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"¡Más alto que nosotros sólo tú!", le gritaban a Enrique sus súbditos catalanes ayer en el Sant Jordi Club.
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Son
las dos y trece minutos de la madrugada. Apesto a concierto de Enrique
Bunbury de nuevo. Y esta vez bien podría apestar a sudor del propio Bunbury
(conseguí, no sin mucha perseverancia y sacrificio, oscilar cual multímetro
entre la segunda y tercera "fila", o como demonios se llame a esas
formaciones raras que hace la gente para colocarse frente al escenario y conseguir
que su cara bese el trasero del ídolo musical de turno); yo juraría que, en el
algún aspaviento elvispresley-michaeljacksoniano de esos que no paró de
marcarse el Aragonés Errante en toda la noche de ayer en el Sant
Jordi Club, me cayó alguna gota procedente de su rizada melena casi
afro.
Lo
que es seguro es que no puede ser el olor del señor que estaba a mi lado (que
se había pasado la semana entera aprendiéndose el cancionero bunburyano de pe a
pa y, compresiblemente, se olvidó de ducharse y esas cosillas), porque los
conciertos de Bunbury, así como el propio ídem, deben oler a lo que son, a
gloria bendita y néctar de los dioses griegos espolvoreados con un poco de
frankfurt, cerveza, tabaco y, sí, sudor rancio (el rock & roll es lo que
tiene).
La
cuestión es que me encanta apestar a concierto de Bunbury; no hay hedor
comparable en el mundo del showbiz patrio, y es por ello que una debe
prepararse a conciencia para ser capaz de inhalar la abrumadora magnificencia
de semejante tufo una vez llegado el momento. El entrenamiento para dicho
acontecimiento suele comenzar aproximadamente un mes antes del día D; empiezas
a repasarte la discografía como si fuera materia de selectividad, te vas
poniendo algún directo de tanto en cuando para entrar en calor, montas un
pequeño showroom para decidir lo que te vas a poner, diseñas un plan
genial para llegar al front row a base de inofensivos codazos... Y al
final, la verdad es que no sirve de mucho; ya puedes planear todo lo que
quieras, que no te vas a librar del típico espabilado de los cojones que
tiene un amigo que le guarda el sitio en primera fila desde las siete y
aparece 10 minutos antes de que el artista salga al escenario. O si no, el
maestro Bunbury siempre te va a pillar por alguna otra parte y, claramente, el
recital con el que deleitó a su mimada Ciudad Condal la pasada noche del 19 de
junio no iba a ser una excepción.
El
Bunbury alienígena procedente de la galaxia palosantera aterrizó a lomos de su
noble ovni y al son de un vals vienés prácticamente a las 21:30h clavadas (para
vosotros los rockeros mega-bohemios y mega-guays que llegan dos horas tarde a sus
shows, yo me quedo aquí con Enrique) y se arrancó con un mastodóntico y
apabullante Despierta, como no podía ser de otra manera. A pesar
del detalle insignificante del careto de nuestro presidente del gobierno Mariano
Rajoy (entre otros personajes de la esfera política que no me apetecía
ver ese día) en la pantalla gigante, todo parecía transcurrir con la perfección
de reloj suizo habitual.
Una
había comenzado a interiorizar como universal e irrefutable, pues, el
hecho de que Bunbury era una suerte de ser infalible, un Dios, más alto que
nosotros sólo Enrique, como decía un señor muy gracioso a mi derecha
que no sé a qué olía, un James Brown latino capaz de calcular hasta
el mililitro la fórmula secreta del espectáculo de rock más fresco y
vibrante del panorama hispanohablante. Pero, para mi tremenda
sorpresa, resulta que Bunbury y sus Santos Inocentes son
humanos y, a veces, hasta entran mal en las
canciones. Probablemente se debió a que los destinatarios de la
dedicatoria de esa glamurosamente envenenada Destrucción Masiva
(los ayer proclamados reyes de España, ¡cómo no!) no les motivaban en exceso.
Pero no penséis mal, "¡la intención era muy buena!", como
dijo, a modo de disculpa, el ex-héroe del silencio. La intención, y lo que
no era intención, también, la verdad. Que no nos venga ahora con la falsa
modestia.
