No sé muy bien por
qué, pero me gusta la sensación de saber que todo el puñetero mundo está viendo
el fútbol menos yo. Me produce un sentimiento entrañable y perezoso, como
cuando es Navidad o San Pedro y se reúne la familia y voy a casa de mi abuela;
no me interesa mucho y me aparto un poco, pero me da ternura saber que están
todos juntos, hablando de cosas que me parecen idióticas. Escucharlos de lejos
hace como que la noche pase más lenta y no se acabe el día, y es que la muerte
de los días, o más bien su contemplación, ver cómo se van y no vuelven nunca
más, me pone melancólica y encrespada. Es reconfortante sentir que están ahí,
buenamente tirando su tiempo a la basura mientras yo les paso la mano por la
cara mentalmente, reviento Internet, me hago más sabia que ellos. ¿Será, en el
fondo, un alegrarme de la desgracia ajena en el entendimiento pedante? ¿Soy una
despegada? Sí pero no lo siento así, aunque no sé explicarlo mejor. Creo que al
final se trata, simplemente, de que el hecho de oírles gritar a la tele me
recuerda que no se han dormido todavía y que, si no están conmigo es porque,
claro, tienen que ver el partido. No es que esté sola ni despierta a horas que
no debería, no mientras ellos también lo estén.
Todas las fotografías tomadas el 24 de abril de 2016 en Immenhof Flohmarkt, Hamburgo, Alemania.


