20/7/14

THEATRE: Porgy and Bess en el Gran Teatre del Liceu


Porgy and Bess en el Gran Teatre del Liceu, Barcelona. Fotografía de John Snelling. Via hoyesarte
En ocasiones, cuando no me apetece tener personalidad, hago lo que diga Charlie Watts. Con sus trajes de sastrería y su cara de caballo imperturbable, el tipo no inspira más que confianza y seguridad en sí mismo. Lo miras a los ojos y piensas, "si me limito a seguir a Charlie, nunca me equivocaré". Pues bien, a Charlie Watts no le gusta la ópera. Y no es sólo que no le guste; la aborrece. Charlie Watts sintoniza Radio 3 casi todos los días en su casa, y los sábados, cuando ponen ópera del Met, se sale al jardín a acariciar a sus caballos árabes o a regar las orquídeas o cualquier mierda que le mande Shirley (su mujer) antes que quedarse dentro a escucharla. Sabiendo esto, pienso yo, "¿Para qué molestarme en intentar valorar el encanto subyacente a estas señoras obesas que hablan gritando en un dialecto ininteligible al que yo llamaría "dialecto de cantante de ópera" porque, digan lo que digan, NO SE ENTIENDE? Si Charlie Watts dice que la ópera no mola, yo también. Y punto.

Pero no, por mucho que quiera, no hay punto. La esnob ultrapedante y culterana que hay en mí se resiste o no poder disponer entre su arsenal de pretenciosidades de un gusto instruido por el género operístico. Supuse entonces que, como mínimo, si existía alguna ópera folk ambientada en el Deep South y moldeada en la expresividad del blues y el jazz, esa sería mi ópera. Y ahí estaba Porgy and Bess, con música de George Gershwin y libreto de Ira Gershwin y DuBose Heyward, aterrizando en el Liceu de Barcelona des de Ciudad del Cabo justo a tiempo para elevar mi grado de petulantismo a otro nivel. Y la fecha para hacerlo no podía ser más fortuitamente mítica; este viernes pasado (18 de julio) coincidía con el que habría sido el nonagésimo sexto cumpleaños de Nelson Mandela. Una quería pensar que esto insuflaría en sus compatriotas de la Cape Town Opera Company una intensidad interpretativa más reverencial y mística que de costumbre, mucho más teniendo en cuenta el trasfondo social de la obra y el comedido vital de su adorado Madiba. Al menos a mí me pareció una bonita forma de dar solemnidad espiritual a la velada, que en vista de la flojera etiquetil del público, se me hizo necesaria.


Fotografía de John Snelling. Via exitcultural

Nos cuentan que esta ópera jazz, basada en la novela titulada Porgy del mencionado Heyward, se sitúa en un ficticio barrio marítimo cerca del puerto de Charleston, Carolina del Sur, en algún momento entre los años 1920 y 1930. No hay que ser muy listo para notar en cuanto sube el telón que aquello se parece más al Soweto de los 1970 que a otra cosa. Tampoco molesta ni desentona, en absoluto; resulta chocante el grado de paralelismo circunstancial entre ambas coyunturas históricas, tan alejadas en el tiempo y el espacio aunque, eso sí, con los mismos protagonistas. Racismo, opresión, segregación, marginalidad... Son palabras cuya universalidad debería avergonzarnos y que han padecido en algún período de su historia reciente tanto los negros del sur de los Estados Unidos como los de los townships de Johannesburgo. Así y todo, la originalidad del argumento no es, seguramente, el plato fuerte de Porgy and Bess, cuya historia narra las vicisitudes de un amor frustrado entre Porgy, un lisiado que vive de la limosna, y Bess, una mujer de dudosa reputación, esclava de las drogas y de un amante posesivo trabajador del algodón. A su alrededor, somos testigos del funcionamiento del pecado original jerárquico de cualquier comunidad humana, y de su idiosincrasia normalmente implacable y pocas veces comprensiva. Los hombres pescan para comer y se juegan lo que ganan para darle sal a la vida; las mujeres mecen a sus hijos y procuran que los dados no se interpongan en el camino que lleva el sueldo de los maridos hasta sus casas. Mientras tanto, la gente muere por asuntos sin importancia, otros les lloran porque no tienen nada mejor que hacer, unos cuantos pagan justos por pecadores y alguno se sale siempre con la suya.

