7/9/14

MUSIC: Hola Barcelona, me llamo Richie Kotzen y hago lo que quiero con mi guitarra


Richie Kotzen dedica un What Is a Barcelona en la sala Razzmatazz 2, 6 de septiembre de 2014.
Yo no engaño a nadie. No voy a hacer ver que estoy al tanto de todo lo bueno que se cuece en el panorama musical fuera del alcance de los radares de la Rolling Stone o el show de Jools Holland. No voy a hacer ver que hago caso de las recomendaciones del Spotify. Ni siquiera voy a hacer ver que uso Spotify. ¡Qué sabrá una aplicación de lo que me gustaría escuchar a mí! Aunque me habían hablado mucho y muy bien de él, a Richie Kotzen no le hice demasiado caso hasta que, por casualidad, un día me enteré de que los Rolling Stones lo habían seleccionado para abrir una serie de conciertos por Japón en 2006. Los Rolling Stones sí que saben lo que me gustaría escuchar, claro, ellos me conocen mejor que el Spotify. Fue entonces cuando me dije que bueno, que igual algo bien había hecho este señor en su vida, podía darle una oportunidad.

Me puse a investigar y, de entrada, no sabía si bien o mal, pero estaba claro que algo había hecho; concretamente muchos algos, unos 19 álbumes en solitario, una docena bajo el nombre de bandas y experimentos más o menos populares (Poison, Mr. Big, Vertú, the Winery Dogs...) y otras tantas colaboraciones con gente de lo más variopinta (de Gene Simmons a Takayoshi Ohmura). Además, lleva un rodaje de directos que asusta; no se sabe si le da tiempo a coger aire entre concierto y concierto, aunque viéndolo actuar, no parece que le haga falta. Canta y toca con el mismo esfuerzo con el que la gente normal bosteza y se rasca la cabeza a la vez. Y he ahí su cruz, la bendición y el lastre que conlleva un don semejante. Es un hándicap que suelen tener este tipo de seres con poderes sobrenaturales, que no les es fácil empatizar con los mortales (o, al menos, con una mayoría de ellos). El conciertero de a pie se compra la entrada para ver a un músico que le gusta y quiere un intercambio de sangre y sudor por euros. Quiere que le hablen del sufrimiento del artista, y de cómo, para estar en su lugar, para surfear sobre la cresta de la ola de la genialidad técnica y creativa, hay que currárselo mucho, hay que sacrificar cosas, pasarlo mal. Pero Richie Kotzen no le va a dar lo que quiere. A Richie le va más la autosuficiencia por euros. Richie apenas suda, no es como si estuviera ni cansado. Parece que se despierte de la siesta y dé conciertos por el mundo.

El power trio: Dylan Wilson (bajo), Mike Bennett (batería) y Richie Kotzen (guitarra y voz principal).

Yo soy muy de a pie para casi todo, por lo tanto, el ex-Poison no encajaba en el perfil de músico por el que suelo caer rendida; los Satrianis y Steve Vais, pues respeto máximo, pero si se quedan en su casa tampoco voy a llorar. Sin embargo allí estaba a las 20:30 del 6 de septiembre, en primerísima fila de la Razzmataz 2 y a la derecha, como me habían recomendado unos fanáticos a los que acompañaba y que sabían con certeza que Richie siempre se coloca frente al micrófono derecho. Sonaron unas cuantas de los Doors antes de que apareciera encima del escenario, precedido por Dylan Wilson al bajo y Mike Bennett a la batería. Efectivamente, el power trio al completo parecía que se acaba de caer de la cama. No sólo porque soltaron un ampuloso War Paint (uno de los dos temas nuevos incluidos en su último recopilatorio, The Essential Richie Kotzen) como quien no quiere la cosa, sin presentaciones ni nada; el tipo salió a escena con unas deportivas de skater y unos pantalones harem de punto. Circulaba el rumor de que no llevaba calzoncillos. No me sorprendería que fuera verdad.

