26/6/14

MUSIC: Rolling Stones, this could be the last time?

Cuando estos dos se miraban, aún saltaban chispas... Los Stones en Hyde Park, Londres, en julio del año pasado.
Via stonespleasedontstop

Entre el melancólico y atinadísimo artículo que escribió Diego A. Manrique para Rolling Stone cuando se venía el 50 & Counting tour y el de Juan Puchades para Efe Eme con motivo de la inminente llegada de los Rolling (sí, los Rolling, joder, que los Stones queda mazo de repipi) a Madrid, procuré autoconvencerme dos veces de que no era buena idea (especialmente para una fanática de nivel sectario como yo, pero tampoco para cualquiera que sea sensible y sienta amor verdadero por la música popular del siglo XX) asistir a ninguno de los conciertos de las Satánicas Majestades del nuevo milenio.

En el primer intento no lo conseguí. Vamos, ¡ni de puta coña!; tenía que ver a los Stones (sí, los Stones, yo antes era muy repipi) y dejarme la vida (y la pasta, sobretodo la pasta) si era necesario, porque era mi sino, porque había nacido para ello, porque llevaba desde los 11 años preparándome para ese momento, porque era historia del rock & roll repitiéndose (¡los Rolling Stones vuelven a Hyde Park 44 años después pero pagando!), porque si no lo hacía moriría y mi espíritu vagaría perseguido por el fantasma de Brian Jones eternamente... Y un montón de sandeces más que yo entonces me creía con la misma vehemencia ebria y adolescente con la que Fernando Arrabal juraba que el milenarismo iba a llegar.

Para la segunda ocasión ya había madurado considerablemente, así que me dije a mí misma, "a la mierda la dignidad, yo quiero pagarles 220€ a Mick Jagger por menear su culo enjuto lo más cerca posible de mi jeta y a Keith Richards por aporrear a Micawber (su emblemática Telecaster rubia) con un brazo mientras se fuma un peta y se apoya en Ronnie Wood con el otro". Si no hubiera sido por una jugada magistral del destino (y cuando digo jugada magistral del destino quiero decir estafa de la mafia Ticketmaster, que tras tenerme casi 8 horas en la cola virtual con la cara pegada a unas cuantas pantallas, no me permitió conseguir dos entradas Premium Pista), probablemente estaría ahora mismo llorando en la cama de algún hotel de la capital, lamentándome por haber nacido en los noventa y tener que conformarme con la versión circense y corporativista de la que una vez fue la mejor banda de rock & roll del mundo.

Como ya os he dicho que a día de hoy soy una persona mucho más equilibrada y mi devoción por este grupo de septuagenarios ingleses se ha moderado bastante, tenía planeado meterme en una cueva y preparar cartas bomba para todo aquel que me enviara whatapps preguntándome si me había gustado el concierto de los Rolling de ayer, pero a última hora he decidido quedarme en casa y canalizar mi frustración escribiendo una entrada sobre el show al que sí conseguí asistir, tras una patética lucha interna contra mis principios artísticos. Al menos del mío se hizo un DVD (Sweet Summer Sun - Hyde Park Live)...


Todo comenzó un 13 de julio de 2013 a las 4 de la madrugada en Londres. Guillermous Hermous y yo nos disfrazamos de fans de los Stones (aquí no es repipi porque en el mundo angloparlante los llaman así) y cogimos el primer tren en Earl's Court con destino Marble Arch (tuvimos que esperar un ratito porque básicamente el vagón estaba más vacío que el cráneo de Ozzy Osbourne). Llegamos a la entrada norte de Hyde Park y, tal y como esperábamos, había cuatro yayoheavies durmiendo en colchonetas. Corríamos entusiasmados hasta el centro de la verja cuando un señor italiano nos advirtió muy (ejem) amablemente que aquel sitio lo estaban ocupando unos amiguitos suyos que habían ido a mear. Aparcamos nuestros traseros un poco más a la izquierda sobre la maltrecha hierba londinense, apoyamos la espalda contra la valla y nos hacemos a la idea de que nos quedan unas 7 horas para tener que correr los 400 metros lisos de nuestras vidas hasta el lugar más cercano posible al escenario.

Eran cerca de las 12:30 y todavía no habían abierto las puertas del festival British Summer Time. Llevábamos un cuarto de hora emparedados en mitad de un tumulto de rockeros nostálgicos y cabreados en el que debió de ser el día más caluroso en Inglaterra desde 1876 o por ahí. Para cuando nos dejaron pasar, la peña ya estaba descontroladísima perdida; los revisores de tickets nos observaban, aterrorizados, como si fuéramos una manada de hienas hambrientas corriendo en su dirección mientras un grupo de seguratas gritaba en vano "DO NOT RUN! WALK!". Nos daba igual que fueran negros con bíceps del tamaño de nuestras cabezas, los Rolling Stones nos estaban esperando al otro lado del parque. Ya nos arrestarían después del show, si querían.

