10/9/16

MUSIC: Prelanzamiento de 'Hollow Bones', Rival Sons en el Columbia Theater de Berlin: hey baby, so did you enjoy the show?



A menudo me levanto temprano por la mañana y el trap me suda la polla por delante y por detrás. Y que se metan el trap ya en el puto culo y a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando del campanario. Que vayan a cagar a la puta playa con el puto trap, que llevo desde que acabé el bachillerato con el puto trap, vayan a la mierda ya con el género musical ese y dejen de tocar los cojones. Luego voy al cuarto de baño a evacuar las primeras deposiciones del día, me lavo las manos y vierto leche de soja sobre los altavoces de mi hermano para ver si electrocuto al Vic Mensa por telepatía. Entonces le digo oh u mad huh, y mi hermano, maleducado como él solo, me contesta con otra pregunta; ¿te queda más leche de soja? Y yo le respondo... I GUESS I DON'T. Y así vamos. 





Llevo un ramo de clavelillos a la zona gay de la puta playa de La Barceloneta donde seguro está enterrado Pepe Rubianes y a partir de ese momento, en esos días, no quiero escuchar nada que no sea rock & roll, me ponen otra cosa y nos largamos. E igual que cuando vives sola por primera vez, pelas plátanos con abrelatas y al cabo de un mes te das cuenta de que existe un límite gástrico sobrepasado el cual estás hasta la peineta de comértelo todo frío o precalentado, se descubre al graduarse que, por una ley de la elasticidad de John Lee Hooker, el rockero clásico de espíritu más entregado llegará a desarrollar tolerancia a la intro del Heartbreaker, y necesitará que le sirvan algo recién cocinado, más calentito que Led Zeppelin en conserva, para que el chichi le dé palmas como antes.

Al borde de alcanzar dicho punto de inflexión, conocí a Rival Sons una fría noche de diciembre en la Bikini [leer crónica aquí], sin saber más de ellos que un videoclip de Pressure and Time que pese a las transiciones del Windows Movie Maker 10 y el claro extravío estilístico del entonces bajista (Dave Beste, para cuando los viera, lo vendría substituyendo desde ya hacía tiempo) me trasladó brevemente a aquellos 12 años con los que escuché por primera vez Brown Sugar y vivir pareció de pronto tan peligroso.

Año y medio pasó y sin noticias de los Rival Sons des del Great Western Valkyrie (2014), salvo algunas cosas (Hollow Bones Pt. 1, Tied Up) colgadas en ese Spotify al que tuve que acostumbrarme cuando vivía en Alemania y tenía miedo de ser deportada en una caja llena de refugiados sirios por bajarme torrents. En perspectivas de la remota posibilidad de un mundo mejor, alejado de la fiesta Erasmus a la que iba a asistir en una hora, busqué señales de actividad del grupo más allá de abrir para Black Sabbath (muérete Ozzy Osbourne y que paguen tu puto divorcio televisado los yayoheavies banqueros) y resulta que en menos de 24 horas daban un concierto medio secreto/exclusivo en Berlín tras el cual se vendería el nuevo álbum, Hollow Bones (2016), un día antes que en el resto del planeta Tierra. WITH A BIT OF LUCK lo firmarían. Había que reaccionar rápido, reservar entrada, comprar FlixBus, montar modelito Keith Richards durante el Tour of the Americas '75. El 9 de junio viajé con el roñoso metro de la Alemania Oriental, crucé cuando el Ampelmann estaba en verde y di con el Columbia Theater de Berlín a tiempo para plantarme en primera fila. La solicitud de pase de prensa se envió demasiado tarde, pero la reflex superó el control en el que fue un primer intento de hacer de Annie Leibovitz en una ciudad excitante y desconocida.

Una señora que no sé si me cayó bien o mal llamada Maryse medio me quitó el sitio en la primera fila/centro like a pro; tenía unas 18 fotos con Joe Bonamassa y un mínimo de 6 con el resto de la realeza del blues rock contemporáneo, una acosadora de Jay Buchanan (vocalista de los Sons) buscada por el FBI germano ante quien no pude más que inclinarme en señal de respeto. Me explicó todo lo que había que saber para conseguir selfies con mis ídolos, no trabajar y hacer de la vida groupie un arte durante el viaje en bus de vuelta a Hamburgo. Nunca la volví a ver, probablemente esté en The Rock Café St. Pauli ahora mismo, que Dios la bendiga.



