A menudo me levanto
temprano por la mañana y el trap me suda la polla por delante y por detrás. Y
que se metan el trap ya en el puto culo y a ver si les explota dentro y les
quedan los huevos colgando del campanario. Que vayan a cagar a la puta playa
con el puto trap, que llevo desde que acabé el bachillerato con el puto trap,
vayan a la mierda ya con el género musical ese y dejen de tocar los cojones.
Luego voy al cuarto de baño a evacuar las primeras deposiciones del día, me
lavo las manos y vierto leche de soja sobre los altavoces de mi hermano para
ver si electrocuto al Vic Mensa por telepatía. Entonces le digo oh u mad huh, y mi hermano, maleducado como él solo, me contesta con
otra pregunta; ¿te queda más leche de soja? Y yo le respondo... I GUESS I DON'T. Y así vamos.
Llevo un ramo de
clavelillos a la zona gay de la puta playa de La Barceloneta donde seguro está
enterrado Pepe Rubianes y a partir de ese momento, en
esos días, no quiero escuchar nada que no sea rock & roll, me ponen otra
cosa y nos largamos. E igual que cuando vives sola por primera vez, pelas
plátanos con abrelatas y al cabo de un mes te das cuenta de que existe un límite
gástrico sobrepasado el cual estás hasta la peineta de comértelo todo frío o
precalentado, se descubre al graduarse que, por una ley de la elasticidad de
John Lee Hooker, el rockero clásico de espíritu más entregado llegará a
desarrollar tolerancia a la intro del Heartbreaker,
y necesitará que le sirvan algo recién cocinado, más calentito que Led Zeppelin
en conserva, para que el chichi le dé palmas como antes.
Al borde de alcanzar
dicho punto de inflexión, conocí a Rival Sons una fría noche de diciembre en la Bikini [leer
crónica aquí], sin saber más de ellos que un videoclip
de Pressure and Time que pese a las
transiciones del Windows Movie Maker 10 y el claro extravío estilístico del
entonces bajista (Dave Beste, para cuando los viera, lo vendría substituyendo
desde ya hacía tiempo) me trasladó brevemente a aquellos 12 años con los que escuché
por primera vez Brown Sugar y vivir pareció de pronto tan peligroso.
Año y medio pasó y sin noticias
de los Rival Sons des del Great Western Valkyrie (2014), salvo
algunas cosas (Hollow Bones Pt. 1, Tied Up) colgadas en ese
Spotify al que tuve que acostumbrarme cuando vivía en Alemania y tenía miedo de
ser deportada en una caja llena de refugiados sirios por bajarme torrents.
En perspectivas de la remota posibilidad de un mundo mejor, alejado de la
fiesta Erasmus a la que iba a asistir en una hora, busqué señales de actividad
del grupo más allá de abrir para Black Sabbath (muérete Ozzy Osbourne y que
paguen tu puto divorcio televisado los yayoheavies banqueros) y resulta que en
menos de 24 horas daban un concierto medio secreto/exclusivo en Berlín tras el cual se vendería el nuevo
álbum, Hollow Bones (2016), un día antes que en el resto del
planeta Tierra. WITH A BIT OF LUCK lo firmarían. Había que
reaccionar rápido, reservar entrada, comprar FlixBus, montar modelito Keith
Richards durante el Tour of the Americas '75. El 9 de junio viajé con el
roñoso metro de la Alemania Oriental, crucé cuando el Ampelmann estaba en verde
y di con el Columbia
Theater de Berlín a tiempo para plantarme en primera fila. La
solicitud de pase de prensa se envió demasiado tarde, pero la reflex superó el
control en el que fue un primer intento de hacer de Annie Leibovitz en una
ciudad excitante y desconocida.
Una señora que no sé si
me cayó bien o mal llamada Maryse medio me quitó el sitio en la primera
fila/centro like a pro; tenía unas 18 fotos con Joe Bonamassa y un
mínimo de 6 con el resto de la realeza del blues rock contemporáneo, una
acosadora de Jay Buchanan (vocalista de los Sons) buscada por el FBI germano
ante quien no pude más que inclinarme en señal de respeto. Me explicó todo lo
que había que saber para conseguir selfies con mis ídolos, no trabajar y hacer
de la vida groupie un arte durante el viaje en bus de vuelta a Hamburgo. Nunca la volví a
ver, probablemente esté en The Rock Café St. Pauli ahora mismo, que Dios la
bendiga.