Sobre las 14:30 comenzó el desfile de valientes que tuvieron que salir a tocar ante la reaccionaria y obtusa cantera de devotos de la escuela stoniana (vale que hemos venido a ver a los Rolling Stones y el resultado nos da igual, vale que hay que ahorrar energías hasta las 20:30 de la tarde, pero no deis la espalda a los pobres muchachos, que eso está muy feo. ¿No habéis aprendido nada de un gentleman como Charlie Watts?). Los primeros fueron los únicos medianamente bien recibidos, y no me extrañó; ¿quién es el guapo que se resiste al soulerío con raíces de los Vintage Trouble? ¡Qué LO-CU-RA de grupo! Luego cogieron el relevo the 1975. Pobretes, no tenían nada que hacer con tanta caspa y tanto polvo que acumula el hooliganismo de los enamorados del "rock clásico" (qué término más horripilante, por cierto). Después tenía que salir un tal Tom Odell, que se supone que es famosete y tal, pero se puso enfermo y lo substituyeron un duo de irlandeses folkies monísimos llamados Hudson Taylor. Y finalmente se plantó (y por momentos pensé que lo había hecho literalmente) sobre el escenario Jake Bugg, quien estuvo francamente contundente a pesar de lo que su cara de niña bonita pueda aparentar.

Y al fin, ¡¡¡llegó la hora!!! (un poco tarde, pero estaba claro que los íbamos a dejar quedarse de todas formas). Tantas veces lo había imaginado y jamás habría podido ni sospechar que alcanzaría un nivel de idealidad tal; estábamos en el corazón de Hyde Park, reviviendo el mítico 5 de julio de 1969 en el que se leyó a Shelley, se lanzaron mariposas al viento en memoria de Brian Jones y Mick Taylor se estrenó como Rolling Stone, salvo por el nimio detalle de que, a diferencia de los hippies de entonces, nosotros habíamos desembolsado un pastizal por estar allí. Pero oye, ¿cuánto se les paga a unos señores con guitarras que están a punto de hacerte levitar? ¿Cuál es el precio por vivir la noche más mística de tu vida? ¿Cuánto vale un rock & roll que te entra por los oídos y te perforara el alma y la piel? La barahúnda de gente empezaba a excitarse y a presionar contra la valla de seguridad, y yo medio flirteaba con la idea romántica de morir aplastada bajo una estampida de amantes de los Rolling Stones.

En el cartel que colgaba de la batería y donde ponía "closed" pasó a leerse "open". El primero en salir fue Charlie, y yo no pude contener un chillido muy agudo y desagradable de seguidora esquizofrénica de los Backstreet Boys. Tras él salieron Ronnie y Keith. "Señoras y señores, por favor den la bienvenida de vuelta a Hyde Park a... ¡¡¡THE ROLLING STONES!!!". Más de 60.000 personas rugieron a la vez, como una masa de carne parlante de varios kilómetros cuadrados. Y de repente, con su smoking dorado rococó, Mick... "Si moría ese día, al menos habría conocido la felicidad", pensé.

Pero justo cuando los pies comenzaban a despegárseme del suelo... ¡BAM! Keith va y destroza el riff de Start Me Up (y me constaba que por segunda vez encima de aquel escenario, por muy bien que lo hayan doblado en el DVD...). ¡BUM! De vuelta a la tierra. Mis peores temores, los que llevaba intentando acallar desde a saber cuándo, estaban haciéndose realidad: tenía unas expectativas tan altas sobre aquel concierto y los Rolling Stones se hallaban en unas horas tan bajas que estaba claro que alguien no iba a obtener su satisfacción aquella noche.

La estatua del Richards intocable acababa de desmoronarse para siempre, y en mitad del caos, me aferré a la de Jagger, quien habría de cargar (y así fue) con el peso de las dos horas y media de espectáculo monumental. El hombre de los labios de goma y los pasos de baile más icónicos de la historia de la música popular, mi Dios particular y el de unos cuantos más de los allí presentes, estaba bajando la rampa de la pasarela y se aproximaba a un escaso metro de distancia de donde yo me situaba, temblando y con los ojos desorbitadamente abiertos y clavados en él. Durante unos segundos se me fue la pinza de una manera tal que intenté apretarme contra la valla con tanta fuerza que casi podría haberla traspasado, en plan hombre invisible. En mitad de ese delicioso delirio, se ve que uno de los yayoheavies (tengo su careto guardado para la posteridad aproximadamente en el minuto 110 de la película, qué alegría) no estaba dispuesto a compartir el espacio conmigo, y me asestó un codazo de campeonato en el estómago que yo creo que fue mi Altamont particular, el principio del fin de mi sueño rollingstoniano.

