25/8/14

I started the rumour in Milwaukee


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Springfield visor, Mango chain, Pepe Jeans London blouse, H&M bag, Primark bracelet, Mango pants, Zara
shoes
Hace poco llegué a la conclusión de que si no se es Hunter S. Thompson u Orson Welles, es preferible no decir mentiras. Porque mentir es un arte. El arte no es morirte de frío, como dice la gente graciosa, sino una gran falacia. El arte es mentir. Mentir muy bien. Requiere una destreza poseída por pocos bendecidos y constituye, por tanto, un don que debe usarse con arrogancia y desparpajo. No tiene sentido utilizarlo si se sospecha que, en algún momento, uno podría arrepentirse de ser descubierto; sería tan ridículo como avergonzarse de tener un talento sólo porque otro alguien no lo tiene, y esa no es una actitud propia del buen mentiroso; su mayor orgullo (por paradójico que parezca) es el destape final de la certeza de su patraña. ¿Recordáis el júbilo malicioso contemplando el rictus de vuestro hermano o hermana, entre aliviado y colérico, cuando Madre le contestó que no, que él o ella no era adoptado o adoptada? Imaginad esa sensación a escala de difundir un programa de radio confirmando una invasión alienígena inminente o de asegurar que a un candidato a la presidencia de los Estados Unidos le enchufaba ibogaína un doctor brasileño. Es por eso que no cualquiera puede ni debería mentir sobre una base regular ni con mínimos de formalidad. Vivimos en un mundo en el que nadie se priva de ser un mentiroso amateur con doctorado de la tómbola, y eso es algo que sencillamente debería parecernos tan absurdo y terrorífico como si, de pronto, anduviéramos por la calle rodeados de personas que aseguran poder extirpar apéndices o tocar el Vals de la Muerte. Aterrador, ¿verdad?

“Nunca dije que tomara ibogaína, dije que había rumores en Milwaukee de que la tomaba. Cosa que es cierta, lancé el rumor en Milwaukee. Si me lees detalladamente, soy un periodista muy riguroso.”  
Hunter S. Thompson sobre el candidato a la presidencia de los EUA en 1972 Edmund Muskie y su drogadicción.

 (Cita en minuto 1:38)

Pues resulta que me apetece seguir con el rollo Gonzo y con Hunter S. un rato más, dos conceptos sólo aptos para fans de la mentira de calidad. No es que los haya dejado nunca de lado completamente, pero se intenta variar para no cogerle manía a las cosas. Y se procura mezclar, sobretodo eso; el mestizaje es la clave de la vida y de la moda. Barajar o morir, como digo yo. La pureza se la dejo a Hitler y a la cocaína Merck. Y mezclar improvisadamente... bueno, ¿hay alguna manera más deliciosa de matar el tiempo? El sábado iba un poco mal de tiempo y no sabía qué ponerme. Había visto The Rum Diary (2011) (sinopsis: hola, me llamo Johnny Depp, y como soy el actor mejor pagado de Hollywood voy a hacer una peli sobre el libro de mi amigo, de título homónimo, para que mi nueva novia que acaba de salir de la pubertad se luzca y os hagáis una idea de lo bien que lo pasamos juntos), o sea que estaba pensando en Hunter S. Thompson. Al mismo tiempo, y sin ningún motivo lógico aparente, pensaba en gente jugando al golf en los años 1950s, en chándales de mentira (como los pantalones de chandal de piel inventados por Kanye West) y en MC Hammer. Entonces me salió eso de las fotos. 

El clutch es una alegoría de las drogas alucinógenas, obviamente. La blusa un poco también, porque es de una de las colecciones de la Andy Warhol Foundation of the Visual Arts para Pepe Jeans y todo el mundo sabe que Andy Warhol era un colgao perdío (y si no lo sabíais pues buscadlo en el Google Imágenes y echadle un vistazo a su peinado). Me encontré a mi tía Susana y me dijo que si me iba a sacar sangre o algo por las cintas que llevaba en los brazos. Pensé "jopetas, yo lo hacía más inspirándome en los canis que se ponen gomas de pollo en los tobillos, pero bueno, eso también me encaja". Antes de salir fui a mirarme al espejo y me dije: está claro que mi talento no es la mentira.

Pero esto lo digo de verdad; ¡dejad que vuestro estilo hable por vosotros!

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