Rumores corrían sobre que iban a
grabar el show de aquella noche para un DVD Live in Berlin o algo
equiparablemente mitológico y necesario (no existe mucha documentación
audiovisual oficial de la banda). Preparé la cámara creyendo que podría
mantener la compostura y el pulso para enfocar en manual, incluso con la
esperanza de colaborar proporcionando footage para el rockumental, pero no, entró Buchanan, arrancó Electric Man y entera me la pasé gritando y tiritando, el aire pesaba más que el
propio rock & roll y cambié a automático, buy the ticket, take the ride.
Reviví en Secret,
que no está de lejos ni en nivel 5 de destructividad en la escala Richter, pero
que sin embargo goza de eficacia en directo como ejercicio de calentamiento
garagero y distendido. Sin querer dar a entender que el concepto de distensión
sea uno que venga fácilmente en mente cuando se rememora a los Rival Sons,
claro está, aunque la diferencia entre unos Sons que se sienten como en casa y
unos a los que convidas por primera vez sea entrañablemente palpable: recuerdo el
cronometrismo, la puritanería de cabaret, la sucia precisión y premeditación de
cada aullido, cada gesto de posesión divina, cada gota de sudor que navegaba
las olas fisonómicas de Jay Buchanan en su presentación en Barcelona de
hace casi dos años. Impecable y artificiosamente vestidos, no saludaron ni
sonrieron una sola vez porque allí venían a hacer daño y no amigos; la intención
debió de ser que su recuerdo persiguiera y su ausencia doliera ya a la mañana
siguiente, y lo lograron, vaya si sí. Para la primera puesta de pies en España
lo tenían todo y nada que perder. Sajonia, por otro lado, estaba
conquistadísima, era casi un reencuentro con muchas caras como mínimo
familiares. Y repito, no es que faltara solemnidad, no es que se lo tomaran
menos en serio, la confianza no da asco para Rival Sons, pero sí que, dicho mal
y pronto, estaban como más simpáticos, por equis o por Bratwurst, que se debe
parecer más a un hotdog que la tortilla de patatas.
Tampoco es que Jay
Buchanan pareciera menos la aparición de un santo en su desafeitado traje de
Jesucristo de bareto, un santo en llamas, su cuerpo era todo eucaristía, te lo
entregaba para que te lo comieras si querías. Ni que lo largo y fuerte de sus
alas blancas asfixiara menos, su halo ocupaba más espacio que el equipo de
sonido. Cuando se quitó las botas y le hacía saber al Señor que lo había
elegido como Salvador y Creador en Hollow Bones Pt. 2 junté las
palmas de las manos como el emoji del WhatsApp para que entendiera que yo lo
había escogido como el mío. Lo único que se interpone entre él y el cielo es el
hecho de que nunca tendrá una banda a la altura de su capacidad de intensidad y
misticismo.
Pero una banda es una banda
y no la forman más de uno o dos integrantes ni porque sí ni por muy holístico y/o panteísta que sea cualquiera al que se suela identificar como líder, prueba de ello los modestos ecos mediáticos de la carrera solista de Buchanan. Si Rival Sons ha logrado lo que hasta la fecha no es únicamente gracias a Jay, pese a que lo sea en más de un 50%. Scott Holiday, por su parte, es un instrumentalista chisposo y hábil que sabe cómo sacar el mayor partido de lo poco que tenga; un maestro del impacto, sin duda. Lástima que la eficiencia del shock riff que con tanta maña practica se apoye demasiado en la novedad y el estado de ánimo, y que disminuya proporcionalmente con el tiempo y la profundización. Dave Beste y el épico Todd Ögren-Brooks al teclado pringoso son músicos sólidos, y quizás Michael Miley no quede totalmente eclipsado por el carisma huracanado del cantante, a diferencia del resto del grupo. Así que sigue resistiéndose a la humildad lo asquerosamente superior, técnica, sensitiva y energéticamente, que es Jay Buchanan cuando se lo compara con el resto de Sons. Frustrante como el precio de las entradas de la gira de Black Sabbath o los tartamudos, sí.