El resto del show fue divertido como una tarde en un parque de atracciones. Juegos de luces, fuegos artificiales, dibujitos en las pantallas gigantes y un montón de americanas doradas o bordadas con pedrería del Morritos Jagger, a cada cual más fabulosa. No paró de pavonearse de un lado al otro del kilométrico escenario como si fuera el rey del mambo. No había hombre sobre la faz de la Tierra con más poderío que Mick Jagger caminando por encima de las aguas de aquel océano de súbditos. Keith también se echó una nochecita muy guapa partiéndose la caja con Ronnie y regalándonos una ristra de sus ya arquetípicas posturitas súper fotogénicas de maldito del rock (hizo de todo menos tocar, vamos). Charlie dijo "hola" en un momento dado. El público se sabía bien todos los uh-uhs, ah-ahs, y yeah-yeah-yeahs, aunque si tenías suerte y te tocaba un tema ligeramente menos conocido (en nuestro caso, Ruby Tuesday, Emotional Rescue y Doom & Gloom) podías oír cantar a Mick en lugar de a unos señores y señoras con acento alemán, polaco u otros acentos que, definitivamente, no son acentos ingleses de Kent. Lisa Fischer estuvo exuberantemente maravillosa en su clásica aportación a Gimme Shelter, y Mick Taylor (aunque a casi nadie pareció importarle) le dio toda una lección tanto de técnica como de búsqueda de complicidad con el cantante a un guitarrista rítmico que yo me sé (suelta el cigarro ya, Keith). La ceremonia era tan fastuosa desde todos los puntos de vista que cualquiera hubiera podido decir que intentaban desviar nuestra atención de lo importante; cuatro tipos flacuchos que tocan en un grupo llamado the Rolling Stones.

Los parques de atracciones están muy bien si lo que buscas es un parque de atracciones, claro. Hacia el final de Satisfaction, cuando los Stones estaban a punto de despedirse de todos nosotros, alcé mi vista y contemplé el cielo nocturno londinense cubierto de flores de papel maché rojo. Mientras intentaba coger una, me preguntaba por qué yo no podía ser como toda aquella gente que se conformaba con un parque de atracciones. La respuesta era muy sencilla; allí casi nadie se estaba conformando. Simplemente habían obtenido lo que querían. Presenciar un concierto de los Rolling Stones hoy en día tiene más que ver con visitar el Louvre que con un genuino show de rock & roll; el museo siempre está a reventar y, sin embargo, ¿qué porcentaje de todo el gentío que ronda sus pasillos posee un interés sincero por su arte? Ni se cuestiona ni se juzga; uno tirando a bajo.

Ya no había sangre, ni garra, ni frenesí, ni pasión, ni misticismo ni espontaneidad en aquellos Stones arrugados. Me había divertido, sí, pero podría jurar que sentí cosas mucho más complejas cuando vi el Ladies & Gentlemen por quinta vez. Las montañas rusas y los sitios turísticos son chulos, pero es que lo he dicho antes; ¡yo venía a levitar, joder!, y levitar no es algo que se pueda ni siquiera comparar con una montaña rusa o un museo.

Para volver tuvimos que bajar hasta la estación de Knightsbridge porque Marble Arch estaba a reventar, y así, además, no tendríamos que hacer transbordo. De camino al hotel, rodeada de camisetas con lenguas y caras que irradiaban un júbilo infantil, me hice una pregunta que jamás creí que me formularía: ¿cuánto tiempo hace que los Rolling Stones deberían haber parado de girar?


Ya veis, nadie puede imaginar lo que ha cambiado mi vida desde aquel 13 de julio del año pasado. Los Rolling Stones eran la mano que mecía la cuna de mi existencia, algo a lo que siempre me podría aferrar, pasara lo que pasara. Hoy, sin embargo, sólo puedo desear que Mick, Keith, Charlie y Ronnie (bueno, Ronnie da igual, que es el nuevo) acaben con este homicidio en primer grado a su precioso legado. Mi madre dice que es que me hago mayor, pero en realidad espero y deseo con toda la envidia que me corroe por dentro que aquellos que tuvieron la "suerte" de asistir ayer a su concierto en el Santiago Bernabéu se cortaran con el papel de la entrada, tuvieran que soportar a Leiva mojándose los pantalones de la emoción cual vulgar believer (aunque me consta que su fanatismo sufre de las mismas Emociones Encontradas que el mío) y les tocara un maromo de 1'90 justo delante que les obstruyera parcialmente la visión durante toda la velada. Aun con todo eso, seguro que se lo pasaron de miedo, y diarios y telenoticias se desharán en elogios y bendiciones a la mini Disneylandia que montaron ayer, 25 de junio, estos viejos rockeros por antonomasia con el 14 on Fire tour.

En cuanto a mí, lo más probable es que se me vuelva a ver por el próximo recital pseudohistórico que den en el Reino Unido para celebrar el cuadragésimo aniversario de cuando Keef se sobó en mitad de Fool to Cry o alguna parida por el estilo. Ya, ya, soy masoquista y entrañablemente patética, pero los Rolling también, y si a ellos no les importa, ¿por qué habría de importarme a mí? A la mierda la dignidad, se ha dicho. Maybe the last time, I don't know.

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