La velada estaba empezando demasiado bien. War Paint es un temazo, hard rock popero de calidad, con su complejidad, su sentido del humor y su buen cuerpo. Está muy bien equilibrado, con momentos romanticones tranquilizadoramente previsibles y unos cuantos tortazos metaleros. Le siguió Love is Blind, después Walk With Me (la otra de las dos novedades del recopilatorio), y a partir de ahí creo que empecé a perder la noción cronológica. Me decían cuando salíamos de la sala que, en varias ocasiones durante la hora y media de show, se habían sorprendido a sí mismo tan absortos en el vaivén digital de los dedos de Kotzen que habían dejado de escuchar. A mí me sucedió lo mismo; parecía que las venas de las muñecas le iban a estallar. Su cara, por el contrario, era un poema, más como si estuviera haciendo macramé, en lugar de tocando un solo literalmente infernal. Seguía sin sudar mucho. El batería y el bajista, en cambio, acababan de hacer el ice bucket challenge o algo así y nadie se había dado cuenta.

Por fin se decide a saludarnos (What's up Barcelona?!), y nos comenta que va a hacer un experimento con una canción de su nuevo e inédito disco (por segunda vez, aquí, en Barcelona. ¡Qué honor!). Lástima que le saliera bastante mal. Durante el bocadillo de después, llegamos a la conclusión unánime de que el tema no nos había impresionado. El resto del público tampoco parecía haber respondido muy calurosamente. Pero suele pasar cuando se trata de canciones que nadie ha escuchado antes. Lo compensó con varios hits del Into the Black (según los entendidos, el disco favorito del propio Kotzen), el Peace Sign y el 24 Hours, o sea que se hizo perdonar rápidamente. También me explicaron que había jugado un poco aquella noche, que no se había ceñido al patrón de la versión de estudio de cada tema. Ese es un matiz que yo no pude distinguir, lo admito. Me dio rabia, pero no era la persona más versada en kotzenología del lugar. Luego Richie se fue un rato, no sé a qué, puede que a hacerse una transfusión sanguínea o a ponerse los dedos de repuesto o a intentar resucitar a su guitarra (a la que no había dado ni un respiro). El caso es que se quedaron Wilson y Bennett solitos, con todo el escenario para ellos dos. Empezaron a hacer locuras por turnos, a fardar, que vieran los asistentes que el Richie este no es el único que sabe hacer piruetas. El batería, si hubiera tenido extremidades huecas y metalizadas, podría haberse tocado a sí mismo, como si el ritmo fuera una prolongación de su propio cuerpo, y el tipo del bajo se contoneaba que daba gusto; no estoy segura de si era el bajo el que lo tocaba a él o a la inversa. Parece ser que Richie debió escuchar lo que se estaba cociendo en el escenario y le entró la pelusilla. Sin desprenderse de su guitarra, le indica al batería que mueva su culo del asiento y le deje marcarse unos golpecitos con las baquetas. Se nota que el pobre Bennett no se lo esperaba y lo flipa un poco. Obedece y coge la pandereta. Este Richie... Tiene que hacerlo todo y encima exhibirse. Qué chulito...


La despedida: Richie Kotzen mira al tipo que pide la púa con cara de pffffno te enteras Contreras.

Llegó el momento intimista. Esta vez es Kotzen quien se queda solo ante el peligro para entonar un What Is. Pregunta si vamos a cantar, si nos la sabemos. Es el momento de las masas. ¡A corear! Se notaba que también era el suyo, se estaba quedando a gusto, la cumbre del fanfarroneo. Cantaba y tocaba casi por inercia, pero se lo estaba pasando de miedo. El único esfuerzo que hacía era para dejar claro que no se estaba esforzando en absoluto. Nos dijo que "paz y amor" y se piró, pero faltaba el bis. Reaparece para cumplir y todo el mundo vuelve a sonreír y a vitorearle. Una última canción y ahora sí, se despide de verdad, un poco a la francesa; se colocan los tres en medio del escenario, un 'enga, 'ta luego y desaparecen sin dejar rastro. Fue gracioso porque había un chaval que le pedía la púa con un cartelito. Se notaba que el pobre no venía con un par de buenos estudiosos del kotzeanismo para informarle de que, de hecho, dejó de usarla hacía dos o tres años. En la foto se aprecia cómo Richie le mira con cara de pero tío, ¿dónde coño has estado mirando mientras tocaba?.

En resumen, Richie Kotzen tiene un problema, y ese problema se llama ser demasiado bueno. Es tan estratosféricamente talentoso que se cree que puede ponerse unos zapatos tan feos como los que llevaba ayer y salirse con la suya. Y lo malo es que es cierto, puede. Cualquier intento de agradar, de conectar con el público quedaría forzado. ¿Qué le importa? Puede hacer lo que le dé la gana, cuando le dé la gana y con lo que le dé la gana. Y sin sudar. Está por encima de todos nosotros y lo sabe.

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