29/9/16

Wangfujing/王府井/Chairman Mao is the red sun in our hearts/ I'll have whatever Frank Ocean is having











Por si alguien se lo está preguntando: sí, a mí también me copia el Zara, como a todos. Mucho mirar a China por encima del hombro, que si no estimulan la investigación genuina y todo se lo imitan a los Estados Unidos, ¿pero qué pasa con Zara? Lo único que hacen diferente es disimular mejor y tener algo más de gracia escribiendo aforismos textiles en inglés. Y menos mal, porque en un universo paralelo en el que Zara y China fueran lo mismo, el 65% de la gracia de visitar un país asiático, que se constituye a base de ver niños con camisetas en las que se puede leer perfectamente (en mayúsculas, fuente Impact, posiblemente) "SUPPORT TERRORISM", se desvanecería por completo (true story).

El 35% restante lo forma el comprar un montón de mierda china que ya hay en el chino de debajo de todos los bloques de pisos de todos los pueblos y grandes capitales de todos los países y territorios donde la vida humana y el capitalismo salvaje puedan florecer y prosperar. Todo lo adquirible en China a cambio de una transacción económica irrisoria está en el chino de debajo de tu puta casa por el mismo precio multiplicado más o menos por siete. Excepto una sola cosa: el sombrero, el sombrero cónico de los chinos esos que recogen arroz. Ese, mira por dónde, no lo exportan. El gran secreto chino no son los guerreros de terracota ni un súper plan súper malévolo para arrebatar la hegemonía política a América, oh no; el gran secreto chino son los putos sombreros cónicos. Entonces, como en China todo es de calidad nivel cualquier-cosa-que-construya-Santiago-Calatrava y a las tiendas de chinos las llaman (alucina pepinillos) tiendas, a secas (a los restaurantes chinos también los llaman restaurantes, de hecho), viajé hasta la Gran Muralla China, uno de los sitios más guiris que hay en ésta pelota gigante y flotante de agua y barro en la que vivimos, y compré el que se me presentó más histriónico, más barnizado, más chino en el sentido dinastía Qing de la palabra.

Después de bajar del avión en el Aeropuerto Internacional de Pekín Capital y darme cuenta en seguida de que el normcore en realidad lo inventó Mao Tse-tung y era tendencia imperecedera en el gigante asiático desde 1893, el normcore acabó de perder su esencia y comencé a comprar mierda, y qué mejor lugar en Pekín para comprar mierda que uno donde huele a mierda y se vende mierda para vestir, comer y respirar, mierda artesana, mierda fabricada industrialmente y mierda preservada desde tiempos de la Revolución Cultural, desempolvada en nuestros días. Ese lugar se llama Wangfujing, y no sé si se ha entendido bien pero es la mierda más fascinante en la que he entrado jamás; situada en el distrito de Dongcheng, se trata de una de las calles comerciales más célebres de la capital, y el porqué de su embrujo me intriga sobremanera dado que el hedor a puro cadáver descuartizado en 2011 emana de cualquier esquina con ferocidad. Allí comprendí a Andy Warhol y me acabé de enamorar de Chairman Mao; entendí que es alto y guapo y que por eso había que poner su sinuosa y mullida cara sobre cualquier superficie medianamente lisa. De ahí también que regateara de puta pena y me hiciera con el bonito amuleto de las fotografías con un Chairman Mao joven por un lado y un Chairman Mao viejo por el otro.

En Wangfujing intercambié más renminbis por más mierda que no aparece en ésta entrada, así como algún pin que compré en el 798 Art District (el de los pandas incestuosos y el del culo con forma de melocotón para acordarme siempre de la belleza de los melocotones chinos en los puestos callejeros, a los que inyectan matarratas por dentro, además de la repulsión que despierta en mí la ilustración asiática en general). Curiosamente (o quizás no), la pieza más increíble, auténtica y china de todas las que llevo puestas la descubrí en Flohschanze, el mejor flea market de Hamburgo con la mejor mercancía y los vendedores más majos y cultivados, justo dos semanas antes de volar a Pekín. El señor del puesto de tesoros me explicó que eran puntas para cuello de un meeting en China del Club de los Leones, una misteriosa organización altruista de poderosos a nivel internacional. Me lo tomé como una premonición total y fue mío en ese instante.

Lo del bolso es interesante y muy Vetements porque procede de otro país del BRICS en el que nunca he estado, Bebedouro, São Paulo, Brasil. Lo adquirí en circunstancias paranormales junto con un libro de violaciones, una chancla del pie derecho y desodorante que no le cupo en la maleta a un ser paranormal llamado Paulo. Y el resto de lo atuendístico que se capturó en ésta sesión lo compuse mediante el subconsciente, mi mente recibiendo estímulos del nuevo álbum de Frank Ocean, que se acababa de publicar hacía pocos días tras 238.581 años de espera, Blonde (2016), y trasladándome a la noche de 2014 en la que mi hermano me pasó el videoclip de She de Tyler, the Creator; no es por parecer maniática, pero lo vi 72 veces en tres horas. Nunca sacaré de mi cabeza el minuto 2:05, ni a Frank levitando entre un rosal y un murete con la camisa china tradicional y el SOMBRERO CÓNICO, MI SOMBRERO CÓNICO. El resto del mundo nunca lo sabrá ni le importará, pero lo quise mucho antes que Frank Ocean, Tyler, the Creator, Odd Future y todas sus familias juntas, huelga decir que a años luz de la portada del JEFFERY (2016) de Young Thug. La moda me lo dijo y no tuve ni que escucharla; quería lo que fuera que Frank Ocean llevara puesto.

Colgaos cosas de las gafas y dejad que vuestro estilo hable por vosotros menos cuando vayáis a China (en ese caso, dejad que alguien que hable chino hable por vosotros o podríais acabar descuartizados en Wangfujing, poca broma).


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