿Qué puedo yo
añadir a un juego de palabras tan maravillosamente cargado de significado? Causalidades
tiene también ese nosequé de canción para acompañarte en una travesía
emocional, mientras caminas hacia algún lugar indeterminado. Debe ser que el
sentimiento de transición y huida que empapa todo el disco (y, francamente, una
gran parte de tu discografía, Enrique) se plasma con especial convicción en
esta frágil balada rock fronteriza. Sigues instándonos a actuar, aunque sea de
la forma más insignificante (Puedes ser
testigo/ O puedes cambiar el sentido) y a pesar de que todo pueda resultar
aparentemente en vano (Situaciones
preconcebidas/ Plegarias desatendidas). Con ecos de guitarras mitológicas a
lo lejos, seguiré y seguiremos hacia adelante, pese a lo que podamos encontrar (Sólo tú puedes saberlo/ Nadie más puede
saberlo).
...Y al final, se acabó el viaje. Todo es
una especie de conclusión global perfecta, un resumen preciso y nostálgico de
la aventura en la que nos has invitado a tomar parte, Enrique. Es la canción de
cuna sideral que todos querríamos que nos cantaras para revivirla una y otra
vez antes de quedarnos dormidos. No te has dejado ni un solo detalle, consigues
encapsularlo todo idílicamente (Todo lo que nunca/ Y lo que siempre).
¿Qué más se le puede pedir a una despedida? Ah sí, que no tuviera que llegar
nunca, pero supongo que eso es imposible… Qué pena que todo terminara, pero qué
bonito fue.
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| Fotografía de Jose Girl. Fuente/ Source: enriquebunbury.com |
Y, en
fin, toda esta serenata kilométrica para decirte a ti, Enrique Bunbury, que si tuviera
estrellas de esas que ponen en las revistas musicales tipo Rolling Stone te
las daría todas y te dibujaría unas cuantas más de regalo.







