1/5/16

MUSIC: Moderat en Hamburgo: not what I had in mind

"Usemos las palabras de Kanye West: es muy difícil ser Dioses, y cuando naces genio, simplemente dejas que otros cometan los errores", citando a Sascha Ring (nombre mortal de Apparat para cuando está por casa y nadie lo ve) citando a Kanye (nombre divino de Kanye West y también de estar por casa) sobre los estragos y tribulaciones de no tener abuela que les remiende las básicas del H&M (debe de ser cosa de deidad gastar camisetas, ponchos, Sábanas Santas o lo que mierda sea ese trapo raído que llevan puesto y que parece aderezado en el siglo XIII como muy reciente). 

Sí claro, así cualquiera, hasta yo: naces, creces, te desarrollas, te compras una maquinita de ritmos TR-606 de Roland, aprietas botones y ta-ta-ta-chán, te despiertas un día y eres el Mozart eléctrico con pelo grasoso pero sin risa rara. Muy fácil todo... Hasta el mismo Ring lo admite; cómo podía ser tan sencillo hacer música, qué maravilla... He ahí la diatriba eterna del techno, la cruz de recelo propio que arrastra desde, posiblemente, décadas de los noventa en las que pudiera haber nacido en trallero-basurosas fiestas ilegales dentro de un búnker o almacén industrial abandonado de la Alemania del Este recién reunificada. Porque, ¿qué mérito intelectual o sentimental conlleva la creación de electrónica? Peor todavía, ¿qué es la electrónica, al final del día? ¿Es arte? ¿Artesanía? ¿Oficio? ¿Metadona en las ondas? ¿Una broma que nos coló el advenimiento de los sintetizadores? ¿Es siquiera música? ¿Ambas cosas? ¿Ninguna? ¿Importa? Qué les vas a contar a tres tipos que salieron del garaje de sus respectivas casas con unas game boys ruidosas y llegaron a ser héroes de la imperfecta sensibilidad ambiental o del bass music, Apparat y Modeselektor, Mode(selektor) y Appa(rat), cortas-pegas y te da Moderat, tienen un logo chulísimo.

Eso iba pensando de camino al Sporthalle, lo más parecido a un arena que tienen aquí en Hamburgo. Se contaba por yelp.de que la acústica dejaba bastante que desear tirando a que era una Scheiße, lo que en la lengua del centenario de Cervantes se traduce como "mierda" y "canción de Lady Gaga", las dos cosas al mismo tiempo, con y sin ironía. Compré la entrada más por tremenda curiosidad que por voluntad propia, recomendada por un regiomontano de México, el país que Apparat utiliza para decorar su piso y concebir álbumes (The Devil's Walk (2011), en cuyo criterio musical no tengo ninguna fe pero en cuya turbia pasión por los sonidos que ama sí. Me contó una vez que por él se enamoró de Ciudad de México, qué cursi... El wey ni sabe lo que es "cursi" ni leerá ésta entrada porque no lee, así que no hay pedo. Los Chemical Brothers en el Sónar 2015 ya fueron un bautismo de fuego electrónico del copón, y pese a un sempiterno escepticismo contra la contemporaneidad artística en general, venía teniendo ganas desde entonces de subir de nivel, o más bien de bajarlo, minimizarlo; el 9 de abril sería el día para echarle un pulso a la cultura local: minimal alemán, gusto más pedante de la vida sólo superado, probablemente, por la peletería lituana o el cine de autor mozambiqueño.

Me bajo en la estación de Lattenkamp y me pierdo bastante hasta dar con el Sporthalle. Diviso una suerte de edificio polideportivo con un letrero en el que reza "Sporthalle Hamburg" y sigo pensando que estoy equivocada porque ya son las 18:00, hora justa de apertura de puertas según mi entrada súper fea y súper alemana sin una triste fotito ni pamplinas, y allí no había nadie, pero nadie, ni gente con camisetas del III (2016), su último disco, ni nada. No puede ser que estos germanos no se precipiten ni para ver a los profetas pop de su tierra. Cuánta corrección emocional, ¡que no se note que somos fans y sentimos debilidad por algo!, qué entusiasmo más comedido, tanto que casi ni es, como el de ésta rubia desabrida que le pidió a mi colega Laura que si podía dejar de cantar, que no escuchaba (otro abrazo, querida Laura de Barcelona que vive en Londres, nunca me había sobado tanto con alguien a quien acabo de conocer). ¿Estamos en una conferencia sobre la importancia de beberse el zumo antes de que se vayan las vitaminas o qué? Niña bávara repelente, si quieres escuchar, llama a tu Mutti y que te lleve a ver a Kygo, que esto es Moderat en primera fila; aquí lo único que se escucha son vísceras en las cavidades esplácnicas temblando como Ecuador, dándose micro-guarrazos secuenciales las unas contra las otras como perfectos cubitos de hielo en una coctelera sanguinolenta.