Rumores corrían sobre que iban a grabar el show de aquella noche para un DVD Live in Berlin o algo equiparablemente mitológico y necesario (no existe mucha documentación audiovisual oficial de la banda). Preparé la cámara creyendo que podría mantener la compostura y el pulso para enfocar en manual, incluso con la esperanza de colaborar proporcionando footage para el rockumental, pero no, entró Buchanan, arrancó Electric Man y entera me la pasé gritando y tiritando, el aire pesaba más que el propio rock & roll y cambié a automático, buy the ticket, take the ride.

Reviví en Secret, que no está de lejos ni en nivel 5 de destructividad en la escala Richter, pero que sin embargo goza de eficacia en directo como ejercicio de calentamiento garagero y distendido. Sin querer dar a entender que el concepto de distensión sea uno que venga fácilmente en mente cuando se rememora a los Rival Sons, claro está, aunque la diferencia entre unos Sons que se sienten como en casa y unos a los que convidas por primera vez sea entrañablemente palpable: recuerdo el cronometrismo, la puritanería de cabaret, la sucia precisión y premeditación de cada aullido, cada gesto de posesión divina, cada gota de sudor que navegaba las olas fisonómicas de Jay Buchanan en su presentación en Barcelona de hace casi dos años. Impecable y artificiosamente vestidos, no saludaron ni sonrieron una sola vez porque allí venían a hacer daño y no amigos; la intención debió de ser que su recuerdo persiguiera y su ausencia doliera ya a la mañana siguiente, y lo lograron, vaya si sí. Para la primera puesta de pies en España lo tenían todo y nada que perder. Sajonia, por otro lado, estaba conquistadísima, era casi un reencuentro con muchas caras como mínimo familiares. Y repito, no es que faltara solemnidad, no es que se lo tomaran menos en serio, la confianza no da asco para Rival Sons, pero sí que, dicho mal y pronto, estaban como más simpáticos, por equis o por Bratwurst, que se debe parecer más a un hotdog que la tortilla de patatas.



Tampoco es que Jay Buchanan pareciera menos la aparición de un santo en su desafeitado traje de Jesucristo de bareto, un santo en llamas, su cuerpo era todo eucaristía, te lo entregaba para que te lo comieras si querías. Ni que lo largo y fuerte de sus alas blancas asfixiara menos, su halo ocupaba más espacio que el equipo de sonido. Cuando se quitó las botas y le hacía saber al Señor que lo había elegido como Salvador y Creador en Hollow Bones Pt. 2 junté las palmas de las manos como el emoji del WhatsApp para que entendiera que yo lo había escogido como el mío. Lo único que se interpone entre él y el cielo es el hecho de que nunca tendrá una banda a la altura de su capacidad de intensidad y misticismo.

Pero una banda es una banda y no la forman más de uno o dos integrantes ni porque sí ni por muy holístico y/o panteísta que sea cualquiera al que se suela identificar como líder, prueba de ello los modestos ecos mediáticos de la carrera solista de Buchanan. Si Rival Sons ha logrado lo que hasta la fecha no es únicamente gracias a Jay, pese a que lo sea en más de un 50%. Scott Holiday, por su parte, es un instrumentalista chisposo y hábil que sabe cómo sacar el mayor partido de lo poco que tenga; un maestro del impacto, sin duda. Lástima que la eficiencia del shock riff que con tanta maña practica se apoye demasiado en la novedad y el estado de ánimo, y que disminuya proporcionalmente con el tiempo y la profundización. Dave Beste y el épico Todd Ögren-Brooks al teclado pringoso son músicos sólidos, y quizás Michael Miley no quede totalmente eclipsado por el carisma huracanado del cantante, a diferencia del resto del grupo. Así que sigue resistiéndose a la humildad lo asquerosamente superior, técnica, sensitiva y energéticamente, que es Jay Buchanan cuando se lo compara con el resto de Sons. Frustrante como el precio de las entradas de la gira de Black Sabbath o los tartamudos, sí.