El mérito y prestigio de Porgy and Bess tienen tintes tanto sociales como artísticos; por una parte, se trataba de una ópera interpretada íntegramente por cantantes negros (había un abogado, un policía y alguno más que hacían de los típicos blancos aguafiestas, pero no cuentan porque no sabían cantar, y en la función que yo vi aparecían dos monjas lechosas que se las podían haber ahorrado; lo único que hacían era dar vueltas por el poblado como gallinas cluecas). El curioso mestizaje entre artes mayores y menores, entre música orquestal y música folklórica afroamericana (elementos de jazz, blues, gospel...) la convertían, además, en todo un exotismo operístico, que obligaba a los teatros de América a catalogarla de "obra experimental" en todo el esplendor del clasicismo de sus formas. Hoy día, todo esto puede parecer poco más que anecdótico, pero a principios de la década de los 1930 se trataba de  una decisión arriesgadísima que le costó a Gershwin el que no aceptaran a su ópera como tal hasta bien entrados los 1970.

Por culpa de los ecos del Apartheid que, lógicamente y por desgracia, todavía resuenan incluso más allá de sus fronteras, el origen de muchos de los cantantes pertenecientes a esta compañía sudafricana guarda alguna que otra triste similitud con el de aquellos que subieron a Porgy and Bess a un escenario por primera vez en el Nueva York de 1935. Intuyo que con una formación bastante más sólida que la de sus homólogos americanos de entonces, su abrumadora vehemencia, energía y saber estar no dejaron a nadie indiferente. Tampoco me sorprendió observar cómo la gran mayoría de personajes femeninos devoraba a los masculinos y ocupaba todo el escenario (ja ja ja, no, no tiene nada que ver con el peso, ¿vale? Qué superficiales malpensados, por Dios...), y el público supo reconocer esta superioridad y alabarla en el momento de los aplausos. Dudo que ni siquiera el bueno de Porgy (quien, si no entendí equivocadamente, substituía al cantante que debía actuar esa noche pero estaba indispuesto) estuviera a la altura de su Bess (desproporcionada en el mejor de los sentidos) ni de otras de las protagonistas (Clara, Serena y María, pletóricas las tres en todas sus intervenciones). Paradójicamente, reconozco que mi personaje favorito fue Sportin' Life, el camello guasón y sin escrúpulos que, utilizando muchas artimañas  de indudable bajeza moral, consiguió finalmente levantarle la novia a Porgy y llevársela a Nueva York a vivir la high life. Con ese acento y ese nombre, era el más divertido de todos con distancia.

Y si bien, como decía antes, las interpretaciones y la escenografía se tomaron sus licencias africanizadas, los arreglos instrumentales son respetuosos y conservadores hasta la saciedad, cosa que se agradeció y disfrutó sobremanera.

En definitiva si, como yo, no sois grandes admiradores del noble y prestigioso arte que es la ópera, recomiendo que, semanas previas al evento, no os dediquéis a empaparos con las varias versiones jazzeras que existan de la misma y estén disponibles en el mercado, a saber las de Miles Davis, Oscar Peterson y Joe Pass (ésta nunca), Louis Armstrong y Ella Fitzgerald o Ray Charles y Cleo Laine (ésta última sobretodo, no se os ocurra escucharla bajo ningún concepto). Si lo hacéis, lo más probable es que, en el fondo de vuestros corazones, hayáis de reconocer que preferís mil veces los melismas intuitivos de Ray que la espectacularidad y precisión técnica de cualquier voz baritónica, y eso puede haceros sentir un poco demasiado básicos. Tampoco veáis la película (eso yo no lo hice, pero puede ser igual de nocivo teniendo en cuenta que sale Sidney Poitier, porque ya se sabe que Sidney Poitier es irresistible). Dicho esto, reitero y aseguro que el hecho de estar más curtidos en la apreciación de las artes populares no os prevendrá de saber valorar los varios climax ni de clavar la mirada en el escenario a lo largo de las casi tres horas de función sin apenas pestañear.

La de Porgy and Bess que viví el viernes en el Liceu es una experiencia altamente recomendable de la que nadie en su sano juicio podría arrepentirse jamás. Pero yo, con el permiso de toda la gente culta del mundo, prefiero quedarme a vivir entre el minuto 5:37 y el final de Summertime. Ya se sabe lo que dicen: an opera is a sometime thing.



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