Total, que a las 18:01 ya estoy dentro. Dejar el abrigo en el ropero cuesta dos euros cincuenta (nota: creo que ya sé cómo salió Alemania de la recesión). Sólo veo puestos de Würste y Brezel, no sé cómo entrar. Doy como unas 28 vueltas por el hall hasta que se me ocurre visitar los servicios, y me topo con una puerta oscura con focos y humillo vislumbrable al fondo. Dudo entre cruzarla y no cruzarla porque 1) un segurata me está mirando y la policía alemana es de esa gente que te multa por ahuecarte el pelo haciendo demasiado ruido, y 2) no hay nadie. Arriesgo mi permanencia en el país y la cruzo. Avisto 13 personas apoyadas en la barrera frente al escenario. Pongo cara de hoy-para-mí-es-un-día-espesial-hoy-saldré-por-la-noche. Me aproximo a ellas a paso de qué-pasará-qué-misterio-habrá-puede-ser-mi-gran-noche. Primera fila centro y no tuve ni que intentarlo. Deutsche Leute, vuestra horchata intravenosa o falta de sentido de la euforia me da entre aprensión y pena, pero Danke schön.

Pasa algo similar a UNA PUTA HORA Y MEDIA y, por fin, aparece alguien por el escenario. Es Shed el telonero, también se le puede llamar Shed a secas, o con el nombre que le pusieron su madre y su padre, René Pawlowitz. Procedente igual que sus amigos Moderat de la Alemania del Este, nació lejos y tarde respecto a donde y cuando todo lo techno-relacionado estaba pasando, pero se trata de un hombre de fe con todas sus esperanzas puestas en lo nuevo y en la reinvención. Asentado en Berlín, igual que todo el que quiera ser alguien en la electrónica europea, Pawlowitz comenzó a principios de la década pasada distribuyendo sus EPs a través de su propio sello, Soloaction Records, y acabó sacando los últimos álbumes bajo 50Weapons, la fallecida y segunda casa de Modeselektor. En su frugal pero atrevido set de poco más de media hora, tuvo los huevos de empezar con The Rising Ride y de dejar caer bellezas ultrasintéticas y megasecas como Estrangé, perteneciente a su muy aclamado por la crítica especializada Shedding the Past (2008).  


Casi a las nueve en punto, esto es, con UNA PUTA HORA Y MEDIA de retraso, dónde quedan esos buenos tópicos culturales cuando los necesitas, puntualidad alemana y de más, surgen unas figuras de entre la batipelágica oscuridad moderatiana. Primero la mitad primera de Modeselektor, Gernot Bronsert aka Gernot, la segunda mitad, Sebastian Szary aka Szary, y el alto y esbelto Sascha Ring aka Sascha, unidad de Apparat. Antes ya habían avisado los roadies, ingenieros de sonido y una pantalla gigante que tenían detrás de que "Moderat is a very dark show" ("Moderat es un show muy oscuro"), así que porfis no hiciéramos nada con flash. Por si no había captado la idea, y dudando de mi alfabetización, me lo recordó también Luis de Oporto que vive en Braunschweig, estupendo compañero íbero de concierto y de noche-mañana que ya había visto a Modeselektor una vez pero nunca a Moderat. Unos jueguecitos de luces y sonido (tensión) y Ghostmother (liberación). Empezaban con material nuevo, lo que iba a marcar la métrica de la noche:



Consideraba mejores canciones, en éste orden, FondleEating Hooks, Animal Trails, Reminder The Fool, Running, Finder y la mismísima abrelatas Ghostmother, que se me apareció como una buena premonición. No había escuchado nada más allá del Bad Kingdom, su Satisfaction particular, y aunque ninguno de los temas me llenara, les había cogido cariño como hilo musical de fondo que no se interpone entre pensamientos realmente complejos y uno mismo, que no distrae de lo relevante por emocionalmente plano, un piscolabis para el subconsciente, un sudoku sonoro que permite hacer varias tareas simultáneas sin sentirse culpable por no estar prestándole antención despierta al arte. Pero fui lo suficientemente inteligente como para intuir que nunca más podría volver a dicho estado de suspensión con Moderat, que la fría y frágil majestuosidad de Ghostmother en vivo acababa de soldar sentimiento en mi percepción de ellos para siempre.

Conocí A New Error por primera vez en directo, de su álbum debut (y puede que insuperable) homónimo Moderat (2009), y la intuición se convirtió en mandamiento, todo cambió:


Con III (estilizado como palito palito raya) me había llevado una impresión errada del porqué del estatus de ponles-de-comer-a-parte que simbolizan Moderat dentro del esnobista panorama electro. Automáticamente, tras una vaga escucha del primer tema, Eating Hooks, entendí que, obviamente, debían de ser lo que Metallica al heavy metal, lo que Johnny Cash al country o lo que un döner kebab a la cocina turca: la parte mejor, la más fácil de digerir de un todo desatendido, más amplio y más complejo (alguien podría discutir lo de que el döner es fácil de digerir, pero espero que la analogía haya servido de todos modos). III es relativamente accesible por astutamente pop, cargado de sensualidad pero lo suficientemente frígida como para no intimidar a los cerebrales puristas, algo espiritual sin llegar al soul con una vocación lírica muy ordinaria, lo que los convierte en populares instantáneos en potencia. Gracias a A New Error me di cuenta de que nada más lejos: lo que posiciona a Moderat en una suerte de monopodio de intouchables es el haber creado sus propias reglas de juego. A Moderat le resbalan las etiquetas, es huérfano y no es materia; se creó de la nada, no se transforma, tan sólo existe y, quizás, consecuente y tristemente, algún día se destruya. Moderat no tiene referencias, no puede ser rastreado hasta ningún origen, y tan bella como es ella sola la genealogía musical, la excepcionalidad, la mística y la intimidación provocada por algo que, sencillamente, no puede ser localizado, fechado y archivado es tan temible como hipnótica.

Son reyes de su reino hasta para reclamar la particularidad de su formato artístico; no supe hasta que estuve en el concierto que Moderat, en su tópica relación amor/odio con las etiquetas genéricas, no gustan de considerarse a sí mismos ni un grupo de minimal ni de música siquiera, sino una banda audiovisual, compuesta por un tercer ente de la Trinidad moderatiana llamado Pfadfinderei, (alemán para pathfinder, esa versátil y tantas veces olvidada herramienta del Illustrator) historia de éxito berlinés de un estudio de diseño de motion graphics especializado en instalaciones audiovisuales de gran formato para espectáculos y eventos.

La tercera dimensión se empieza a percibir a los pocos minutos de show, cuando el culomierdismo entre lo que se oye Y lo que se ve trasciende el habitual anécdota para pasar a ser, en su caso, imprescindible y deliberado. No está nada claro si los visuales en la electrónica live nacieron con auténtica vocación poética o más bien por el prosaísmo de que el personal no se aburriera ocularmente, por dar al público una motivación icónica, ya que la electrónica supone, por vez primera en la historia de la música popular, la irrelevancia carismática del intérprete (puede que Jon Hopkins a parte), cosa que la emparenta, al menos en lo logístico, con la música culta. A nadie le importa lo feo, bajito, gordo o poco estiloso que se sea; total, detrás del portátil ni se ve. No trato de insinuar, ni mucho menos, que los tres de Moderat sean apáticos adefesios estéticos, al contrario; Szary tiene un rollete fascinante, entre propietario de gimnasio de barrio y vaquero de ordeñar vacas; a Sascha le cae bien todo el negro que se pone porque es alto, delgado y frágil y con ese pelo manostijerasiano consigue hacernos creer que se está esforzando cuando, en realidad, seguro que se la suda todo. Gernot se quedó un poco en la pubertad, el pobre, pero ha de reconocerse que se trata con más elegancia que de costumbre, teniendo en cuenta las gorras que gasta. Y además lo viven, se mueven, se divierten y hablan con el público, caen muy bien. Sascha intenta alcanzar el Nirvana sacudiendo la columna, y Gernot y Szary tal cual estuvieran en un aquapark, acordemente con sus personalidades sónicas. En alguna galaxia remota, quizás ayudados por el hecho de que son tres, y así la perspectiva de tener que domar a una masa de peña detrás de una mesa se hace menos intimidante, sigue resultando entretenido mirarlos.

