18/5/14

DESIGN: Le Corbusier, idealista criatura amante del hormigón armado


Le Corbusier, un tipo que, a parte de que podría salir en The Sartorialist cualquier día, daba conferencias en
universidades. En la imagen, con un croquis de la Unité d'Habitation en París, 1953. Fotografía de Willy
Rizzo. Via fastcodesign
La primera noción que tuve de la existencia de Le Corbusier me vino de un mordaz y bastante profético ensayo escrito por Salvador Dalí y sentenciosamente titulado Los cornudos del viejo arte moderno. En él se relataba lo siguiente:


Me disculpo por el "XD" pintado en la esquina... Seguramente todos los de la generación millennial también 
recordaréis con nostalgia ese lapso espaciotemporal entre 2006 y 2009 en el que si no ponías "XD" por 
todas partes corrías el peligro social de ser tildado de "súper borde por el Messenger".

A parte de que es un libro que yo pondría como lectura obligatoria en 1º de la ESO o antes para espolear las mentes de la chavalería en vez de hacer cuadros de Seurat con lentejas y mamarrachadas por el estilo, que eso ni espolea ni nada de nada, me animó a rastrear por la red el nombre tan increíblemente guay de este señor (para mi tremenda decepción, resultó no ser su nombre real, sino una variación afrancesada del apellido de su abuela) con la perversa intención de hallar un par de argumentos convincentes para detestarlo antes de meterlo en mi lista de Cosas Que Odio Porque Las Odia Dalí, como a Turner, a Braque, la juventud o el arte oriental.

No fue difícil encontrar enjambres de detractores de Le Corbusier en cualquier foro de arquitectura, plagados de comentarios punzantes acerca de su utopía con pretensión sociológica de las ciudades maquetizadas. La mayoría eran británicos que lamentaban su influencia sobre la fiebre de los bloques de pisos y la consecuente destrucción de sus bonitos town centers victorianos durante la década de los 1960, entre otros tipos de gente reaccionaria. Pero los dardos más graciosamente envenenados seguía lanzándoselos nuestro amigo Dalí, quien le dedicó perlas en la línea de "despreciable criatura amante del hormigón armado" o "arquitecto de los edificios más feos e inaceptables del mundo", e incluso llegó a alegrarse públicamente de su muerte (eso sí, como el de Figueras era "muy gentleman", le mandaba un ramito de flores a su tumba todos los años).

Con el tiempo aprendí a distanciarme del dogmatismo daliniano y a labrarme una perspectiva propia "para todo" (lo de que fuera mega fan de los Pecos pudo conmigo; era excesivamente surrealista hasta para sus estándares). Hace unos meses y gracias a una brutal entrevista que concedió Kanye West a The New York Times con motivo del inminente lanzamiento de Yeezus (2013), supe de la influencia de Le Corbusier en éste su último y flagrantemente monumental trabajo discográfico, así que decidí revisitar la obra del arquitecto polímata para forjarme una opinión bien fundamentada sobre la misma y determinar si debía incluirla en mi lista de Cosas Que Adoro Porque Las Adora Kanye West. 

Curiosamente, esto coincidió de un modo casi místico con el aterrizaje de la exposición Le Corbusier. Un atlas de paisajes modernos en el CaixaForum de Barcelona (próximamente en el de Madrid, señores y señoras; ¡no se la pierdan!), organizada por el MoMA de Nueva York en colaboración con la Fondation Le Corbusier de París, que muy probablemente acabó de destruir todos los prejuicios de influencia daliniana y ultranostálgica que había acumulado a lo largo de mi vida acerca del inventor del Modulor.

Pese a sus incesantes contradicciones ideológicas entre el arte, la técnica y la política, si existe algún rasgo inapelable en la figura de Le Corbusier es que, por muy suizo que fuera, era incapaz de inspirar neutralidad: o bien lo consideran un visionario maltratado por la mediocridad de sus tiempos que podría habernos ahorrado muchas revoluciones sociales, o bien lo odian porque son franceses o porque lo tienen por un desalmado con aires de grandeza que quería meternos a todos en cubos gigantes de cemento blanco y sin sofá a los que llamaba máquinas para vivir ("Las sillas son arquitectura, los sofás son burgueses", decía).

Villa Savoye (Poissy, París, 1929), un cubo gigante de cemento blanco en el que no me importaría que me metieran. 
Estoy casi segura de que tiene sofás dentro, por eso. Via naponechin

Es muy fácil y muy de paleto y/o pseudoforofo de la UNESCO lanzarse a la yugular de un hombre que se puso delante de un mapa de París y se lo cargó todo menos la torre Eiffel, el Louvre y cuatro puntos turísticos más; un tipo que cogió Barcelona, le pasó una apisonadora imaginaria por el barrio Gótico entero y convirtió lo que quedaba de ella en un tetris  de 100 km2 con vistas al mar. Lo verdaderamente audaz es echar un vistazo a nuestro alrededor y preguntarnos cómo superaremos hoy las carencias del ayer si vivimos bajo los mismos techos que las predicaron. Derribar fachadas viejas y levantar nuevas no acabará con la desigualdad o la hambruna en África, eso es evidente, pero puede convertirse en un símbolo de superación, en la brecha que separe definitivamente un pasado deficiente de un futuro prometedor.

El controvertido Plan Voisin para París ideado por Le Corbusier entre 1922 y 1925, o también conocido por los
franceses como la llegada del Apocalipsis americanizado. Via tumblr
Pero que nadie malpiense del bueno de Le Corbusier, por favor; sus delirios de reformador social palidecían al lado de una profunda y particular preocupación por la belleza y la emoción. El amor incondicional que profesaba por la pureza formal no es ni siquiera pariente lejano del culto a la modernidad y el aerodinamismo de los futuristas, ni tampoco pretendía geometrizar su estilo para ser más amable con la máquina, como hacían los funcionalistas. Su trabajo, muy por encima de todo lo anterior, es una amantísima y minuciosa depuración de la naturaleza, un desnudo integral de los bosques y las selvas. La arquitectura de Le Corbusier es lo que queda de los paisajes vírgenes del mundo cuando se los despoja de sus trajes de gala; la estructura, la esencia, el alma

Esto se explica perfectamente al descubrir que Le Corbusier era más artista que técnico tanto de corazón como de profesión (se formó en la Escuela de Arte de su La Chaux-de-Fonds natal), pintor incansable, escritor prolífico, fotógrafo y cineasta amateur y remarcable pedagogo. Seguramente él no lo sabía y, entre todas esas disciplinas, también era una suerte de poeta del ladrillo porque, al fin y al cabo, ¿qué es la poesía, sino captar la esencia latente de las cosas de la forma más humilde e insospechada posible? Con el permiso de Bécquer, Dalí, los franceses, los británicos y cualquier romanticón contemporáneo que quisiera que el siglo XVIII no hubiera  acabado nunca, "poesía es Le Corbusier".

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