Tocan 5 temas de los totales 9 del nuevo álbum, Thundering Voices a la manera de la más nociva metralla suprematista, una inyección temblorosa de rabia, blues y gospel, erótica para orangutanes. En Hollow Bones Pt. 1, en Tied Up sobretodo, Baby Boy, Fade Out y en una sensual y neurótica Pretty Face, que estaba de debut en vivo, cuesta bastante discernir la larga sombra del antaño omnipresente e incordiante papá Page. Dan por fin el paso firme que dejaron a medio dar con Great Western Valkyrie y abandonan el hogar paternomusical, con un poco de empeño para siempre. Se distancian del Zeppelin, de Rush, de Rainbow, de los Faces y de todo esa peña casposa y se aproximan a alguien que no es nadie todavía y que, por tanto, podría ser sólo ellos. Como apuntaba Miley en el minidocumental sobre la grabación del disco, Hollow Bones es una puerta abierta por la que Rival Sons ascenderá a nuevos y más prósperos infiernos.

Consiste en una colección de pistas hecha de buenos materiales; fabricada con amor y prisas, aplicando la metodología única de Long Beach, California, si es que puede haber algo de metodológico en lo más absolutamente impredecible, aguanta el equilibrio en el dulce intermedio por el que no se es ni rimbombante ni facilón; no hay que tener un máster en nada para apreciarla, pero sí la capacidad de podérselo sacar. Las canciones son tan físicas, tan palpables que parece que no posean la más ligera espiritualidad. Otra vez se presiente que pudieran haberse roto más el coco, retorcido la composición unas siete vueltas más... No deja de ser la eterna lacra de los hermanos rivales, y seguramente lo que les viene previniendo des del comienzo del estrellato categórico à la era dorada del hard rock de mediados de los 1970.



Su directo, sin embargo, qué directo... Se vuelve más aplastante, más incuestionable, más humillante y bárbaro con cada nuevo trabajo; la vehemencia en los manierismos de Buchanan esclaviza. El setlist fue de lo menos valiente y aun así las suelos no dejaron de quebrarse a la caída de Torture, Open My Eyes y la ultraprotestante despedida que es Keep On Swinging, más el libidinoso rescate de una titulada Tell Me Something, pico energético de la noche, si me preguntan. Se agota la retórica pedante y maleante cuyo único objetivo es decir en voz muy alta que Rival Sons son lo más real que le ha pasado al rock & roll des del primer desembarco de esclavos en Virginia, mínimo desde Chuck Berry o la chupa de cuero.












































Fue corto y sin bises, pero salimos de la sala y era verdad; ¡podríamos pagar más por tener el Hollow Bones un día antes que el 99% de los mortales! ¡¡¡!!! Es la vieja historia del pseudosibaritismo del rockero de boxset, a quien se le puede vender a cualquier precio desorbitado cualquier tipo de mierda que venga metida en una caja y sea de Eric Clapton o exclusiva; se cree científico y coleccionista de la belleza cuando en realidad le queda tirando a poco para ser un forofo con botas de punta y aretes plateados. 

Y también, era cierto que iban a firmar lo que se les pidiera y fuera decente. Procuré hacerme la guay a medida que la hora de Jay Buchanan se aproximaba, pero las primeras impresiones no están entre mis fuertes, y rápidamente deserté en el propósito de despertar un nivel de fascinación recíproco entre los dos. Le miré penetrantemente y frené antes de parecer una maniática, di una de las gracias más sinceras que he dado nunca y fue él quien me preguntó si me había gustado el show. Sentí cómo saltaban las chispas, al igual que probablemente debieron notar todas las mujeres y homosexuales que pasaron por caja; al pobre hombre le debían de oler las retinas a pelo quemado y a poción amorosa. Pero conmigo era sincero. A mí me llamó baby, seguro que eso no se lo dice a ninguna.



Todas las fotografías tomadas el 9 de junio de 2016 en el Columbia Theater, Berlin, Alemania.


Image and video hosting by TinyPic
GuardarGuardar
GuardarGuardarGuardarGuardar