A
medida que Bunbury se iba desnudando como ser
humanamente imperfecto que no para de sonreír como un
adolescente enamorado y lee de teleprompters para no perderse en la laberíntica
sinuosidad de sus propias letras, su grandeza se disparaba a la estratosfera
por contraste; parecía que la ligera descoordinación de la banda y la derivada
sensación de peligro en alza por no saberse poseedor del control absoluto de la
situación multiplicaran los niveles de adrenalina por 20.000. De cada
mini-gazapo guitarrero saltaba un chispazo de espontaneidad que te subía por la
médula espinal como ninguna reinterpretación de riff de estudio podría
conseguir jamás (a excepción del caballero conocido entre el público asistente
como Dani Patillas, que fue el único guitarrista de la noche capaz de
poner pasión y afilamiento a partes iguales). Los músicos destilaban swing
y camaradería como pocos, y Enrique nunca había estado tan pletórico ni tan
camaleónico; en dos horas y media de espectáculo incombustible (han oído bien,
señores; tres bises y puedo confirmarles que a penas se le notaba el
agotamiento) metamorfoseó de Robert Plant a Gram Parsons a José Alfredo Jiménez
a Elvis Presley a telepredicador a chamán y a encantador
de serpientes con transiciones idílicamente imperceptibles.
Algunas
de las cumbres sensoriales de la noche me las esperaba (Salvavidas,
Miento Cuando Digo que lo Siento, Más Alto que Nosotros Sólo el Cielo,
De Todo El Mundo), otras no (El Rescate, Deshacer
el Mundo de Heroes del Silencio), y durante los estadios
de rítmica explosiva ya me había hecho a la idea de que podría sufrir un
ataque al corazón en cualquier momento (Sí, Que Tengas
Suertecita, Los Inmortales, El Extranjero), aunque...
¡Ai! Me llevé una pequeña gran decepción con Hijo de Cortés;
esperaba que su cadencia endiabladamente cosmico-latina y sus ziridadadás-dadadús
me hicieran perder el control con los primeros cuatro compases, pero no pude
más que encontrarla francamente desinflada (quizá fui yo, que la cargué
con demasiadas expectativas).
No
quería descuidar como mínimo una pequeña mención al universo visual que tanto
se ha preocupado el maestro Bunbury por construir alrededor de este tour.
Ciertamente, puede ser una ardua tarea fijarse en otra cosa que no sea Enrique
Bunbury si, justamente, lo tienes haciendo viguerías con la garganta y
cimbreándose a escasísima distancia de tu corporeidad, pero cuando te paras un
segundo a pensar en la colección de logotipos y nombres corporativos ensangrentados
de laboratorios farmacéuticos, bancos y petroleras que iba apareciendo por
detrás de él, no puedes más que darte cuanta de que el poder subversivo de la
imaginería palosanteriana pasó peligrosa y preocupantemente desapercibido para
la mayoría de los allí presentes.
Y,
bueno, como colofón de la fiesta, en el segundo bis salió Loquillo. Se
dice y se cuenta que Bunbury y los suyos intentaban interpretar Apuesta
por el Rock & Roll cuando el Loco dejaba de sobar a Enrique como un
niño de teta perdido en el Toys R Us.
...
Ejem...
No
me gusta ser cruel gratuitamente... Dejémoslo en que el bueno de Loquillo hizo
honor ayer a esa coletilla con la que Keith Richards suele saludar a su
audiencia en los conciertos de los Stones: qué bueno estar aquí, qué bueno
estar en cualquier parte.
Hasta
aquí la narración bizarra de un concierto que fue tan inesperadamente
imperfecto en su adecuación técnica como previsiblemente perfecto en
sublimidad emotiva. Ese es un juicio que, al fin y al cabo, depende de la
acepción de perfección que comprenda y acepte cada uno. Lo que no da cabida a
disertaciones racionales de ningún tipo (y os lo digo yo que lo estoy
sufriendo ahora mismo) es que la peste a concierto de Enrique Bunbury no se va
con una ducha ni con dos; una vez que entréis en contacto con ella, emanará de
vuestras mentes y cuerpos un amor tan profundo e incondicional que se olerá a
quilómetros de distancia. No tenéis más que leerme a mí para ver lo que
podría sucederos. Avisados quedáis.
Ah, ¡casi se me olvidaba! Un beso a todos los
asistentes que vieron el concierto a través de sus móviles. Espero que todo se
apreciara igual de bien que en vivo.