Let In the Light quiso ser un punto de inflexión entre la sensibilidad de Ghostmother y el estado anímico capturado de A New Error, y entonces cayó el single y todos enloquecieron:



Todo lo que hace Moderat se crece en su imbatible directo, pero a Reminder hasta le saltaron los botones; una obra de detallismo, curada hasta el microsegundo, en un número, diversidad y complejidad de finísimas capas llevado hasta el extremo de lo accesible, a un paso de resultar directamente autocomplaciente. En el contexto de III, Reminder simboliza la transición entre lo que fueron, músicos de disposiciones anímicas, y en lo que se acaban de convertir, músicos de emociones, esto es, de canciones.


Es paradójico, si más no, por otra parte, que prácticamente hayan dictado el destino de la música pop y ahora quieran ir en su propia contra. Moderat sentenció la función sociocultural de la música como capturadora de historia y sentimiento, traducidos en canciones, para convertirla en una implacable fábrica de momentos, estados de ánimo temporales enfrascados que poder reproducir artificialmente en un loop personalizado y arbitrario, dónde y cuándo se quiera. Ahora que el futuro ya está de acuerdo con vivir el presente, a Moderat le apetece romantizar; cuando el mundo está listo para limitarse a describir una emoción, jamás sentirla, Moderat se pone vulnerable; cuando todos dicen "momentos", ellos contestan "canciones"




El futuro de la música es cazador y taxidermista. Los músicos del mañana se dedicarán a captar estados de estimulación puntuales, puede que de verdad incluso momentáneos, y reducirlos a la concreción más física y alcanzable posible, por ende convirtiéndolos en infinitos, por siempre recurribles a través de los tiempos. El futuro de la música también es sordo, no tiene oído; la música en las décadas a venir se va a sentir en tórax y abdomen, a penas en pelvis. Como en los directos de Moderat, lo que se escucha no se oye, se percibe físicamente. Con Running, por ejemplo, uno toma consciencia de la integridad, dimensiones y proporciones de sus órganos corporales, nota como vibran ondularmente o se dan golpes secos entre ellos en función de lo orgánico o artificial de la secuencia rítimica; los intestinos flotan dócilmente al compás de la voz de Sascha, y se sacuden bruscamente a la caída del bajo de Szary y Gernot. Son pieles y músculos, no tímpanos, los que descodifican la información sonora y la transforman en placer, espiritualidad y redención. Una experiencia tan pop jamás había sido tan intelectual.

Pero tampoco es que todo sea un cubo de Rubik en formato .mp3, no. Eating Hooks es pura emotividad, sensual pero calculadora, como la contemplación de una ecuación diferencial sin resolver, como el paso en una función continua de un tipo de concavidad a otra. Eating Hooks es un clásico episodio de sanación artística; cuando acabas de escucharla, no sabes por qué, te sientes más curado y más enfermo a la vez. Es como un placebo, una aspirina floja que no hace nada y sin la que no puedes vivir una vez la pruebas. En directo sencillamente se convierte en algo tan cotidiano y sublime como la mejor aspirina que te has metido en tu vida.

A Laura le dije que era el momento perfecto para un abrazo.


