19/8/14

Invisible Lady


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Quejarse de la sociedad de la información es el último opio del pueblo. Que si la tecnología nos deshumaniza, que si las redes sociales nos convierten en seres ensimismados, miopes y con pulgares superdesarrollados. Jesús María y José, ¡qué tontería más grande! Jamás hemos sido comunicativos y cordiales como en este preciso instante. ¿En qué momento histórico previo a la existencia de Facebook se felicitaban tan diligentemente los cumpleaños? ¿Recordáis, en tiempos a.T. (antes de Twitter), a más hombres y mujeres la mitad de afligidos por la muerte de alguien a quien ni siquiera conocen como por ejemplo Robbie Williams? Ai, perdón, que ese es el que está vivo, ¿no? Yo que sé, vaya lío, es que Sergio Ramos puso que estaba muy consternado porque le gustaban mucho sus canciones y pensé, "ah, pues será el que canta, que el otro es un actor que sale en la peli de Flubber". 

Lauren Bacall, alias la flaca, murió en Twitter y en el mundo real hace justo una semana. No es que haya llorado, ni le dediqué el estado del Whatsapp ni nada, tampoco éramos tan íntimas, pero mal sí que me supo. Me acordé de la primera vez que la vi en How to marry a millionaire (Cómo casarse con un millonario (1953), y era ese tipo de persona a la que oyes hablar y te vuelves para mirarla, pensando que lo que sea que fueras a encontrarte te iba a decepcionar. Huelga decir que no lo hacía. No hay más que comparar su forma de sentarse con las posturas de sus dos estelares compañeras de reparto; está claro quién los tiene mejor puestos de las tres.


Ayer leía un artículo del Observer sobre la práctica imposibilidad de que, en plena era de Internet, nazcan nuevas estrellas de cine con la mística de Bacall. Es cierto que el papel de "mujer Gary Cooper", la tipa fuerte y (más o menos) silenciosa, completa, terriblemente elegante y con vozarrón à la Bette Davis o Kim Novak ha dejado paso en nuestros días al de pánfila desvalida cuya única razón de ser es estar colada por alguien. También es un hecho que, a mediados del siglo pasado, la moda abogaba más por aquello que decía Jean Cocteau de que la auténtica elegancia está en pasar desapercibido. Pero igual de innegable es que en aquellos maravillosos años 1930, 1940 y 1950 era bastante más fácil cultivar un aura de misterio; si Marilyn Monroe salía un día a comprar el pan sin ahuecarse el pelo no corría el riesgo de que sus pelos acabaran en Instagram a los pocos segundos.

Comprendo que lo simple suele ser elegante, pero no siempre me convence, normalmente por poco meritorio; es fácil ser elegante en plan Carolina Herrera, pero prueba a hacer un total Dolce & Gabbana sin parecerte peligrosamente a Donatella Versace, a ver qué tal. Personalmente, ya me cuesta bastante llevar cosas discretas por sí solas, no hablemos en una conjunción. Así que se me ocurrió ponerme unos jumbo culottes (como dice Leandra Medine), que parecen cortinas y ponerme delante de una ídem con la esperanza de conseguir un efecto camaleón, que es lo más cerca que podré estar jamás de la elegancia bacalliana, invisible en el presente pero imborrable en el recuerdo. La flaca tampoco era una gran seguidora del mundo complementos, pero yo no puedo vivir sin un poco de bling bling al estilo años 1920 pre-apogeo de las flappers.

Dudo que a Lauren le fuera Charles Mingus; demasiado rebuscado en su particular e incómoda elegancia, pero creo que a él podría haberle gustado ella. Vamos, no compondría canciones dedicadas a señoritas invisibles por que sí. Le dedicaré el tema que titula el post de hoy de todas formas mientras me despido como siempre; ¡dejad que vuestro estilo hable por vosotros!


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