Tocan 5 temas de los totales 9 del nuevo álbum, Thundering Voices a la manera de la más nociva metralla suprematista, una inyección temblorosa de rabia, blues y gospel, erótica para orangutanes. En Hollow Bones Pt. 1, en Tied Up sobretodo, Baby Boy, Fade Out y en una sensual y neurótica Pretty Face, que estaba de debut en vivo, cuesta bastante discernir la larga sombra del antaño omnipresente e incordiante papá Page. Dan por fin el paso firme que dejaron a medio dar con Great Western Valkyrie y abandonan el hogar paternomusical, con un poco de empeño para siempre. Se distancian del Zeppelin, de Rush, de Rainbow, de los Faces y de todo esa peña casposa y se aproximan a alguien que no es nadie todavía y que, por tanto, podría
ser sólo ellos. Como apuntaba Miley en el minidocumental sobre la grabación del
disco, Hollow Bones es una puerta abierta por la que Rival Sons ascenderá a nuevos y más prósperos infiernos.
Consiste en una colección de pistas hecha de buenos materiales; fabricada con amor y prisas, aplicando la metodología única de Long Beach, California, si es que puede haber algo de metodológico en lo más absolutamente impredecible, aguanta el equilibrio en el dulce intermedio por el que no se es ni rimbombante ni facilón; no hay que tener un máster en nada para apreciarla, pero sí la capacidad de podérselo sacar. Las canciones son tan físicas, tan palpables que parece que no posean la más ligera espiritualidad. Otra vez se presiente que pudieran haberse roto más el coco, retorcido la composición unas siete vueltas más... No deja de ser la eterna lacra de los hermanos rivales, y seguramente lo que les viene previniendo des del comienzo del estrellato categórico à la era dorada del hard rock de mediados de los 1970.
Su directo, sin
embargo, qué directo... Se vuelve más aplastante, más incuestionable, más
humillante y bárbaro con cada nuevo trabajo; la vehemencia en los manierismos
de Buchanan esclaviza. El setlist fue de lo menos valiente y aun así las suelos
no dejaron de quebrarse a la caída de Torture, Open My Eyes y la
ultraprotestante despedida que es Keep On Swinging, más el libidinoso
rescate de una titulada Tell Me Something, pico energético de
la noche, si me preguntan. Se agota la retórica pedante y maleante cuyo único
objetivo es decir en voz muy alta que Rival Sons son lo más real que le ha
pasado al rock & roll des del primer desembarco de esclavos en Virginia,
mínimo desde Chuck Berry o la chupa de cuero.
Fue corto y sin bises,
pero salimos de la sala y era verdad; ¡podríamos pagar más por tener el Hollow
Bones un día antes que el 99% de los mortales! ¡¡¡!!! Es la vieja historia
del pseudosibaritismo del rockero de boxset, a quien se le puede vender a
cualquier precio desorbitado cualquier tipo de mierda que venga metida en una
caja y sea de Eric Clapton o exclusiva; se cree científico y coleccionista de
la belleza cuando en realidad le queda tirando a poco para ser un forofo con
botas de punta y aretes plateados.
Y también, era cierto
que iban a firmar lo que se les pidiera y fuera decente. Procuré hacerme la
guay a medida que la hora de Jay Buchanan se aproximaba, pero las primeras
impresiones no están entre mis fuertes, y rápidamente deserté en el propósito
de despertar un nivel de fascinación recíproco entre los dos. Le miré
penetrantemente y frené antes de parecer una maniática, di una de las gracias
más sinceras que he dado nunca y fue él quien me preguntó si me había gustado
el show. Sentí cómo saltaban las chispas, al igual que probablemente
debieron notar todas las mujeres y homosexuales que pasaron por caja; al pobre
hombre le debían de oler las retinas a pelo quemado y a poción amorosa. Pero
conmigo era sincero. A mí me llamó baby, seguro que eso no se lo dice a
ninguna.
Todas las fotografías tomadas el 9 de junio de 2016 en el Columbia Theater, Berlin, Alemania.