En la trascendencia perfecta de Rusty Nails y Animal Trails hubo minutos de puro momento y cero narración, volviendo con el cauce natural de la cultura actual. En su trance álgido perdí a Laura y a su compi Ulises. "¡Tus amigos están locos, míralos!", me dice Luis. Y bueno, si no eras alemán, no podías reaccionar de otra manera a lo que estaba aconteciendo allí, más si te habías dado un buen chute de azúcar (sí sí, de "azúcar", he dicho) antes de entrar. El cuerpo, en su esfuerzo por traducir el mensaje escrito en las ondas con toda su maquinaria cárnica, desconectaba de la consciencia y el sentido común o del ridículo en favor de la sensibilidad y el misticismo.



This Time, No. 22 y, por fin, la ostia, ¡Bad Kingdom! Estuve a punto de creerme que se iban sin ésta, pero no podía ser; su actitud, su arrogancia hip-hopera que colisiona y muere en un estribillo austero funciona como ese arquetipo cinematográfico, el tipo duro e infalible que, un día, sin esperárselo, abre su alma y deja ver la historia de cómo lo decepcionaron. This is not what you wanted/ Not what you had in mind ("Esto no es lo que querías/ No es lo que tenías en mente"). Todo el mundo es y/o ha amado a ese tipo alguna vez en su vida, es simplemente ineludible.

Y bajan del Olimpo de los Dioses, dejando a Kanye West un rato ahí solo, para regalarse con alguna plebeyada como poner el micro en la boca del público para que coree. Siempre se siente una mezcla de enternecimiento e incomodidad cuando los cantantes hacen esto... Pero ahí están mis hermanos por un día portugueses, Luis, Joel, Mário y Vito, dejándose los pulmones con la multitud, que se note que vienen del sur y a mucha honra, estupendos seres humanos íberos con los que pasé más de 14 horas largas y seguidas comiendo pizza, asomando la cabeza en bares de los alrededores de Feldstraße y muriendo abrasados en Uebel und Gefährlich, sufriendo a Gregor Treshner porque, nunca mejor dicho, hell is above ("el infierno está arriba"), concretamente, en la planta alta de un búnker nazi convertido en club techno por la modernidad y su ironía.


Pienso que todo el mundo se podía haber quedado hasta las nueve de la mañana allí dentro del Sporthalle repasando su discografía íntegra; la mezcla de energía y sedación era deliciosa y adictiva. Pero como son alemanes, asumí que su predisposición a excederse en algo en la vida era inexistente. 

Me alegré como nunca de estar muy equivocada cuando comenzaron el primero de dos elegantísimos bises con The Fool, la primera y única canción que me enamoró al instante, la canción más canción de todas las de Moderat, así que no era casualidad que Sascha sacara la guitarra para ésta. Los oídos se pusieron a trabajar como no habían hecho desde hacía más de dos horas. El ligero tradicionalismo que acababa de ser insuflado en la escena con la mera incorporación de una seis cuerdas era reconfortante. El conservadurismo en el arte inspira a veces una comodidad involuntaria, la certeza de estar en casa y a salvo, que es a veces mejor que la adrenalina del riego o la novedad.

Nos quisieron tanto que un único bis les supo a poco, y me supo a mí igual de escaso tener que quedarme con Intruder como uno de los últimos recuerdos de la velada. Algo triunfante, enardecido como Seamonkey o Les Grandes Marches, tal vez un poco de drama como con Damage Done, hubiera encajado mejor en el esquema mental y emotivo de las cosas...



Dijeron tschüss con unas sinceras sonrisas que pude ver desde mi sitio y con mis propios ojos y se marcharon, dejándonos solos con el logo chulísimo de Moderat.

Debe de ser difícil ser Dioses... De ahí que digan que el infierno está arriba, encima de ese altar en el que les ponen en contra de su voluntad inconsciente. Pero es mucho peor no serlo, y depender de una fuerza extraña, ajena a un interior propio, para vivir a ciertas alturas y sentir bajo muchas capas de sensibilidades, contra más bajas más excepcionales, más escurridizas y adictivas, de manera que nunca más puede volver uno a conformarse con menos. Así que no, queridos Gernot, Szary y Sascha, queridos Moderat, vosotros no hacéis más que evidenciarlo; el infierno está abajo, no por nada siempre ha estado ahí. Eso es lo único que sí tenía en mente sobre Moderat en Hamburgo.


Todas las fotografías y vídeos tomados el 9 de abril de 2016 en el Sporthalle de Hamburgo, Alemania.

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